domingo, 11 de diciembre de 2011

JOSÉ ACOSTA; su cuento, "Club de los amorosos": finalista del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo 2011






Hola, para los que no me conocen, soy el doctor Joaquín Colón, nací en el barrio de Mott Haven, en el sur de El Bronx. Aunque mi historia de amor es larga y complicada trataré, como nos lo ha sugerido nuestro presidente del club, de concentrarla en los momentos más significativos, aquellos que a pesar del tiempo transcurrido insisten en permanecer frescos en la memoria.





Empezaré narrándoles un acontecimiento que marcó el inicio de mi adolescencia; fue un atardecer de 1934; acababa de salir de la escuela y Franco, mi mejor amigo, un muchacho grande para su edad (los dos teníamos entonces once años), que bizqueaba de un ojo, lo que acentuaba su cara de malandrín, me invitó a jugar a ladrones y policías en la azotea del edificio donde él residía con su madre. Desde que descubrimos que el sistema de alarma de la puerta de la garita de acceso al techo estaba descompuesto, corretear en aquel peligroso lugar formaba parte de nuestras distracciones.




Arriba nos esperaban otros cuatro muchachos del barrio; nos dividimos en grupos de tres; a Franco le tocó el bando de los ladrones y a mí el de los policías. Básicamente, el juego consistía en un corto drama de un robo en una joyería imaginaria que situábamos en el lado menos penumbroso de la azotea, los ladrones cometían el crimen y llegaban los policías y se armaba la persecución. A los que iban atrapando, los colocaban en una cárcel de barrotes ficticios, situada en el lado opuesto de la joyería.



El escenario del juego no sólo lo componía el inmueble de Franco, sino otro edificio adyacente, separado de nuestro centro de operaciones por un par de pulgadas, a excepción de un área, que todos conocíamos porque allí el conserje solía amarrar a su perro en el verano y apestaba a demonio, en la que la distancia que separaba a ambos edificios alcanzaba los cuatro metros, para dejar espacio, abajo, al depósito de basura y al callejón que conducía al traspatio.





Lo que sucedió ya se lo habrán imaginado. Llegó la noche y con el correteo uno de los niños cayó al vacío. El niño fue Franco, mi amigo; en la oscuridad reinante, sólo escuchamos un grito y seguidamente el estropicio de botes de basura y latas. El miedo nos paralizó por unos segundos y cuando nos asomamos por el borde, lo vimos allá abajo, a la luz del farol del callejón, tendido en una posición dolorosa.




«¡Franco! ¡Franco!», gritamos, comidos por los nervios. Uno de los muchachos, llamado Lucas, un negrito cejijunto de pelo crespo, con voz quebrada me preguntó si yo creía que estaba muerto. Me encontraba tan conmocionado que no le pude responder. Escuchamos voces de alarma, miramos de nuevo y al lado de Franco ya se había aglomerado un grupo de vecinos. Varios de ellos nos señalaban.




Bajamos. Doña Marta, la madre de Franco, estaba hecha un mar de lágrimas. Minutos después llegó la ambulancia; los paramédicos, tras examinar a mi amigo, anunciaron que estaba vivo, y lo montaron con mucho tiento en una camilla y se lo llevaron al hospital. Se había roto tres costillas y presentaba una pequeña fractura en el cráneo, pero no de gravedad.




Mi madre, Ana Colón, que en paz descanse, quien me crio sola con recursos de la asistencia pública y con trabajos temporales en factorías, me amonestó, pero no con la severidad que el caso ameritaba.
Ustedes se estarán preguntando dos cosas: si el accidente no devino en tragedia, ¿por qué me afectó tanto? Y lo más importante, ¿qué tiene que ver esta historia con una historia de amor?



