domingo, 16 de octubre de 2011

Un lugar de encuentro: sobre "Serán ceniza" de María Virginia Jaua -


por Patricio Pron


Existe una tradición muy específica de obras sobre el duelo que constituye un auténtico problema (un problema útil, por decirlo de algún modo) para la crítica literaria; pienso en textos como el extraordinario Diario de duelo de Roland Barthes, pero también en obras recientes como Cuaderno […] duelo de Miguel Ángel Hernández-Navarro y (naturalmente) en este Serán ceniza… de María Virginia Jaua.


El problema que estos textos propone a la crítica literaria consiste en que su valor está depositado más allá de los procedimientos que ésta suele identificar y evaluar, en un ámbito íntimo que parece impenetrable a la mirada del observador y para el que éste carece de una terminología conveniente y de unos criterios fiables de evaluación. No es una cuestión puramente técnica, sin embargo; el problema aquí es cómo juzgar algo como un duelo, un tipo de experiencia tan íntima que no puede equipararse con la de otras personas, es decir, una experiencia que parece generar su propio lenguaje, compuesto de trazos y de referencias veladas pero incapaz, por su naturaleza, de conformar un lenguaje común con el que narrarlo. Ante esto, cada uno de los autores que se ven compelidos a hablar del tema lo hace creándose una lengua propia; en el caso de María Virginia Jaua, esa lengua es un susurro, pero también una sinestesia (a la que ella llama los “ecos de la ceniza”); también, podría decirse, un texto complejo caracterizado por la incertidumbre genérica y por la discontinuidad.


Mientras Jaua fantasea el final del vagabundear trágico de Walter Benjamin o realiza un ejercicio de ventriloquía con las voces de los amantes que han debido separarse, propone una solución inteligente al problema del duelo. Cito: “Dice Canetti que si algo tienen en común el amor y la muerte es la separación. Pienso que contra la contundencia de esa premisa sólo existe el duelo como un lugar de encuentro” (8). “Un lugar de encuentro” es precisamente lo que es Serán ceniza…, pero, contra lo que podría pensarse, ese encuentro no es sólo el de los amantes que se han separado, sino también el de los lectores con una voz nueva y desconcertante, que habla allí donde, por fuerza, impera el silencio.


Quizás no pueda hablarse de la pérdida realmente; tal vez sólo pueda aludírsela mediante circunloquios y en susurros, como se hace aquí, pero yo quisiera decir una última cosa sobre ella: por terrible que parezca, la pérdida del ser amado supone también una ganancia (al menos una ganancia para nosotros, los lectores), la de textos como los ya mencionados Diario de duelo de Barthes, Cuaderno […] duelo de Hernández-Navarro o (naturalmente) este Serán ceniza… de María Virginia Jaua; a pesar de su carácter doloroso, y por esa razón, quizás valga la pena entonces celebrarlo: celebrar el duelo como la oportunidad de descubrirnos y de descubrir grandes textos, surgidos del dolor y del silencio pero dirigidos al corazón mismo de la verdad y de la belleza.

http://salonkritik.net/10-11/2011/10/




Una lectura de Serán ceniza* -

Armando Montesinos

trnmnr.jpg Hace unos años, de vacaciones en Colorado, subí con mi familia americana a un pequeño tren minero de vía estrecha, salvado por el turismo, que viene haciendo el recorrido desde Durango hasta la ciudad minera de Silverton desde la época victoriana. Su máquina de carbón arrastra por precarias curvas los tres o cuatro vagones originales, perfectamente conservados, serpenteando al borde de un abismo por un desfiladero tallado por un bravío torrente de nombre Animas River, el río de las ánimas.

Habrían pasado tal vez diez minutos cuando una intensísima emoción brotó en algún punto en mi abdomen y se expandió por todo mi cuerpo. Me puse a sollozar, quieta pero incontroladamente, no por dolor o pena, sino por algo que solo puedo describir como agradecimiento pleno y puro. No sabía qué me estaba pasando, no comprendía nada. Entonces, de súbito, entendí: el trenecito iba exactamente a la misma velocidad que el lentísimo tren correo en el que viajaba al pueblo de mis ancestros a pasar los largos veranos de mi infancia. Mi cuerpo no había vuelto a experimentar esa misma cadencia acompasada desde entonces, y reconoció, tantos años después, ese movimiento, esa velocidad. Memoria corporal, emoción celular, conmoción de átomos. Leer este libro de María Virginia Jaua ha sido como volver a viajar en ese tren.

