viernes, 20 de septiembre de 2013

ARGENTINA: nuevo libro de Javier Sinay- "LOS CRIMENES DE MOISES VILLE"- Una historia de gauchos y judíos.





El libro




En junio de 2009 Javier Sinay encontró en internet la reproducción de un artículo de 1947, titulado Las primeras víctimas judías en Moisés Ville. Estaba firmado por su bisabuelo, Mijl Hacohen Sinay, periodista como él, y resultó espeluznante: hablaba de una serie de veintidós asesinatos cometidos, entre 1889 y principios del siglo XX, por gauchos criollos contra inmigrantes judíos llegados a esa zona de la provincia de Santa Fe desde Ucrania, huyendo de los pogroms del imperio zarista. Sinay comenzó a reconstruir la historia de su bisabuelo y la de ese pequeño pueblo santafesino, hasta dar con un costado poco conocido y brutal de la relación entre gauchos y judíos por aquellos años. En esa investigación, a la vez entrañable y tenebrosa, aprendió ídish para descifrar documentos antiquísimos, contrató a un detective para rastrear los ejemplares de Der Viderkol —el primer periódico judío de la Argentina— y viajó repetidas veces a Moisés Ville, donde la cultura judía ha dejado huella en sus cuatro sinagogas y sus calles de nombres hebreos.


El autor























fotografió: SILVANA SERGIO
FOTOGRAFIALOSILVANA@GMAIL.COM



Javier Sinay (Buenos Aires, 1980) es periodista. Además de Los crímenes de Moisés Ville, publicó los libros Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez (Tusquets, 2009), que mereció el Premio Rodolfo Walsh en la XXIII Semana Negra de Gijón, dirigida por el escritor Paco Ignacio Taibo II; 100 crímenes resonantes que conmovieron a la sociedad argentina (Planeta, 2010, en coautoría con Norberto Chab); y la nouvelle El que a hierro mata (sigueleyendo.es, 2011).

Lleva adelante el sitio de cultura negra
elidentikit.com.
Sus textos han aparecido en los diarios Clarín y Crítica de la Argentina, y en las revistas Rolling Stone, Ñ, Orsai, El Guardián, Hombre, TXT, Gatopardo y Zona de Obras, entre otras; e integró los equipos de producción de los programas de televisión “Forenses”, “Fiscales” y “Ser Urbano”.

Ganó un Premio TEA, un premio del Fondo Nacional de las Artes (compartido con Julián Gorodischer, por la revista Estrella de la Argentina) y tres Premios Perfil a la Excelencia Periodística. Llevó adelante con el historiador Diego Galeano el Coloquio sobre Delito, “Memoria Urbana y Escritura en la Argentina: 
a 100 años de los crímenes del Petiso Orejudo“, en el Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional.

Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires.



Prefacio

 

En la noche del 9 de junio de 2009, un mail llegó a mi casilla
de correo. Había sido escrito por mi padre, Horacio, y llevaba
por asunto «Tu bisabuelo»:

 

Hola Javi,

Entrá en esta dirección: www.generacionesmv.com/
Generaciones/Victimas.htm. El autor, Mijl Hacohen Sinay, es
tu bisabuelo. Lo acabo de encontrar y, además de todo lo
emotivo e histórico que significa para nosotros, tiene un tinte
de crónica policial.


Con cierta curiosidad hice clic y leí un artículo: «Las primeras
víctimas fatales en Moisés Ville», que más adelante remataba
en: «Una historia de los primeros asesinatos sufridos en la
colonia». La página que lo lucía se presentaba com «Las
Generaciones de Moisés Ville, un sitio dedicado a la genealogía
de la primera colonia agrícola judía de la Argentina». Leí el
texto de un vistazo y comprobé que el «tinte policial» del que
hablaba mi papá era evidente.

Allí se contaba un crimen: en el año 1889, ciertos inmigrantes
judíos pedían galletas, hambrientos, a todo aquel que les
dirigiera una mirada y un gaucho quería llevarse de entre
ellos a una miserable princesa a cambio de una dote sencilla;
todo terminaba con sangre. Era un caso real y había ocurrido
en la Argentina. Luego se narraba otro crimen, y luego otro y
otro, hasta completar más de una veintena. El texto era
poderoso y cruento, histórico y revelador, olvidado y valioso.
Una parte muy oscura de la vida argentina y de la epopeya
de la inmigración estaba guardada ahí.

Por mi parte, había escuchado, desde siempre, que la
colonización de los gauchos judíos había sido una aventura
bucólica.

