jueves, 20 de enero de 2011

Argentina: Santiago Kovadloff :" La Presidenta no cambiará de rumbo" + Mempo Giardinelli contesta con "Carta Abierta a Santiago Kovadloff"




Tiempo de reflexión

La Presidenta no cambiará de rumbo
Santiago Kovadloff

Para LA NACION

Viernes 31 de diciembre de 2010 |
Publicado en edición impres
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¿Año nuevo, vida nueva? El Gobierno parece empeñado en despertar expectativas favorables en un electorado que, hasta hoy, le es adverso. Se diría que quiere dar la impresión de que promueve un cambio atento a sus reclamos. ¿Fin de la autocracia? ¿Murió con Néstor Kirchner la necesidad de concebir el ejercicio de la política como beligerancia perpetua? ¿Enviudar significó también poner fin al ostracismo del sentido común? ¿Ante quién estamos? ¿Ante una presidenta liberada de una tutela despótica? ¿Ante una voz postergada que recupera protagonismo y se abre al diálogo con sus adversarios?


Quien rinda tributo a las apariencias y pase por alto lo decisivo, no dudará en afirmarlo. No confundamos, empero, las imposiciones de una inminente campaña electoral con las transformaciones sustanciales nacidas de un espíritu autocrítico. El Gobierno no cambiará de rumbo, aunque cambie de táctica. Sus más altos representantes tienen, si se quiere, el mérito de la constancia, pero no el de la sensatez, como bien lo prueba el estallido de los hechos recientes. Aferrada desde siempre al populismo, Cristina Kirchner optó por la inoperancia y puso al desnudo, otra vez, su afición a la demagogia. No encaró a fondo el problema de la vivienda y menos aún el de la pobreza; fue indiferente al auge del narcotráfico y alentó la justicia por mano propia al favorecer la acción directa donde debía imperar el Estado.


Seamos francos: el año que despedimos no termina bien. Abundan los muertos sembrados por la violencia. Resalta la ausencia de la ley en la tramitación de los conflictos sociales. Los opositores aún no lograron dejar atrás el berenjenal de mezquindades que empobrece a la política. Crece el desierto conceptual donde deberían abundar las ideas.

Las dos últimas administraciones -la de Néstor Kirchner y la actual- no han contribuido a profundizar el tránsito desde el autoritarismo a la democracia representativa. Todo lo contrario. Reforzaron los mecanismos de intolerancia al disenso, despreciaron los partidos, se burlaron del federalismo, instrumentaron sin pausa la pobreza, respaldaron el sindicalismo extorsivo, manipularon las investiduras y la tarea parlamentaria. Sus logros parciales se opacan a la luz del caudal abrumador de sus transgresiones.


Si de honrar la memoria se trata, en vísperas de las próximas elecciones, no se puede menos que recordar qué rápido se evaporaron de la gestión de la Presidenta las inflexiones republicanas que poblaron su discurso de campaña en 2007. La Argentina política sigue siendo monótona en sus prácticas, a fuerza de ser repetitiva en sus propuestas. El repertorio de problemas que la afectan se reitera con la rigidez de lo invariable. Y la hora de las innovaciones imprescindibles demora su irrupción como un sueño nuevamente postergado. Con instituciones endebles y sin partidos políticos fortalecidos por la riqueza del pensamiento programático, la expectativa democrática no atina con el camino que potencie su esperanza.


La ineptitud demostrada por el Estado ante la violencia social en curso probó que el poder no está dispuesto a dejarse acotar por las imposiciones de la ley. Fue preciso que Néstor Kirchner desapareciera para que el gobierno nacional admitiese, si bien tardíamente, el trágico relieve alcanzado por la inseguridad social. Aun así, la Presidenta insiste en enmascarar la responsabilidad que le cabe a su gestión en lo que hace al crecimiento del vandalismo y el ahondamiento de la ilegalidad. Prefiere, una vez más, postularse como víctima de sórdidos propósitos desestabilizadores. Al proponerse como blanco de una conjura generalizada, Cristina Fernández busca inscribir los padecimientos que le acarrea su presunto progresismo en el centro de un acoso antidemocrático impulsado por el PO, Pro y un sector del Peronismo Federal, todos ellos caratulados como igualmente extremistas. De más está decir que el planteo, de tan viejo, huele a rancio y que recuerda una de las prácticas más usuales del fascismo. Si de ganar credibilidad se trata, Cristina Fernández ha optado por el menos rentable de los caminos. Jamás admitirá ella que el kirchnerismo lleva años subestimando las brutales evidencias del auge del narcotráfico, del aumento de la marginalidad y la expansión del delito urbano y suburbano. La patria piquetera y las banderas de la llamada democracia directa no tienen otro auspiciante que el Gobierno; un gobierno al que, por cierto, no amenaza un presunto acoso golpista sino el océano de contradicciones y oscuros intereses en que vive sumergido, la desconfianza que generan sus errores renegados y la falta de probidad que evidencia para desempeñar sus funciones en consonancia con un marco institucional bien afianzado. Nadie, ni aun sus más tenaces adversarios, desean otra cosa que verlo extinguirse al cabo de su legítimo mandato constitucional.


