sábado, 30 de mayo de 2015

Fernando Sorrentino: su cuento "El conejo de Ushuaia"


El conejo de Ushuaia
      

En un dia­rio acabo de leer que, «tras lar­gos meses de in­ten­tos fa­lli­dos y de di­ver­sas ex­pe­di­cio­nes, un grupo de cien­tí­fi­cos ar­gen­ti­nos logró dar caza a un ejem­plar del “co­ne­jo de Us­huaia”, es­pe­cie que se daba por ex­tin­gui­da desde hacía más de un siglo. Los cien­tí­fi­cos, en­ca­be­za­dos por el Dr. Adrián Ber­to­ni, lo­gra­ron cap­tu­rar un ejem­plar en uno de los bos­ques que ro­dean aque­lla ciu­dad pa­ta­gó­ni­ca...».
Como pre­fie­ro lo es­pe­cí­fi­co a lo ge­né­ri­co y lo pre­ci­so a lo eva­nes­cen­te, yo ha­bría dicho «en el bos­que tal y tal que se en­cuen­tra en tal sitio con res­pec­to a la ca­pi­tal fue­gui­na». Pero no de­be­mos pedir peras al olmo ni in­te­li­gen­cia al­gu­na a los pe­rio­dis­tas. El doc­tor «Adrián Ber­to­ni» soy yo, y por su­pues­to tu­vie­ron que es­cri­bir de ma­ne­ra equi­vo­ca­da mi nom­bre y mi ape­lli­do: me llamo exac­ta­men­te An­drés Ber­tol­di, y, en efec­to, soy doc­tor en Cien­cias Na­tu­ra­les, con es­pe­cia­li­za­ción en Zoo­lo­gía y Fauna Ex­tin­gui­da o en Pe­li­gro de Ex­tin­ción.
El co­ne­jo de Us­huaia no es, a pesar de todo, un la­go­mor­fo y, mucho menos, un le­pó­ri­do, y tam­po­co es cier­to que su há­bi­tat sean los bos­ques de Tie­rra del Fuego; más aún, ni si­quie­ra un solo in­di­vi­duo ha vi­vi­do nunca en la Isla de los Es­ta­dos. El ejem­plar que yo cap­tu­ré —yo, yo solo, sin nin­gún equi­po ni ayuda de nadie— apa­re­ció en la ciu­dad de Bue­nos Aires, junto al te­rra­plén del Fe­rro­ca­rril San Mar­tín que corre pa­ra­le­lo a la ave­ni­da Juan B. Justo, a la al­tu­ra de la calle Soler, en Pa­ler­mo.
Yo no es­ta­ba bus­can­do al co­ne­jo de Us­huaia, sino que tenía otras preo­cu­pa­cio­nes y ca­mi­na­ba un poco ca­biz­ba­jo. Me di­ri­gía, bajo el calor de no­viem­bre y por la ve­re­da de Juan B. Justo, hacia la ave­ni­da Santa Fe, a un banco donde de­be­ría rea­li­zar trá­mi­tes mo­les­tos y hasta in­quie­tan­tes. Entre el te­rra­plén y la ve­re­da hay una verja de alam­bre te­ji­do sobre una base de mam­pos­te­ría; entre la verja y la base del te­rra­plén es­ta­ba el co­ne­jo de Us­huaia.
Lo re­co­no­cí al ins­tan­te —¿cómo no iba a re­co­no­cer­lo?—, pero me llamó la aten­ción verlo tan quie­to, pues es ani­mal mo­ve­di­zo y sal­ta­rín. Pensé que tal vez es­tu­vie­ra he­ri­do.
Sea como fuere, me alejé unos me­tros de donde se ha­lla­ba el co­ne­jo de Us­huaia, es­ca­lé la verja y bajé con si­gi­lo junto al te­rra­plén. Ca­mi­né con pasos cau­te­lo­sos, te­mien­do a cada ins­tan­te que el co­ne­jo de Us­huaia hu­ye­se es­pan­ta­do, y, en ese caso, ¿quién po­dría al­can­zar­lo? Es uno de los ani­ma­les más ve­lo­ces de la crea­ción y, aun­que de modo ab­so­lu­to el gue­par­do es más rá­pi­do que él, no lo es en tér­mi­nos re­la­ti­vos.
El co­ne­jo de Us­huaia giró la ca­be­za y me miró. Pero, con­tra lo que yo ima­gi­na­ba, no sólo no huyó sino que quedó in­mó­vil, con la única ex­cep­ción del airón pla­tea­do, que se agi­ta­ba, como desa­fián­do­me.
