martes, 27 de enero de 2009

La victoria del terrorismo

por Santiago Kovadloff

Itongadol.-
Ni Amos Oz ni Daniel Baremboim se equivocan. Israel cae en una trampa al proceder como hoy lo hace. Revela escasa lucidez cuando se enfurece y ataca. La guerra es la trampa que le tienden sus enemigos. clic


LA NACION.- ¿Qué es un conflicto trágico? Es un conflicto que no tiene solución. ¿Y por qué no la tiene? Porque cada uno de los que en él se enfrentan entiende que la razón, toda la razón, está de su lado y sólo de su lado. Así, los antagonistas que dan vida al hecho trágico están llamados a confrontar sin ceder en nada.

Llevarán su intransigencia hasta el final, sea éste el que fuere.
Cuando Israel abandona, por los motivos que se quiera, el escenario del empeño negociador, deja de obrar en consonancia con la razón parcial que lo asiste. Sus argumentos pasan a ser reemplazados por la fuerza bruta. Renuncia a la persuasión verbal y opta por la disuasión armada.


Hamas, en cambio, nunca abandonó el terreno de la negociación porque nunca ingresó en él. Por eso no tiene ninguna razón. Procede, siempre, impulsado por la convicción intransigente de que Israel debe desaparecer del mapa.

Exige su exterminio, no su flexibilidad. Su planteo, en consecuencia, no es político, es apocalíptico. Hamas se arroga la representación del pueblo palestino en su conjunto. Miente.

Reniega de la evidencia de que el pueblo palestino está integrado por varios millones de personas que aspiran a vivir en paz con Israel, sin que ello implique renunciar a ninguno de sus derechos de constituir una nación.


Ni Amos Oz ni Daniel Baremboim se equivocan. Israel cae en una trampa al proceder como hoy lo hace. Revela escasa lucidez cuando se enfurece y ataca. La guerra es la trampa que le tienden sus enemigos. Ellos sí quieren la guerra. La bendicen. La celebran.

El rédito incomparable de la guerra, para el terrorismo, consiste en que Israel masacre en Gaza, o donde fuere, queriéndolo o no, el mayor número posible de civiles palestinos que puedan inclinarse por alcanzar la paz con Israel.

De modo que, por propicios que pudieran parecer para Israel, en el corto plazo, los resultados del enfrentamiento bélico, el hecho en sí de recurrir a las armas constituye, para el Estado judío, una derrota moral incalculable.

La guerra prueba, en este caso, que Israel da por agotados los recursos civilizados mediante los cuales creyó posible frenar los ataques a su territorio. Se me dirá que, en efecto, es así. Y que sólo hay una forma de desarticular el terrorismo y es aniquilándolo en su propia madriguera.

No obstante, al optar por este criterio, se olvida o se reniega del hecho de que Hamas, en Gaza, ha logrado entramar profundamente su acción con la vida de la población civil. Hasta tal punto que, al golpearlo, es imposible no golpear a quienes no coinciden con él, pero se ven forzados a convivir con él.


Esta tragedia no tendrá solución. Ninguna tragedia tiene solución. Sólo tiene desenlace. Un desenlace sangriento, casi siempre. Y provisional, porque las tensiones que lo nutren no desaparecen: se reencarnan, a lo largo del tiempo, en nuevos y sucesivos protagonistas.


Al haber logrado persuadir al Estado judío de que no hay otro camino presuntamente disuasivo que la guerra, Hamas ha conseguido un gran triunfo. Pone de manifiesto que, en Israel, ha podido más la desesperación que la imaginación política.
Es inútil argumentar en forma maniquea.

Cuando rehúyen la verdad, los enemigos irreconciliables no hacen otra cosa que decir que se limitan a responder con violencia a la violencia previa que les fue impuesta. Es el camino de la bestialidad recorrido con el presunto estandarte del derecho y la justicia.

La violencia no pone fin a la violencia. Y esto lo saben muy bien las dos partes. Cultivándola, unos no tienen nada que perder. Los otros, en cambio, pierden demasiado.


A la convivencia indispensable se debe acceder desde adentro hacia afuera. Si la mayoría del pueblo palestino quiere la paz tendrá que probarlo. Deberá desarticular los movimientos terroristas que se arrogan su representación.

Igualmente, si la mayoría israelí quiere la paz tendrá que encontrar el modo de respaldar y fortalecer la acción política y el poder de incidencia social de esa mayoría palestina. No se trata de algo sencillo, pero se trata de algo indispensable.

Y lo mismo deberán decidirse a hacer las naciones árabes que guardan silencio cuando Hamas ataca a Israel y claman al cielo cuando Israel contraataca. Las naciones árabes y todas aquellas en las que el discurso cínico se muestra amalgamado con las conductas políticas. Ese cinismo debe ser denunciado.

Esconde una escalofriante irresponsabilidad ante lo que sucede en Medio Oriente. Las declaraciones estentóreas hechas desde podios rutilantes de nada sirven a la causa de la paz. Todo lo contrario. Se parecen demasiado a las manos que Pilatos se lavó.


31/12/2008

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