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martes, 12 de enero de 2016

Julio Cortázar: cuento :"Casa tomada"













Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
FIN
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http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/casa_tomada.htm

sábado, 30 de mayo de 2015

Fernando Sorrentino: su cuento "El conejo de Ushuaia"


El conejo de Ushuaia
      

En un dia­rio acabo de leer que, «tras lar­gos meses de in­ten­tos fa­lli­dos y de di­ver­sas ex­pe­di­cio­nes, un grupo de cien­tí­fi­cos ar­gen­ti­nos logró dar caza a un ejem­plar del “co­ne­jo de Us­huaia”, es­pe­cie que se daba por ex­tin­gui­da desde hacía más de un siglo. Los cien­tí­fi­cos, en­ca­be­za­dos por el Dr. Adrián Ber­to­ni, lo­gra­ron cap­tu­rar un ejem­plar en uno de los bos­ques que ro­dean aque­lla ciu­dad pa­ta­gó­ni­ca...».
Como pre­fie­ro lo es­pe­cí­fi­co a lo ge­né­ri­co y lo pre­ci­so a lo eva­nes­cen­te, yo ha­bría dicho «en el bos­que tal y tal que se en­cuen­tra en tal sitio con res­pec­to a la ca­pi­tal fue­gui­na». Pero no de­be­mos pedir peras al olmo ni in­te­li­gen­cia al­gu­na a los pe­rio­dis­tas. El doc­tor «Adrián Ber­to­ni» soy yo, y por su­pues­to tu­vie­ron que es­cri­bir de ma­ne­ra equi­vo­ca­da mi nom­bre y mi ape­lli­do: me llamo exac­ta­men­te An­drés Ber­tol­di, y, en efec­to, soy doc­tor en Cien­cias Na­tu­ra­les, con es­pe­cia­li­za­ción en Zoo­lo­gía y Fauna Ex­tin­gui­da o en Pe­li­gro de Ex­tin­ción.
El co­ne­jo de Us­huaia no es, a pesar de todo, un la­go­mor­fo y, mucho menos, un le­pó­ri­do, y tam­po­co es cier­to que su há­bi­tat sean los bos­ques de Tie­rra del Fuego; más aún, ni si­quie­ra un solo in­di­vi­duo ha vi­vi­do nunca en la Isla de los Es­ta­dos. El ejem­plar que yo cap­tu­ré —yo, yo solo, sin nin­gún equi­po ni ayuda de nadie— apa­re­ció en la ciu­dad de Bue­nos Aires, junto al te­rra­plén del Fe­rro­ca­rril San Mar­tín que corre pa­ra­le­lo a la ave­ni­da Juan B. Justo, a la al­tu­ra de la calle Soler, en Pa­ler­mo.
Yo no es­ta­ba bus­can­do al co­ne­jo de Us­huaia, sino que tenía otras preo­cu­pa­cio­nes y ca­mi­na­ba un poco ca­biz­ba­jo. Me di­ri­gía, bajo el calor de no­viem­bre y por la ve­re­da de Juan B. Justo, hacia la ave­ni­da Santa Fe, a un banco donde de­be­ría rea­li­zar trá­mi­tes mo­les­tos y hasta in­quie­tan­tes. Entre el te­rra­plén y la ve­re­da hay una verja de alam­bre te­ji­do sobre una base de mam­pos­te­ría; entre la verja y la base del te­rra­plén es­ta­ba el co­ne­jo de Us­huaia.
Lo re­co­no­cí al ins­tan­te —¿cómo no iba a re­co­no­cer­lo?—, pero me llamó la aten­ción verlo tan quie­to, pues es ani­mal mo­ve­di­zo y sal­ta­rín. Pensé que tal vez es­tu­vie­ra he­ri­do.
