jueves, 22 de octubre de 2009

Joseph Bau: El pintor salvado por Oscar Schindler

por GONZALO UGIDOS



Era judío en la Polonia invadida por los nazis en la II Guerra Mundial. Se libró de morir por su habilidad para rotular caracteres góticos en el campo de concentración donde estaba confinado. Allí se casó a escondidas con su prometida. Ella le procuró un lugar en la lista de Oskar Schindler, el salvador inmortalizado por Spielberg. Joseph Bau escapó del horror y se convirtió en el dibujante del genocidio, en el "Walt Disney" israelí.

Joseph Bau (Cracovia, Polonia, 13-VI-1920) era el enamorado en el campo de concentración de Plaszow que en la película La lista de Schindler se casa a escondidas con Rebecca Tennenbaum. Lo estadísticamente lógico es que ambos hubieran muerto en el Holocausto, como los padres y el hermano pequeño de Bau y otros seis millones de judíos. Si con apenas 30 kilos de peso seguía vivo cuando lo liberaron, fue gracias a Oskar Schindler y a que sabía dibujar y caligrafiar la letra gótica que tanto gustaba a sus verdugos. Su memoria del infierno se publica ahora en español con el título El pintor de Cracovia.

Cuando en 1993 celebraron sus bodas de oro, los periódicos y la televisión israelíes los describieron como la pareja más romántica del mundo. Fue una casualidad que se casaran el día de San Valentín porque en el campo de concentración no podían saber que era el día del amor. Joseph Bau tenía 22 años y trabajaba en el campo de Plaszow, un suburbio de Cracovia, como esclavo-delineante. Un supervisor nazi le pidió con urgencia una heliografía. No había máquinas y sólo podía hacerse con rayos de sol para hacer señales telegráficas a través de un espejo móvil. Cuando Bau alegó que el día estaba nublado, el oficial, experto en torturas pero ignorante en heliografías, le replicó: "O la heliografía o una bala en la cabeza". Bau esperó a que los débiles rayos ultravioletas dejaran su huella en el papel sensible. Una joven llamada Rebecca salió de un barracón y pensó que estaba haciendo señales a los aviones americanos. "Estoy esperando que salga el sol remolón, quizá tu puedas ocupar su puesto", le dijo Bau.

Boda secreta. A partir de ese día, jugándose la vida, empezó a visitarla en el barrancón antes del toque de diana. Le llevaba agua caliente y le lustraba los zapatos con la manga humedecida con saliva. Cambió cuatro barras de pan por una cuchara de plata y, por cuatro más, un joyero le hizo dos anillos. No hubo rabino, música ni invitados en la boda clandestina, pero el novio pronunció el tradicional Harei At (la invocación a los cinco libros sagrados de la Torá) y su madre les dio la bendición. Fue un milagro que no los sorprendieran en el barracón de las mujeres. Sus dos hijas, Hadassah y Tzlila, dicen que su padre creía en los milagros. No le faltaban motivos. Tuvo que producirse una sucesión de venturosos azares para que acabara disfrutando de la vida, de la felicidad y del éxito artístico en Israel años después.

La tragedia de Joseph Bau, como la de otros tres millones de judíos polacos, comenzó a finales del verano de 1939. Lo cuenta él mismo con humor judío. Su madre pidió precio por unas manzanas, "veinte groszy [aproximadamente cinco céntimos de euro] el kilo", contestó la verdulera antisemita; por regatear, la madre ofreció 15 y la vendedora alzó sus rollizas manos hacia el cielo y exclamó: "¡Oh, Dios que estás en los cielos, haz caer una lluvia de fuego sobre esta gentuza!". Una semana después las bombas empezaron a caer sobre Cracovia y Joseph Bau preguntó a su madre: "Bueno, mamá, ¿merecía la pena causar esta catástrofe por cinco groszy?".

Marcados. Los nazis prohibieron a los judíos viajar en tranvía, les impusieron un brazalete con la estrella de David, expulsaron a los niños de las escuelas y decretaron que cada uno tenía que llevar un kennkarte, la tarjeta de identidad amarilla expedida por la policía. Como ni a Joseph ni a su hermano Marcel les dieron la tarjeta, tuvieron que buscar refugio en un pueblo. Pero el casero, a cambio de un alquiler abusivo, sólo se comprometía a acogerlos de noche, de manera que pasaron el invierno escondiéndose entre témpanos, calados hasta los huesos y esperando la noche con avidez. Lo peor estaba por llegar.

Desvalijada, toda la familia fue confinada al gueto. Según la sagrada Biblia nazi, el Mein Kampf de Hitler, publicado en 1925, los judíos eran criaturas infrahumanas y los Bau tuvieron que hacinarse en una habitación pequeña y lúgubre, sin electricidad, agua corriente ni aseo, dentro de un muro fortificado. Era el prólogo del lager, el campo de trabajos forzados de Plaszow, estación de paso hacia el exterminio en Auschwitz y Treblinka. Cuando, en el verano de 1942, el Reich ejecutó la última etapa de la Solución Final, exigió a los judíos el último pago: sus vidas.

Ante la mirada estremecida de Joseph Bau, un oficial de las SS llamado Gruen mató a su padre. En el gueto de Cracovia había quedado su hermano de 13 años y allí lo asesinaron el mismo año. Su madre murió de empacho tras su liberación de Bergen-Belsen. Los soldados estadounidenses, sobrecogidos ante aquellos esqueletos vivos, los alimentaron con enormes cantidades de comida; pero los estómagos de los cautivos no fueron capaces de digerir aquellos manjares y 10.000 de ellos murieron de indigestión en un solo día.

