jueves, 23 de diciembre de 2010

Palestina: reconocer lo que no es

Por Horacio Vázquez-Rial




Hay gente que me pregunta porque supone que sé algo al respecto. Pero no sé, nunca fui informado de que se hubiese constituido un Estado palestino, lo que en cualquier caso hubiera sido una buena noticia. Para la paz, desde luego, porque no habría que negociar con una hidra; y hasta para la guerra, porque al menos habría un frente claro.



Lo cierto es que algunos gobiernos iberoamericanos, concretamente los de Brasil, Argentina y Uruguay, reconocieron el Estado palestino hace unos días, cuando tal entidad no existía. Sigue sin existir. Pero el día 9 Laura Caro, la corresponsal de ABC en Jerusalem, informó que http://www.abc.es/20101208/internacional/palestina-201012081526.html




La Autoridad Nacional Palestina está intensificando esfuerzos para tratar de conseguir la convocatoria esta misma semana del Comité Ejecutivo de la OLP y una reunión de emergencia de la Liga Árabe, donde buscarán [sic] "una posición conjunta" con los países árabes para solicitar a la ONU el reconocimiento del Estado palestino.




Las prisas se han activado después de que, anoche, altos funcionarios norteamericanos indicaran que Barack Obama ha abandonado la idea de seguir presionando a Israel para que congele temporalmente la construcción en los asentamientos que Washington ha perseguido durante las últimas semanas para tratar de poner en marcha el proceso de paz. La estrategia ahora será volver a concentrarse desde la próxima semana en los "asuntos cruciales y substantivos" del conflicto para tratar de avanzar hacia un "status permanente".




Lo que indica, al margen de lo que se nos quiera contar, que había un acuerdo previo, y que esas naciones suramericanas habían tomado partido en lo que iba a ser una negociación para un futuro impreciso que se concretó al día siguiente.




Israel lleva años proponiendo la solución de los dos Estados. De hecho, es una propuesta institucional desde 1947, implícita en el sentido de la Partición y de la Declaración de Independencia de 1948. Entonces fue la Liga Árabe, fundada en 1945, la que, tomando el relevo del Eje, rechazó la creación de Israel y decidió "echar a los judíos al mar". Y, por supuesto, no proclamó ningún Estado palestino, entre otras cosas porque Palestina no existía en los términos actuales: en 1956 Ahmed Shukari, embajador de la Liga Árabe ante la ONU, dijo con contundencia: "Una creación como Palestina no existe en absoluto. Esa tierra no es nada más que la parte meridional de la Gran Siria", como recordé a mis lectores no hace mucho.




La Liga Árabe tenía como objetivos fundacionales la descolonización y la independencia de los países árabes, y que en lo que al finalizar la Segunda Guerra Mundial era todavía el Mandato Británico en Palestina los judíos no establecieran un Estado independiente. ¿Por qué ahora, pues, tanta prisa? ¿Por qué ahora naciones suramericanas implicadas en la trama? ¿Por qué ahora Argentina, con gobierno peronista, cuando en 1948 el de Perón fue de los primeros en reconocer en Naciones Unidas el Estado de Israel? (Sobre la época, conviene conocer la obra del historiador israelí Raanan Rein, que yo utilicé extensamente en mi libro Perón, tal vez la historia).




Ahora, porque Venezuela forma parte de la OPEP y es quien manda en el proceso de aproximación de Iberoamérica a las posiciones árabes. Ya logró la inclusión (y la dependencia) del Ecuador de Correa en la organización de exportadores de petróleo. Y Lula y su sucesora aspiran a pertenecer a la misma. Cristina K., que ni siquiera sabe si quiere o no que su país también ingrese, atiende a los llamados de Caracas y Brasilia.




Jerusalem. Ahora, porque es el momento crítico de la gradual pero incesante penetración económica árabe en la América del Sur, penetración que ya es manifiesta en lo cultural: hasta tribus indígenas del Amazonas han entrado en el proceso de conversión y han asumido el islam, con el aliento del dictador venezolano.




Ahora, porque la cuestión de los asentamientos se relaciona de modo directo con Jerusalem, y saben los palestinos o quienes manden sobre ellos que sólo desde un Estado podrán reclamar, ya no sólo Jerusalem oriental, sino toda la ciudad como capital: de ahí la ofensiva seudocientífica en el plano de la historia, en la que han desplegado todas sus fuerzas académicas para corregir el pasado en un arco que va de la Tumba de Raquel al desarrollo de las ciencias físicas. Están reelaborando el pasado de tal modo que se creería que el islam es padre y madre de la Ilustración. Y aunque Jerusalem existe como tal desde el siglo XI a. C., es decir, 1.700 años antes del nacimiento de Mahoma, confían en que la propaganda, la adulteración de datos y otras trampas convenzan a alguien de que la verdad no es tal. Son expertos en ello.




Ahora, porque así podrán decir que la iniciativa de la creación del Estado palestino no surgió de la resolución 181 de la ONU (1947), sobre la partición de las tierras bajo mandato británico, ni del propio Israel, que propugnó y propugna la solución de los dos Estados, sino de su propio coleto.




¿Qué significa todo esto?




Que están perdiendo. El hecho de que la Liga Árabe abdique de posiciones que ha mantenido durante 63 años, y que han condicionado durante todo este tiempo la política de la OLP (reconocida por la ONU como observadora y representante del pueblo palestino desde 1974), y los constantes boicots a cualquier solución que implique la idea de los dos Estados es una bajada de pantalones en toda regla.




O que están ganando y consideran que la existencia de un Estado palestino con capital en Jerusalem –que nadie dude de que ése es el proyecto– y fronteras anteriores a 1967 –es lo que dijo Lula– podría ser un paso más hacia el viejo y nunca olvidado proyecto de echar a los judíos al mar. Porque el que hoy reclamen un Estado propio no significa que acepten dos Estados. ¿Fue esto lo que movió a Netanyahu a reclamar a Abbas el reconocimiento de Israel como "Estado-nación del pueblo judío" el pasado octubre? Porque se trata de algo más que de reconocer el Estado de Israel en los términos en que lo hizo Arafat en su día, cuando únicamente habló de su derecho a existir.




Creo que sabemos –lo espero de mis lectores– lo que es la ONU y lo que se puede esperar de ella a día de hoy: nada que tenga que ver con la justicia y la razón. Ciento noventa y dos Estados miembros (entre los cuales no se cuentan el Vaticano ni Taiwán), gran parte de los cuales son dictaduras (teocracias como Arabia Saudí, o estructuras políticas totalitarias como China –en el Consejo de Seguridad–, o la mayoría de los países africanos) y de los que 22 pertenecen a la Liga Árabe y 57 a la Conferencia Islámica (más de un cuarto, que no es ninguna tontería, aunque sólo 56 voten porque Palestina sólo observa). Esa monstruosa burocracia, que sostiene una organización como la Unesco, de creación soviética y totalmente volcada a la corrección islámica de la historia, es la que tiene que decidir si hay o no hay Estado palestino. Por supuesto, si Abbas lo pide, lo obtendrá, de modo que hay que empezar a contar con Palestina como Estado, con voz y voto, y con una intifada planetaria en celebración del triunfo.








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