Sea como fuere, me alejé unos me­tros de donde se ha­lla­ba el co­ne­jo de Us­huaia, es­ca­lé la verja y bajé con si­gi­lo junto al te­rra­plén. Ca­mi­né con pasos cau­te­lo­sos, te­mien­do a cada ins­tan­te que el co­ne­jo de Us­huaia hu­ye­se es­pan­ta­do, y, en ese caso, ¿quién po­dría al­can­zar­lo? Es uno de los ani­ma­les más ve­lo­ces de la crea­ción y, aun­que de modo ab­so­lu­to el gue­par­do es más rá­pi­do que él, no lo es en tér­mi­nos re­la­ti­vos.
El co­ne­jo de Us­huaia giró la ca­be­za y me miró. Pero, con­tra lo que yo ima­gi­na­ba, no sólo no huyó sino que quedó in­mó­vil, con la única ex­cep­ción del airón pla­tea­do, que se agi­ta­ba, como desa­fián­do­me.
Me quité la ca­mi­sa y quedé con el torso des­nu­do.
—Tran­qui­lo, tran­qui­lo, tran­qui­li­to... —iba di­cien­do.
Cuan­do es­tu­ve a su lado, des­ple­gué con len­ti­tud la ca­mi­sa, como si fuera una red, y, de re­pen­te, en un solo mo­vi­mien­to brus­co, cubrí con ella al co­ne­jo de Us­huaia, en­vol­vién­do­lo por abajo y for­man­do un pa­que­te de re­gu­la­res pro­por­cio­nes. Con las man­gas y los fal­do­nes prac­ti­qué un fuer­te nudo, que me per­mi­tió sos­te­ner el en­vol­to­rio con sólo mi mano de­re­cha, mien­tras la iz­quier­da me quedó libre para ayu­dar­me a es­ca­lar de nuevo la verja y vol­ver a la ve­re­da.
Desde luego, no podía pre­sen­tar­me en el banco con el torso des­nu­do ni con el co­ne­jo de Us­huaia. De ma­ne­ra que me di­ri­gí a casa; re­si­do en un oc­ta­vo piso de la calle Ni­ca­ra­gua, entre Ca­rran­za y Bon­pland. En una fe­rre­te­ría ad­qui­rí una jaula para pá­ja­ros, de ta­ma­ño más bien gran­de.
El por­te­ro es­ta­ba la­van­do la ve­re­da de nues­tro edi­fi­cio. Al verme con el pecho des­cu­bier­to, con una jaula en la mano iz­quier­da y un en­vol­to­rio blan­co, que se agi­ta­ba, en la mano de­re­cha, me miró con más asom­bro que re­pro­ba­ción.
Mi mala suer­te quiso que, al en­trar en el as­cen­sor, me si­guie­ra una ve­ci­na que traía de la calle a su pe­rri­to, un ani­mal feo y an­ti­pá­ti­co que, al cap­tar el olor —más allá de la per­cep­ción del ser hu­mano— del co­ne­jo de Us­huaia, rom­pió a la­drar en­sor­de­ce­do­ra­men­te. En el oc­ta­vo piso pude li­brar­me de aque­lla mujer y de su es­ten­tó­rea pe­sa­di­lla.
Cerré la puer­ta del de­par­ta­men­to con llave, pre­pa­ré la jaula y, con in­fi­ni­to cui­da­do, em­pe­cé a desen­vol­ver la ca­mi­sa, tra­tan­do de no irri­tar, y mucho menos de herir, al co­ne­jo de Us­huaia. Sin em­bar­go, el en­cie­rro lo había hecho eno­jar y, al li­be­rar­lo del todo, no pude im­pe­dir que me cla­va­ra en el brazo un agui­jón. Tuve la su­fi­cien­te pre­sen­cia de ánimo para que el dolor no me hi­cie­ra sol­tar­lo y logré, por fin, po­ner­lo a buen re­cau­do den­tro de la jaula.
En el cuar­to de baño me lavé la he­ri­da con agua y jabón, y, en se­gui­da, con al­cohol me­di­ci­nal. Luego me pa­re­ció que lo más sen­sa­to era lle­gar­me a la far­ma­cia y ha­cer­me apli­car el suero an­ti­te­tá­ni­co, y eso fue lo que hice sin dudar.
