sábado, 9 de julio de 2011

Rogelio Alaniz, periodista, escritor y profesor nos trae "La Argentina de los Kirchner"





Por Rogelio Alaniz

“La crítica no arranca de las cadenas las flores ilusorias para que el hombre soporte las sombrías y desnudas cadenas, sino para que se desembarace de ella y broten flores vivas”. Carlos Marx


Según el informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) la Argentina no está peor que en otros tiempos, pero está lejos de estar mejor. Aclaremos este juego de palabras. Digamos en principio que desde hace por lo menos cuarenta años que en la Argentina no ha habido cambios significativos: los pobres siguen siendo pobres, los ricos siguen siendo ricos y lo único que ha variado es la composición social de las clases medias.


Debatir sobre la identidad económica y cultural de las clases medias sería una discusión tan tediosa como estéril. Podemos admitir en principio que en algún momento fueron el orgullo de la Argentina y desde hace por lo menos cuatro décadas vienen soportando un creciente proceso de degradación y deterioro. Se sabe que la miseria extrema de un amplio sector de la población, es uno de los datos principales a tener en cuenta para evaluar la calidad de vida de una sociedad y la calidad y capacitación de su clase dirigente, pero no se debe ignorar que el otro dato a tener en cuenta es la presencia de las clases medias en el sistema atendiendo al principio de que una nación con amplias clases medias es una nación con buenos niveles de integración y movilidad social.


En nuestro país ese período de esplendor funcionó, por diferentes motivos y con visibles contradicciones, desde fines de la década del cincuenta y durante toda la década del sesenta. Temas tales como la movilidad social, el pleno empleo, el poder adquisitivo, la calidad educativa, la capacitación de recursos humanos, alcanzaron sus más altos niveles. No se me escapa que estos logros coexistieron en una Argentina plagada de proscripciones, golpes militares y gobiernos civiles débiles. La historia, muchas veces, pareciera que se complace en presentar estas paradojas y contradicciones.



Regresemos al PNUD. Su informe se elabora atendiendo a un Índice de Desarrollo Humano (IDH) que se establece tomando en cuenta tres variables: la esperanza de vida, la matrícula escolar y el ingreso económico. Se podrá decir que esta ecuación no es perfecta, pero sí lo es comparada con los parámetros que sólo miden el ingreso y lo es mucho más si tomamos en cuenta las cifras que nos ofrece el INDEC.


Según la evaluación del IDH, en la Argentina en los últimos diez años la tasa de crecimiento fue del 0,55 por ciento. Magnífico. Pero si la comparamos con las dos décadas anteriores, veremos que entre 1980 y 1990 el crecimiento fue de 0,56 y entre 1990 y el 2000 de 0,64. ¿Curioso no? Una primera mirada comparativa a estas cifras nos demuestra que en los tiempos de Menem el IDH fue superior al de los tiempos de Kirchner, pero también los tiempos de Alfonsín fueron levemente superiores a los de la primera década del siglo XXI, es decir, a la década kirchnerista.


Esta conclusión confronta con la de los adherentes al modelo K, cuyos epígonos más ingenuos están convencidos -o los han convencido- de que son protagonistas de jornadas revolucionarias de una magnitud tal que a su lado el asalto al Palacio de Invierno en San Petersburgo es algo parecido a un recital de “Callejeros” y la campaña en Sierra Maestra, una excursión campestre de boys scouts.



Las malditas cifras, las muy burguesas cifras, vienen a aguar la fiesta y a decirnos que no es necesario excitarse demasiado con la retórica del modelo, ya que la única novedad histórica importante que los Kirchner han incorporado a la política criolla, ha sido la de constituirse en los presidentes que en los últimos doscientos años más se enriquecieron en el poder.


El oficialismo refuta los informes del PNUD tomando como referencia el INDEC, una evaluación que en el mejor de los casos pone en evidencia el singular sentido del humor que anima a las huestes kirchneristas. Según este criterio evaluativo, la pobreza en la Argentina se ha reducido a niveles mínimos. ¿Es así? Más o menos. Menos que más. Los kirchneristas dicen que quien gana un sueldo menor a 500 pesos es un indigente y que el que gana menos de 1.200 es pobre. Suman, restan, dividen y arriban a la conclusión de que en la Argentina la pobreza está por debajo de los diez puntos. Pues bien, argumentar con esa lógica es más una canallada que un chiste, pero para no pensar mal de nadie, diría que es más un acto de ignorancia que una evaluación seria acerca de lo que ocurre en nuestro país.