Me quité la ca­mi­sa y quedé con el torso des­nu­do.
—Tran­qui­lo, tran­qui­lo, tran­qui­li­to... —iba di­cien­do.
Cuan­do es­tu­ve a su lado, des­ple­gué con len­ti­tud la ca­mi­sa, como si fuera una red, y, de re­pen­te, en un solo mo­vi­mien­to brus­co, cubrí con ella al co­ne­jo de Us­huaia, en­vol­vién­do­lo por abajo y for­man­do un pa­que­te de re­gu­la­res pro­por­cio­nes. Con las man­gas y los fal­do­nes prac­ti­qué un fuer­te nudo, que me per­mi­tió sos­te­ner el en­vol­to­rio con sólo mi mano de­re­cha, mien­tras la iz­quier­da me quedó libre para ayu­dar­me a es­ca­lar de nuevo la verja y vol­ver a la ve­re­da.
Desde luego, no podía pre­sen­tar­me en el banco con el torso des­nu­do ni con el co­ne­jo de Us­huaia. De ma­ne­ra que me di­ri­gí a casa; re­si­do en un oc­ta­vo piso de la calle Ni­ca­ra­gua, entre Ca­rran­za y Bon­pland. En una fe­rre­te­ría ad­qui­rí una jaula para pá­ja­ros, de ta­ma­ño más bien gran­de.
El por­te­ro es­ta­ba la­van­do la ve­re­da de nues­tro edi­fi­cio. Al verme con el pecho des­cu­bier­to, con una jaula en la mano iz­quier­da y un en­vol­to­rio blan­co, que se agi­ta­ba, en la mano de­re­cha, me miró con más asom­bro que re­pro­ba­ción.
Mi mala suer­te quiso que, al en­trar en el as­cen­sor, me si­guie­ra una ve­ci­na que traía de la calle a su pe­rri­to, un ani­mal feo y an­ti­pá­ti­co que, al cap­tar el olor —más allá de la per­cep­ción del ser hu­mano— del co­ne­jo de Us­huaia, rom­pió a la­drar en­sor­de­ce­do­ra­men­te. En el oc­ta­vo piso pude li­brar­me de aque­lla mujer y de su es­ten­tó­rea pe­sa­di­lla.
Cerré la puer­ta del de­par­ta­men­to con llave, pre­pa­ré la jaula y, con in­fi­ni­to cui­da­do, em­pe­cé a desen­vol­ver la ca­mi­sa, tra­tan­do de no irri­tar, y mucho menos de herir, al co­ne­jo de Us­huaia. Sin em­bar­go, el en­cie­rro lo había hecho eno­jar y, al li­be­rar­lo del todo, no pude im­pe­dir que me cla­va­ra en el brazo un agui­jón. Tuve la su­fi­cien­te pre­sen­cia de ánimo para que el dolor no me hi­cie­ra sol­tar­lo y logré, por fin, po­ner­lo a buen re­cau­do den­tro de la jaula.
En el cuar­to de baño me lavé la he­ri­da con agua y jabón, y, en se­gui­da, con al­cohol me­di­ci­nal. Luego me pa­re­ció que lo más sen­sa­to era lle­gar­me a la far­ma­cia y ha­cer­me apli­car el suero an­ti­te­tá­ni­co, y eso fue lo que hice sin dudar.
Desde la far­ma­cia me fui di­rec­ta­men­te al banco para con­cluir el mal­di­to trá­mi­te que había que­da­do pos­ter­ga­do por culpa del co­ne­jo de Us­huaia. En el ca­mino de re­gre­so ad­qui­rí ví­ve­res.
Pues­to que, du­ran­te el día, ca­re­ce de apa­ra­to mas­ti­ca­dor, con­si­de­ré lo más prác­ti­co cor­tar el bofe en pe­que­ños tro­zos y mez­clar­lo con leche y gar­ban­zos; re­vol­ví todo con una cu­cha­ra de ma­de­ra. Tras ol­fa­tear la com­bi­na­ción, el co­ne­jo de Us­huaia la ab­sor­bió, sin di­fi­cul­tad pero con mucha len­ti­tud.
