jueves, 12 de enero de 2012

ARGENTINA: ENSAYO- El ADN de Montoneros: Tacuara vs. Cuba

Acerca del origen ideológico de Montoneros se ha polemizado más que investigado. En este caso, el autor intenta, más allá de la polémica, rastrear el inicio del fenómeno terrorista alentado y tardíamente condenado por Juan Perón.



Por HORACIO ENRIQUE POGGI


Presentación



Ha circulado con insistencia la versión que da cuenta de la pertenencia ideológica de Montoneros a la derecha nacionalista católica valiéndose de una hermenéutica parcializada, o de afirmaciones provenientes del mismo agrupamiento revolucionario que llegó a aceptar y a difundir que Abal Medina y Ramus militaron en Tacuara. El presente ensayo analiza y concluye que el núcleo inicial de Montoneros recibió la influencia teórica de la izquierda católica posconciliar. A nuestro entender resulta conveniente despejar dudas al respecto, debido a que una insinceridad primitiva conduce a la elaboración de sucesivas e inagotables tergiversaciones, que nada ayudan a las nuevas generaciones a comprender la complejidad histórica de una etapa violenta y de radicalización social, hoy demasiado manipulada por supuestos y pretenciosos herederos de las sangrientas luchas de los años sesenta y setenta.

Tacuara, cruz y fusil


La organización político-militar que adoptó el capital simbólico perteneciente al nacionalismo católico –incorporada al peronismo luego del crimen de Aramburu bajo la característica de “formación especial” por decisión estratégica de Perón- logró un acierto propagandístico estupendo con el nombre elegido para encarar su accionar revolucionario. Además incorporó en exclusiva a su exitosa iconografía la estrella federal, utilizó una caña tacuara en la creación de la “V” con un fusil cruzado, convirtió al poncho y la vincha en elementos pintorescos de indumentaria militante, puso en la calle medios de prensa gráfica profesionales e impactantes, encarnó valores viriles de la tradición nacional (“no somos putos/ no somos faloperos/ somos soldados de Perón y Montoneros”), entre otros recursos que le permitieron en tiempo récord -apenas tres años- extender su capacidad movilizadora exponencialmente convirtiéndose en la mayor organización guerrillera urbana del continente americano.

En el siglo XIX, montoneros fueron todos los federales que resistieron y se enfrentaron al poder centralista de la elite dirigente del puerto de Buenos Aires. Por tanto, eran montoneros no sólo por la forma de pelear amontonados. Es decir, que en la guerra civil residía un componente económico determinante. Los gauchos en armas que peleaban por la supervivencia de sus artesanías y producción local revistieron en las huestes de Artigas, Peñaloza, Varela, López Jordán, etcétera. Aunque derrotados por las fuerzas de avanzada de la ilustración porteña, cuyos exponentes egregios fueron Sarmiento y Mitre, los montoneros pasaron a representar al pueblo oprimido, al desigual, al marginado, núcleo básico de las reivindicaciones de los movimientos políticos autoerigidos continuadores de la línea histórico-política San Martín-Rosas-Perón en total oposición a la línea Mayo-Caseros-Revolución Libertadora.

Una profusa literatura revisionista o de cariz académico suele aceptar como verdad revelada la formación teórica pretendidamente derechista de Montoneros. Disentimos con quienes le endilgan una supuesta identidad integrista a la organización político-militar que nos ocupa. Las aguas en el nacionalismo católico han sido siempre claras, pero suelen ser oscurecidas por la ignorancia y la mala intención. Asimismo el grupo primitivo de Montoneros careció de pertenencia peronista, aunque después devinieran en jueces del movimiento fundado por Perón.

