martes, 16 de octubre de 2012

LITERATURA DE VENEZUELA: Américo Gollo Chávez nos entrega su cuento "DIE BEIDE ANNE"



DIE BEIDE ANNE

Américo Gollo Chávez.                                                                       
                                                  Para Alfred Hitchcock, in memoriam. Stuttgart 2005
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Llegó el tiempo de que nos separemos,  que cada quien sea cada quien y sea lo que tiene o tuvo que ser  o debió ser. Así habló Ana Isabel. Habían llegado al mismo sitio largos años atrás.  Fue un día de abril, cálido,  suave, y de esas cosas que ni el destino sabe por qué ocurren, allí estaban las dos. Habían transitado caminos muy diversos y  los fracasos, a pesar de la premeditación en la escogencia de sus decisiones,  habían sido los compañeros de ruta de Ana María, quien siempre se propuso  llegar lejos, muy  lejos, sin que nadie notara  qué iba  a hacer para  alcanzarlo; pero en su ocultamiento escogió de un guía sus manos para no  extraviarse en el camino y no solo que le marcara el sendero, sino,  que  en los trayectos más complejos la llevase cargada sin pasar ningún riesgo y, menos,  ser  reconocida u observada por alguien o algún extraño que le dejase las maletas al  final de la travesía.  Cuidaba con tal celo esa fijación,  que  borraba las huellas que quedaban del viaje. Es mejor así,  y si  quien la llevaba cargada  o de la mano quisiese reconstruir los trayectos juntos hechos   no pudiera rehacerlos  o se perdiera en el regreso. Ella, Ana María, tenía como su meta, así decía, su fin,  lograr los éxitos sin que nadie supiera, y le horrorizaba hasta el colmo el hecho de   que,  para alcanzarlo,  bien  fuese llevada  por  un lazarillo o bien  la guiara una estrella, en ambos casos  se violaría su propósito de que nadie supiera de ella.  Ana Isabel, en cambio, asumió la vida desde siempre a mar abierto,  dejando que el viento  recorriera con ella las olas montadas en los  más  diversos movimientos. Ana María ocultaba en la cueva más honda de su alma sus deseos  y sus hechos. Pero, en sus fantasías, quiso vivir como las princesas  que aparecen  en las revistas de los salones donde  se adorna la belleza; escudriñaba cada biografía  hasta hacerse una exégeta: podía dar cuenta de las conquistas  e intrigas de las  mejores cortes, de las parejas más consagradas llenas de glorias y dinero  y se preguntaba: ¿Qué  tiene esa que ha llegado tan lejos?  Se comparaba con Grace Kelly,  Lady Di, con la esposa del Rey Juan Carlos , con  Jacqueline Kennedy  Onassis, y,  sin dudarlo,  una a una establecía las relaciones y se tocaba su piernas. Son más bellas las mías, mi culo es más  perfecto, es más dulce y más terso,   y mis nalgas erectas  son el atractivo de todos los ojos, los voraces del macho y  los mágicos de los poetas,  y va siempre cargado de todas las miradas que sobre él se posan buscando algo travieso. Ana María,   callada, envuelta en el más profundo de los silencios, se reía  de las princesas que salían de la nada y de la fortuna o las idioteces de  algún príncipe o rey que la llevaron muy lejos, jamás  como ella. Libre en su soledad, no conocía la envidia y se sabía  en sus detalles de mujer perfecta. No era, pues,  envidia ante la  afortunada  que de ayer a hoy se hizo princesa o reina; no, eso no era su juego. Le molestaba, sí,  la idiotez de los príncipes  o las reglas  de los reyes sujetos a vivir la prudencia como la más acabada de las hipocresías. Total:  la vida no era de ellos,  era del qué  dirán.  Siempre soñó con ser princesa grande, de esas que vuelan y remontan de los cerros al cielo.  Cómo no amar un yate de esos inmensos con perfumes y vinos  que  engalanan los grandes sitios de los reyes  según  se imaginaba a los imperios de Francia, los zares rusos, los mandarines chinos.  En los salones,  sus  pensamientos  hacían del éxito su centro de reflexión. ¿Cómo lo hicieron?  ¿Que tienen ellas que  no tenga yo?  Soy mejor, soy más bella, se decía cerrando sus ojos como para que no interrumpiera  la palabra el silencio. 