Y nunca había pensado que pudiera estar teñida de sangre o
que la inmigración pudiera haber sido tan resistida.

A decir verdad, tampoco sabía quién había sido mi bisabuelo,
el autor de aquel texto. La memoria familiar no iba tan atrás
en la mesa de los domingos, que mi abuela Mañe cargaba con
platos deliciosos de gefilte fish con zanahorias y de ensaladas
de  varios colores y sabores. «El padre del abuelo tenía un
diario»,escuché alguna vez, entre plato y plato, pero lo dejé
pasar.

Ahora mi abuelo Moishe —el hijo de mi bisabuelo Mijl Hacohen
Sinay, autor de aquel texto—, está muerto. Falleció en el otoño
de 1999 sin contarme nada de su padre —y todavía me pregunto
por qué—. Pero queda su mujer, que es mi abuela Mañe.

Ella fue la nuera de Mijl y lo recuerda bien.

¿Y qué era eso de «Hacohen»? ¿Un nombre o un apellido?

«Significa “el cohen”», me contó mi abuela, con su colorida
tonada «santiaguídish» —porque nació en 1922 en el pueblo
de Lanowce, en la región de Volin (ayer en Polonia, hoy en
Ucrania) pero se crió en La Banda, muy cerca de la capital
de Santiago del Estero—. Ella sabe de religión lo que mamó
en su hogar polaco de Santiago del Estero; es decir, lo que
cualquier muchacha de shtetl —o de aldea judía— y eso,
por cierto, es mucho más de lo que está a mi alcance.
«Los cohen tienen un estatus especial: son los varones
descendientes de Aharon, el hermano de Moisés, y eran los
sacerdotes del Templo de Jerusalén.

La tribu se pasa de padres a hijos. Vos también sos un
cohen», me dijo el día que le pregunté.

En Internet encuentro fácilmente una monografía sobre los
periodistas que llegaron a la Argentina en el período
1850-1950, donde hay algunas líneas para mi bisabuelo:
«Mijl Hacohen Sinay nació en 1877. En 1894 la familia
Sinay emigró a la Argentina y se instaló en Moisés Ville,
en la provincia de Santa Fe.

Allí Mijl fue maestro en la primera escuela de esa colonia.
En 1898 pasó la familia a Buenos Aires y, a los 21 años,
él fundó el primer diario en ídish en la Argentina, Der Viderkol.
Fundó también otras publicaciones y fue corresponsal de
muchas otras, locales y del exterior.
Falleció en Buenos Aires el 8 de agosto de 1958». Se indica
que el texto es cita del libro La letra ídish en tierra argentina.
Bio-bibliografía de sus autores literarios, escrito por Ana
Weinstein y Eliahu Toker.

No es frecuente descubrir, cuatro generaciones atrás, a una
figura que aparece tan cercana. El asunto me pincha como un
aguijón y no me permite dormir: si conseguí tanto con tan
poco, es porque hay más.

Sin embargo, Internet no es el lugar; las pistas se acaban
rápido.

Pero el problema más grave no son los rastros, sino mi
ignorancia: no sé cuál es el título que busco ni dónde
puede haber más información sobre los crímenes de
Moisés Ville.

Recurro entonces a la única persona que sé que me puede
ayudar: el escritor Eliahu Toker, autor de aquella pequeña
biografía, a quien le pregunto por mi bisabuelo, por Moisés
Ville y por el periódico que Mijl fundó a los 21 años.
Sospecho que ese diario, Der Viderkol (en castellano,
El Eco), que fue redactado en 1898 —en la misma época
que se cometieron esos crímenes—,bien pudo haberlos
registrado. Cuando redacto el correo para Toker, apenas
conozco su fama como noble de la judería local, defensor
de la cultura ídish y poeta, narrador e investigador.

 

«El lugar donde en su momento vi un ejemplar del Viderkol
fue en el IWO, creo que antes del atentado que sufrió en
1994»,me responde, apenas tres días después del mail de
mi padre que dio inicio a todo. Aquellas primeras horas,
alimentadas con el único combustible del entusiasmo, ya
habían sido suficientes para llegar a la referencia del IWO
—el Instituto Judío de Investigaciones o, en ídish, Idisher
Visnshaftlejer Institut—, una organización dedicada a la
investigación, la difusión y la conservación de la cultura
judía que, aunque ya no funcionaba en el edificio de la
AMIA (la Asociación Mutual Israelita Argentina, el centro
comunitario más grande del país), sí lo hacía el 18 de julio
de 1994, cuando fue destruido por un atentado terrorista.