Les pido paciencia. Estas digresiones, no los hechos en sí sino la esencia de los mismos, estoy seguro que ustedes sabrán acomodar dentro de la totalidad de mi historia de amor. Ahora, si me perdonan, prosigo.
¿Qué ocurrió después? Pues sucedió que doña Marta, que no tenía un pelo de tonta, acusó antes las autoridades al casero y lo demandó por negligencia. Como se comprobó que la alarma de la puerta que daba al techo no funcionaba, la madre de mi amigo ganó una buena suma para ella y otra para su hijo, cuya parte la corte ordenó depositar en una cuenta bancaria hasta que éste cumpliera la mayoría de edad.
Doña Marta no se mudó del vecindario, todo lo contrario, amobló su apartamento y se dio bombos de ricachona hasta que el dinero se lo permitió.




A Franco lo sacó de la escuela. «No voy a permitir que sigas quemándote los ojos con los libros si en unos años serás rico, muchacho».
La suerte de Franco me dio envidia; durante muchos años, se los aseguro, lamenté no haber sido yo quien hubiera caído al vacío. Cuando cumplía con mis deberes escolares, me figuraba que Franco estaba en ese momento jugando en su cuarto o holgazaneado en el parque o disfrutando de un buen trozo de pizza en el restaurante italiano que quedaba en las cercanías del Yankee Stadium, a donde la madre lo había empezado a llevar desde el inicio de la época de bonanza.





Debo confesar, modestia aparte, que yo siempre fui muy inteligente de niño y de adulto. La señora Saturnina y el amigo Quevedo y hasta don Charlie se rieron, pero es la pura verdad. En la escuela tenía fama de sabelotodo y que yo recuerde siempre fui el primero de la clase. Estudiar, pongámoslo de este modo, me divertía, no significaba un esfuerzo para mí, así que aquel periodo traumático no influyó demasiado en mis calificaciones.



Por un lado odiaba tener que asistir a la escuela y Franco no, la verdad sea dicha, pero por el otro la escuela era para mí una especie de liberación, una vía de escape del mundo sórdido que mi pobre madre había levantado con gran esfuerzo para mí.


«¿Que cuándo va a aparecer el amor en mi historia?», pregunta el amigo Quevedo y comprendo su desesperación.





Pasaron tres años, corría el 1938. Para los que aún no han hecho el cálculo, yo tenía quince años, y fue a esa edad, precisamente, que Teresa apareció en mi vida. Me la presentó Franco en una de las fiestas que él organizaba en su apartamento cuando su madre por alguna razón se ausentaba. «Hay una chica que está loca por ti ―me dijo mi amigo aquel día en medio del jolgorio―. Te está esperando en mi habitación».



Me dio la llave de su cuarto y, nervioso y a la vez emocionado por saber de quién se trataba, caminé por entre los bailadores que abarrotaban la sala y al llegar a la habitación me llevé tremenda sorpresa: la muchacha ya yo la conocía. Tenía muy mala reputación. En esa época, en las esquinas de nuestro barrio, por la avenida St. Ann, se paraban grupos de hombres, mayormente jóvenes, a vender heroína, que en la calle comerciaban con el nombre de “manteca”. Entre los vendedores había un viejo de barba tabacosa y mirada acerada, un tipo de cuidado, apodado Low, a quien se le atribuían crímenes horrendos. Era el padre de Teresa Vross, la chica que según Franco estaba loca por mí y a quien encontré esa noche en aquella habitación.





Tan pronto la reconocí, me llené de terror. Ella se dio cuenta de inmediato. Para apaciguarme, apagó la luz, me abrazó y me llevó a la cama; se acostó a mi lado, boca arriba, como quien se tiende en un prado a observar las estrellas. Me tomó la mano y me empezó a contar algo que aún hoy, cuando lo recuerdo, me acelera el corazón.
«Desde que era niña, siempre he estado enamorada de ti, Joaquín ―me dijo―. Todos los días, desde la ventana de mi cuarto, te veo pasar por la calle, camino a la escuela. Desde esa ventana te he visto desde que eras un niño e ibas de la mano de tu madre».