Anduvieron  juntas y  se contemplaron  con tal sigilo que nadie pudiera darse cuenta de que se escudriñaban sin dejar ni uno solo de los detalles, sin dejar nada fuera, con el rigor de la envidia  o la vanidad,  que nacen como  iguales: la primera para sentir lo distinto  y mejor que cada quien tiene, la segunda por la dicha que provoca saberse superior en algunos  detalles.  La femenina expresión  “qué tiene  ella que no tenga yo”, no cabía entre ellas. Cada quien sabía  al solo olerse que cada una tenía lo que la otra poseía  y que tan solo el talante las   diferenciaba.  Su memoria guardaba fiel cada paso que daba cada quien. Al principio del invierno, cuando la  vida se levanta para alcanzar los cielos, olían a playa límpida donde el amor fresco de las vírgenes realiza sus primeras entregas y la luna contempla sus hallazgos  en dionisíacos  juegos. Y así anduvieron juntas separadas. Una era el ocultamiento, la otra la exhibición; una la prudencia para el cálculo llevado hasta el extremo de su perfección en el silencio, la otra, el lado opuesto extremo:  el hacerse sentir por encima de los grandes ruidos y tormentas. 


Hace tantos años, décadas y algo más, que hemos transitado los mismos lugares,  nos tropezamos casi todos los días y nos hemos visto en posiciones diversas. Alguna vez estuve  arriba en funciones claves de nuestros haceres, pero nunca  en la intimidad de nuestro amante por encima de ti, musitó Ana Isabel como para oír lo profundo de su alma y luego, en voz más alta,  como si declamara, prosiguió: Hoy que es la despedida,  bueno es decir que hice todo cuanto    quisiste que yo fuera y, ahora lo sé,  lo vivo, lo  comprendo bien, nunca hice las cosas por mí, sino que mis acciones fueron calculadas por ti  y tan perfecta tu obra es,  que yo nada hice que tú no supieras, programaras, ordenaras. El placer que viví en la ejecución de tu programa  fue tan de maravillas, que siempre pensé que era mi placer con él  y nadie más que él;  en cada caso sabía de él,  lo supe apenas hace poco, siempre alguien de amantes  se cuentan las historias. Él me contó la más bella de todas las historias a las cuales debí tener acceso, debí ser yo y no tú; pero tú fuiste. Al conversar contigo de todo esto,  sé de lo que me he perdido, nunca tuve tiempo de conversar conmigo; en cambio, Tú sabías todo y vivías por quién sabe qué  ni cómo, de la intensidad de mi felicidad que con él construimos.  Sí,  porque eso fue, con él en distintas posiciones fuimos felices, solo que tu felicidad  estaba en lo furtivo, en lo concupiscente  de lo oculto y en la  ficción de lo que hará contigo al final del pacto hecho para dar garantías a  tu  espera. No sé, eso si no lo dijo,  si ese pacto de espera fue obra tuya,  una promesa  suya o un acuerdo.   Una de esas historias, la más pletórica de  aventuras y  misterios, fue la noche aquella que en su propia casa, a la cual te llevó con un pretexto de esos que hacen impoluto el engaño,  cuando todos disfrutaban del sueño, tú  fuiste a su alcoba. Había frío y ni él que todo lo prevé estaba convencido de que  irías.  Me contó que  jamás vivió  amor tan intenso. Fue un torbellino, según él describía, nada de ti quedó fuera del sexo y nada de él que tú no alcanzaras como la conquista de todos tus anhelos. Una hora, no más, y viviste una cúmulo de orgasmos. Estabas en suspenso, sostenida entre el amor, el miedo, la pasión, la intriga, la traición;  pero mucho más que eso -  según él me contara -   no  saber si yo lo hacía mejor que tú, sino  probarle que eras la perfección y que luego, conmigo, él debía superar  tus lecciones. Eso me  dijo que hizo, pero nunca alcancé tu maestría, según su testimonio. Tu secreto estaba no en el  insuperable  domino  magistral de tu sexo,  ni  tu manejo  sin fronteras del cuerpo, el tuyo, desde luego, pero el de él: no había lugar donde tus caricias, tus arrullos, tu lengua, tus manos, tus dedos, tus ojos, no despertaran excitaciones  de esas  que, según dice de sus experiencias en el mundo, ni siquiera las geishas del Japón lograron darle. Tu placer estaba más allá,  en lo oculto, lo obscuro, lo prohibido, en imaginarme a mí tratando de superarte para mejor complacerlo, lo que no alcancé. A pesar de lo bueno, fueron, me dijo él, imitaciones  fallidas,  imaginando también a su mujer, a quien compadecías. Las esposas, me contó que   dijiste, son parcas, estúpidas en la cama, y eso de ella te daba lástima, pero era, según él te veía, una lástima tierna.