A la caída del sol em­pie­za su pro­ce­so de di­la­ta­ción. Tras­la­dé en­ton­ces los pocos mue­bles del li­ving —dos si­llo­nes sim­ples, uno de dos cuer­pos y una me­si­ta ra­to­na— al co­me­dor, apo­yán­do­los casi con­tra la mesa gran­de y las si­llas.
Antes de que no cu­pie­ra por la puer­te­ci­ta, lo hice salir de la jaula y, ya libre y có­mo­do, cre­ció lo su­fi­cien­te. En este nuevo es­ta­do había per­di­do por com­ple­to la agre­si­vi­dad, y se mos­tra­ba abú­li­co y pe­re­zo­so. Cuan­do le vi bro­tar las es­ca­mas vio­le­tas —in­di­cios de som­no­len­cia—, me metí en mi dor­mi­to­rio, me acos­té y di por ter­mi­na­do ese día.
A la ma­ña­na si­guien­te, el co­ne­jo de Us­huaia había re­gre­sa­do a la jaula. En vista de esa do­ci­li­dad, no me pa­re­ció ne­ce­sa­rio ce­rrar­le la puer­te­ci­ta: que él de­ci­die­ra cuán­do per­ma­ne­cer den­tro o fuera de su pri­sión.
El ins­tin­to del co­ne­jo de Us­huaia es in­fa­li­ble. Desde ese pri­mer día, y al ano­che­cer, se ha­bi­tuó a dejar la jaula y a ex­ten­der­se, a modo de un flan de cier­ta con­sis­ten­cia, por el suelo del li­ving.
Según se sabe, eva­cua sus heces las me­dia­no­ches de los días im­pa­res. Si uno co­lo­ca (por ánimo de jugar, claro está) esos pe­que­ños po­lie­dros me­tá­li­cos y ver­des en una bolsa, y los agita, sue­nan de una ma­ne­ra muy sim­pá­ti­ca, con algo de ritmo ca­ri­be­ño.
En reali­dad, poco tengo en común con Va­ne­sa Gonçalves, mi novia. Es bas­tan­te di­fe­ren­te de mí. En lugar de ad­mi­rar las tan­tas cua­li­da­des po­si­ti­vas del co­ne­jo de Us­huaia, le pa­re­ció que lo mejor era de­sollar­lo para ha­cer­se con­fec­cio­nar un ta­pa­do de piel. Eso puede prac­ti­car­se de noche, cuan­do el ani­mal está di­la­ta­do y la su­per­fi­cie de su piel es lo bas­tan­te ex­ten­sa para que las cres­tas car­ti­la­gi­no­sas se des­pla­cen hasta los bor­des y no di­fi­cul­ten las ta­reas de in­ci­sión y corte. No quise ayu­dar­la en la ope­ra­ción; Va­ne­sa, sin otros ins­tru­men­tos que una ti­je­ra de sas­tre, des­po­jó al co­ne­jo de Us­huaia de toda la piel del lomo, la llevó a la ba­ña­de­ra y, bajo el agua de la ca­ni­lla y con de­ter­gen­te, ce­pi­llo y la­van­di­na, eli­mi­nó por com­ple­to los res­tos de ámbar y bilis que la cu­brían. Luego la secó con una toa­lla, la plegó, la guar­dó en una bolsa de plás­ti­co y, muy con­ten­ta, se la llevó a su casa.
Esa piel no ne­ce­si­ta más de ocho o diez horas para re­ge­ne­rar­se por com­ple­to. Va­ne­sa ima­gi­nó un gran ne­go­cio: de­sollar cada noche al co­ne­jo de Us­huaia y ven­der sus pie­les. No se lo per­mi­tí; no que­ría con­ver­tir un ha­llaz­go cien­tí­fi­co de tanta im­por­tan­cia en algo gro­se­ra­men­te mer­can­til.
Sin em­bar­go, una en­ti­dad eco­lo­gis­ta de­nun­ció el hecho, y en los dia­rios se pu­bli­có una so­li­ci­ta­da en la que se acu­sa­ba a «Va­le­ria Gon­zá­lez» —y, la­te­ral­men­te, tam­bién a mí— de ejer­cer cruel­dad hacia los ani­ma­les.