No pocas veces, la copa que alzamos cada fin de año simboliza el triunfo de la esperanza sobre las frustraciones que impone la experiencia. Hoy vuelve a ser así. El año 10, políticamente hablando, termina mal. Un oficialismo ciegamente aferrado a su incompetencia frente al drama social y una oposición todavía desarticulada que está lejos de haber revitalizado el papel de los partidos, ponen de manifiesto la fragilidad en que se encuentra la República. No obstante, como digo, la esperanza no quiere renunciar a su papel. Y es comprensible que así sea. Dejar de soñar con un país mejor equivale a resignarse a que la decadencia administre la historia.


Durante siete años, con su implacable intransigencia, el kirchnerismo contribuyó a que la inseguridad prosperara. La nutrió, la justificó y miró sin ver sus consecuencias, por no decir que lo hizo con soberbia. Ahora, desbordado por ella, accede a crear un ministerio para combatirla. ¿Ha descubierto que la mayor parte de la sociedad no quiere vivir fuera de la ley? No, por cierto. Lo que ha descubierto es que la transgresión de la ley amenaza con vulnerar su propia estabilidad; difícil tarea, la que se impone un gobierno que construyó su protagonismo subestimando lo que en estos días parece empezar a importarle. El oficialismo aspira a presentarse ahora como su mejor competidor. Quiere hacer olvidar su pasado con urgencia allí donde la conciencia de sus desaciertos es más profunda y perseverante. Y ello mediante un barniz innovador que seduzca al menos a una franja del electorado disidente.


Al igual que el oficialismo, los opositores han abundado y abundan en el culto de las
apariencias. Sobran los postulantes a la más alta magistratura y faltan las convergencias veraces que privilegien las políticas de Estado sobre el fulgor de los postulantes. Tampoco a ellos les resulta fácil revertir la desconfianza sembrada. De manera que unos y otros deben generar credibilidad donde han diseminado tanta confusión y desencanto.


La lógica maniquea ha fatigado a la clase media. Ya es tarde para seguir practicándola con éxito allí donde la mayoría del electorado exige cordura y responsabilidad. Esa mayoría sabe que la lucha entre vecinos y usurpadores de terrenos -al igual que tantas otras a ella emparentadas- sólo cesará el día en que los desposeídos tengan la oportunidad de encontrar en la ley la oferta fundamental que el Estado les adeuda.
El año finaliza dejando a la vista esta gravísima confluencia entre la multiplicación de expresiones de la acción directa y la volatilización del Estado que retrasa dramáticamente el proceso de reconstrucción de nuestras instituciones. La República, sin ellas, linda con lo espectral.


Vale la pena repetirlo: una ola de disconformidad se abate por igual sobre el oficialismo y la oposición. Ella resulta de los reiterados desaciertos que una y otra han evidenciado en la comprensión de las necesidades colectivas. La gente del llano sigue sabiendo hoy, mejor que sus dirigentes, qué resulta indispensable para reconstruir el país. Nadie, en esa medida, reclama ya el fin de la política sino su perfeccionamiento, su marcha eficiente hacia el horizonte de la justicia, del sentido común y la pacificación. Acaso esta sólida evidencia sea, por lo medular, la buena noticia que cabe subrayar al terminar este año.

