viernes, 19 de noviembre de 2010

La Kristallnacht (Noche de los cristales rotos), 72 años después





Hace una semana se cumplieron 72 años de la Kristallnact (”Noche de los Cristales”). En menos de 48 horas hordas enfurecidas de militantes nazis dirigieron su violencia contra los judíos y sus propiedades. Al menos 96 fueron asesinados y centenares resultaron heridos. Más de 1.000 sinagogas fueron quemadas y alrededor de 7.500 negocios fueron incendiados; escuelas y cementerios fueron destruídas y 30.000 judíos resultaron arrestados y enviados a campos de concentración.

Os adjuntamos un artículo de Ignacio Perez del Viso, jesuita y perito de la Comisión Episcopal de Ecumenismo, Relaciones con el Judaísmo, el Islam y las Religiones, de la CEA. El presente texto fue leído en la conmemoración realizada en la basílica del Pilar de Buenos Aires, Argentina, el 10-11-2010, en la que hizo su exposición también el Rabino Daniel Kripper.

“La Noche de los cristales rotos, o Kristallnacht, no es sólo un antecedente de la Shoá, que ayude a comprenderla mejor. En aquel momento (1938), un año antes de comenzar la guerra, algunos pudieron pensar que se trataba de un episodio puntual. Un desborde que sería contenido. Pero los que pensaban así, querían pensar así. Eran indiferentes o miedosos. Es evidente que la Kristallnacht no está antes del Holocausto. Se encuentra dentro de él, en un proceso que se iba acelerando. La llamada “solución final”, eufemismo utilizado por los nazis para designar el exterminio organizado del pueblo judío, aún no había sido adoptada como política oficial. Pero había algo común a todo el proceso, cuyos rasgos eran:

1) La discriminación, aislando a los judíos del resto de la población, mediante signos en la ropa y en los edificios. 2) La marginación, impidiéndoles ejercer determinadas profesiones. 3) La violencia física contra miles de negocios. Y como si los judíos fueran los culpables del desorden de los cristales rotos, se les impuso una elevada multa colectiva. 4) La agresión personal, ya que fueron duramente apaleados los que eran encontrados en la redada. 5) Los homicidios, dado que un centenar de judíos fueron muertos en esa ocasión. 6) Las profanaciones, por las sinagogas incendiadas, quedando dañadas casi todas las de Alemania. 7) Lo más importante fue el odio manifiesto, que alimentó ese gran operativo, incluyendo el encarcelamiento o encierro en “campos de concentración” de unos 30.000 judíos. Aún no eran “campos de exterminio”, pero el Holocausto había comenzado, tanto por el odio que explotó esa noche como por el terror que provocó en el pueblo judío.

Comenzar mucho antes

Algunos manejan hipótesis sobre cómo se podría haber impedido o contenido el terrible Holocausto. Una de ellas consistía en un eventual bombardeo aliado de las cámaras de gas o de las vías férreas. Pero creo que ese gesto no hubiera impedido casi nada, ya que los técnicos alemanes eran expertos en la reparación inmediata de las vías férreas. La masacre hubiera continuado, aunque más no fuera haciéndolos marchar a otros campos, de modo que el hambre y el agotamiento diezmaran a los prisioneros. Es lo que organizaron en Auschwitz, diez días antes de la llegada del ejército soviético. Los hicieron marchar hacia el oeste, en el frío enero de 1945, abandonando a los moribundos y a los totalmente postrados. Pero no soy experto en temas militares y respeto otras opiniones.

Se ha identificado a los principales responsables de ese odio cruel. Algunos han podido ser juzgados. Pero existe toda una gama de: 1) colaboradores, 2) indiferentes y 3) opositores temerosos, con responsabilidades decrecientes. Aunque muchos, arriesgando su vida lograron salvar a miles de judíos, la pregunta es: ¿cómo el pueblo alemán, cómo el cristianismo europeo no pudieron evitar la Shoá? Los católicos reafirmamos hoy que la ideología nazi era pagana, no cristiana. Es verdad. Pero no toda la verdad. Sin un cristianismo anti-judío de casi dos milenios, el nazismo habría carecido de raíces. Habría sido un grupo de fanáticos, de los que aparecen continuamente en todos los países, como los anarquistas de hace un siglo o los fundamentalistas suicidas de hoy, grupos que las sociedades logran controlar.

Desde la Kristallnacht, la vuelta atrás era imposible. En la enfermiza mente de Hitler, había hipótesis que no tenían cabida. Una era la de retroceder. Se lo propusieron sus generales, al comenzar el invierno en Stalingrado, pero el “no” fue terminante. Otra hipótesis que no entraba en su cabeza era la de rendirse. Al general Paulus, comandante del ejército encerrado en la mencionada Stalingrado, lo ascendió a mariscal, porque un mariscal alemán nunca se había rendido. Debía suicidarse. Pero Paulus se rindió. De modo similar, diría que una marcha atrás del proceso contra los judíos, a partir de la Kristallnacht, no entraba en la mente de Hitler. Ya no era posible salvar al pueblo judío, como comunidad visible, sino a personas judías, en forma oculta, ingeniosa y arriesgada. Sólo se podría haber evitado el Holocausto comenzando mucho antes. Y esta es una lección que hemos aprendido, que para contener las desviaciones ideológicas, debemos comenzar mucho antes.

¿A quién debemos proteger?