Tal como yo sabía que iba a ocu­rrir, la lle­ga­da del otoño res­ti­tu­yó al co­ne­jo de Us­huaia su len­gua­je te­le­pá­ti­co y, aun­que su mundo cul­tu­ral es li­mi­ta­do, pu­di­mos tener agra­da­bles con­ver­sa­cio­nes y hasta es­ta­ble­cer una es­pe­cie de, ¿cómo diré?, de có­di­go de con­vi­ven­cia.
Me dijo que Va­ne­sa no le caía sim­pá­ti­ca, y yo com­pren­dí per­fec­ta­men­te sus ca­lla­das ra­zo­nes: le pedí a mi novia que no vi­nie­ra más a casa.
Tal vez por gra­ti­tud, el co­ne­jo de Us­huaia per­fec­cio­nó un modo de no di­la­tar­se tanto por las no­ches, de ma­ne­ra que pude traer de re­gre­so al li­ving todos los mue­bles. Duer­me sobre el si­llón de dos cuer­pos y de­fe­ca sus po­lie­dros me­tá­li­cos sobre la al­fom­bra. Nunca fue de ex­ce­si­vo comer y, en esto, como en todo lo demás, su con­duc­ta es me­su­ra­da y digna de elo­gio y de res­pe­to.
Su de­li­ca­de­za y su efi­ca­cia lle­ga­ron al ex­tre­mo de pre­gun­tar­me cuál sería, para mí, su ta­ma­ño diurno más có­mo­do. Le dije que ha­bría pre­fe­ri­do el de la cu­ca­ra­cha, pero ad­ver­tí que esa misma pe­que­ñez vol­vía al co­ne­jo de Us­huaia pe­li­gro­sa­men­te im­per­cep­ti­ble, con el con­si­guien­te ries­go de he­rir­lo (ya que no de ma­tar­lo).
Tras al­gu­nos en­sa­yos, lle­ga­mos a la con­clu­sión de que, du­ran­te las no­ches, el co­ne­jo de Us­huaia con­ti­nua­ría di­la­tán­do­se hasta ad­qui­rir el ta­ma­ño de un perro muy gran­de o de un leo­par­do. Du­ran­te el día, lo ideal con­sis­tía en las pro­por­cio­nes de un gato me­diano.
Esto me per­mi­te, mien­tras miro te­le­vi­sión, por ejem­plo, tener al co­ne­jo de Us­huaia en mis ro­di­llas y aca­ri­ciar­lo dis­traí­da­men­te. Hemos for­ja­do una só­li­da amis­tad y, a veces, con sólo nues­tras mi­ra­das nos en­ten­de­mos. No obs­tan­te, du­ran­te los meses fríos se man­tie­nen vi­gen­tes sus fa­cul­ta­des te­le­pá­ti­cas, que des­a­pa­re­ce­rán ape­nas lle­guen los pri­me­ros ca­lo­res.
Ya es­ta­mos en agos­to. El co­ne­jo de Us­huaia sabe que, desde sep­tiem­bre hasta fe­bre­ro o marzo, no podrá for­mu­lar­me pre­gun­tas ni plan­tear su­ge­ren­cias ni re­ci­bir mis con­se­jos o fe­li­ci­ta­cio­nes.
En los úl­ti­mos tiem­pos ha caído en una es­pe­cie de manía re­pe­ti­ti­va. Me dice —como si yo no lo su­pie­ra— que él es el único ejem­plar so­bre­vi­vien­te de co­ne­jo de Us­huaia en todo el mundo. Sabe que no tiene la menor po­si­bi­li­dad de re­pro­du­cir­se, pero —aun­que se lo pre­gun­té mu­chas veces— jamás me dijo si esto le preo­cu­pa o lo deja in­di­fe­ren­te.
Ade­más de estas afir­ma­cio­nes, me pre­gun­ta —todos los días y va­rias veces al día— si vale la pena se­guir vi­vien­do, así, solo en el mundo, en mi com­pa­ñía pero sin con­gé­ne­res. No tiene ma­ne­ra de morir por su pro­pia vo­lun­tad, y yo no tengo ma­ne­ra —y, aun­que la tu­vie­ra, jamás lo haría— de matar a un ani­mal tan dulce y afec­tuo­so.
Por estas ra­zo­nes, mien­tras per­du­ran los úl­ti­mos fríos del año, con­ver­so con el co­ne­jo de Us­huaia y con­ti­núo aca­ri­cián­do­lo dis­traí­da­men­te. Cuan­do lle­gue el calor de sep­tiem­bre, sólo podré li­mi­tar­me a aca­ri­ciar­lo.


