jueves, 25 de febrero de 2010

El Centésimo humano. Si yo cambio, todo cambia: Hipótesis para cambios globales.

Por Starviewer Team

Carl Gustav Jung (1875-1961) fue el primero de la era moderna que expresó la idea de arquetipos en el ámbito de la psicología. Su exploración de las profundidades de la mente le llevó a la filosofía, la mitología, la alquimia, las religiones orientales y el misticismo occidental. Abrió la puerta al relativismo psicológico, y situó el estudio del inconsciente en un primer plano, por encima del consciente, e iniciando un nuevo camino muy poco transitado por el conocimiento académico. Para él, incluso había algo más global y suprapersonal que denominó inconsciente colectivo. Éste, común a toda la humanidad, contendría la herencia mental de la evolución humana.

Jung observó símbolos de naturaleza universal, que llamó arquetipos, y que estaban relacionados con una serie de experiencias comunes en distintos pueblos y culturas (infancia y vejez, muerte, embarazo y parto, el amor,…). Estas experiencias se estructurarían y organizarían en campos comunes (arquetipos) dentro del inconsciente colectivo: como el del padre, madre, niño, amante, héroe, sabio, etc. Sería como si una idea común se hubiera concretado en cada uno de los pueblos de la tierra a lo largo de su historia, cambiando conforme las vivencias de esos pueblos variaban, pero permaneciendo siempre un remanente colectivo que estaría presente en cada uno de los individuos de las nuevas generaciones.

En los años 20, se inició un experimento en la Universidad de Harvard que fue continuado en Escocia y Australia. El fisiólogo y doctor William McDougall intentaba medir, en unos experimentos de psicología animal, cómo las ratas heredaban la inteligencia de sus progenitores. En sus experimentos colocaba a los roedores en un pequeño laberinto para medir su inteligencia. Las ratas más “inteligentes” resolvían el laberinto con mayor rapidez y eran emparejadas con otras ratas inteligentes. Lo mismo hacía con las más torpes. Es decir, las inteligentes se apareaban entre si, y las torpes solo entre ellas.

Veintidós generaciones después, todas las camadas de ratas, inteligentes y torpes recorrían el laberinto diez veces más rápido que cualquier rata de la primera generación. ¿Cómo era posible que las camadas más recientes de ratas lentas hubieran aprendido a recorrer el laberinto aún más rápido que las ratas inteligentes originales?, ¿Qué conexión había entre la primera generación de ratas y la última? Posibles explicaciones de este fenómeno llegarían a finales del siglo pasado de la mano de revolucionarias ideas, como por ejemplo, la teoría de la resonancia mórfica (Sheldrake, 1995). Sigamos viendo otros experimentos y fenómenos naturales curiosos.

En los años 50 el biólogo Lyall Watson observó en la isla de Koshima, próxima a Japón, a una colonia de monos Macaca Fuscata en estado salvaje durante varios años. En 1952, los científicos empezaron a proporcionar a los monos batatas dulces que arrojaban sobre la arena. Al principio los monos comían los tubérculos con algo de arena, hasta que una hembra joven, llamada Imo, comenzó a lavar las batatas y pronto otros monos aprendieron este comportamiento.

Entre 1952 y 1958, todos los monos jóvenes lavaban las batatas antes de comérselas. Sólo los adultos que imitaron a sus crías incorporaron este cambio. Otros adultos siguieron comiendo las batatas con arena.

Lo descrito hasta este momento no dejaría de ser un mero aprendizaje por imitación (Miller y Dollard, 1941) o también llamado aprendizaje vicario (Bandura y Walters, 1963), es decir, hay un modelo del que se aprende algo por observación.

Sin embargo, en el otoño de 1958, a partir de un determinado instante, diríase mejor de un determinado mono, TODOS los primates de la tribu lavaban las batatas antes de comerlas. Y la sorpresa no quedó ahí, hubo algo que aun les impresionó más a estos investigadores. Sin que los monos de Koshima salieran de la isla, la conducta de lavar las batatas antes de comerlas se había extendido a otros monos del archipiélago ¡e incluso del continente!

