martes, 13 de enero de 2009

"Una guerra que se nos impuso"


por Mario Wainstein

AURORA-

No quieren una parte, quieren todo; no quieren dos pueblos, quieren uno.

Pero cada vez soy más escéptico en cuanto a la posibilidad de un acuerdo de paz.Por el contrario, hay que tratar de optimizar la superioridad militar para que no sólo Nasrala sino también Haníe diga que:" si hubiera sabido que esa habría de ser la respuesta, no la hubiera provocado".

A raíz de mi artículo de la semana pasada recibí un mensaje de S. que dice, entre otras cosas: ``Leí tu artículo sobre la Franja de Gaza, escrito unos días antes de los bombardeos israelíes, casi como adelantándote a los hechos. ¿Qué te paso con los años? ¿Es éste otro Wainstein? ¡¡Qué pena amigo mío, qué pena!! No sé cómo podrás explicar lo que vi esta mañana en el diario: dos niñas de no más de nueve o diez años muertas y cubiertas por un charco de sangre''.


He elegido ese mensaje -podría haber elegido el de H. de igual manera- para responder a muchos a quienes me interesa explicarles. Yo estoy acostumbrado a que haya quienes se rebelen por lo que escribo y soy consciente de que muchas veces mis escritos son provocativos.


Pero mis mayores esfuerzos los dedico a tratar de explicar a la gente que quiero y aprecio, y a quienes considero de buena voluntad. No pretendo convencer a nadie que piense como yo; simplemente quiero explicar por qué considero que mi postura es no sólo política sino también moralmente correcta.


Durante mucho tiempo creí que la ocupación de los territorios conquistados en la Guerra de los Seis Días era la raíz de todos los males: bastaba con entregarlos a los palestinos, para que ellos constituyan en ellos su propio Estado, que habría de convivir en paz y armonía con el nuestro.


Hoy sé que no es así. La ocupación es una maldición de la cual debemos desprendernos lo antes posible, pero la paz no habrá de llegar tan rápido. La postura palestina no ha cambiado desde 1947 hasta ahora, por lo menos en lo que se refiere a amplios sectores de su población y de sus representantes políticos, y no hablemos ya de los que habitan en la diáspora.


La misma oposición que manifestaron entonces a la partición la siguen manifestando ahora. No quieren una parte, quieren todo; no quieren dos pueblos, quieren uno.


Es por eso, y no por nada más, que en Sderot y alrededores cae desde hace años una lluvia de cohetes. Israel sacó de allí no sólo a su ejército sino a los civiles que habitaban un territorio que no era el de la línea de cese de fuego de 1948. Hubo quien se hizo ilusiones.

Shimon Peres, por ejemplo, removió cielo y tierra como sólo él sabe hacer, para dejar intactos y en funcionamiento los invernaderos de los asentamientos, una fuente de trabajo y de riqueza. Por supuesto que no quedó de ellos nada: en los viejos asentamientos se hacen maniobras militares y desde los invernaderos se disparan cohetes hacia las concentraciones de civiles.


Que no haya equívocos: estuve y estoy también hoy a favor de esa evacuación de Gaza, pero no porque crea que ello aproxima la paz sino porque desde hace años vivo preocupado por nuestra propia identidad e imagen. La ocupación denigra al ocupante y lo destruye, a mediano plazo, mucho más que al ocupado. Estoy a favor de evacuar todo lo que se pueda.


Pero cada vez soy más escéptico en cuanto a la posibilidad de un acuerdo de paz.En esa situación, toda mi aspiración se reduce a la fórmula ``vivir y dejar vivir''. Los colonos en Cisjordania son enemigos de esa fórmula, porque no dejan vivir a los palestinos, y por eso los combato. Pero en Gaza no hay ocupación, no hay asentamientos, no hay interferencias.


