domingo, 30 de septiembre de 2012

LA PRESIDENTA DE ARGENTINA CONTESTA A LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS DE EE.UU



Crónica de una señora

Rogelio Alaniz


La señora se da sus gustos. En el país de Disneylandia, ella hizo de Alicia contando maravillas que a los que más maravillaron fue a los argentinos por insólitas, aunque no por verdaderas. Es que quien ama el poder suele disfrutar de esos privilegios. Como a Menem, a la señora le gusta presentarse como exitosa. Y sin duda que lo es, aunque por razones distintas a la que ella invoca.

Esta vez el escenario fue en Estados Unidos, en dos reconocidas universidades de ese país. El género que interpretó en la ocasión no tuvo nada que ver con una conferencia de prensa, entre otras cosas porque una de las condiciones exigidas para preguntar, era no ser periodista.

 Lo que se dice, toda una definición política acerca de su relación con los profesionales de la prensa.
La señora no es la primera mandataria que se da esos lujos. Otros y otras lo han hecho, es decir, aceptar la invitación de las universidades para “dialogar” con los estudiantes. Lo de “dialogar” va entre comillas, porque el diálogo como tal nunca se realiza porque ese género no es posible entre protagonistas que están ubicados en planos diferentes.


En todos los casos sucede lo previsible: hay preguntas incómodas y los jefes de Estado las responden como pueden. ¿Preguntas incómodas? Sí, por supuesto. Para eso se autoriza a hacer preguntas que por definición deben ser incómodas, porque para las preguntas complacientes con el poder ya está “6,7 y 8”.


Concretamente, no hace falta ser un perspicaz asesor de la señora, para decirle que debe prepararse para responder acerca de temas tales como inflación, reforma constitucional, cepo cambiario, cifras del INDEC, fortuna personal, relaciones con la prensa, corrupción de sus funcionarios. Por lo tanto, cuesta mucho creer que haya sido sorprendida por los estudiantes, ya que si lo fue, el mejor consejo que se le podría dar es que cambie sus asesores.

Se sabe que toda conferencia brindada por un mandatario es una gran puesta en escena. No hay nada malo en eso. Quienes preguntan pueden hacerlo a título personal, pero en la medida que el acontecimiento está siendo televisado para todo el mundo, esas preguntas personales se relativizan porque pasan a ser preguntas de todos. Por el otro lado, también se supone que quien responde es un presidente de la Nación, esto quiere decir que representa a millones de personas, por lo que sus respuestas deben estar a la altura de esa investidura.


Clinton, Obama, pero también Cardoso o Lagos y para no irnos tan lejos, Duhalde, Alfonsín o Frondizi, han estado en situaciones parecidas, y en todos los casos nunca olvidaron la responsabilidad de su investidura.

Puede que alguno de ellos haya optado por alguna pequeña informalidad, un chiste que no ofende a nadie, sino que divierte a todos, alguna informalidad en la vestimenta, como en su momento lo hiciera Kennedy que atendió a los periodistas vestido con un elegante short. Lo que a ninguno de ellos se le ocurrió hacer, es enredarse en discusiones impertinentes con el público y, mucho menos, faltarles el respeto o agraviarlos.


Esto quiere decir que un presidente no está en la tarima para involucrarse en un duelo de chicanas y sarcasmos con su público porque -y a esto ningún mandatario que se precie de tal lo debe olvidar- él o Ella no están hablando en la mesa de un café o compartiendo un asado con los amigos, sino que lo hacen desde su investidura. Por lo tanto, sus opiniones personales sobre sus interlocutores no importan, porque el mandatario le está respondiendo no a un estudiante sino a millones de personas.


Estas elementales consideraciones de diplomacia política, indispensables para hacer realidad el juego del poder entre representantes y representados, parecen no existir para la señora. Fiel discípula de Él, su objetivo parece más inclinado a demostrar que es más lista o más hiriente que su interlocutor, que a contribuir con su aporte a hacer más transparentes las relaciones del poder. ¿Por qué lo hace? Tal vez porque no sabe hacer otra cosa, tal vez porque no debe ser sencillo ocultar la verdad de manera tan evidente.


En definitiva, lo que debería ser una relación formalizada por la distancia y el protocolo, la señora lo toma como una cuestión personal. Sus respuestas a los estudiantes parecían más las respuestas de una señora fastidiada que las de una presidente de la Nación responsable de sus palabras y sus actos. ¿Es así? Es así. Una presidente que se precie de tal, en estas situaciones siempre mantiene la distancia que corresponde y con los tonos que corresponden. 

La señora de esta lección sólo conoce la mitad del libreto, el de mantener la distancia, el de dejar en claro que ella está en la tarima y los otros en las butacas, porque el otro tramo del libreto lo olvidó o no lo conoce. De allí entonces su tendencia -que los argentinos conocemos muy bien- de agraviar a sus interlocutores, de aprovecharse del lugar que le otorga el protocolo y el atril para chicanear, ofender, faltar el respeto y, en más de un caso, mentir descaradamente. ¿Es posible otra conducta? Claro que es posible, pero para ello hacen falta atributos que a la señora le han sido negados: grandeza, honestidad intelectual, sensibilidad, delicadeza. 


La señora no sólo que parece incapaz de asumir roles más amplios, por lo que termina entreverándose en discusiones casi personales, sino que además parece ignorar que en el mundo globalizado lo que se dice en una punta del planeta enseguida se conoce en la otra punta. ¿Que no hay inflación? ¿Que habla con los periodistas? ¿Que no está interesada en la reelección? ¿Que no hay cepo cambiario? ¿Que las cifras del Indec son exactas? ¿Que su fortuna personal la hizo trabajando?


La señora no da respuestas claras y mucho menos inteligentes, pero lo que le falta en lucidez pareciera que le sobra en astucia. Es que por lo general el populismo suele alentar esos recursos. “Viveza criolla”, le llaman sus escribas a una trapisonda verbal, a chicanas que en más de un caso rozan la grosería, a mentiras desfachatadas que agravian la inteligencia de sus interlocutores. 

Ocurre que los escribas de esta escuela consideran que el arte de embaucar y jugar con cartas marcadas, es un sinónimo de cultura nacional y popular. Así y todo, no faltan los teóricos que aseguran que la señora con sus vulgaridades y ocurrencias de matrona de barrio, desacraliza el poder, lo desacartona y lo hace plebeyo popular. Nada más lejos de la verdad. Es que los populistas nunca van a aceptar que la demagogia, los gestos chabacanos, la supuesta identificación con el pueblo a través de la procacidad o los lugares comunes más triviales, no tienen nada que ver con la horizontalidad democrática o la preocupación republicana por achicar la distancia entre gobernantes y gobernados. 

Por el contrario, estos recursos suelen ser los preferidos de los jefes populistas quienes justamente se distinguen por dejar siempre muy en claro quién es el que manda y quiénes son los que obedecen. 

fuente: texto del diario EL LITORAL
SANTA FE, 27 DE SEPTIEMBRE 2012
FOTO: URGENTE24.COM