El hábito aparentemente saltó las barreras naturales y apareció en otras islas e incluso en Takasakiyama, en Japón. Científicamente no se encontró ninguna explicación. A partir de un mono, imaginemos que fuese el número cien, el centésimo mono, se produjo una explosión de conocimiento que fue automáticamente incorporada por todos los miembros de su especie, sin importar la distancia a la que se encontraran (Watson, 1979).

Otro interesante fenómeno ocurrió con aves a mediados del siglo pasado. Los herrerillos azules son pequeños pájaros de cabezas azuladas muy comunes en Gran Bretaña. Aún hoy se reparte leche fresca en algunos lugares de Gran Bretaña. Hasta los años 50, los tapones de las botellas de leche se hicieron de cartón.

En 1921, en Southampton, Gran Bretaña, quienes recogían sus botellas de leche observaron un curioso fenómeno. Al recogerlas había pequeños trozos de cartulina alrededor de la base de la botella, y la crema de la parte superior de la botella había desaparecido. El hecho apareció en otro lugar de Gran Bretaña, a unas 50 millas de distancia; y después en algún otro lugar a 100 millas. El fenómeno se extendió supuestamente por imitación –diría la psicología del aprendizaje clásica-, sin embargo, los herrerillos azules son criaturas que normalmente no viajan más de cuatro o cinco millas. Por lo tanto, la expansión de ese comportamiento sólo podía explicarse en términos de un descubrimiento independiente del hábito.

Ese hábito fue cartografiado por toda Gran Bretaña hasta 1947 y para entonces era bastante universal, quienes realizaron el estudio, concluyeron que debió ser “inventado” de manera independiente al menos 50 veces. Pero aún hay más, el ritmo de extensión del hábito se aceleró con el tiempo. En otros lugares de Europa donde las botellas de leche son repartidas al pie de las escaleras de las casas, como en Escandinavia y Holanda, el hábito también afloró durante los años 30, extendiéndose muy similarmente.

Pero aún se puede dar una vuelta más de tuerca, y es que existe una evidencia aún más fuerte de un proceso desconocido de transmisión del conocimiento. La ocupación alemana en Holanda, hizo que cesara el reparto de leche durante varios años, reanudándose en 1948. Si un herrerillo azul suele vivir tres años, probablemente no quedarían herrerillos azules de la época en la que la leche fue repartida por última vez. Sin embargo, al retomar el reparto de leche en 1948, la apertura de botellas de leche por los herrerillos azules surgió rápidamente en lugares bastante separados de Holanda, se extendió con rapidez y surgió independientemente con una frecuencia mucho mayor en esta segunda ocasión. Esto prueba que un nuevo hábito probablemente dependería en mayor medida de un tipo de memoria colectiva que de la genética.

De nuevo al alcanzar ese conocimiento un determinado sujeto, todos los individuos de la especie, sin importar ni la distancia ni el tiempo, lo incorporan automáticamente.

Quizás podríamos pensar que estas experiencias fueron casualidad y que no ocurren en otros entornos, especies o entidades físicas. Sin embargo, existen multitud de experimentos en plantas e incluso en estructuras físicas como cristales o en niveles atómicos y cuánticos en algunas partículas.

En experimentos con sustancias se han obtenido también resultados cuanto menos sorprendentes. Algunas de ellas son muy difíciles de cristalizar en el laboratorio. Sin embargo, si en uno de ellos se tiene éxito en la tarea, la sustancia en cuestión comienza a cristalizar con mayor facilidad en otros laboratorios del resto del mundo. Al principio se pensó que la causa pudiera ser que investigadores visitantes portaran diminutos trozos de cristal en sus ropas o en sus barbas. Pero finalmente esta causa fue desechada.

Aparentemente los cristales aprenden: 40 años después del descubrimiento de la glicerina, solía aceptarse que ésta no formaba cristales. Cierto día a principios del siglo XIX, un bidón de glicerina transportado de Viena a Londres comenzó a cristalizarse.

Muy poco tiempo después, en otro lugar muy distinto, otra carga de glicerina cristalizó. Los casos se extendieron y hoy se la glicerina forma cristales cuando la temperatura desciende a menos de 17°C. Esto mismo ha ocurrido con otras muchas sustancias.

