viernes, 22 de mayo de 2015

BAHIA BLANCA (ARGENTINA) : Jacobo Frenkel, la vida en una esquina -De gaucho judío a vendedor de noticias



Diarios y revistas. Hijo de inmigrantes polacos, nació en Rivera, fue herido durante la revolución de 1955; en mayo de 1958 abrió un puesto en Mitre al 600 y en 1971 en Alsina y San Martín.


Por Ricardo Aure / haure@lanueva.com 
El papá, Jaime, sobrevivió en Europa a la Primera Guerra Mundial (1914/ 1918); el hijo, Jacobo, se salvó en Bahía Blanca de la metralla de la Aviación Naval durante la revolución que en 1955 derrocó a Juan Domingo Perón.
Jaime, que pudo escaparse de Polonia con Berta Levi, su mujer, vivió hasta los 103 años; la mayoría de ellos, en un campo de Rivera, partido de Adolfo Alsina, al que llegó en 1925. A su última década la pasó en Bahía Blanca.
Jacobo se aproxima a los 80, 56 de ellos como vendedor de diarios y revistas repartidos entre el puesto que en 1958 abrió en Mitre al 600, y el escaparate, que desde 1971 atiende en Alsina y San Martín, y del que se está despidiendo.
El portador de noticias, “de las buenas y de las malas”, como le gusta aclarar, el que sabe todo lo que pasa en la plaza, el que se siente parte de la ciudad, el que ha conocido a intendentes y a varios presidentes de la Nación, hoy sale en el diario que empezó a vender en las primeras horas del 2 de mayo de 1958.
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Las ráfagas de ametralladora surcaban la quinta del Regimiento 5 de Infantería aquel 16 de septiembre de 1955, mientras la Marina buscaba acabar con la segunda presidencia de Perón, y parte del Ejército se mantenía leal al general que constitucionalmente estaba en el poder desde 1946.
Jacobo Frenkel, el gauchito judío que había venido de Rivera para cumplir con el servicio militar obligatorio, fue levemente herido en una zanja seca de Villa Floresta, donde había buscado refugio.
“Hacíamos maniobras de preparación cuando nos ordenaron volver al regimiento para defenderlo de los ataques de civiles armados. De repente, aparecieron los aviones en picada. Algunos de mis compañeros pensaban que sus padres, pilotos de la Armada, estaban entre quienes nos atacaban. Nos metimos en una zanja, sin saber que allí seríamos presas fáciles, pero fuimos salvados por el suboficial Tito Díaz. No teníamos idea del trayecto perpendicular que hacían las balas”.
Terminaron prisioneros en Puerto Belgrano y pasaron momentos muy duros que los unieron fuertemente.
Cada 16 de septiembre, por iniciativa de Jacobo, aquellos colimbas, entre quienes está monseñor Néstor Navarro, se reencuentran para celebrar la amistad nacida en aquellas circunstancias, tan especiales para la historia del país.
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Después de nueve meses en el Ejército, Jacobo regresó al campo de su familia, en Rivera. Primero pensó en radicarse en Buenos Aires, pero no le gustó, y como uno de sus cinco hermanos estaba en Bahía Blanca, se vino, se hospedó en una pensión de la calle O'Higgins y empezó a vender diarios y revistas en Mitre al 600. En sus ratos libres prefería jugar al fútbol en la canchita del Colegio Don Bosco, con pibes que después serían figuras en Huracán de Ingeniero White, como Mario De Nápoli y Rubén Carro.
En 1971, después de superar muchos obstáculos, abrió el primer escaparate de la ciudad, a unos pocos metros del palacio comunal.
“La Municipalidad no me lo aprobaba, porque los inspectores no lo veían lo suficientemente fuerte como para resistir la intensidad de los vientos”, recuerda.
Hasta el 2 de enero se levantó a las 5 para comenzar jornadas que podían extenderse por más de 15 horas, porque a la venta le agregaba los repartos. Entre las noticias más alegres a nivel general nombra el Mundial que Argentina ganó en 1978.
“La gente salió a celebrar por las calles. Eran tiempos muy duros y, al menos por un rato, nos reunimos gracias al fútbol”, evoca.
En los años 70 y 80 llegó a vender 1.000 diarios por domingo. De las revistas más pedidas cita a “Gente”, “El Gráfico” y “Billiken”, todas reservadas por largo tiempo y por los mismos clientes.
A partir de 2000, las ventas se derrumbaron: estima que en un 80 por ciento. Las preferencias de ahora son para las revistas que muestran a la farándula, como “Caras”, “Noticias”, “Pronto” y “Paparazzi”.
El consejo paterno.
-Mirá, creo que los más decentes son los radicales –-fue la respuesta que Jacobo recibió de su padre el día que empezó a interesarse en la política.
Una tarde de principios de los años 60, en Drago 23, se encontró con Mario y Ricardo Lavalle, figuras de la Unión Cívica Radical en Bahía Blanca, quienes lo convencieron de que debía afiliarse. Y así lo hizo.
“Estuve con varios presidentes de la Nación. El primero fue Arturo Frondizi, después de haber abierto el puesto en Mitre, y el segundo Arturo Illia, creo que en 1964. Incluso con él caminamos juntos entre un hotel de la calle Brown y la Municipalidad. A Fernando de la Rúa lo conocí de muy jovencito, también en una visita al comité. Después, por el escaparate pasaron muchos militares, como el general Alejandro Lanusse, y políticos destacados, como el también presidente Carlos Menem”.
Jacobo ya no milita. Dice que es muy frontal, que no calla lo que piensa, de lo que a veces se arrepiente, y que hay políticos que no respetan la esencia de los partidos.
Justamente su tarea, compartida por más de 30 años con Antonio Psoh, también le permitió relacionarse con los intendentes radicales Juan Carlos Cabirón (1983/1991) y Jaime Linares (1991/2003), con legisladores, como Juan Pedro Tunessi, y también con gente del deporte, como los entrenadores de fútbol Julio César Falcioni y Omar De Felippe, cuando ambos se vincularon con Olimpo.
Sólo hizo la escuela primaria, en su pueblo natal, donde cuenta que aprendió a sumar, restar, multiplicar y dividir mentalmente con notable rapidez. “Ahora he tenido que resignarme a usar la calculadora”, admite.
Es hincha de Boca, simpatiza con Olimpo y se pasa tardes enteras viendo fútbol por televisión. También le gusta viajar. Lo ha hecho por casi todo el país, parte de Europa e Israel.
Acerca de su condición de judío, admite que ha llegado a sufrir alguna discriminación, pero que la dejó en el olvido, y que se considera muy respetuoso de todos los credos.
“Si tengo que ir a la sinagoga, voy; si es a una iglesia, lo mismo. Estoy casado con una católica y tengo ahijados cristianos. No reparo en las religiones, sino en los seres humanos”.
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Después de más de cuatro décadas junto a la Plaza Rivadavia, Jacobo la describe como “un mundo donde a toda hora pasa de todo”.
“Hay veces en las que tengo que pedir que se recuerde que es un espacio público. Trato de ser prudente y respetuoso para evitar enfrentamientos. La calle ofrece de todo. Yo busqué tomar lo bueno y tener conducta, pero ante tanta inseguridad siento nostalgia por aquellos tiempos en los que dejaba la moto en marcha y la puerta sin llave”.
El escaparate de Alsina y San Martín ya empieza a extrañarlo. Jacobo, que acordó su venta, por estos días sólo instruye a quienes tomarán su lugar, “porque esto no se aprende a manejar de un día para el otro”.
El también, en pocos días más, extrañará a ese pequeño mundo que lo llevaba por todo el mundo.

