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miércoles, 29 de julio de 2015

Es la guerra santa, idiotas


Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. 

Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. 

Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».

Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta»

Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. 

En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. 

Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. 

Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros. 


  1. Arturo Pérez-Reverte
    Escritor
  2. Arturo Pérez-Reverte Gutiérrez es un escritor y periodista español, miembro de la Real Academia Española desde 2003. Wikipedia
  3. Fecha de nacimiento25 de noviembre de 1951 (edad 63), Cartagena, España
  4. PremiosPremio Goya al Mejor Guión Adaptado, Gran premio de la literatura policíaca - categoría internacional
   

http://www.infobae.com/2015/01/07/
1619539-es-la-guerra-santa-idiotas

martes, 2 de octubre de 2012

PILAR RAHOLA, ESCRITORA Y PERIODISTA ESPAÑOLA DE FAMA MUNDIAL: Gilad como metáfora Logran ruido, no en vano cualquiera que levante el dedo contra Israel tiene asegurado el titular : en Español y Catalán



Los sospechosos habituales se han puesto histéricos. A pesar de ser cuatro gatos, han conseguido bastante ruido, no en vano cualquiera que levante el dedo contra Israel tiene asegurado el titular. Y como son de izquierdas y solidarios con los pueblos, han puesto el grito en el cielo porque un joven israelí que estuvo desde los 19 años hasta los 24 metido en un agujero, sin saber si viviría o lo matarían, sin tener derecho a ninguna visita, ni a recibir cartas de su familia, ni a nada que no fuera ver la cara de sus secuestradores, ha pedido acudir a un partido de fútbol. ¡Tamaña indecencia! Y motivados por la natural indignación que una osadía como esa representa, han movilizado su acritud en forma de presunto boicot al suculento Barça-Madrid. Como Dios los cría y ellos se juntan, rauda y velozmente han recibido el apoyo de grupos islamistas, algunos países del Golfo y por supuesto de Hamas, organización angelical que es tan amante de la libertad que mata a disidentes, impone el pensamiento fanático islamista, casa a niñas y prepara a los niños para la yihad.

Este dechado de virtudes de Hamas ha prohibido que se vea o diga nada sobre el partido, so pena de la pena que acostumbran a imponer estos angelitos contra quienes los desobedecen. Y así tenemos el cuadro perfecto: al lado izquierdo, los aguerridos progres de la solidaridad internacional, únicamente preocupados por las maldades israelíes, porque el resto de maldades dan demasiado trabajo; y en el centro, las tiranías del petrodólar, que habrían hecho llegar al Barça lo enfadadas que están. Y estos acostumbran a contar su enfado por millones de dólares. Y en el otro extremo, los héroes de Hamas, una asociación religiosa que acostumbra a llegar al cielo por la vía de las bombas. Más bonito y sale un cuadro de Dalí.

Por supuesto, en una sociedad libre todo esto está permitido y es permisible. Lo es que un club de fútbol que intenta una buena relación con todo el mundo acepte la petición de un joven que ha sufrido un infierno y que sólo quiere ver un partido de su club favorito. Por otro lado, también lo es que activistas antiisraelíes se enfaden, lo conviertan en el paradigma de la maldad y anuncien acciones de protesta. Y es normal que el islamismo fundamentalista esté por la labor de lo mismo. Pero lo que no me parece tan normal es que todo esto sólo ocurra cuando sale la palabra Israel. ¿Dónde están contra las dictaduras del Golfo y sus acuerdos económicos con nosotros? ¿Dónde están en la defensa de sus mujeres, de sus estudiantes, de sus ciudadanos? ¿Ni una manifestación? ¿Piden el boicot a Israel y no lo han pedido nunca contra Irán o Arabia Saudí?... Ergo, la conclusión es simple: no se trata de la libertad. Se trata del viejo, inequívoco y vulgar odio antisemita, en el caso islamista sin disfraz alguno. En el caso progre, vestidito con la falacia de la solidaridad.


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Gilad com a metàfora

Aconsegueixen soroll, no endebades qualsevol que aixequi el dit contra Israel té assegurat el titular

La Vanguardia en català | 29/09/2012 - 00:00h
Pilar Rahola


Els sospitosos habituals s'han posat histèrics. Malgrat ser quatre gats, han aconseguit fer força soroll, no endebades qualsevol que aixequi el dit contra Israel té assegurat el titular. I com que són d'esquerres, solidaris amb els pobles i amants de la llibertat, han posat el crit al cel perquè un jove israelià que va estar des dels 19 anys fins als 24 tancat en un forat, sense saber si viuria o el matarien, sense tenir dret a cap visita, ni a rebre cartes de la seva família, ni a res que no fos veure la cara dels seus segrestadors, ha demanat de poder estar en un partit de futbol. Quina gran indecència! I motivats per la natural indignació que una gosadia com aquesta representa, han mobilitzat la seva acritud en forma de presumpte boicot al suculent BarçaMadrid.

Com que Déu els fa i ells tenen una tendència natural a ajuntar-se, ràpidament han rebut el suport d'organitzacions islamistes, alguns països del Golf i sens dubte Hamàs, organització angelical que és tan amant de la llibertat que mata dissidents, imposa el pensament fanàtic islamista, casa nenes i prepara els nens per a la gihad. Aquest model de virtuts de Hamàs ha prohibit que es vegi, es parli o es digui res sobre el partit, sota pena de la pena que acostumen a imposar aquests angelets contra qui els desobeeixen. I així tenim el quadre perfecte: al costat esquerre, els aguerrits progres de la solidaritat internacional, únicament preocupats per les maldats israelianes, perquè la resta de maldats donen massa feina; al centre, les tiranies del petrodòlar, que haurien fet arribar al Barça com n'estan d'enfadades. I aquests acostumen a comptar l'enuig en milions de dòlars. I en l'altre extrem, els herois de Hamàs, una associació religiosa que acostuma a arribar al cel per la via de les bombes. Més bonic i en surt un quadre de Dalí.

Sens dubte, en una societat lliure tot això està permès i és permissible. Ho és que un club de futbol que intenta una bona relació amb tot el món accepti la petició d'un jove que ha patit un infern i que només vol veure un partit del seu club favorit. D'altra banda, també ho és que activistes antiisraelians s'enfadin, el converteixin en el paradigma de la maldat i anunciïn accions de protesta. I és normal que l'islamisme fonamentalista estigui per la mateixa feina. Però el que no em sembla tan normal és que tot això només passi quan surt la paraula Israel. On són contra les dictadures del Golf i els seus acords econòmics amb nosaltres? On són en la defensa de les seves dones, dels seus estudiants, dels seus ciutadans? Ni una manifestació? Demanen el boicot a Israel i no l'han demanat mai contra l'Iran, o l'Aràbia Saudita, o...?

Ergo, la conclusió és simple: no es tracta de la llibertat. Es tracta del vell, inequívoc i vulgar odi antisemita, en el cas islamista sense cap disfressa. En el cas progre, vestidet amb la fal·làcia de la solidaritat.

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