lunes, 10 de octubre de 2011

ISRAEL, BAJO SITIO- por James Neilson

Israel, bajo sitio

James Neilson

El autor es ex director del diario argentino Buenos Aires Herald.

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner y muchos otros mandatarios quieren que Palestina sea reconocida ya como un país independiente y miembro pleno de la ONU. Dicen que, además de ser en su opinión justo, privaría a los terroristas de "coartadas". ¿También están a favor de un Estado kurdo libre y soberano? Claro que no. Aunque los aproximadamente 60 millones de kurdos, de los que entre 20 y 25 millones viven en Turquía donde han sido víctimas de persecución sistemática, merecen su propio Estado, a pocos occidentales les interesa su causa. Tampoco motiva preocupación y discursos apasionados ante la Asamblea General de la ONU el destino trágico de otras minorías étnicas, lingüísticas o religiosas en el gran Medio Oriente: los musulmanes negros de Darfur en Sudán, los coptos de Egipto y los demás cristianos que, para indignación de sus vecinos más fanatizados, aún quedan en los países de la región. Se entiende: sería difícil atribuir sus desgracias a los judíos.



Con frecuencia, los partidarios de quienes a partir de la Guerra de los Seis Días de 1967 se llaman "palestinos" nos recuerdan que ser contrario al sionismo no equivale a ser antisemita, para usar este epíteto en el sentido tradicional. Tienen razón, pero es llamativo que el único Estado cuya conducta les parece totalmente inaceptable sea precisamente el judío, lo que sería comprensible si Israel actuara con más brutalidad que China en Tíbet y las regiones de población mayormente musulmana, Rusia en Chechenia y otras partes del Cáucaso, Turquía en las zonas de mayoría kurda, el régimen sirio en todas las ciudades de su país y la dictadura birmana, pero si bien en ocasiones los israelíes se han defendido con violencia contra quienes los atacan, los abusos que cometen son menores en comparación con los perpetrados por muchos otros.



Si el judaísmo fuera una secta musulmana más –como la alauita del sanguinario dictador sirio Bashar al-Assad, digamos– el conflicto entre palestinos e israelíes no interesaría a nadie en el resto del mundo aun cuando todos los años murieran centenares de miles de personas. Sólo sería cuestión de otra disputa territorial. Pero, debería ser innecesario señalarlo, se trata de mucho más que una lucha por un pequeño pedazo de tierra que cabría en la provincia de Tucumán, la más chica de todas salvo la conformada por Tierra del Fuego y las islas adyacentes de soberanía indiscutida. Desde los días de Mahoma, los judíos son considerados enemigos eternos del islam, razón por la que la mera existencia de Israel enfurece no sólo a los árabes sino también a los iraníes, paquistaníes, indonesios y malasios. Sueñan con borrarlo de la faz de la Tierra, masacrando a sus habitantes, no porque simpaticen con los palestinos, de los que muchos más han muerto a manos de sus correligionarios que en enfrentamientos con los israelíes, sino porque los creen intrusos en un lugar que fue gobernado por musulmanes en el pasado y por lo tanto debería serlo por siempre jamás.



De no ser por este detalle, el que los israelíes hayan construido asentamientos en territorio conquistado en la Guerra de los Seis Días no plantearía un problema grave. El eventual Estado palestino tendría una minoría judía; sería pluralista como tantos otros. Sin embargo, los representantes palestinos han dejado saber que no quieren ningún judío en el país que quieren conseguir; tendrá que ser "Judenrein", para emplear la expresión nazi. Aunque muchos biempensantes occidentales se han convencido de que durante siglos los judíos convivieron tranquilamente en el extenso mundo musulmán, la verdad es que en todas partes eran ciudadanos de segunda clase apenas tolerados en los intervalos entre las matanzas esporádicas.



También suele olvidarse de que una proporción muy grande de la población de Israel está conformada por refugiados procedentes de países islámicos. La situación resultante podría compararse con lo que sucedió en los años veinte del siglo pasado cuando millones de griegos, mejor dicho, cristianos, fueron expulsados de Turquía y otros tantos de turcos, en realidad musulmanes, tuvieron que trasladarse al territorio de sus correligionarios. Pero los países árabes se negaron a absorber a los palestinos. Prefirieron mantenerlos en "campos de refugiados" para presionar a los judíos. Es como, si luego de la derrota del hitlerismo, los alemanes hubieran rehusado permitir que se integraran las decenas de millones que huyeron de Prusia oriental, Polonia y Checoslovaquia al insistir en el "derecho a retorno" de quienes, al fin y al cabo, no fueron culpables de las atrocidades nazis. Felizmente para todos, optaron por una política menos belicosa.



La eventual creación de un Estado palestino y su ingreso en la ONU, lo que entre otras cosas presupondría un acuerdo entre la Autoridad Palestina y los guerreros santos de Hamas, no solucionaría nada. Lo que quieren los dirigentes palestinos, los demás árabes y sus correligionarios de Irán, Pakistán, Malasia, etc., no es un nuevo país, es la demolición definitiva del "ente sionista". Cuentan con el apoyo tácito de muchos europeos, latinoamericanos y norteamericanos, tanto progresistas como conservadores, que esperan que el sacrificio de Israel resultaría suficiente como para apaciguar a los islamistas y a los nacionalistas árabes. Les molesta sobremanera que los israelíes se resistan a resignarse al destino terrible que les han reservado que, por el contrario, estén decididos a luchar cueste lo que les costare contra los resueltos a eliminarlos.



Últimamente se han reiterado las advertencias de que, a menos que los árabes palestinos consigan lo que se han propuesto, habrá más guerras en el Medio Oriente, en las cuales los israelíes tendrían que enfrentar no sólo los ejércitos de sus vecinos inmediatos, lo que no les ocasionaría dificultades insuperables, sino también los de Turquía, Irán y legiones de voluntarios del resto del mundo islámico. Es posible que se concreten las previsiones alarmantes de este tipo, pero aun cuando Israel fuera derrotado por su enemigos a muerte, tamaño desastre no contribuiría a inaugurar una época de paz universal. Al contrario, significaría el comienzo de una sumamente conflictiva en Europa. Por ahora, Israel encabeza la lista de territorios irredentos. Si cae, su lugar será tomado por España, seguida por Grecia, ya que, por mandato divino, el islam es congénitamente insaciable.