Desde la far­ma­cia me fui di­rec­ta­men­te al banco para con­cluir el mal­di­to trá­mi­te que había que­da­do pos­ter­ga­do por culpa del co­ne­jo de Us­huaia. En el ca­mino de re­gre­so ad­qui­rí ví­ve­res.
Pues­to que, du­ran­te el día, ca­re­ce de apa­ra­to mas­ti­ca­dor, con­si­de­ré lo más prác­ti­co cor­tar el bofe en pe­que­ños tro­zos y mez­clar­lo con leche y gar­ban­zos; re­vol­ví todo con una cu­cha­ra de ma­de­ra. Tras ol­fa­tear la com­bi­na­ción, el co­ne­jo de Us­huaia la ab­sor­bió, sin di­fi­cul­tad pero con mucha len­ti­tud.
A la caída del sol em­pie­za su pro­ce­so de di­la­ta­ción. Tras­la­dé en­ton­ces los pocos mue­bles del li­ving —dos si­llo­nes sim­ples, uno de dos cuer­pos y una me­si­ta ra­to­na— al co­me­dor, apo­yán­do­los casi con­tra la mesa gran­de y las si­llas.
Antes de que no cu­pie­ra por la puer­te­ci­ta, lo hice salir de la jaula y, ya libre y có­mo­do, cre­ció lo su­fi­cien­te. En este nuevo es­ta­do había per­di­do por com­ple­to la agre­si­vi­dad, y se mos­tra­ba abú­li­co y pe­re­zo­so. Cuan­do le vi bro­tar las es­ca­mas vio­le­tas —in­di­cios de som­no­len­cia—, me metí en mi dor­mi­to­rio, me acos­té y di por ter­mi­na­do ese día.
A la ma­ña­na si­guien­te, el co­ne­jo de Us­huaia había re­gre­sa­do a la jaula. En vista de esa do­ci­li­dad, no me pa­re­ció ne­ce­sa­rio ce­rrar­le la puer­te­ci­ta: que él de­ci­die­ra cuán­do per­ma­ne­cer den­tro o fuera de su pri­sión.
El ins­tin­to del co­ne­jo de Us­huaia es in­fa­li­ble. Desde ese pri­mer día, y al ano­che­cer, se ha­bi­tuó a dejar la jaula y a ex­ten­der­se, a modo de un flan de cier­ta con­sis­ten­cia, por el suelo del li­ving.
Según se sabe, eva­cua sus heces las me­dia­no­ches de los días im­pa­res. Si uno co­lo­ca (por ánimo de jugar, claro está) esos pe­que­ños po­lie­dros me­tá­li­cos y ver­des en una bolsa, y los agita, sue­nan de una ma­ne­ra muy sim­pá­ti­ca, con algo de ritmo ca­ri­be­ño.
En reali­dad, poco tengo en común con Va­ne­sa Gonçalves, mi novia. Es bas­tan­te di­fe­ren­te de mí. En lugar de ad­mi­rar las tan­tas cua­li­da­des po­si­ti­vas del co­ne­jo de Us­huaia, le pa­re­ció que lo mejor era de­sollar­lo para ha­cer­se con­fec­cio­nar un ta­pa­do de piel. Eso puede prac­ti­car­se de noche, cuan­do el ani­mal está di­la­ta­do y la su­per­fi­cie de su piel es lo bas­tan­te ex­ten­sa para que las cres­tas car­ti­la­gi­no­sas se des­pla­cen hasta los bor­des y no di­fi­cul­ten las ta­reas de in­ci­sión y corte. No quise ayu­dar­la en la ope­ra­ción; Va­ne­sa, sin otros ins­tru­men­tos que una ti­je­ra de sas­tre, des­po­jó al co­ne­jo de Us­huaia de toda la piel del lomo, la llevó a la ba­ña­de­ra y, bajo el agua de la ca­ni­lla y con de­ter­gen­te, ce­pi­llo y la­van­di­na, eli­mi­nó por com­ple­to los res­tos de ámbar y bilis que la cu­brían. Luego la secó con una toa­lla, la plegó, la guar­dó en una bolsa de plás­ti­co y, muy con­ten­ta, se la llevó a su casa.
