lunes, 12 de septiembre de 2011

Eduardo González Viaña: Armando montonero

Por Eduardo González Viaña

"Armando montonero"


Cerca ya de los 96 años de edad, el rostro y el hablar cansado de Armando Villanueva reflejan las prisiones que conoció desde cuando todavía no cumplía 20 años así como las décadas de la persecución, del martirio, de la pobreza, de la clandestinidad y del destierro que hubo de sufrir por amor a la justicia social.

En su libro recién editado “Arrogante montonero”, nos recuerda que como él, decenas de miles de peruanos padecieron algunas pruebas temibles, o todas. Otros, los que vivieron en la normalidad de la vida urbana tuvieron siempre sobre ellos el estigma de ser considerados apro-comunistas y la posibilidad de recibir algún día la visita maldita de los soplones.

Tenía yo ocho años de edad cuando me enteré de que en mi casa vivía un aprista. Era un abogado respetable y acaso el más importante de la provincia. Una mañana en que yo regresaba de la escuela, desde la esquina cercana, divisé un sigiloso Ford negro estacionado frente a mi casa. De él bajaron cuatro sujetos e ingresaron empujando la puerta.

Vi cómo sacaban a mi padre, y no entendí nada. Pero lo entendí todo, con el corazón, cuando el hombre generoso que estaba frente a mí me lanzó una mirada tierna y levantó el brazo izquierdo.

-¡Hijo querido! ¡Viva el Apra!- me dijo con amor mientras se lo llevaban.

Desde ese momento de mi vida, he aprendido a respetar y a venerar a los luchadores sociales sea cual fuere la ideología o el partido que abracen. Un luchador social, como los cristianos del martirio, es alguien que elige una vida de renunciamientos por amor a los demás y sin esperar más recompensa individual que el orgullo de soñar y de apostar por la utópica sociedad en que todos seremos iguales y felices.

Mucha gente conoce a Armando sólo con los ojos del estereotipo. Se le llama “el zapatón” y se le dibuja como un búfalo colosal. Lo visité la semana pasada. Ninguna intolerancia advertí cuando comenzamos a cotejar algunos nombres e incluso los de aquellos que en un momento fueron sus adversarios.

-¿Qué piensas, Armando, sobre el guerrillero Luis de la Puente Uceda?...-le pregunté. –Lucho fue un valiente. Un santo de verdad- me respondió.

El estrépito de los malls, la frivolidad de la televisión, la depravación de la prensa amarilla domestican, idiotizan y entrenan en el olvido a las nuevas generaciones. Son los medios del capitalismo caníbal para convertir en apolíticos, hedonistas y cobardes a nuestros jóvenes. Con el libro de Armando, ellos se enterarán de que tuvieron hermanos, padres, tíos y abuelos subversivos, y se sentirán orgullosos de saber que el sacrificio de aquellos no fue vano.

Y sabrán que gracias a su sacrificio tenemos la jornada laboral de las ocho horas, la semana de cinco días, las vacaciones, la seguridad en el empleo, la libre afiliación al sindicato, la educación estatal gratuita, y otros caminos hacia la felicidad comunitaria.

El capitalismo no ha obsequiado esas reivindicaciones; ha sido necesario arrancárselas. Las ganó el movimiento popular constituido por gente de todas las denominaciones revolucionarias.

El aprismo no es la única, pero es la comunidad que más ha sufrido en el Perú en la lucha por las conquistas sociales. Además, es una comunidad trágica. La mayoría de los fundadores y el propio Haya de la Torre murieron antes de ver un solo día de triunfo. De igual forma, en nuestros días, los apristas de base son acusados por las culpas de un gobierno en el que la mayoría de ellos no participó.

La supervivencia de Armando y de este libro fiel a la línea primigenia nos hace ver que el partido tuvo en sus filas visionarios, profetas y mártires; en suma, más revolucionarios que políticos. La diferencia entre unos y otros estriba en que los revolucionarios entregan su vida y su libertad por una idea o por una causa. Los políticos entregan la causa para lograr el poder y la fortuna.

En el caso del aprismo, fueron los políticos y los “lobbistas” quienes generalmente ocuparon el poder. Hay ejemplos de lo contrario, pero son pocos.

“Arrogante montonero” nos hace recordar los ideales primeros de la causa popular. Por ellos, los luchadores sociales padecieron en el Panóptico, El Frontón, el Sexto. Nos hace recordar que ese tipo infame de carcelerías se repite en nuestro tiempo y dura ya muchos años en castigo de alguna fe admirable que se formó también en el aprismo como es el caso de Víctor Polay hundido en un calabozo, casi enterrado vivo, mientras algunos corruptos gozan prisiones de lujo.

Fue para que pudiéramos ser felices que estos hombres fueron a la cárcel, y sus hijos no los conocieron sino cuando salían. Fue para eso que la camarada Natalia esperó largos años a su enamorado César Lévano y la camarada Violeta Valcárcel cocinaba para todos sus hijos con una sola pastilla de sopas Maggi. Fue para eso que Alicita Orrego, de ocho años de edad, no reconoció a su barbado y disfrazado padre Antenor, perseguido, pero amó sus dulces ojos azules. Fue por todo eso que muchos niños vimos a nuestros padres salir de casa con los brazos levantados. Y es en razón de todo eso que nos sentimos orgullosos y queremos continuar siendo arrogantes montoneros.


fuente: recibido directamente del autor, al que agradezco.


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