Así las cosas, cualquier análisis simplista acusa a Montoneros de tener orígenes nacionalistas católicos como si fuera un producto de la Alianza Libertadora Nacionalista, Guardia Restauradora Nacionalista o Tacuara. Fue instalada con efectividad la versión –nunca probada- que atribuye un corto paso de Fernando Abal Medina a los 14 años y de Carlos Gustavo Ramus por Tacuara. La versión adquirió suprema relevancia al ser oficializada por el órgano de prensa de la organización (“7 de setiembre – Día del Montonero”, El Descamisado, Nº 17, 11/09/1973). También es agregado a la lista de ultraderechistas Mario Eduardo Firmenich, quien jamás se alistó en el marxismo y fue en 1974 considerado “un buen nacionalista, un buen peronista y un buen católico” por el antilopezrreguista general Iñiguez. Pero tampoco la pertenencia del jefe montonero a un grupo ultraderechista ha sido probada, quizá porque nunca resultó cooptado por el extremismo de ninguna ideología. Su brillantez intelectual prematura lo catapultó a la cúspide de la organización y debido a ello mantuvo el equilibrio ideológico superador de las doctrinas alienantes en boga (la publicación de Eutopia, en 2004, corrobora nuestra aseveración y manifiesta que posee una capacidad propositiva irreprochable).

Cuando supuestamente Abal Medina y Ramus militaban en Tacuara, el movimiento nacionalista se hallaba en una etapa de disgregación. En cambio sí está probada la militancia de los tres montoneros fundadores en la Juventud Estudiantil Católica (JEC), en la que Firmenich ocupó destacadas responsabilidades con la asistencia espiritual del padre Carlos Mugica, un jesuita de negadas posiciones derechistas y que se hizo peronista a los 26 años más por sentimiento de culpa (su familia católica había celebrado la caída de Perón) que por convicción doctrinaria. El sacerdote asesinado por la Triple A propiciaba métodos pacíficos de lucha, aunque en sus sermones e intervenciones públicas solía recurrir a una dialéctica explosiva y proclive a interpretaciones radicales.

Mugica reflexionaba: “¿Cuál es la medida que tengo para darme cuenta de que hoy el peronismo es el movimiento histórico, al que yo pienso, debe acceder naturalmente un cristiano para mirar las cosas del lado de los pobres? Y esto no significa que no se puede ser cristiano y no peronista. Lo que sí me parece más difícil es ser cristiano y antiperonista. Aunque en la adhesión a cualquier movimiento político, un cristiano debe mantener siempre distancia crítica desde la fe. Tiene que revitalizarlo, que no significa minimizarlo. Puede adherir a él pero un cristiano sabe que un movimiento político no va a crear la sociedad perfecta, va a realizar sí determinados valores, pero también corre el riesgo permanente de desvirtuar esos valores. Pero puede criticarlo sólo en la medida de su participación en el proceso, en la medida en que no esté mirando el partido desde afuera”.

Otros montoneros fundadores que subieron al peronismo por la izquierda católica posconciliar y revolucionaria, fueron: Emilio Mazza, estudiante cordobés de medicina y líder del centro estudiantil “integralista”; José Sabino Navarro y Jorge Gustavo Rossi, militantes de la Juventud Obrera Católica (JOC) y Carlos Capuano Martínez que también hizo sus primera experiencia militante en la JEC. De los nombrados, el único que procedía de una familia peronista era Sabino Navarro. Sin dudas lisa y llanamente consideramos que el pretendido origen nacionalista católico de los Montoneros se trata de un mito más, creado a nuestro entender por mentes holgazanas y por los etiquetadores profesionales. La abundancia de elementos probatorios que demuestran lo contrario nos obliga a ser intransigentes, ya que, a esta altura de los acontecimientos, mantener la versión afirmativa acerca de que la organización político-militar se originó en el nacionalismo católico es como aseverar que el Opus Dei personifica el brazo socialista de la Iglesia universal.

Por izquierda

Los jóvenes militantes católicos que dieron origen a Montoneros recibieron un contundente aporte teórico de la prédica marxista de los teólogos e intelectuales recipiendarios del progresismo clasista y del tercermundismo. Excepto que se consideren promotores de las derechas a Mugica y a los curas villeros… Los sacerdotes Leonardo Castellani y Julio Menvielle, por citar dos figuras religiosas destacadas del nacionalismo católico, no adoctrinaron ni apadrinaron a ninguno de los montoneros que se hicieron cargo del crimen de Aramburu. Sin embargo, Arturo Jauretche, Rodolfo Puiggrós y Juan José Hernández Arregui consiguieron resonante influencia intelectual sobre la guerrilla al pasar de la militancia retrospectiva del revisionismo histórico a la militancia activa en el acompañamiento de la efervescencia juvenil que por la izquierda se subía al peronismo.