 Que la compadecías y que tuviste además de la lástima, comprensión y gran respeto por ella.  Cierto que usaste su alcoba y  en su cama consumaste el amor, pero  el sigilo fue tal que  no quedaran huellas,  solo marcas en él, para que él no olvidara. Complacido lo cuenta como el más alto trofeo de tu estrategia. Él, como yo, cuando estábamos juntos,  no sabíamos qué hacíamos, salvo vivir, vivir la intensidad del sexo, mientras tu  vivías la intensidad del  sueño que aún perdura en los cortos momentos de la sublimidad y éxtasis  que con él alcanzabas.  Eso me decía él siempre evocándote. Al principio sentí alguna molestia; pero, en fin, pagaba bien y yo con él iba alcanzado el camino de mi propio éxito.  


Yo, Ana María,  vi y viví  aquí, tú en las galaxias.  ¿Recuerdas? A esta altura de mi vida puedo decir que él es un delincuente honorable, al menos no me mintió nunca ni promesas  me hizo para seguir hasta el final conmigo;  me confesó que eso lo hacía contigo, que lo agobiaba su conciencia porque no sabía si podría cumplir lo prometido: llevarte lejos, tenerte una mansión secreta más allá de las nubes donde solo él y tú supieran que existías. Sería lejos, , donde no hubiera  ojos conocidos y pudieras tener un lujoso auto, ser miembro del más caro de los clubes, disponer de chequera tan solo con los límites de la discreción para no delatarse.  Él seguiría siendo el marido perfecto que cubre todo según la medida de su bolsillo;  tú el placer ideal que  se hacía vivo en oportunidades distanciadas para que más intriga tuviera contigo  construirse en sexo.  Cuando hacíamos el amor, siempre me dijo que era un modo de hacerlo contigo, solo que en detalles diversos y que mis  orgasmos eran más extensos, libres de la presión que la máscara de la pureza impone.  Sí,  tu pureza, para la cual creaste tu propio universo.  Un santo hiciste de tu compañero,  de adoración  pública, de perfección total, y se reían de él con buenos sentimientos en los pocos momentos que, cuando estaban  juntos,  aparecía en escena. Nadie sería capaz de pensar ni un instante  que podrías serle infiel. Ni siquiera él, eso creíste, calculaste muy bien;  pero él trazó su propia venganza sin que tú  lo supieras: aparentar que te asumía impoluta… él  quizá, piénsalo ahora,  hizo su propio juego. Su indeferencia ante todos tus hechos fue la clave  de su éxito secreto, ser feliz de tus atenciones que mayores eran según fueran los remordimientos de conciencia que solían venir a ti  y el vivir tus atenciones todas que,  no tanto por amor, sino por tu resguardo, tenías que brindarle.  

   Hay algo que me queda sin entender de ti, Ana. Amas el éxito y no tienes miramientos ni escrúpulos ante quien por cualquier  vía lo haya alcanzado.  Lo importante es el éxito y los seres de éxito,  dijiste a él  muchas veces, no tienen defectos porque les sobra con qué  pagar virtudes. Él lo tiene, lo logró, como  es más frecuente , vendiendo el alma al diablo. Tú más que yo lo sabes porque tenías más tiempo para la meditación;  yo, en cambio, el tiempo con él era para que la cama sirviera de lecho a mi propia aventura tras mi éxito. Tú,  a diferencia de mí, sólo sola lograbas el éxito en la idea de que alguna vez lo alcanzarías, que serías feliz allá en la casa  sobre los cielos y en aquel lugar libre de ojos de miradas interrogantes; pero, es curioso, eres feliz en tus frustraciones con el sexo ajeno. Yo soy feliz cuando lo hago a cielo y mar abierto, sin detenerme mucho a definir quién es con quien  lo hago; que sea quien sea,  pero que lo haga bien es mi dilema, y  la grandeza de él, el bien hacerlo.  

Debemos despedirnos. Si nos tropezamos jamás debemos vernos. No por indiscreciones que delatarte puedan  y se caiga la máscara de pureza, de  virtud e inocencia  que bien llevas, áureo sudario  que encubre tu  lujuria y tu concupiscencia. Es por algo mejor, por él, a quien ambas debemos proteger: porque tú, yo y ella, las tres,  bien lo apreciamos, lo estimamos,  queremos, adoramos y  amamos cada una según somos con él. 