Bau no podía creer que los alemanes, conocidos en el mundo ilustrado como estandartes de la alta cultura, fueran capaces de planear y ejecutar a sangre fría la destrucción masiva de seres humanos con métodos industriales, como si fueran chinches. No podía imaginar los hornos para la combustión de seres humanos. Que se hiciera a diario, que sin descanso llegaran nuevos cargamentos para hacer jabón con la grasa humana, rellenar colchones de cabello y extraer el oro de los dientes, superaba la capacidad de comprensión de una mente normal.



Un humo denso, que olía a carne quemada, flotaba sobre los barracones. Los cautivos acuñaron un amargo eslogan: "Aquí entras por la puerta y sales por la chimenea". El humor negro arraigaba en el lager; a los piojos los llamaban la infantería; a las pulgas, la artillería; a los mosquitos, la aviación; a las chinches, los paracaidistas, y a las ladillas, los zapadores. Ese ejército causaba estragos diagnosticados como tifus, escarlatina, difteria, varicela, sarampión o erisipela.

A Joseph Bau, el prisionero n0 69084, no lo redujeron a humo porque era útil: trazaba mapas, rótulos y señales para la oficina de construcciones. El comandante del campo era Amon Goeth, un energúmeno que pesaba más de 140 kilos y medía un metro y 92 cm. Lo llamaban el "verdugo de Plaszow" por su afición a disparar con un rifle contra los prisioneros, sin importarle si eran niños o mujeres. Acusó a un judío de ser demasiado alto y le disparó, luego orinó sobre su cuerpo, que aún se movía. Volviéndose ante un amigo conmocionado, le gritó: "No te gusta, ¿verdad?". Lo mató y también le orinó. Y repitió con un niño que sufría diarrea, después de obligarle a comerse sus excrementos. Cada mañana el monstruo rondaba por los barracones con dos bulldog adiestrados para destrozar personas. Tras las visitas, los prisioneros contaban el resultado: 15 a cero, 20 a cero, 30 a cero… Pensaron matar al engendro, pero entonces hubieran liquidado a los 24.000 presos.

Trapicheos. Goeth realizó trapicheos comerciales con el industrial Oskar Schindler para abastecer una fábrica de utensilios de cocina con mano de obra esclava. Para entonces Bau había conocido en Plaszow a Rebecca y fue ella quien le consiguió un puesto en la lista de Schindler. Rebecca sabía hacer la manicura y Amon Goeth la llamó, le puso una pistola en el codo y le dijo que si le pinchaba o arañaba, la mataría allí mismo. Poco después, la mujer vio a un guardia nazi que estaba a punto de disparar a la madre de Muetik Pemper, el secretario judío de Goeth, y advirtió al guardia de que si Goeth se enteraba de a quién había matado, lo ejecutaría. Cuando se confeccionaba la lista de judíos que Schindler iba a llevarse a su fábrica, Rebecca fue a ver a Pemper y le recordó que le debía un favor. En lugar de incluir su nombre, dictó el de su marido. Joseph no llegó a saber lo que su mujer había hecho por él hasta que en 1993 lo descubrió al ver el filme de Spielberg La lista de Schindler.

A ella la llevaron a Auschwitz, donde gracias a sus recursos pudo engañar tres veces al siniestro doctor Mengele, "el Ángel de la Muerte", y tres veces se salvó de la cámara de gas. Él fue a la Emaillewaren, la fábrica en la que Schindler protegió de los campos de exterminio a 1.200 judíos polacos. Dos semanas después de la llegada de Bau, Schindler lo llamó y le entregó las posesiones que había dejado en el campo de concentración. Entre ellas había un diario y poemas que había escrito entre los años 1943 y 1944 en hojas del tamaño de un paquete de tabaco. Muchos de los dibujos y poemas de esa bitácora se reproducen en las memorias de El pintor de Cracovia.

En enero de 1945, Amon Goeth fue capturado por las tropas de III Ejército americano del general Patton y juzgado en Polonia. Se le imputó la muerte directa de 10.000 judíos polacos, vanamente solicitó misericordia y fue condenado a la horca. Su hija Monika Goeth escribió un libro titulado Yo adoro a mi padre, ¿debo adorarle1 Estaba basado en las opiniones de su madre, quien al conocer las aberraciones de su marido, se suicidó.

En 1950, Bau se instaló con su familia en Israel y se convirtió en grafista de la mayoría de las películas israelíes de los años 50, 60 y 70, en dibujante de cómic, poeta y escritor. También trabajó para el servicio de inteligencia del Gobierno, pero nunca quiso hablar de esas actividades. En su nueva patria fue conocido como el "Walt Disney israelí" por sus películas de dibujos animados. El estudio en el que trabajó durante 40 años es ahora un museo situado en el n0 9 de la calle Berdichevski de Tel Aviv.

Su hija Tzlila dice que "cada vez que veía un bicho en casa se las apañaba para cogerlos con un papel y cuidadosamente lo sacaba al aire libre". Rebecca murió en 1997. Sus hijas dicen que fue una mujer afortunada, "nuestro padre sólo se concebía como la mitad de una pareja en la que ella era más importante que él. Era romántico y feminista. Nunca dejó que su mujer fregara los platos o limpiara el suelo, decía que ése era un trabajo de hombres". Aunque expuso sus obras en Nueva York, Chicago o Baltimore, no le gustaba salir de Israel. Tuvo que hacerlo en febrero de 1971 cuando los jueces austriacos reclamaron su testimonio en el juicio contra el agente de las SS Gruen, que había asesinado a su padre. Volvió asqueado de Austria. No se es el mismo cuando se vuelve del infierno. Seguía creyendo en los milagros cuando murió de una neumonía en Tel Aviv hace seis años.

'El pintor de Cracovia' (Ediciones B), de Joseph Bau, ya está a la venta.



http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2008/454/1212510306.html

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