La Izquierda Peronista, cuyo objetivo era la instauración del socialismo y el respeto a la soberanía popular, aparece en el gobierno de Frondizi, pero encuentra referencia teórica en un sector revisionista que a fines del segundo gobierno de Perón apoya al Presidente debilitado por sus ataques a la Iglesia, instancia de desencanto en las Fuerzas Armadas y en vastos sectores de clase media alta que provocó el alejamiento de los nacionalistas católicos peronistas, en el marco de la crisis resuelta parcialmente con el triunfo de la Revolución Libertadora, aunque elemento causante de ulteriores conflictos recrudecidos por el intento de ensayar soluciones institucionales sin el concurso libre del peronismo en la decisión del juego democrático durante 18 años.

Los denominados “nacionalistas populares” que fueran referencia teórica de la izquierda peronista provenían del radicalismo y de individualidades trotskistas, socialistas y comunistas. De aquí surgirán las influencias posteriores a las que los montoneros fueron tan permeables y de ningún modo del nacionalismo católico.

Cometeríamos un grave error si omitiésemos que la izquierda peronista es, asimismo, una reorientación posible que asume un pleno curso de extensión política entre los sesenta y setenta iniciales por la labor enérgica de la Izquierda Nacional, definida por Hernández Arregui como “la teoría general aplicada a un caso nacional concreto, que analiza a la luz del marxismo, en tanto método de interpretación de la realidad, y teniendo en cuenta, en primer término, las peculiaridades y el desarrollo de cada país, la economía, la historia y la cultura en sus contenidos nacionales defensivos y revolucionarios y ordena tal análisis teórico con la lucha práctica de las masas contra el imperialismo en el triple plano nacional, latinoamericano y mundial y en este orden”.

El Movimiento Revolucionario Peronista, conducido por Gustavo Rearte hacia 1964, inaugura la efímera irrupción de la primera “tendencia revolucionaria” anticapitalista por dentro del peronismo que alcanzará su esplendor con Montoneros. A ello debemos sumar en el apoyo a construcciones radicales de sello peronista, la transformación táctica del discurso de Perón que lanza en la segunda mitad de los sesenta la fórmula del “socialismo nacional” como el camino a seguir por los países subdesarrollados, elogiando a Mao y a Fidel Castro.

La Tercera Posición Justicialista pasa a significar en esa inteligencia una variante de la lucha por la liberación asociada al tercermundismo y a la revolución social, habilitando los argumentos de la entusiasta y minoritaria izquierda peronista o de la misma derecha del Movimiento que consideraba la fórmula polémica, una muestra flexible de un paso más del movimiento nacional que en Europa había sido canalizado por Benito Mussolini y que Perón había citado alguna vez en sus mensajes, imaginaba.

La vaguedad pendular era el arma predilecta de Perón porque englobaba a la diversidad y en la primera de cambio volvía a la ortodoxia sin someter a riesgo la centralidad doctrinaria que él esgrimía de acuerdo a las circunstancias. John William Cooke, por su parte, fogueaba salidas guerrilleras con un acendrado fidelismo. Su grado de incidencia ideológica en Montoneros es bastante relativo, pero no ignorado. Tengamos en cuenta que en uno de sus últimos escritos, Cooke –que falleció víctima de un cáncer en septiembre de 1968 a los 47 años de edad- denomina a Perón “el último valor de la política democrático-burguesa en la Argentina”. Clara ruptura.