       Allá lejos, en su mansión de memorias y hechos,  Enrique y  su esposa, señora de altos vuelos de discreción perfecta para conservar creciente el patrimonio,  celebraban  las historias de Anas que con  él  se consagraron  al amor,  saboreando un buen vino  como el que Jesús hizo en las bodas de Canaán  y que él había aprendido a degustar siguiendo las instrucciones de  la Torá.  Cuando vuelvas a verlas,  Enrique, hazlo por mí por nuestros hijos, nuestro hogar: mantenlas  siempre  ciegas mintiéndoles sobre mis incompletitudes y tus inconformidades conmigo.  Que  jamás sepan que ensayabas con ellas para la plenitud de nuestro propio juego  en nuestro inagotable Kama Sutra de verdades y ficciones lleno,  y realimenta del amor  su esperanza  con tus canciones   favoritas,  un tango, una ranchera,  que evocan los delirios de las camas para el nuevo comienzo. 

Ah! Pon las Lied de Brahms y con Fausto brindemos con  Tokai. ¡Oh!,  se excusó  él. No te sientas mal,  dijo muy quedo, yo brindaré con un escocés de 25  e invocaré a  Mefisto.

       En el costado izquierdo de la isla de  Goat, el FBI y la Policía Montada esperan los resultados de la necropsia  de la esposa de Enrique.  Hay indicios de que pudo haber sido envenenada y tirada al Niágara o, según  el compungido marido,  se resbaló  al contemplar la grandeza de las aguas colgando en cataratas. Ana María cerró la Revista Time que ojeaba, donde leyó y vivió intensamente la noticia. Acarició con fruición su vulva y alcanzó su vagina izando en su memoria las historias que con Enrique hicieron. Notas premonitorias las noticias, se dijo.   Se levantó displicente y miró a su peluquero de siempre. ¡No nos veremos más! , así exclamó arrogante. Ha llegado mi tiempo. Airosa,  sus caderas danzaban  atrevidas. ¡Se murió el qué dirán!   Abría la Primavera su comienzo.

Nota: Gracias a la Doctora Ana Mireya   Uzcategui por su atenta revisión.




 fuente: recibido directamente del Autor, al que agradezco

AMERICO GOLLO CHAVEZ:









Ingreso a LUZ
01.02.69. Dirección de Cultura.
09.07.93. Profesor. Facultad Experimental de Ciencias
Titular
Jubilado

Estudios Realizados

Doctor en Filosofía. Universidad Eotvas Lorand
Budapest. Hungría. 03.05.79

Investigación Post doctoral, Estética
Instituto Schiller, Alemania Federal. 1991

Licenciado en Letras Hispánicas. LUZ. 69

Primer Nivel de Maestría en Educación Superior. LUZ l973.

Sociología Literatura. 1 al 24 de nov. 1974. FHE.LUZ

Semiología del Objeto. LUZ 84 Hs. FEC.LUZ. 1976

Lengua Alemana. Un año Instituto Goethe. Prien. 1977.

Tercer año de Economía. LUZ. 61.62.63.

Idiomas: Latín, Español, Francés, Alemán.
Cargos Desempeñados en LUZ: Decano Fundador(I) de la Facultad Experimental de Arte, desde el 06 02 00 Prof. De Comunicación y Lenguaje. FEC. LUZ. Desde l973. Primer Lugar en el ingreso según la metodología empleada. Coordinador del Eje del Pensamiento Simbólico: Matemática, Lógica, Lenguaje, FEC. Años 73 74 75. Profesor de Epistemología: Matemática y Sociedad; Ciencia y Sociedad. Departamentos de Matemática, Física. FEC. LUZ . Profesor de Estética. Postgrado de Letras Facultad de Humanidades Profesor de Metodología de la investigación. Fac. De Ciencias Jurídicas y Políticas de LUZ. Postgrado en Ciencias Políticas. Coordinador de la Comisión Central del año Jubilar de LUZ, en El 50 aniversario de su reapertura. Proponente y Coordinador de la Comisión para la creación de La Facultad Experimental de Arte. Representante de LUZ ante la Comisión Bicameral y la AVERU para el análisis del PLES. 98 –99. Coordinador Primer Encuentro de Educación Musical para América Latina, UNESCO, CONAC; UCV, LUZ...Caracas Sep 1996 Moderador del II Encuentro Musical de Expertos de A.Latina. UNESCO, UCV, LUZ; .....Caracas 1997. 

FUENTE:http://www.analitica.com/va/politica/opinion/3980242.asp