Edgard Morín (Nuevos Paradigmas, Cultura y Subjetividad. D. Fried Schniyman Ed. Paidos B. Aires 457 pg.) relata textualmente: “Hace poco se descubrió que hay una comunicación entre los árboles de una misma especie. En una experiencia realizada por científicos, se quitaron todas las hojas a un árbol para ver cómo se comportaba. El árbol reaccionó de un modo previsible, es decir, que empezó a segregar savia más intensamente para reemplazar rápidamente las hojas que le habían sacado. Y también segregó una sustancia que lo protegía contra los parásitos. Pero lo que es interesante es que los árboles vecinos de la misma especie empezaron a segregar la misma sustancia antiparasitaria que el árbol agredido”.

Pareciera que cualquier entidad física viva o inerte tuviera un soporte más sutil por el que se expande y a través del cual recoge la información necesaria de su especie para dar un salto en su evolución cada cierto tiempo, o quizás, cada cierto número de unidades, sujetos o individuos.

El Dr. Rupert Sheldrake, biólogo y filósofo británico, planteó una hipótesis que intentaba explicar estos experimentos y fenómenos: los Campos morfogenéticos, o campos no locales como prefiere llamarlos. Según el propio Sheldrake:

“Morfo viene de la palabra griega morphe, que significa forma. Los campos morfogenéticos son campos de forma; campos, patrones o estructuras de orden. Estos campos organizan no solo los campos de organismos vivos sino también de cristales y moléculas. Cada tipo de molécula, cada proteína por ejemplo, tiene su propio campo mórfico -un campo de hemoglobina, un campo de insulina, etc. De igual manera cada tipo de cristal, cada tipo de organismo, cada tipo de instinto o patrón de comportamiento tiene su campo mórfico. Estos campos son los que ordenan la naturaleza. Hay muchos tipos de campos porque hay muchos tipos de cosas y patrones en la naturaleza…”

Podríamos decir que esta hipótesis, al haber sido replicada en multitud de experimentos, pasaría a convertirse en teoría, sosteniendo que de alguna manera todos estamos interconectados (Gregg Braden, 2000), de forma que existiría una matriz que conecta toda la realidad visible e invisible, y que los cambios en una parte de la misma, afectan a otras partes de esa realidad. Algo semejante se desprende del principio de incertidumbre de Heisenberg (1927) cuando postula que un observador del mundo subatómico afecta a los resultados por el mero hecho de observar, convirtiéndose en participante.

Lynne Mctaggart (El campo, 2007) sostendría la misma idea que Braden: Todos estamos conectados, existe un campo que responde al poder de la intención y que a partir de una determinada masa crítica los cambios en sujetos individuales se extienden a todo el colectivo automáticamente.

Según la teoría de Sheldrake los genes, por ejemplo, serían el mecanismo físico que recibe la información del campo morfogenético, como la radio o la televisión reciben sus señales. Explicaría también la transmisión de la información a individuos de la misma especie de forma simultánea, pero separados en el espacio y en el tiempo.

Para verificar o refutar su propia teoría, Sheldrake realizó dos experimentos con humanos: “El primer experimento fue patrocinado por la revista New Scientist, de Londres, y el segundo por la Brain/Mind Bulletin, de Los Angeles.

En el experimento patrocinado por New Scientist, a personas de distintas partes del mundo se les dio un minuto para encontrar rostros famosos escondidos en un dibujo abstracto. Se tomaron datos y se elaboraron medias. Posteriormente la solución fue emitida por la BBC en una franja horaria donde la audiencia estimada era de un millón de espectadores.

Inmediatamente de realizada la emisión, en lugares donde no se recibe la BBC, se realizó el mismo “test” sobre otra muestra de personas. Los sujetos que hallaron los rostros dentro del tiempo de un minuto fueron un 76 % mayor que la primera prueba. La probabilidad de que este resultado se debiera a una simple casualidad era de 100 contra uno. Según el Dr. Sheldrake, los campos no-locales, o campos morfogenéticos, habían transmitido la información a toda la “especie”, sin detenerse en aquellas personas que presenciaron la mencionada emisión de televisión.