MARXISTAS POSCONCILIARES


Luego del Concilio Vaticano II los aires renovadores sacudieron a la Iglesia. La Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Medellín en 1968 a la luz de la encíclica Populorum Progressio (El desarrollo de los pueblos) tuvo su correlato en nuestro país en el Documento de San Miguel de 1969. En esos dos pronunciamientos eclesiales (Medellín y San Miguel) aparece una clara posición social de los pastores, pero sin teñirse de marxismo, como una lectura ligera e interesada podría suponer. Era un nítido giro fundamentado en la continuidad doctrinal del Magisterio con el compromiso por la modificación de las estructuras opresoras desde los pobres. (La riqueza conceptual de la Doctrina Social de la Iglesia nunca necesitó adaptarse a cánones ideológicos ajenos para manifestar su voluntad profética, detalle ignorado por los analistas ramplones que prefieren ceñirse a categorías obsoletas e imprecisas que ubican a los obispos en supuestas izquierdas o derechas, o en casilleros conservadores o progresistas. ¿Cuándo comprenderán que la Iglesia no es un partido político?)

El Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo encarnó el ala más peronista de Medellín y San Miguel, asumiendo una clara identificación entre la lucha por la liberación y el peronismo proscripto y perseguido. Lógica deducción: “si nuestra lucha es a favor de los pobres y los pobres son peronistas, tenemos que estar con el peronismo”. Estar y ser, una elucidación metafísica válida aunque no definida por los guerrilleros que dio pie a múltiples idas y venidas manchadas de tergiversación, violencia y muerte.


“Por eso –sostenían los Sacerdotes para el Tercer Mundo- en la concepción peronista es fundamental el objetivo de la ´Argentina Potencia´, como expresión de un estado fuerte que dé consistencia al poder nacional. Pero lo importante es percibir que en esta concepción, el estado no es más que un instrumento, un medio, para el bien de la nación, del pueblo como comunidad de personas. Y por ello ese objetivo, así instrumentado, no contradice la doctrina Justicialista la cual, como lo expresó el General Perón ´entiende que los fines permanentes e inmutables de la Comunidad Nacional organizada son la felicidad del Pueblo y la grandeza de la Nación. Para alcanzar la felicidad del Pueblo y la grandeza nacional de comunidad organizada debe ser socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana´ (al Congreso, I/XII/1952)”.

Antes de la aparición pública de Montoneros, la militancia juvenil afín a los sacerdotes villeros y a posiciones contestatarias de abierto signo cristiano, daba testimonio de disidencia apelando a la crítica ideológica de contenido marxista. La revista Cristianismo y Revolución, dirigida por Juan García Elorrio, emprendió en 1966 una furiosa tarea propagandística tendiente a deslegitimar la autoridad eclesiástica y a presionarla para que asumiera posturas propias del régimen castrista. El modelo militante y revolucionario era el del cura guerrillero colombiano Camilo Torres. Y se rescataba al peronismo como movimiento histórico y no en términos de doctrina (algo similar a lo que hace hoy el kirchnerismo).

El primer editorial de Cristianismo y Revolución (septiembre de 1966) explica de manera ambigua la opción por la lucha armada, vistiéndola con ropaje de amor cristiano: “El Tercer Mundo es el que se está gestando a partir de los procesos revolucionarios , que se intentan, que se malogran y que se realizan a través de una acción dura y violenta pero profundamente humana a la cual nos incorporamos los cristianos que vemos en ella, como vio Camilo Torres, ´la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos´”.

En esa fragua cruzada por múltiples contradicciones y complejos escenarios, el consenso ideológico pretendía someter a revisión la actitud de la Iglesia respecto a la profundidad de la crisis política con su correlato en el área económica que mostraba un persistente deterioro en la calidad de vida de los estamentos productivos. La región y el “occidente cristiano” asistían perplejos a la definición de un conflicto de implicancias mundiales en el que se jugaban los ámbitos de influencias dentro de un sistema de poder geopolítico que situaba los hechos en dos veredas diferenciadas: el “mundo libre” con hegemonía en Washington y la tiranía comunista rusa.