La pregunta que me hago permanentemente es: ¿Cómo pudo ocurrir el Holocausto? Ninguna explicación parece satisfactoria. Todos señalamos con el dedo la maldad satánica del régimen nazi. Pero sigue en pie esta pregunta: ¿Cómo pudo suceder este drama en uno de los países más cultos de la tierra? Los que disfrutamos de la filosofía, la literatura, la música alemana, y podríamos continuar con las otras dimensiones culturales y científicas de ese mundo desarrollado, nos preguntamos: ¿Cómo, en ese país excepcional, de un humanismo refinado, pudo surgir y desarrollarse algo tan inhumano? Una matanza similar, ocurrida entre facciones de tribus que viven en la selva africana, sería para lamentar, pero no para torturarse preguntando ¿cómo pudo ocurrir? En Europa, en cambio, la pregunta es angustiante.

Leí recientemente, en un informe de la B’nai B’rith, una interesante conferencia del investigador Yehuda Bauer, pronunciada en Praga a mitad del año pasado, sobre el Holocausto. Aborda el tema de lo que conviene enseñar hoy a los niños y jóvenes sobre ese evento. Yo también me siento un niño. Tenía diez años cuando se rindió la Alemania nazi y poco después el Japón imperialista. Recuerdo perfectamente aquellos días. Pero oí hablar del Holocausto recién muchos años después, como si fuera un episodio más en el horror de la guerra. Murieron 30 millones de personas, se decía, entre ellos rusos, alemanes, judíos y otros más. Confieso que tardé mucho tiempo en comprender lo específico de la Shoá.

Ahora bien, la doble pregunta, ¿por qué la Iglesia no protegió mejor a los judíos?, y ¿por qué el pueblo alemán no defendió a sus propios conciudadanos alemanes de origen judío?, contiene un vicio de enfoque. Supone que los no judíos estaban seguros y que debían proteger a los inseguros, en particular a los judíos. La verdad es que nadie estaba seguro. Todos necesitaban ser protegidos, no sólo de las agresiones externas, que provenían de los nazis, sino también de las desviaciones internas, como son los prejuicios y las discriminaciones.

¿Colocar más rejas?

Las agresiones contra los judíos continúan, concretamente en nuestro país. Algunas son simbólicas, como las cruces esvásticas en los cementerios o alguna alusión al trabajo sucio en las cámaras de gas. Otras agresiones son físicas, como los atentados contra la embajada de Israel y contra la AMIA. ¿Debemos proteger mejor a los judíos? Es posible, pero el problema no pasa por allí. La verdad es que debemos protegernos todos los habitantes de este bendito país, para que la bendición de Dios no descienda en forma selectiva. Debemos protegernos de nuestros prejuicios para que no digamos, como se dijo, que con la explosión de la AMIA murieron tantos inocentes que pasaban por la calle, como si los culpables estuvieran dentro del edificio.

Poner rejas en torno a los cementerios judíos o pilares de cemento frente a las sinagogas, pueden ser quizás medidas prácticas que deben ser estudiadas por los expertos. Pero que esas rejas estén en los cementerios, no en nuestras mentes. Una cruz esvástica en una tumba no es un delito sólo contra los familiares del difunto. Es la profanación de una tumba, y cada tumba está encomendada a toda la sociedad argentina. Un insulto gratuito a la Virgen María no es sólo una ofensa contra los católicos. Es una ofensa contra todo el pueblo argentino. De modo similar, la afirmación genérica de que los musulmanes son terroristas, no es una frase dura contra los fieles del Islam, que en la Argentina viven en paz, con su religión, sus tradiciones y su cultura del trabajo. El desprecio a un solo creyente, es un desprecio a todos los creyentes. Más aún, el desprecio a un no creyente, no afecta sólo a los agnósticos o ateos. Nos toca a todos en la dignidad humana.

El drama de la Shoá nos recuerda que todos tenemos la responsabilidad de todos. Nadie debe sentirse tan seguro que mire desde arriba a los demás. A la Iglesia católica le costó, en estos últimos años, reconocer la debilidad de algunos sacerdotes que cometieron delitos de pedofilia. Se suponía que la Iglesia sufría agresiones desde afuera, de parte de los malvados que la perseguían, como los comunistas, en muchos países. Pero estos escándalos, de una parte muy reducida del clero, nos muestran, dice el actual Papa, que la agresión viene de adentro, no tanto de afuera. Más que una Iglesia protegiendo a los niños de los demás, vemos hoy una Iglesia que se pregunta cómo proteger mejor a sus propios niños.

El patrimonio de Abraham

Volviendo a la Shoá, diría que los católicos no debemos proteger a los judíos. Todos juntos como hermanos, los judíos, los cristianos y los musulmanes, debemos defender el patrimonio espiritual de la fe de Abraham, que es símbolo de la fe universal, presente en todas las tradiciones religiosas. Cuando ocurrió el asesinato del periodista Cabezas, en 1997, toda la sociedad reaccionó para defender la libertad de prensa. No importaba si el señor Cabezas era un buen comunicador social, si era objetivo o no. Estaba en juego la libertad de prensa, sin la cual no puede subsistir una sociedad democrática, como la que deseamos.

Pienso que otra Shoá no podría ocurrir hoy, porque existe una corriente mundial de respeto por todos los pueblos y culturas. Que se produzcan algunos atentados, es casi inevitable, como ocurrió con las Torres Gemelas y con los trenes en Madrid. Pero otra matanza sistemática del pueblo judío, no sería tolerada por las naciones que se inspiran en la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, de 1948. Todos nos sentimos hermanos en la gran familia de Dios, nuestro Padre, y de esa auténtica fraternidad, como la que estamos viviendo en este piadoso momento, nace nuestra esperanza firme respecto del futuro. Que así sea. Amén.


fuente: http://www.atid.es/