¿No alcanza con evacuar Gaza, hay que retirarse también del Néguev? ¿De la Galilea si mañana vuelve a atacar Nasrala? Hasta el último momento las autoridades de Israel estuvieron rogando casi de rodillas que Hamás cesara sus agresiones porque de lo contrario obligaba a una acción militar. Ehud Olmert concedió reportajes a las redes de televisión en árabe para preguntar con una voz que era un ruego:

``¿Por qué siguen disparando? Nosotros somos mucho más poderosos, dijo; el dolor y la muerte serán mucho mayores allí que aquí. Entonces, ¿por qué lo hacen? ¿Por qué nos obligan a emplear la violencia?''Yo le contesto, señor: porque no les interesa. Porque es la teoría de cuanto peor tanto mejor. Porque nada más noble que ofrendar vidas, sobre todo si son ajenas, en la guerra santa contra los infieles.


Porque desde aquella siniestra época en la cual se puso como lema un increíble ``Viva la muerte'' nunca hubo tal desprecio por la vida como el que manifiestan ideológicamente los fundamentalistas islámicos.


Digamos las cosas como son, aunque le duelan a quienes como yo dedicaron una vida entera a luchar por una causa noble pero equivocada: no quieren su independencia, no les interesa. Lo que quieren es que nosotros no la tengamos y por ello están dispuestos a dar la vida. Si lo que quisieran fuera un Estado independiente hace tiempo lo hubieran tenido y lo pueden tener casi de inmediato.


Hace años que dejé de ser vanguardia al estar en Israel a favor de un Estado palestino: hoy una abrumadora mayoría de israelíes está a favor. Pero ellos no quieren.No soy quién para imponerles una forma de vida. Si no quieren un Estado, allá ellos. Pero Israel se ha retirado de todo el territorio de Gaza para poder defender el suyo soberano con decisión. Se ha tratado por las buenas. No ha dado resultado.

A la hora de decidir entre la niña de nueve años que viste como yo por televisión y los niños de Sderot que quizás no viste por esa misma pantalla, no hay lugar a la duda: el orden natural es que un Estado debe brindar protección a sus ciudadanos.Ahora llegamos a ``las debidas proporciones''. Esa terminología es un error y si no lo fuera me opondría a ella con toda mis fuerzas, porque es una inmoralidad. Si la respuesta debe ser ``proporcionada'' a la agresión, que de eso se trata, estaríamos admitiendo que se trata de un revanchismo, una suerte de ``ojo por ojo'', una acción cuyo objetivo es satisfacer la sed de venganza.


El objetivo no es ése, sino permitir a la gente vivir en paz, a ambos lados de la frontera. Para eso, agotadas las instancias no violentas (no hay de qué sorprenderse: basta con leer la carta orgánica de Hamás, a cuyo lado los escritos de Hitler son cuentos para niños) el uso de la fuerza tiene que estar al servicio de ese objetivo. Una respuesta ``proporcionada'' es una invitación a seguir la agresión y es poner en manos de Hamás el volumen de fuego que más le convenga.


Por el contrario, hay que tratar de optimizar la superioridad militar para que no sólo Nasrala sino también Haníe diga que: " si hubiera sabido que esa habría de ser la respuesta, no la hubiera provocado".Ahora hay que preparar la salida, el cuándo y el cómo: dos factores que deben estar anclados en la realidad.


La situación no tiene una solución militar, recordémoslo; el operativo tiene que ayudar a que se logre una solución política que permita vivir en forma pacífica a ambos lados de la frontera. Como en la Galilea y el sur del Líbano después de aquella otra guerra.

En mi modesta opinión, podemos ahorrar la incursión de infantería y en todo caso no estamos lejos de una solución política satisfactoria que ponga fin a la violencia. Una ayuda de afuera a ambas partes no estaría de más: los dos parecen necesitar urgentemente una escalera.

Fuente: semanario "AURORA" - Tel Aviv, Israel.- Decano de la Prensa Israeli en
idioma Castellano/Español.


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