martes, 26 de febrero de 2008

UN SANTAFESINO EN ISRAEL

Una sociedad moderna en medio del desierto

por Rogelio Alaniz

TEL AVIV- AVENIDA COSTANERA



Una sociedad moderna en medio del desierto Los judíos están orgullosos de la nación que fundaron en un desierto. Es un orgullo sobrio, discreto, de quien sabe que lo que ha conquistado lo ha hecho con esfuerzo y con dolor, también con inteligencia y coraje.
Las estadísticas ubican a Israel entre las grandes economías del mundo. En el mercado internacional, las empresas israelíes están consideradas entre las más competitivas, sus empresarios se destacan por su audacia y su creatividad, pero el rasgo más distintivo de su poder económico es la calidad de sus recursos humanos y su formidable capacidad de innovación científica y tecnológica.
Si en el pasado cierta literatura antisemita construyó el arquetipo del judío prestamista y usurero, hoy la imagen que lo expresaría con más realismo sería la del judío dueño de una inusual capacidad para adaptarse a las exigencias del capitalismo globalizado.
En Israel, se discute si este modelo de judío cosmopolita y burgués era el que deseaban los padres fundadores. Ben Gurion se anticipó a estos debates y advirtió que sus denodados esfuerzos para crear Israel en Medio Oriente no los realizó para fundar una Singapur en versión hebrea.
Para Ben Gurion, Israel debía ser una nación moderna pero justa, libre pero solidaria. Su modelo humano no era el burgués en el sentido clásico del término, sino el sabra, es decir, el judío que trabaja con sus propias manos, que es libre y soberano, y que está dispuesto a defender esas libertades con las armas si fuera necesario.



HAIFA, UNA HERMOSA CIUDAD

DEL MEDITERRANEO LEVANTINO

El viajero que llega a Israel no necesita leer sesudos tratados de economía o perderse en el laberinto de las estadísticas para descubrir que está en una nación que funciona. Se sabe que las variantes que permiten medir la calidad de una sociedad son la educación, la salud, las comunicaciones, la vivienda, los transportes y la relación del ciudadano con sus instituciones. Pues bien, hasta el observador más exigente admitirá que Israel en cada uno de estos rubros merece por lo menos un aprobado, una calificación que hoy por diferentes razones ninguna nación de América Latina está en condiciones de alcanzar.

Ubiquemos las ponderaciones en sus justos términos. Israel no es un paraíso, entre otras cosas porque los supuestos paraísos no son creaciones humanas y quienes en algún momento recurrieron a esa calificación lo hicieron para disimular los rasgos totalitarios y carcelarios de un sistema.

En Israel, hay problemas serios, y sería injusto y tonto negarlos. A las dificultades que ocasionan la guerra y las diferentes estrategias que se proponen para resolverla, se le suman las dificultades habituales de las sociedades modernas. En Israel, la distancia entre ricos y pobres se ha acentuado en los últimos años, los rasgos solidarios promovidos por los padres fundadores están puestos en tela de juicio, pero, para que se entienda, estos problemas se expresan, comparados con la
Argentina, en una escala mínima.

Es verdad que el desarrollo capitalista ha acentuado las diferencias sociales y al sistema político se le plantean los mismos problemas que afrontan las economías avanzadas para sostener los beneficios del Estado de bienestar, pero lo que importa es que en sus rasgos centrales la ecuación capitalismo más protección social, se mantiene; con dificultades, pero se mantiene.

Los kibutz, hoy, no son la columna vertebral de la economía, pero existen, y las críticas que les hacen porque no operan como lo hacían hace cien años son inconducentes, salvo que alguien crea que con todo lo que ocurrió en el mundo en el siglo veinte se puede seguir concibiendo una unidad económica con los criterios igualitarios del siglo XIX. Como me dijeran mis amigos: los kibutz han cambiado, pero los medios de producción no son privados.

El modelo israelí es uno de los pocos en el mundo que combina la capacidad de innovar y crear riquezas del capitalismo con los beneficios de la protección social del socialismo. Esta relación entre capitalismo y socialismo, entre moral individual y social, es difícil, compleja, pero se sostiene.

Uno de los rasgos que mejor permite apreciar la calidad del orden social es el funcionamiento del sistema educativo. Se sabe que las universidades de Israel están muy bien calificadas en el mundo. La calidad de sus docentes y el nivel de sus investigaciones así lo certifican. El presupuesto dedicado a educación es alto. Los sueldos de los docentes son buenos y comparados con los latinoamericanos, muy buenos. No obstante, el mes pasado se declaró una huelga prolongada por reivindicaciones salariales y pedagógicas.

La educación en este país es una prioridad nacional. La universidad en Israel es exigente y esa exigencia se manifiesta también en los requisitos que les imponen a los estudiantes. Según las informaciones que me dieron, la selección para ingresar a la universidad se empieza a definir en el ciclo medio. Las calificaciones que obtienen los estudiantes en su examen final del secundario son tenidas en cuenta para acceder a las carreras.

El otro criterio de selección es lo que se llamaría la orientación de la matrícula. El Estado define las prioridades de las carreras atendiendo las necesidades nacionales. Se respeta la vocación del estudiante, pero éste está obligado a respetar las exigencias académicas.

Los estudios superiores no son gratuitos, es más, son caros. El promedio es de alrededor de doce mil pesos anuales. Por supuesto que existe un sistema de becas y premios que permite a los estudiantes con mayor capacidad intelectual y bajo poder adquisitivo seguir su carrera.

Por otra parte, el poder adquisitivo de la familia media israelí permite afrontar estos gastos, entre otras cosas porque existe un fuerte consenso cultural a favor de los beneficios del conocimiento.

La alternativa de las universidades públicas son las universidades privadas. El que suponga que por ser privadas las exigencias académicas son menores, se equivoca de punta a punta. También en este caso el consenso cultural creado hace que las universidades privadas no sean obsequiadoras de títulos baratos a sus clientes. En Israel, ni la universidad pública ni la privada rifan los títulos, entre otras cosas porque los propios beneficiarios no aceptarían esa ganga.

Después está la guerra, con sus injusticias y sus tragedias cotidianas. Por razones humanistas y por razones burguesas Israel aspira a la paz. Temas tales como las tierras ocupadas o la existencia legítima de los palestinos podrían resolverse si por parte de los árabes hubiera una señal favorable.

Mientras tanto, lo que todo israelí sabe es que está dispuesto a defender a su nación. A juzgar por lo que vi, disponen de todos los recursos para hacerlo. El que suponga que alguna vez podrá echar a los judíos al mar se equivoca de cabo a rabo. Más de cincuenta años de fracasos así lo testimonian.
Curiosamente, los problemas de Israel no provienen de su debilidad sino de su fortaleza. Los judíos disponen de poderío militar y económico para hacer frente a los desafíos, pero sobre todas las cosas disponen de una sociedad decidida a defender su hogar nacional. Desde los tiempos de Clausewitz, se sabe que una nación con esos recursos, con esa clase dirigente y ese pueblo, es invencible.

Publicado en el diario 'EL LITORAL', de SANTA FE DE LA
VERA CRUZ- REPUBLICA ARGENTINA.-25 febrero 2008

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