Sigue Toker en su mail: «No sé si tienen todavía ese ejemplar
o algún otro. En facsímil aparece en algunos libros, incluso
en alguno que tengo yo, pero te diría que comiences en el
IWO tu investigación.

 

Tu bisabuelo fue un personaje interesante y sería
bueno hacer algo con su biografía, investigando quizás en tu
propia familia. ¿Leés ídish? Hay un libro de Pinie Katz sobre el
periodismo judío en la Argentina, que debe tener material acerca
de tu bisabuelo y su periódico. Es todo lo que se me ocurre
ahora».

 

Pero no, no leo ídish.

 

Y el Viderkol, el periódico de mi bisabuelo que bien puede
conducirme a los crímenes, no será fácil de encontrar.
Durante algunas noches me desvela una pregunta: ¿cómo
se investiga un crimen ocurrido en el ocaso del siglo XIX,
en un pobre páramo santafesino? Acostumbrado a caminar
por los pasillos de los tribunales y a buscar testigos, a hablar
con los investigadores y a mirar la escena del crimen a través
de los ojos de la víctima o del asesino; en fin, habituado a la
justicia que atiende con oficina de prensa y al delito
mediatizado del siglo XXI en el que los protagonistas aman
las cámaras o buscan sacar provecho de ellas,descubro que
en ese texto que dejó mi bisabuelo no tengo nada de eso.
Allí los nombres de las víctimas se suceden: Lander,
Iegelnitzer, Seivick, Fainman, Kantor, Gerchunoff, Horovitz,
Wainer, Bersanker, Kristal, Finkelstein, Schmucler, Waisman,
Aliksenitzer, Reitich, Tzifin… Pero los nombres de los
criminales ni siquiera figuran. Como si no importaran.
Siempre son gauchos: «gauches», en el texto original en ídish.

En un comentario sobre la brutalidad como virtud literaria,
Borges se refiere a Eduardo Gutiérrez y a «las monótonas
escenas atroces que despacha con resignación». La
comparación no es justa —pues no le hace honor ni a uno
ni a otro— pero esa apostilla borgeana resuena en mi
cabeza ante el texto del viejo Sinay, que invita a saltar de
un charco de sangre a otro a través de las palabras. Ese
es también el sentido del breve resumen en castellano
que a modo de introducción acompaña a las líneas
originales, publicadas en ídish hace ya mucho tiempo:
«No sin víctimas empezó la colonización judía en la
República Argentina.

Más de veinte vidas jóvenes cayeron tronchadas en este sitio
solamente. A los pocos días de su llegada pagaron los
pioneers judíos en tierra santafesina su primer tributo de
sangre a las costumbres gauchas. Sucédense los hechos de
sangre y barbarie,narrados en este artículo, con abundancia
de detalles, uno a uno, siguiendo la crónica policial. El autor
no califica los hechos, los expone y documenta con los
testimonios literarios accesibles, que los convierte en lectura
interesante, para conocer las modalidades gauchas de la época».

Agrego ahora que el primero de esos crímenes ocurrió en
1889 y el último en 1906. El saldo es de 22 víctimas en 17 años.

No es extraño: en la campaña santafesina el homicidio era
rutina y los bandidos no dudaban en pasar a degüello a sus
víctimas antes o después de robarles sus pertenencias.

Muchas veces las víctimas se contaban entre los colonos.

Ellos, a diferencia de los gauchos bravos, eran rutinarios,
laboriosos, ligados a los ciclos lentos de la agricultura.
Moisés Villefue la única colonia de judíos rusos en la
provincia de Santa Fe durante más de veinte años, hasta
que en 1912 fue fundada la de Montefiore. En otros
asentamientos los colonos eran italianos, franceses,
alemanes y suizos, católicos o protestantes; y esas mismas
fueron las nacionalidades que poblaron desde 1856 la
primera y la mayor de todas las colonias, la de Esperanza.

Sin embargo, para nadie era una novedad que los inmigrantes
pudieran generar resquemores entre los locales después del
año 1872, cuando medio centenar de gauchos asaltó el pueblo
de Tandil al grito de «¡Viva la Confederación Argentina! ¡Viva
la religión! ¡Mueran gringos y masones!». Treinta y seis
extranjeros fueron degollados. El incidente estuvo animado
por el Tata Dios, un curandero misterioso que fue muerto
poco después, en la cárcel.

En ese mismo año José Hernández publicó El gaucho Martín
Fierro, donde el más célebre de todos los gauchos cantaba:
«Yo no sé por qué el Gobierno/ nos manda aquí a la frontera/
gringada que ni siquiera/ se sabe atracar a un pingo». Por
detrás, la batalla política avivaba las palabras: Hernández
refutaba las ideas liberales de Domingo Faustino Sarmiento,
que ocupaba la presidencia de la nación en ese año de 1872
y que veía a los inmigrantes como agentes civilizadores.