© La Nacion- Buenos Aires, 31 de Diciembre de 2010


Opinión:
Carta abierta a Santiago Kovadloff


De categorías y excesos



Por Mempo Giardinelli

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Estimado amigo: creo que te consta cuánto te respeto y aprecio. Pero en tu artículo del 31 de diciembre leo una inesperada cantidad de afirmaciones que me impiden callar. Y sobre todo me alarma el uso de tantas categorías de descrédito nada rigurosas, como las que uno escucha todo el tiempo en cierta clase social porteña, y que no esperaba de vos. Veamos tus preguntas:


"¿Fin de la autocracia?" Ante todo, me pregunto de qué país hablás, porque autocracia significa "gobierno en el cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley" y eso no impera en la Argentina, donde vivimos una democracia participativa como nunca antes. Sin dudas conflictiva y con aspectos reprobables, con instituciones sometidas a fuertes presiones corporativas y con un funcionamiento ejecutivo, legislativo y judicial muchas veces cuestionable. Pero desde diciembre de 1983 aquí se puede opinar lo que se quiera; impera la más absoluta libertad de expresión, y la fenomenal recuperación económica de nuestro país tiene que ver con esto.


"¿Murió con Néstor Kirchner la necesidad de concebir el ejercicio de la política como beligerancia perpetua?" Otra vez pregunto: ¿Cuál beligerancia? Porque el estilo de NK podía ser cuestionable por chabacano, desaliñado y provocador, y yo lo señalé en muchos artículos. Pero beligerante es quien está en guerra, y no fue ni es el caso argentino de los últimos siete años, por lo menos. NK pudo ser polémico y poco propenso a conciliar, pero tanto como decenas de dirigentes, por caso Carrió, Morales, Duhalde, Macri y tantos más. Beligerantes son los antidemocráticos y golpistas, que los hay, nostálgicos de un autoritarismo a cuya superación vos contribuiste de modo ejemplar. Y también son beligerantes los resentidos que agravian e insultan y hace poco descorcharon champán practicando un repudiable "viva la muerte".


"¿Enviudar significó también poner fin al ostracismo del sentido común?" Me sorprende este desaliño lingüístico. Porque enviudar para la Presidenta ha de haber significado solamente dolor y desamparo, como cuando se muere tu compañero/a de más de treinta años. Eso merece simplemente respeto, en lugar de cuestionamientos a la exclusión o retorno del sentido común, materia discutible si las hay, toda vez que se define como "el modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas".


"¿Ante quién estamos? ¿Ante una presidenta liberada de una tutela despótica? ¿Ante una voz postergada que recupera protagonismo y se abre al diálogo con sus adversarios?" Me pregunto de qué tutela despótica hablás, Santiago, porque lo que a mí me impresionaba era precisamente el acuerdo de esa pareja, el modo de resolver sus naturales forcejeos y el proceder siempre a dúo. Me cuesta creer que un intelectual como vos caiga en ese machismo ramplón que supone que la Presidenta era sometida por su marido. Yo no crucé ni diez palabras con ellos, juntos ni de a uno, pero conozco mucha gente que puede testimoniar la unidad en disenso que practicaban. Y que a mí y a muchos argentinos nos parece una experiencia original, interesante y valiosa.


Tampoco se entiende lo de "voz postergada que recupera protagonismo" porque si algo no perdió jamás CFK, como jefa de estado, fue protagonismo. De igual modo que si de "diálogo con adversarios" se trata, es ella la que viene poniendo mejilla todo el tiempo frente a la cerrazón de la oposición, devenida masa amorfa de gritones y exasperados que acusa sin cesar pero a la que no se le cae una idea de gestión con sentido social ni de casualidad.


También acusás al Gobierno del "estallido de los hechos recientes", lo cual sorprende porque está claro que en el armado de las ocupaciones de tierras de las últimas semanas hubo operadores no precisamente gubernamentales. Podrá gustarte o no la designación de Nilda Garré al frente de un para mí tardío Ministerio de Seguridad, pero fue una respuesta a las provocaciones. Y en cuanto a que "abundan los muertos sembrados por la violencia", yo respondo que no hay tal abundancia y que ni un solo cadáver es atribuible a este gobierno, y menos a la Presidenta.