Su voz parecía venir de muy lejos y sus palabras flotaban en mi cabeza como una bandada de pájaros. Cuando alguna de sus palabras se me perdía bajo el ruido de la fiesta que llegaba atenuado hasta nosotros, yo la perseguía poniendo en ello un empeño angustiante, a sabiendas de que sin ella el reino que Teresa iba levantando ante mí quedaría incompleto. Eran palabras simples, entrelazadas sin embargo de un modo singular, eran palabras de amor, las primeras palabras de amor que escuchaba.



Aquella noche supe, por las cosas que ella me contó, que así como los seres que nos rodean integran el mundo particular que uno se forma a través de la vida, uno mismo, con mayor o menor intensidad, forma parte del mundo particular de cada uno de esos seres.




Concluyó diciéndome que yo era su príncipe azul, buscó mi boca en la oscuridad y me besó. Su aliento me inundó de deseo. Luego se puso en pie y se desvistió; el frufrú de su vestido me puso nervioso. Aunque no era la primera vez que estaba con una chica, tanto la atmósfera que su confesión había creado en mi interior como el hecho de ser la hija del tipo más temible del barrio quien me la contaba, como ustedes comprenderán, me tenía casi en estado catatónico.


Regresó a la cama. Un olor suave y denso a la vez emanaba de ella, era su olor de mujer. Me desvestí. Atontado, como manoteando dentro de una nube, busqué su sexo. Una viscosidad tibia me recibió. «Soy virgen», me susurró en el momento definitivo, y sus uñas se clavaron con un furor dulce y tranquilo en mi espalda.
Desde esa noche empezamos a vernos casi a diario, mi madre le tomó cariño y con el tiempo me permitía entrarla a mi cuarto. Entre nosotros había eso que llaman química, una empatía que unía nuestros cuerpos de manera demencial.



En el último año de la secundaria, decidí dejar la escuela y buscarme un trabajo para ayudar a mi madre con los gastos del apartamento. A mi madre le pareció bien. Miss Thomelio, mi profesora, al enterarse, se alarmó y fue a casa a convencer a mi madre de que reconsiderara la decisión. «Your son is a great student, he has the gift», fueron sus palabras. Mi madre le prometió que lo iba a pensar.
Empecé a trabajar como cajero en un McDonald’s. Cuando Teresa se enteró de todo, montó en cólera. «Tu no naciste para obrero, Joaquín ―me dijo―. ¿Es que no te has dado cuenta de que eres especial?»
«Sí ―le contesté con una ironía que ella no merecía―; soy tu príncipe azul».




Se fue de mi apartamento llorando. Al otro día estuvo peor. Se presentó en el McDonald’s y me hizo un escena desagradable y grosera y consiguió que me echaran.
Ahí acabó nuestro romance. Por espíritu de contradicción, no regresé a la escuela. Empecé a salir con otra chica, más bonita y menos complicada que Teresa, pero no era lo mismo.




El 1942 fue un año desastroso para mí. Franco y yo empezamos a fumar marihuana y para financiar nuestro vicio nos dedicamos a vender la hierba en Washington Heights, lo más lejos posible del vecindario, lo más alejado que pude de los predios de Teresa. El trabajo era fácil y nos proporcionaba buen dinero. El punto estaba en una tienda de zapatos, Tony’s Shoes se llamaba, en la avenida St. Nicholas y la calle 156. Los clientes eran en su mayoría negros llegados de las islas del Caribe.
El dueño, un jamaiquino de nombre John, muy risueño y chistoso, me tomó confianza y a los pocos meses me puso al frente del negocio. La policía, durante el tiempo que trabajé para John, se tiró dos veces, pero nunca encontró evidencia del trasiego de drogas. Por sugerencia mía, John alquiló el apartamento de arriba, que nos servía de almacén. Por un hueco en el techo un empleado nos bajaba los pedidos.





Una noche John me comunicó que su jefe necesitaba a alguien de su confianza para trabajar en un establecimiento empacando cocaína y me convenció de que aceptara el puesto. Al otro día me recogió en la tienda en su carro. Cuando vi que se dirigía hacia El Bronx le dije que si el lugar quedaba cerca de mi casa no podía aceptarlo. John se encogió de hombros como significando que no tenía otra opción, se rió luego y siguió manejando.