Creo que no hace falta ser un estudioso para saber que hoy ninguna familia puede vivir con 500 o 1.000 pesos mensuales. No lo digo yo, lo dicen la CTA y la CGT, instituciones que cuando discuten los salarios estiman que los gastos de una familia tipo oscilan entre cuatro mil y cinco mil pesos por mes. Si esto es así, los niveles de indigencia y pobreza son altísimos o, por lo menos, muy altos; pero, detalles más detalles menos, diría que en principio nos encontramos lejos de estar transitando por una épica liberadora como pretenden hacernos creer los bien rentados propagandistas del kirchnerismo.


Lo que también dice el informe del PNUD, es que el crecimiento de la Argentina no es diferente al del resto de América latina. Se trata, en todos los casos, de crecimientos vegetativos mínimos que no alteran la estructura social. Pero habría que señalar que donde la Argentina se distingue de los países vecinos es en el crecimiento de los índices de desigualdad. Como se sabe, este índice se mide atendiendo a las variables del ingreso del diez por ciento del sector más pobre contra el diez por ciento del sector más rico. Las cifras son elocuentes. El diez por ciento más pobre recibe el 1,8 del ingreso total y el diez por ciento más rico el 28 por ciento. En este plano, la Argentina que estaba ubicada en el puesto 46 en el mundo. Retrocedió once puestos.


O sea que, a modo de conclusión, podemos decir que la Argentina no sólo no ha tenido cambios en el desarrollo de sus fuerzas productivas, sino que la relación entre la riqueza que se acumula en un polo de la sociedad y la pobreza que se aprieta en el otro, ha crecido. Nos guste o no, en estos diez años nuestro país se ha desarrollado a niveles modestos, pero los índices de desigualdad social se han profundizado.


Algunos lenguaraces del oficialismo han dicho que estas cifras no toman en cuenta la crisis de 2001 y 2002. Al respecto, habría que señalar que las cifras de la década del noventa tampoco parecieran tomar en cuenta la crisis hiperinflacionaria de 1989. De todos modos, lo que se acepta es que los ciclos de la economía capitalista tienen sus períodos de caída y de alza y ellos son relativamente autónomos de los procesos políticos.


Por ejemplo, las mediciones de los tiempos de la dictadura militar registran un crecimiento interesante a partir de 1978, porque con dictadura o democracia las relaciones de producción siguen funcionando, pero no se me ocurriría pensar que ese crecimiento era una señal auspiciosa. Otro ejemplo: entre 1990 y 1994 se registró el nivel más alto de descenso de la pobreza, pero ni a Menem se le ocurrió decir que él encarnaba la revolución nacional peronista.


En el siglo XXI, a la primera década podemos dividirla por mitades. En el primer quinquenio el crecimiento más significativo se dio durante la gestión de Duhalde. No fue mérito de Duhalde, como antes no lo fue de Menem, y como antes no lo fue de Videla. Las mejoras sociales luego de las crisis están relacionadas con la inevitable recomposición del capital, y si a ello se le suma una coyuntura económica internacional favorable, todo se conjuga a favor. Pero estos efectos coyunturales no tienen nada que ver con la revolución nacional ni con la liberación. Son, en el mejor de los casos, oportunidades favorables que se nos presentan y lo que se debe discutir es cómo un gobierno aprovecha esa oportunidad.


Las cifras del PNUD, por lo tanto, nos recuerdan que en el mediano plazo, en esta Argentina donde vivimos, lo que persiste es una administración ineficiente del capitalismo. No hubo ni hay modelo de cambio, ni cambio cualitativo. Lo que podríamos llegar a decir es que en las mediciones de mediano y largo plazo la Argentina no está peor que antes, pero por supuesto, tampoco está mejor que antes.


Cuando la polvareda de las pasiones se disperse, cuando el estruendo de las voces se apacigüe, cuando los años hagan su trabajo, aceptaremos con relativo escepticismo que a los Kirchner en el poder habrá que reconocerles lo que hicieron bien, pero por sobre todas las cosas habrá que reprocharles lo que dejaron de hacer y las oportunidades que desaprovecharon.