Por lo demás, es cierto que CFK se aferra al populismo. ¿Y qué? Se aferra a su ideología como la oposición al liberalismo, cierta derecha al fascismo y cierta izquierda al marxismo o al troskismo. Pero eso no autoriza a que afirmes que "optó por la inoperancia" cuando este gobierno es el que más cambios ha producido, y ha desarrollado a la Argentina como ningún otro en varias décadas, precisamente con leyes, propuestas y obras de todo tipo. Debieras viajar por el interior, Santiago, para ver cómo han cambiado las cosas, muchas para bien y algunas para mal, desde luego. Y verás cuánto tiene que ver lo malo con la soja, el desmonte, el abuso empresarial y el atropello a históricos campesinos expulsados de sus tierras y forzados a indignas migraciones internas, todo lo cual se relaciona con cierto liberalismo salvaje y con el menemismo y una corrupción, esa sí, incontrolable.


Por eso no se entiende la supuesta "ola de inconformidad" que mencionás, cuando la inmensa mayoría está de vacaciones y el consumo ha crecido de manera inusitada, posibilidades que miles de familias hasta ahora no tenían.


"No encaró a fondo el problema de la vivienda y menos aún el de la pobreza". Ay Santiago, pareceré oficialista (lo cual deploro porque no lo soy) pero jamás en la Argentina se construyó tanta vivienda social como en los últimos cinco años. Y no hablo de datos oficiales, sino de lo que se ve en todo el país. Y ni qué decir de la Asignación Universal por Hijo, medida que no sólo provee de unos pesos a millones de personas que estaban fuera de la economía, sino que además sus hijos (casi cuatro millones) se documentan masivamente y han aumentado la escolaridad de manera impactante, generando una extraordinaria crisis pero de crecimiento.


Aspectos cuestionables. Es claro que hay muchísimo que este gobierno no hizo, y son sus aspectos más cuestionables los que me impiden declararme kirchnerista. No han movido un dedo para limpiar las malditas policías de todo el país y no sólo la Federal o la Bonaerense. Mantienen un sistema carcelario inhumano que fue creado por el genocida Camps. No han mejorado sustancialmente el sistema de salud pública, y además hay bolsones de corrupción que perduran en el país y para mí -como para vos- son intolerables. No hay un solo preso por corrupción de estos siete años en la Argentina, y eso es tremendo. Y es poquísima respuesta llevar a juicio oral a Ricardo Jaime, aunque esté bien.


Pero no ignoro, Santiago, lo que muchos olvidan: que a esta corrupción no la inventó el kirchnerismo, cuya culpa es no haber cortado las cadenas de coimas. Por eso el odio de cierta oposición es mentira que esté vinculado a objetar la corrupción. Ese odio es resentimiento puro ante una de las mejores cosas del kirchnerismo: que ha recortado poder y privilegios a ciertas corporaciones.


Finalmente, rechazo que "el año que despedimos no termina bien". Yo digo que termina mejor que cualquiera de los últimos veinte años, por lo menos. Con inflación dura pero controlada, con medio país de vacaciones y un consumo fenomenal, con una industria recuperada y exportaciones record, con la deuda externa achicada y políticas sociales que no existían. A ver, Santiago, ¿qué fin de año fue mejor? ¿Acaso alguno de nuestro querido Raúl Alfonsín que terminó sometido por lo peor del golpismo -primo hermano del actual- pero también por su propia inoperancia? ¿O alguno de Menem, al que aborrecimos porque era ejemplar solamente en su inmoralidad? ¿O los tres fines de año infames que nos regaló el autista De la Rúa, rodeado de Cavallos y López Murphys para horror de los radicales de ley, y te lo dice quien viene de una familia de radicales de ley?


Tampoco puedo dejar pasar eso de "la volatilización del Estado" y de que "la República linda con lo espectral". Madre mía, Santiago, ni en tiempos de los militares a los que vos lúcidamente combatiste con la pluma y la palabra; ni en los de Menem que nos rifó el país a cambio de nada y sembrando desempleo y desindustrialización; ni en los sucesivos reinados económicos de Cavallo; ni cuando las decenas de muertos del final de De la Rúa y el circo que vino después te escuché o leí decir algo semejante. Ni vos ni nadie puede definir hoy a nuestro país como "república que linda con lo espectral". Es excesivo, por decirlo suave.


Con el mayor respeto y ninguna ironía, amigo mío, he intentado decirte que no me parece bien que un filósofo y columnista serio como vos dé por ciertas categorías y asertos propios de cualquier pelafustán exasperado. Vos no lo sos; de ahí mi sorpresa al leer tu nota. Y de ahí esta nota, que cierro con el abrazo cordial de siempre.

Publicado en LA NACION - 6 DE ENERO DE 2011