Sin embargo, la colectivización con sus secuelas criminales era obturada del ideario militante por una inteligente propaganda comunista que condenaba a sus detractores al bando de los opresores de los pueblos. Además, el discurso tercermundista, a pesar de pretender asumirse en alternativa diferenciada de ambos, se radicalizaba de tal forma al echar mano a las tesis marxistas a la hora de analizar la realidad que quedaba embanderado con la tiranía comunista rusa, a veces barnizada de castrista, otras veces barnizada de maoísmo.

En 1969 existían las Juventudes Argentinas por la Emancipación Nacional (JAEN), un sector minoritario de muchachos liderado por Rodolfo Galimberti, futuro cabecilla de la Juventud Peronista y miembro conspicuo de Montoneros. Las JAEN analizaron el documento de Medellín con una visión absolutamente alejada del nacionalismo católico tradicional que siempre fue respetuoso de las jerarquías episcopales y su Magisterio, aunque sus ideólogos tuvieran reservas nunca calificaron a la superioridad de formar parte de la dominación interna del país.

Para las JAEN la Iglesia debía hablar (léase denunciar situaciones de privilegio, cumplir con su misión profética) y ponerse del lado de la revolución nacional, de los marginados, de los pobres de toda pobreza. Ubicaban a la institución eclesial entre los factores de poder que habían llevado a la Argentina a la dependencia. “Nosotros, la Juventud Nacional y Popular, cansados de la actitud timorata y claudicante de la Iglesia Argentina…”, arrancaba el documento EL Movimiento Nacional y la Iglesia, que las JAEN emitieron en abril de 1969. La unidad de concepción de García Elorrio y las JAEN era plena y confirma nuestra tesis de que los jóvenes que ensancharon la avenida de los montoneros se formaron en la izquierda posconciliar y no en la derecha nacionalista católica.

A ello le agregamos que Firmenich, Ramus y Abal Medina rompen con el “pacifista” Mugica en 1967 y se alistan en el Comando Camilo Torres, dirigido por el “belicoso” García Elorrio, que promovía la acción directa. Otro prominente guerrillero que pasaría de Descamisados a Montoneros, surgido también de las filas posconciliares, Norberto Habegger, se quejaba de los obispos argentinos que no asumían lo que él interpretaba como el mensaje revolucionario de Medellín.

El documento de los obispos latinoamericanos instaba a “obrar”, a actuar contra las injusticias sociales sin apelar a metodologías violentas. Pero Habegger advertía la voz episcopal según la subjetividad de su credo particular en clave revolucionaria: “la declaración final de Medellín no admite dudas. Es una convocatoria a laicos, sacerdotes y obispos para un compromiso efectivo con la Liberación en América Latina. Sin embargo, cuando ello ocurre en nuestro país y los católicos cumplen con Medellín, los mismos obispos que participaron en las deliberaciones (Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano) son los primeros en frenar toda tentativa de fidelidad al Evangelio y la Historia”.

Folclore montonero


El clima de la época posconciliar convocaba a los fogones, a los campamentos, al folclore, al revisionismo histórico, combustible de una maquinaria ideológica que dejaría su marca como una yerra incandescente en la historia del país en 1973. Era la movida del momento a la que los jóvenes esclarecidos de clase media alta se plegaban masivamente. Y en esas actividades culturales predominaba la protesta y el rechazo categórico al “sistema” en un contexto de inestabilidad institucional prolongada tras la caída del peronismo en 1955.

Los jóvenes con inquietudes revolucionarias, a mediados de los sesenta, no todos eran peronistas, pero todos coincidían en la denuncia contra las injusticias del “capitalismo liberal” y del imperialismo yanqui. Tampoco eran antiperonistas (“gorilas”) como sus padres. Aunque los militantes de la guerrilla guevarista (ERP) serán decididamente adversos a la estrategia de Perón. Y lo combatirán por afuera del justicialismo, descartando la infiltración y la competencia por el liderazgo político que eclosionaría el 1 de mayo de 1974.