 

En un artículo escrito dos décadas más tarde, Gabriel
Carrasco —político, abogado y periodista rosarino— indicó un
promedio de 71 asesinatos por año en la provincia para el
periodo 1874-1892. Entre esas víctimas también se deben
contar
algunos habitantes de Moisés Ville: los tres hermanos
Iegelnitzer, muertos en venganza; Wainer y Bersanker,
asesinados y robados, como otros, en la soledad de los
caminos; Kantor, liquidado en el misterio de su propio cuarto
cerrado; Gerchunoff, apuñalado por un borracho impulsivo.
Las estadísticas de un periodo posterior han de incluir los
homicidios de otros moisesvillenses: el de Horovitz, que
salió al gran campo a buscar su caballo y ya no volvió; el
de la familia Waisman, masacrada en su propio hogar por
un par de pesos; el de la bella y joven Aliksenitzer, abusada
por un policía; el de Reitich, el de Tzifin…

Cincuenta años después, mi bisabuelo volvió a reunir todos
estos asesinatos, pero ya no con la frialdad de la cifra, sino con
el calor del relato. En 1966, el investigador José Liebermann
anotó en su libro Los judíos en la Argentina: «Un autor piadoso
—Miguel Hacohen Sinay— escribió la historia de los colonos
asesinados en Santa Fe, rindiéndoles el homenaje que
merecen todos los pioneros de nuestra epopeya agraria y
que volvemos a tributarles aquí. Sean estas palabras el
“kadisch” para su memoria,con el voto ardiente por el eterno
recuerdo de sus nombres si el tiempo inmisericordioso los
ha borrado de las lápidas caídas en los solitarios cementerios
de las colonias».

En los primeros tiempos del 900, el criminalista francés
Edmod Locard, al frente del laboratorio de la policía de Lyon,
formuló su célebre principio de intercambio: siempre que un
objeto entra en contacto con otro le transfiere parte de su
materia.

Es decir que el asesino deja la suya en la víctima y se lleva
consigo algo de la de ella, y es imposible que actúe,
especialmente en la tensión del crimen, sin dejar rastros.

Los viejos investigadores confirmaron el principio de
intercambio con huellas dactilares, pisadas y secreciones.
En estas páginas, el principio de Locard es cultural: los
colonos y los gauchos intercambian en sus conflictos, pero
también en sus acuerdos. El encuentro de dos mundos tan
impares no sabe de regateos ni de condiciones.

Así las cosas, el tiempo también es parte del problema.

El siglo largo que pasó desde aquellos crímenes se llevó
los recuerdos.

El desenlace decimonónico está lejos y sumergirse en su
naturaleza requiere astucia y habilidad. Insisto: ¿cómo se
investiga un crimen tan remoto? Y una cuestión todavía
más complicada: ¿por qué investigarlo? Si de la inmersión
en la noche de los tiempos se puede sacar algo más que
uno o dos nombres y el recuerdo de un cuchillo
ensangrentado, debe ser la propia noción de que uno es
ahora heredero de todo eso.

Los primeros que dejaron pasar la oportunidad de registrarlo
todo —y de legarnos algunas pistas útiles— fueron los
propios judíos que llegaron a la Argentina con el auge
migratorio y que conformaron una comunidad que se
convertiría en una de las más fructíferas del mundo (en el
período de entreguerras, comparable a las de Odessa,
Moscú y Nueva York). Esa primera colectividad fue la que
trazó las bases para construir el nuevo elemento judeo-
argentino, pero todo ocurrió tan rápido que nadie se dio
cuenta. Ni siquiera ellos mismos.

Muchos (¿todos?) pensaron que la comunidad estaba de
paso por América del Sur y que tarde o temprano sería
expulsada también de aquí, o que, con viento a favor,
emigraría a Israel siguiendo los preceptos del movimiento
sionista, consolidado por Theodor Herzl en el Congreso de
Basilea de 1897 —ocho años después del primer crimen
de Moisés Ville y uno antes de la publicación del periódico
de mi bisabuelo—. Y si la comunidad iba a levantar
campamento algún día, no parecía tener sentido eso de
sentarse a registrar la historia.