En el experimento patrocinado por el Brain/Mind Bulletin de Los Angeles, a varios grupos de personas se les pidió que memorizasen 3 poemas distintos. El primero era una canción infantil japonesa, el segundo un poema de un autor japonés moderno y el tercero un galimatías sin sentido. Tal como la teoría de los campos morfogenéticos predice, la canción infantil, habiendo sido aprendida por millones de niños durante muchas generaciones, aunque éstos fueran japoneses, fue memorizada notablemente más rápido que las otras dos alternativas.”

Gary Schwarz, psicólogo de la Universidad de Yale, realizó un experimento similar en el Tarrytown Executive Conference Center de Nueva York. A estudiantes de Yale que no sabían hebreo se les mostraron palabras hebreas de tres letras, la mitad de ellas sin sentido. Los estudiantes obtuvieron mejores resultados en el reconocimiento de palabras “reales” en una proporción superior a la que cabría esperar como mero fruto del azar.

Tal vez os estéis preguntando, ¿qué implicaciones pueden tener estas cuestiones en nuestra vida diaria, que la pasamos buena parte de la misma comportándonos como autómatas, o viviendo felizmente en un mundo donde consumir o hacer lo que hay que hacer forma parte de nuestra rutina más inconsciente?, ¿Porqué debería importar ser consciente de lo que significa esta teoría?, ¿Se pueden extrapolar a nuestra especie los resultados de ese ‘centésimo mono’ que lavó las batatas y provocó la revolución en toda su especie?, ¿Influiría el pensamiento de un solo sujeto en un cambio planetario?

La teoría de la resonancia mórfica anima al cambio en nuestra manera de pensar y sentir el mundo que vivimos. Dice que la aparición de una nueva idea, sentimiento, e incluso la acción de, por ejemplo, intercambiar servicios en vez de dinero, puede ser facilitada por la resonancia procedente de personas que sintonicen con esa idea y la pongan en práctica.

Surgiendo un comportamiento totalmente nuevo, no sólo por primera vez en la historia de un individuo, sino por primera vez en el mundo. ¿Qué significa esto? Pues quizás que esté en nuestras manos cambiar el rumbo de nuestro planeta si somos capaces de generar una nueva forma de pensar, actuar o sentir, que poco a poco se materialice en nuevas formas de convivencia.

¿Realmente influyen nuestros pensamientos y los sentimientos en tal medida?, ¿Su influencia es real o fruto de la fantasía popular? Sabemos por distintos experimentos, como por ejemplo los llevados a cabo por Masaru Emoto en sus investigaciones sobre el agua (Mensajes del agua, 2003) que los pensamientos y las palabras habladas o escritas son capaces de generar un tipo de energía no visible que influye sobre la cristalización de las moléculas. Un pensamiento de paz hace que una molécula de agua cristalice de una forma completamente diferente a como lo haría el pensamiento de violencia, siendo en el primer caso cristalizaciones perfectamente ordenadas y simétricas, mientras que en el segundo aparecen estructuras desordenadas e irregulares.

En otro nivel de investigación de la realidad, conectado con el tema que estamos tratando, se sitúan las investigaciones del físico francés Alain Aspect (1982). En ellas, junto con su equipo, descubre que sometiendo a ciertas condiciones a partículas subatómicas, como los electrones, eran capaces de comunicarse entre sí con independencia de la distancia que las separase. Parecía que cada partícula individual supiera qué estaban haciendo todas las demás.

El físico cuántico David Bohm (Totalidad y el Orden implicado, 2000) exploró la unidad del universo por medio de lo que él llama “orden implicado”, que se encontraría presente en todos los seres y las cosas. Dio una respuesta a los experimentos de su colega francés opinando que sus descubrimientos implicaban la realidad objetiva no existe siendo una especie de gigantesco holograma la realidad en la que vivimos.