En esa coyuntura de convulsión y compromiso con “lo nacional y lo popular” un par de conjuntos folclóricos nativos se denominaban Los Montoneros. En Córdoba, Carlos Di Fulvio grabó en 1968 para el sello discográfico RCA Víctor la obra Canto Monumento, un homenaje al general José María Paz. Acompañó a Di Fulvio en la grabación el conjunto Los Montoneros, integrado por Marcelo de Jesús (contratenor), Alberto Bima (tenor), Alberto Ratto (barítono) y Jorge Portunato (bajo). Obsérvese que la obra se encarga de rescatar la figura del Manco Paz, un enemigo de los montoneros federales del siglo XIX, ferviente unitario cordobés y diestro militar. Sin embargo, jóvenes mediterráneos osaron autodenominarse montoneros para expresar su vocación artística.

Por su parte, en el seno del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas, también un conjunto llamado Los Montoneros daba a conocer sus creaciones folclóricas inspirándose en la figura señera del dictador de Palermo. El 4 de marzo de 1969 en San Miguel del Monte presentaron los primeros temas de la que sería su obra cumbre: Vida y muerte de Juan Manuel de Rosas. Formaban parte del conjunto Armando Luis Mogliani, Juan José Grumo, Roberto Enrique Bernich y Carlos Alberto Leoz. “Rosas, región fundamental de una región de la Historia Argentina a la que deliberadamente se quiso postergar, merece ser restaurado con plena vigencia de su condición de Argentino y Patriota, condición ésta que el Pueblo y sus más dignos Hijos nunca olvidaron”, manifestaban Los Montoneros de Rosas en aquella oportunidad.

Esta divergencia en la exaltación de personajes contrapuestos, enemigos declarados, como fueron Rosas y Paz, adquieren en el imaginario analítico categoría de metáfora del ser militante epocal, donde confluyen la dinámica revulsiva en cuanto a la tónica de los temas en disputa ideológica, con visiones del pasado que vuelven a cristalizarse en la dialéctica de aquel presente.

Los seguidores del general Paz no se autodenominaban “montoneros”. Tampoco los de Rosas. Uno era un estratega militar unitario. El otro un poderoso hacendado bonaerense que practicó un feroz centralismo en nombre del federalismo. Pero ello parece que para nada ha sido obstáculo en la parafernalia de la ponderación y la apologética de sus respectivos procederes en los albores de la nacionalidad.

Montoneros rosistas, montoneros pacistas, ¿eran todos montoneros en la Argentina inicial?

El nombrar para darle entidad a los deseos ideológicos, tan actual en el nominalismo kirchnerista de la primera década del siglo XXI, fue una forma de construir situaciones adecuadas a las subjetividades predominantes. Lo cierto y concreto es que cuando la organización político-militar Montoneros adoptó para sí el capital simbólico de un destacado sector cultural de raigambre nacionalista y católica, la confusión impuso su juego.

En este tablero tallaron las más diversas opciones partidistas e intereses corporativos, haciendo las veces de espejos encantados. Las imágenes reflejadas aparentaban ser lo que no eran. Tanta insania a la larga terminó por destruir cualquier salida racional, y más aún obstruyó la vocación de diálogo, de reencuentro y unidad entre los argentinos que apostaban por la democracia representativa. El último deseo inconcluso de Juan Domingo Perón y antesala del terrorismo de Estado.

“El terror –afirma Tulio Halperín Donghi- se iba a ofrecer así a la vez como castigo a la deserción de la sociedad entera, y como instrumento de una cruel pedagogía destinada a grabar indeleblemente en la memoria colectiva las consecuencias de ceder a tan atractivos desvaríos. Esa instrumentación del terror, reflejada en tácticas de contrainsurgencia que parecían a veces aprendidas en la escuela del rey Herodes, hubiese debido a la vez abrir a ese terror un campo de acción cuidadosamente delimitado. Sin duda, el régimen militar estaba de antemano dispuesto a ir más allá de lo que sus justificaciones sugerían, para hacer desquite póstumo sobre la violencia insurreccional –que en marzo de 1976 había sido ya sustancialmente derrotada- la ocasión de asestar un escarmiento inolvidable a todos los que se habían sentido por un momento atraídos por la alternativa que ella ofrecía, o no habían sabido resistir a sus seducciones con la energía necesaria”.