A diario.
Un hombre, el pasado y el presente
Personal. Jacobo Frenkel nació el 22 de junio de 1934, en Rivera. Hace más de 40 años que está casado con la tresarroyense Norma Elsa Salas. No tiene hijos, pero sí “un montón de sobrinos” y seis ahijados a los que adora.
Solidaridad. Integra el voluntariado Doña Clara Jaratz, de la Asociación Israelita, es pionero de las agrupaciones de los conscriptos de la clase 1934 y de los residentes de Rivera en Bahía Blanca. A esas tareas ahora podrá dedicarles más tiempo.
 Jaime Linares
Todo un referente

Se me hace difícil imaginar San Martín y Alsina, sobre la plaza, sin la presencia de Jacobo, con gorra o sin gorra, un amigo que, desde su escaparate, ha visto pasar la vida de Bahía por más de 60 años.
Su figura es, sin dudas, una referencia humana insoslayable para los que transitamos por esa vereda.
En una ciudad donde lo urgente va dejando de lado el tiempo del diálogo, pensar en tantos años en el mismo lugar parece cosa de otra época. No creo que nadie le haya comprado alguna publicación sin entablar una conversación .
Hace 30 años que frecuento "su" lugar y en la próxima Bahía será difícil que aparezca otro "personaje” que a la intersección de dos calles con nombres de próceres logre definirla con su propio nombre.
Por eso, creo que siempre será la esquina de Jacobo.
Néstor Navarro
El cultor de la amistad

Con Jacobo nos conocemos desde que hicimos el servicio militar en el Regimiento 5 de Infantería, que por aquel entonces (1955) tenía sede en Bahía Blanca. Ambos pertenecíamos a la Compañía de Abastecimiento.
Él es uno de los que más se preocupó para que, quienes compartimos ese año de servicio militar, nos reuniéramos periódicamente. Fue la oportunidad de hacernos más amigos todavía. También recuerdo, muy agradecido, que cuando fui trasladado como obispo a la Diócesis del Alto Valle, él organizó la despedida con los “muchachos” de la clase 34.
Ahora sé que le llegó el tiempo de jubilarse, de dejar su quiosco emblemático para la ciudad. Merece el descanso y tendremos más tiempo para charlas y recordar.

09/02/2014

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