FERNANDO SORRENTINO

OBRA NARRATIVA

A) Libros de Cuentos
 

La regresión zoológica,
Buenos Aires, Editores Dos, 1969.

Imperios y servidumbres
Barcelona, Editorial Seix Barral, 1972;

reedición, Buenos Aires,
Torres Agüero Editor, 1992.


El mejor de los mundos posibles,
Buenos Aires,
Editorial Plus Ultra, 1976

(2° Premio Municipal de Literatura).


En defensa propia,
Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982.

El remedio para el rey ciego,
Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1984.


El rigor de las desdichas,
Buenos Aires, Ediciones del Dock, 1994

(2° Premio Municipal de Literatura).


La Corrección de los Corderos,
y otros cuentos improbables,
Buenos Aires, Editorial Abismo, 2002.

 Existe un hombre que tiene la 
costumbre de pegarme con un 
paraguas en la cabeza,
Barcelona, Carena, 2005.

El regreso. Y otros cuentos inquietantes,
Buenos Aires, Estrada, 2005.
 
En defensa propia / El rigor de las desdichas,
Buenos Aires, Los Cuadernos de Odiseo, 2005.
  
Costumbres del alcaucil, Buenos Aires,
Sudamericana, 2008.

El centro de la telaraña, Buenos Aires,
Longseller, 2008.

El crimen de san Alberto, Buenos Aires,
Losada, 2008.


B) Novela

Sanitarios centenarios,
Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1979; 


reedición (muy reelaborada),
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2000.


Sanitarios centenarios, Barcelona,
Carena, 2008. 



C) Nouvelle

Crónica costumbrista,
Buenos Aires, Ediciones Pluma Alta, 1992.
Reeditada con el título de Costumbres de los muertos,
Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1996.
 

D) Literatura para niños
      y/o adolescentes

Cuentos del Mentiroso,
Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1978
(Faja de Honor de la S.A.D.E. 

[Sociedad Argentina de Escritores]);

reedición (con modificaciones),
Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2002.


NOTA EL EDITOR DE ESTE BLOG:
existen más libros traducidos a varios 
idiomas, entrevistas,etc.
fuente: recibido directamente del autor,
al que agradezco y felicito.
Pueden visitar su sitio en:





         

T