Parece que, etimológicamente, memoria viene del griego mérmeros, que a su vez proviene del indoeuropeo mer-me, que significaría tener inquietud, hacerse preguntas intensamente, reflexionar exhaustivamente. Memoria, pues, implicaría una voluntad de conocimiento; en definitiva, un deseo de poder decir. Ese deseo –y refuerzo, subrayo la palabra- de decir recorre como un relámpago blanco este libro.

En este objeto todo parece leve, quebradizo y valioso como el pan de oro que aguarda bajo sus guardas. Nada está fijado, toda estructura muta, eclosiona entrópicamente. Comienza como ensayo: una voz indaga exhaustivamente cómo decir aquello que el cuerpo recuerda del amado, hoy ya irreparablemente cenizas. Lo escrito es intenso y delicado: “En el duelo, día con día, se hace un ejercicio corporal de vital importancia: hacer sonar la voz amada: adoptar una máscara en el sentido antiguo. Hacer sonar su timbre, más que sus palabras. La forma precisa en que los labios dejan salir la caricia y el aire musical.”

Pero ese ensayo se desliza y se volatiliza y se convierte en viaje, en exilio, por el paisaje gaseoso de una vida anterior, pero que sigue siendo la propia. Y esa distancia oceánica, esa grieta profunda que todo exilio abre, es suturada, cubierta, por la intimidad del género epistolar, en el que dos voces inaudibles, dos voces escritas, se entienden atendiendo al movimiento de los labios, esa coloreada carne fronteriza no solo entre el interior y el exterior de nuestro propio cuerpo, sino entre éste y el cuerpo del otro, carne que tiembla de deseo y vocaliza el anhelo del reencuentro. Y de pronto, un poema nos trae una mariposa, y su aleteo simétrico introduce dos personajes, reflejo o eco de los protagonistas de esta historia de duelo, de esta nueva vida construida por las palabras que surgen de la ausencia del amado. Uno cierto, Jacques Derrida, cuyos textos reescriben este libro; otro incierto al principio, pues su existencia es inicialmente tan solo literaria. “¿Eres tú safaa fathy?”, pregunta el enamorado, cegado por el deslumbramiento, confundido por el laberinto de escrituras en el que se ha producido el encuentro con la amada. Pero no: sucede que la amada –y en esta coincidencia cabe un mundo que me impresiona y me produce una enorme felicidad- ha traducido a Safaa Fathy, persona real.

En las cartas cruzadas la seducción se mezcla con la telepatía, los hallazgos mutuos revelan un conocimiento antiguo del otro y dan paso a la voz, aun imperfecta, “del oráculo, que nunca dice ni sí ni no: solo significa.” La posible esperanza de un futuro en común se concreta, el destino se cumple, y el epitafio, que primero fue intuición poética, se graba indeleble en la materia del cuerpo. Todo este libro, nos dice María Virginia Jaua, es epitafio.

Anne Michaels, en su “Fugitive pieces”, al que John Berger se refirió como “monumental….el libro más importante que he leído en cuarenta años”, escribe:

“Sentir la influencia de los muertos en el mundo no es una metáfora, como no lo es oír el medidor de radiocarbono, el contador geiger amplificando la respiración queda de rocas de cincuenta mil años de antigüedad. (…) No es ninguna metáfora el contemplar –dar fe– la sorprendente fidelidad de los minerales magnetizados señalando, incluso tras cientos de millones de años, al polo magnético, minerales que jamás han olvidado el magma cuyo enfriamiento les dejó, para siempre, deseantes. Anhelamos un lugar, pero el lugar también anhela. La memoria humana está codificada en las corrientes de aire y el sedimento de los ríos. Estratos de ceniza esperan ser recogidos a paladas, las vidas, de ese modo, reconstituidas.”

Suelo citar esta frase de Picabia: “La muerte es la prolongación horizontal de un sueño ficticio, porque la vida no es demostrable”. El paso inmutable de las horas dispersa las cenizas del amado, pero solo metafóricamente, porque la vida no es demostrable, pero sí es escribible. Lo mineral, aquí, en este planeta lleno de vida, permanece. Y nutre, y orienta. Y la escritura da cuenta de ello, como da cuenta este libro, en el que reposan, alimento y norte, las cenizas del amado, ya nunca ausente.


* * *

* El presente texto fue leído el pasado 6 de octubre en la librería Tipos Infames de la ciudad de Madrid, con motivo de la presentación-lectura del libro Serán ceniza de María Virginia Jaua, publicado por la editorial Braço de ferro. En ella participaron Armando Montesinos, Marta Peirano y Patricio Pron.

http://salonkritik.net/10-11/2011/10/seran_ceniza_armando_montesino.php