martes, 11 de junio de 2013

El momento para hablar, por el Dr. Enrique Orschanski.


No quiero seguir perdiendo momentos 

importantes. Veo cómo crecen los 

chicos, y me asusta pensar que la 

vida sea así de fugaz. 

 

 

  • 27/04/2013 00:01 | Enrique Orschanski*






Perdoname, papá, quise venir antes pero no encontraba el momento. Necesito hablar: siento que todo pasa rápido y no quiero seguir perdiendo momentos importantes. Veo cómo crecen los chicos, y me asusta pensar que la vida sea así de fugaz. Por suerte, no tenemos problemas graves; supongo que en otras familias es igual, pero últimamente estoy confundido y necesito tu consejo.

¿En tu época era distinto? ¿Había más tiempo para hablar?

Primero, te cuento sobre tus nietos. Tomás cumplió 16 y está altísimo. Todavía tiene sus crisis de asma y no puede dejar los medicamentos. Todo empezó desde chiquito: como los dos trabajábamos, tuvimos que mandarlo a una guardería antes del año. ¡Cómo se enfermaba, pobre...!

¿Vos eras alérgico? ¿O era mamá? Todavía no sabemos a quién salió.
 
Hasta que cumplió 4 años, yo hacía horas extras. No lo veía nunca; con decirte que la “seño” lo conocía más que yo. Con “Manu” pude compartir más porque cuando él nació cambié de trabajo. De todos modos, salió introvertido como el hermano. A los dos les costó la primaria, pero nunca se quedaron de grado. Las maestras decían que eran “inteligentes, pero muy callados”. Al principio, “Vero” los ayudaba con la tarea, pero como terminaban a los gritos, abandonó.

Ahora “Manu” tiene 14, vive encerrado en su cuarto, conectado a Facebook. El año pasado se llevó seis materias. Al principio, eso lo enojó, pero ahora levanta un hombro como diciendo “qué me importa”. Es difícil hablarle. Si alguna vez pedimos que estudie, nos grita que no lo molestemos, que no le interesa el “cole”... que nadie lo entiende.

¿Te estoy cansando con esto? Es que nunca hablamos de los chicos con vos.

Con “Vero”, estuvimos distanciados durante unos meses. En noviembre, pensé que iba a enloquecer: llegaba a casa agotada, acomodaba todo y se amanecía corrigiendo pruebas. Por suerte, dejó ese trabajo cuando terminamos los arreglos de la casa. Quedó bien, aunque no sé si valió tanto esfuerzo... la pareja se desgasta.

¿Vos también peleabas con mamá?

A fin de año me aumentaron el sueldo, pero la alegría duró poco: llegaron las cuotas del colegio. En tu época, la escuela pública era gratuita. Nunca te pregunté... ¿a qué colegio fuiste?

Siento que estoy mezclando muchas historias. Tendría que haber venido antes, pero ya ves, vivimos como locos.

¿Te acordás de aquel día, cuando me fuiste a buscar a la oficina? No te pude atender. Esperaste un rato largo y, detrás del vidrio, me mirabas como queriendo decir algo; después te fuiste. A la noche, a la hora de siempre, llamaste por teléfono para saludarnos. Hablamos tres palabras y corté; estaba viendo un partido. Perdoname, yo no sabía lo que es vivir solo.

La vida se pasa muy rápido, viejo. Mirame la panza; y eso que no tomo...

Nunca te pregunté cómo hacías para mantenerte tan flaco y derechito. Alguien dijo que practicabas atletismo. ¿Dónde, con quién? No encuentro fotos tuyas de esa época; con la mudanza, perdimos cajas enteras. A veces miro la del comedor, esa que están con mamá, abrazados. ¿Se querían así, como yo pensaba? ¿Fuiste feliz, viejo? ¿Qué te quedó por hacer?

Bueno, me tengo que ir. Esta semana saco un turno con una psicóloga para “Manu”. Ojalá que no sea caro, así podemos planear unas vacaciones.

Me hizo bien hablar. Te prometo que el domingo vengo de nuevo. El empleado del cementerio me está apurando; dice que tienen que cerrar. Te quiero, viejo. Chau.



* Médico

fuente: http://www.lavoz.com.ar/opinion/momento-para-hablar