Las severas consecuencias de aquellos relacionamientos y atracciones fatales que no estuvieron limitados éticamente antes de su maduración atroz reaparecen en tonalidades menores en estos días de prolífica mentira oficial, aunque de resultados similares en la medida que ellas consoliden un estilo gubernamental recargado de populismo que impone la instauración prepotente de una única mirada ideológica en inéditas formas de persecución. Los totalitarismos del pasado jamás dispusieron de los actuales aparatos propagandísticos estatales y paraestatales: el 80% de la oferta mediática responde al gobierno de turno.

Aunque la intelectualidad orgánica desmienta una y otra vez la inexistencia de persecuciones, ellas se manifiestan en la difamación, el descrédito brutal y el silenciamiento del disidente a través de la destrucción de los antiguos códigos de conducta del periodismo al que le adosan el calificativo de “militante”, brazo ejecutor del llamado “relato oficial” que ha ingresado en un periodo de devaluación ideológica imprevista y camuflada por sus cultores rentados, en consonancia con el deterioro de las variables económicas del Modelo K, que comienza a crujir y a astillarse en una graduación resolutiva ineludible, cuyo ritmo es marcado por las circunstancias e imponderables del sistema capitalista internacional.

A modo de conclusión


La revisión de la historia es un aporte valioso siempre y cuando sea superada la tentación de encontrar en el pasado lo que falta en el presente, o de ver en el pasado las imaginarias virtudes de un presente fantástico y politizado según la conveniencia oficial. La organización político-militar Montoneros posee numerosas aristas aún ocultas por intereses facciosos que hacen un negocio editorial de una tragedia nacional.

Estimamos plausible cualquier iniciativa sincera que analice los hechos de ayer y de hoy con solvencia académica y neutralidad. Lamentablemente, una propaganda nefasta aleja a los jóvenes de la objetividad y los obliga a internalizar errores, que los llevan a aceptar cualquier banalidad y vulgaridad en nombre de un proyecto mágico. Dicho proyecto apenas es un trayecto en transición invadido de mentiras e ingeniosos métodos de construcción de sentido que sólo sirven para disimular, ocultar y maquillar un plan de saqueo del Estado con ribetes grotescos y canallescos.

Montoneros ha sido la consecuencia de una urdimbre de voluntades juveniles que creyó en la lucha armada como instrumento de resolución de las contiendas políticas gestadas al calor de una época que se prestaba a la aventura y al infantilismo. No había debate porque el debate era una concesión burguesa y la mirada apuntaba a horizontes forzadamente revolucionarios. De derechos humanos, democracia y república hablaban los apologistas de la Revolución Libertadora. Con estas premisas sólo restaba un desenlace fatal.

Todavía son sospechosos a nuestro juicio los perseverantes ajustes parciales en el tratamiento de la identidad ideológica de Montoneros. El nacionalismo católico queda excluido de la promoción de la guerrilla que Perón aceptó e incorporó a su Movimiento con la condición de que actuara en su condición de “formaciones especiales”, es decir, sometidas a la resolución táctica para que una vez cumplidas las misiones específicas encomendadas por la conducción estratégica del Movimiento abdicara de su naturaleza circunstancial. Sucedió a la inversa y los resultados deben ser evaluados a la luz de la realidad para desterrar idealizaciones y mitos.

La influencia de la izquierda marxista posconciliar (también de la Izquierda Nacional) en la conformación ideológica del núcleo inicial de Montoneros no desacredita a nadie en particular ni tampoco puede servir para desatar generalizaciones infames. Hubo una guerra civil y cualesquiera hayan sido las ideologías dominantes de la etapa en cuestión, nunca van a cicatrizarse las heridas abiertas ni descansarán en paz los caídos si se insiste con echar mano a verdades relativas que devienen en mentiras absolutas.


FUENTE: http://mx.mc1147.mail.yahoo.com
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