En muy poco tiempo la Argentina había emergido como
una opción atractiva para los emigrantes judíos rusos
gracias a la colonización agrícola fomentada por el
gobierno local y por el filántropo alemán Maurice de Hirsch,
el fundador de la Jewish Colonization Association. De
hecho, el mismo Theodor Herzl
tuvo que luchar contra la
expectativa que generaba este destino exótico.
Proponiendo que los esfuerzos sionistas se concentraran
en la fundación de un estado político en la Tierra de Israel,

Herzl escribió en 1896 un libro, El Estado Judío, donde un
capítulo llevó por título «¿Palestina o Argentina?».

Aquí los medios gráficos judíos se sucedieron uno tras otro

desde que en 1898 el periódico de mi bisabuelo, Der Viderkol,
llegó a la calle. En ese mismo año aparecieron otros dos de
frecuencia semanal y una década después ya había uno que
se publicaba todos los días. En 1914 fue fundado Di Ydische
Zaitung (que así transliteraba su nombre en su propia portada),
el mayor de todos, y en 1918 nació su antagonista de izquierda,
Di Presse. Ahora, buena parte del relato de los homicidios se
encuentra desperdigado en todas esas páginas.

Por otro lado, Eliahu Toker me había llamado la atención en
su mail sobre una cuestión simple y decisiva: «¿Leés ídish?».
 El idioma popular judío ya había perdido su uso cotidiano
cuando me puse a investigar los crímenes de Moisés Ville.
Lo cual significaba otro problema: todos los colonos hablaban
ídish e incluso los relatores de sus aventuras y de sus
desgracias narraban en ídish. Sin ir más lejos, el original de
«Las primeras víctimas fatales en Moisés Ville» (según había
sido titulado en el sitio web que me señaló mi padre), escrito
por mi bisabuelo Mijl Hacohen Sinay, fue publicado en 1947
en ídish: su título es «Di ershte idishe korbones in Moises
Ville»; en realidad, «Las primeras víctimas judías en Moisés
Ville». Apareció en el cuarto número de la serie Argentiner
IWO Shriftn (o Anales del Instituto Científico Judío Argentino),

una colección de estudios históricos, sociológicos y literarios.
No es un artículo breve: su extension es de 27 páginas.
Tomado en su particularidad, el artículo es, más bien, un
pequeño librito. Y es más: en la década de 1980 una
asociación de estudios históricos judeoargentinos lo publicó
bajo el formato de un folleto de unas sesenta páginas.

Ahora tengo el libro original del Argentiner IWO Shriftn en
mi escritorio: sus tapas son de un color celeste opaco y posee,
en total, dos centenares de páginas. Las letras del ídish aparecen,
ante mis ojos neófitos, como hormigas en fila; el idioma es
ahora, y lo será siempre, una barrera en el reencuentro con mi
bisabuelo, con su legado textual. Los anuarios del IWO
comenzaron publicarse en 1941 y, siempre en ídish,
continuaron con interrupciones hasta la década de 1980 —
y aún hasta nuestros días: mientras escribo estas líneas
me pregunto cuáles serán los contenidos del anuario
número 16, pronto a publicarse en Internet—.Y, como los
anuarios del IWO, casi todas las fuentes documentales a las
que quiera recurrir para seguir la pista de los crímenes de
Moisés Ville han sido escritas en ídish.

Pero no. Repito: no leo ídish.

Y sé muy poco sobre esa lengua. Apenas he escuchado los
refranes con los que mi abuela sazona su gefilte fish y el
borsht, su sopa de receta rusa.

En este escenario fue que, algún tiempo después de recibir
aquel primer mail de mi padre, puse rumbo a Moisés Ville.

 


Los crímenes de Pablo Smerling


 



 


Pablo Smerling, el ilustrador preferido de la historia delictiva argentina, también tiene algo para decir sobre Los crímenes de Moisés Ville. Y lo dice con color, con trazo, con tinta. Con inspiración y con trabajo. Con fuerza y con talento.
Con un dibujo que honra esta historia de gauchos y de colonos judíos.
A propósito del libro, Smerling pone el foco sobre “ese vaivén en el que tantas cosas se van entreverando, algunas que uno siente tan cercanas, propias -aquel libraco de León Uris, ‘Éxodo’, leído a edad precoz, la abuela que privilegia la cocina a la traducción, el ídish mismo, que yo escuchaba hablar de chico y me intrigaba enormemente- y otras desconocidas, sorprendentes, atroces”.
Si quieren saber más sobre él –y yo les recomiendo que quieran–, vean esta entrevista en elidentikit.com.
Los dejo ahora con el dibujo de Pablo. Véanlo un buen rato.


fuente: http://www.loscrimenesdemoisesville.com/los-crimenes-de-pablo-smerling/#more-545
14/09/2013