El sitio estaba situado en el último piso de un edificio de fachada siniestra en Hunts Point. El ascensor no funcionaba. Subimos las escaleras en penumbra, agarrándonos a la balaustrada. John llamó a una puerta, escuchamos pasos, cuando el ojo mágico se iluminó, John dijo la palabra clave y un hombre alto y corpulento nos abrió.
John entró y yo lo seguí. El apartamento estaba dividido en pequeños cubículos demarcados por tabiques de madera como los separadores de un baño público, ocupados, cada uno, por una mesita de formica y encima de la mesita una balanza y material de empaque. Los empacadores, al vernos pasar, levantaban la cabeza con una mezcla de nerviosismo y curiosidad.



Fue casi al llegar al fondo, donde había una especie de oficina cerrada, que empezó el problema. Primero, lo recuerdo como si lo estuviera viviendo en estos momentos, se escuchó un manotazo y luego un grito: «¡Qué haces aquí!» Era Teresa; alcancé a ver su cabeza llameante de furia en uno de los cubículos. John la miró y luego me miró a mí. «¿Lo conoces? ―preguntó el jamaiquino―. ¿Acaso se trata de algún policía?»
Teresa se inclinó, se escuchó el sonido de una gaveta que se abre con brusquedad, levantó la cabeza con los ojos encendidos de rabia y salió del cubículo empuñando una pistola. Se escuchó un clamoreo,




movimientos de sillas, pasos en desbandada. Low, el padre de Teresa, ante el alboroto, salió de la oficina en el momento en que la muchacha volvía a interpelarme, apuntándome con el arma.
«¿Quién es ese tipo, Tere?», preguntó Low. «Es mi novio», respondió Teresa. John, que se había echado a un lado, estalló en una risa nerviosa, incontrolable. Low se le acercó y lo calló propinándole un fuerte puñetazo en el estómago. Seguidamente, dirigiéndose a su hija, dijo: «¿Desde cuándo acá tienes novio, muchacha?» «¡Papá ―respondió ella―, no se meta! ¡Esto es asunto mío!». Acto seguido caminó hacia mí y a punta de pistola me bajó a empujones por las escaleras. En algunos descansos se paraba para insultarme.



Nunca la creí capaz de una reacción tan patológica. No bien alcanzamos la calle, me empujó fuera y ella se paró en el umbral de la puerta. «Mira bien este lugar, Joaquín, porque será la última vez que lo verás», me dijo, señalando el interior del edificio. «Aquí dentro está la oscuridad, y allá fuera ―agregó, señalando la calle― está la luz. A mí me tocó nacer de este lado, Joaquín, pero a ti no. A ti te tocó el otro lado, el lado puro, el lado bueno, y te juro que haré cuanto esté a mi alcance para que permanezcas del lado de la luz».




Teresa, entonces, prorrumpió en llanto. Traté de abrazarla, pero me rechazó con violencia.
«¿Es que aún no lo entiendes, Joaquín? ―profirió antes de marcharse―. ¡Despierta! ¡Abre los ojos!»





«¿Pero qué quieres que haga?», le grité al verla correr escaleras arriba, sollozando, pero ella no respondió. Regresé a casa cabizbajo, reflexionando. Me acosté y toda la noche me quedé pensando en las palabras de Teresa. Sabía perfectamente que debía darle un vuelco a mi vida, pero muchas cosas me abrumaban y me confundían. Durante el desayuno hablé con mi madre; le dije que quería regresar a la escuela. Al otro día me entrevisté con Miss Thomelio y la buena maestra recibió entusiasta la noticia. Terminé el bachillerato y por mis buenas calificaciones conseguí una beca para estudiar Medicina en la Universidad Estatal de la Florida.