Para Bohm el motivo por el cual las partículas subatómicas permanecían en contacto con independencia de la distancia, reside en el hecho de que es una ilusión. Explica su teoría con un sencillo ejemplo: Imaginemos que a través de dos monitores observamos el mismo pez. En uno de ellos aparece de frente, y en otro de lado. Podría pensarse en un principio que son entidades diferentes y separadas. Podríamos pensar que son dos peces distintos e incluso creer que se comunican entre ellos a la vez. Sin embargo, al cabo de un tiempo, veríamos que hay cierta unión entre ellos, e incluso seguramente que se trata de un solo pez. Con las partículas subatómicas estaría pasando algo parecido, según Bohm. La aparente conexión entre éstas partículas nos estaría advirtiendo de un nivel más profundo de la realidad al que, de momento, no tenemos acceso. En realidad, en ese nivel, las partículas estarían conectadas entre sí, y puesto que tu, yo y todos los objetos y seres de nuestra realidad estarían constituidos por partículas como éstas, y otras, todos formaríamos parte de una inmensa red de carácter holográfico donde el fenómeno de la localidad se resquebraja al estar todo interrelacionado y unido.

Multitud de investigadores, máximos exponentes de lo nuevo, y herejes a la vez, muestran un multiuniverso en el cual cada una de sus partes, desde las partículas subatómicas pasando por una gota de agua, un ser humano, y hasta las agrupaciones de galaxias estarían conectadas, compartiendo información entre sí de forma simultánea y constante.

Quizás, la realidad física manifiesta parte de ese gran holograma del que formamos parte y sería nuestra conciencia quien lo recorrería reconociéndolo en sus más variopintas manifestaciones.

El ser humano de la Tierra es cada vez más consciente de la necesidad de empezar a utilizar todo el potencial que lleva dentro de sí mismo. Si todos y todo está conectado, tal y como nos avanza la física cuántica, deberíamos empezar a plantearnos seriamente la posibilidad de que los seres humanos como sujetos individuales, son los primeros y últimos responsables de la realidad que crean y viven a diario, tanto en el presente como para las generaciones futuras, y que el hecho de una transformación global de la humanidad pasa inexorablemente por el cambio de un individuo… de otro… y otro… y otro más, así hasta llegar a un enésimo sujeto,… supongamos que fuese el número cien, y que al cambiar ese centésimo humano, generaría una explosión de conocimiento que se transmitiría automáticamente al resto congéneres del planeta, provocando grandes corrientes de cambios planetarios que a modo de contracciones de un parto darían lugar al nacimiento una nueva era de seres humanos, una nueva humanidad. Esa nueva era que tanto esperamos que se materialice, debería nacer antes en el interior de cada uno de nosotros para luego expandirse. Seamos conscientes de lo que implica colaborar con esa masa crítica silenciosa que forman millones de personas en todo el planeta. Millones de seres que desean vivir en un mundo diferente pero que se creen desconectados cuando lo que apuntan las investigaciones es a todo lo contrario. Aprovechemos el río de conocimientos y transmisión de información que suponen las nuevas tecnologías (internet,, móvil,…), para conectar con esas ideas, sentimientos y actitudes que hablan de unión entre los seres humanos, de comprensión, de aceptación, de paz, de comunicación, de vivir la vida con esos valores que nuestra sociedad parece haber dejado en un segundo plano, y en definitiva, para dejarnos empapar de lo nuevo y formar parte de una cadena de transmisión que potencie lo global. Integremos y actualicemos, con la información que ahora tenemos, el hecho de que el todo es mayor que la suma de las partes.

Nuestro planeta y su futuro, es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros, de nadie más. Intentemos no dar energía a lo que nos separa, a lo que nos divide. Abandonemos lo malo conocido y abrámonos a lo nuevo por conocer, cojamos nuestra batata llena de arena, hagamos algo nuevo con ella -como los monos japoneses- y daremos sentido a las palabras implicación, compromiso y humanidad, a su principal representante, el ser humano y a la herramienta que es capaz de cambiar en cada instante el futuro: el libre albedrío, escoltado por la mente y el corazón y trabajando con esos niveles sutiles que nos cuentan los investigadores más avanzados.

Intentemos ser un poco más conscientes de nuestro potencial como grupo para cambiar el planeta, pero antes, ¿Te atreves a ser tú el centésimo humano? …Yo sí.

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