Mamá y yo nos fuimos del barrio y nos mudamos a Miami. Terminada la carrera me especialicé en medicina interna. Mi vida, a lo largo de más de veinte años, transcurrió llena de éxitos profesionales, alterada apenas por insignificantes complicaciones cotidianas, y no fue sino hasta meses después de la muerte de mi madre, víctima de un imprevisto ataque cardíaco, cuando reconocí la gran soledad en la que se había convertido mi existencia.




En 1970, tenía cuarenta y siete años, me ofrecieron un buen puesto en el Hospital Cabrini de Manhattan y lo acepté gozoso, porque en el fondo de mi corazón nunca había dejado de acordarme de Teresa Vross, de la muchacha que por amor había logrado sacarme de las calles y con quien (tarde lo reconocí) tenía una gran deuda.



Una noche, mientras me paseaba por mi antiguo barrio en mi auto con la esperanza de volverla a ver, vi a un viejo recogiendo un radio que alguien había tirado a la basura; no tardé mucho en reconocerlo; era Franco, mi amigo. Me bajé del carro y fui a saludarlo. Se alegró tanto de verme, que el muy tonto casi se echa a llorar. Subimos a su apartamento. Todo estaba en ruinas. «Imaginé que a estas alturas serías el rico del vecindario», le dije sin ironía, y Franco me explicó algo que ya yo había inferido: que el dinero de compensación por el accidente, obtenido en la demanda judicial de 1934, aunque para aquella época era una pequeña fortuna para la época en que Franco lo recibió, con todo los intereses acumulados, era una miseria.



«¿Y qué ha sido de tu vida», le pregunté, y paseando su mirada por la pobreza de su vivienda me dijo, con notable resignación, que toda su existencia la había vivido en su juventud y que ya no esperaba nada del mundo. Franco, como se habrán dado cuenta, se había convertido en un amargado, y yo iba por el mismo camino.




Le pregunté por Teresa. La vida de la muchacha, como era de esperarse, no había sido nada fácil. Había estado en prisión. Franco no recordaba el número exacto de años, pero sospechaba que pasaban de doce. A Low, su padre, lo habían matado en un atraco. «Fue un tumbe. La chica se salvó de milagro», acotó Franco. Lo que me siguió contando me oprimió el corazón.




«Los otros días la vi recogiendo latas en un carrito de supermercado. Me dijo que la habían desalojado de su apartamento y que por el momento estaba durmiendo en la calle». «¿Sabes específicamente dónde está pasando la noche?», le pregunté. Franco lo sabía. Tan pronto me explicó, salí del apartamento y me dirigí al lugar.





Estacioné el auto en Grand Concourse y la calle 158. Como me había señalado Franco, hacia el oeste se levantaba una pequeña área boscosa, muy accidentada, atravesada por un sendero que a esa hora de la noche me pareció siniestro. La luna, en lo alto, atenuaba las tinieblas. Era otoño y las hojas crepitaban bajo mis plantas. A lo lejos aullaban los perros. Por una ladera empinada, al final de la cual se apreciaban los rieles de una línea ferroviaria, encontré una angosta llanura, sombreada por altos abetos, y hacia un costado una especie de cabaña, fabricada con escombros, que más bien semejaba un montón de basura.



Levanté el cartón que servía de puerta y me asomé. Algo serpenteó dentro y pude notar la silueta de un cuerpo encogiéndose en un rincón, temblando de pavor. «Teresa, no temas, soy yo, Joaquín», le dije. Teresa salió. La abracé lo más efusivamente posible para sosegar su inquietud; la mujer que tenía en mis brazos era un puñado de huesos. «¿De verdad eres tú Joaquín, mi Joaquín, mi príncipe azul?», preguntó, con una voz cuyo diapasón iba desde lo delirante hasta lo emocionado. Le respondí que sí. Teresa, entonces, me apartó, y en tono de reproche preguntó la razón por la cual había ido allí.




«Teresa ―le respondí, regresándola a mis brazos―, he venido a sacarte de la oscuridad».




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