Esa piel no ne­ce­si­ta más de ocho o diez horas para re­ge­ne­rar­se por com­ple­to. Va­ne­sa ima­gi­nó un gran ne­go­cio: de­sollar cada noche al co­ne­jo de Us­huaia y ven­der sus pie­les. No se lo per­mi­tí; no que­ría con­ver­tir un ha­llaz­go cien­tí­fi­co de tanta im­por­tan­cia en algo gro­se­ra­men­te mer­can­til.
Sin em­bar­go, una en­ti­dad eco­lo­gis­ta de­nun­ció el hecho, y en los dia­rios se pu­bli­có una so­li­ci­ta­da en la que se acu­sa­ba a «Va­le­ria Gon­zá­lez» —y, la­te­ral­men­te, tam­bién a mí— de ejer­cer cruel­dad hacia los ani­ma­les.
Tal como yo sabía que iba a ocu­rrir, la lle­ga­da del otoño res­ti­tu­yó al co­ne­jo de Us­huaia su len­gua­je te­le­pá­ti­co y, aun­que su mundo cul­tu­ral es li­mi­ta­do, pu­di­mos tener agra­da­bles con­ver­sa­cio­nes y hasta es­ta­ble­cer una es­pe­cie de, ¿cómo diré?, de có­di­go de con­vi­ven­cia.
Me dijo que Va­ne­sa no le caía sim­pá­ti­ca, y yo com­pren­dí per­fec­ta­men­te sus ca­lla­das ra­zo­nes: le pedí a mi novia que no vi­nie­ra más a casa.
Tal vez por gra­ti­tud, el co­ne­jo de Us­huaia per­fec­cio­nó un modo de no di­la­tar­se tanto por las no­ches, de ma­ne­ra que pude traer de re­gre­so al li­ving todos los mue­bles. Duer­me sobre el si­llón de dos cuer­pos y de­fe­ca sus po­lie­dros me­tá­li­cos sobre la al­fom­bra. Nunca fue de ex­ce­si­vo comer y, en esto, como en todo lo demás, su con­duc­ta es me­su­ra­da y digna de elo­gio y de res­pe­to.
Su de­li­ca­de­za y su efi­ca­cia lle­ga­ron al ex­tre­mo de pre­gun­tar­me cuál sería, para mí, su ta­ma­ño diurno más có­mo­do. Le dije que ha­bría pre­fe­ri­do el de la cu­ca­ra­cha, pero ad­ver­tí que esa misma pe­que­ñez vol­vía al co­ne­jo de Us­huaia pe­li­gro­sa­men­te im­per­cep­ti­ble, con el con­si­guien­te ries­go de he­rir­lo (ya que no de ma­tar­lo).
Tras al­gu­nos en­sa­yos, lle­ga­mos a la con­clu­sión de que, du­ran­te las no­ches, el co­ne­jo de Us­huaia con­ti­nua­ría di­la­tán­do­se hasta ad­qui­rir el ta­ma­ño de un perro muy gran­de o de un leo­par­do. Du­ran­te el día, lo ideal con­sis­tía en las pro­por­cio­nes de un gato me­diano.
Esto me per­mi­te, mien­tras miro te­le­vi­sión, por ejem­plo, tener al co­ne­jo de Us­huaia en mis ro­di­llas y aca­ri­ciar­lo dis­traí­da­men­te. Hemos for­ja­do una só­li­da amis­tad y, a veces, con sólo nues­tras mi­ra­das nos en­ten­de­mos. No obs­tan­te, du­ran­te los meses fríos se man­tie­nen vi­gen­tes sus fa­cul­ta­des te­le­pá­ti­cas, que des­a­pa­re­ce­rán ape­nas lle­guen los pri­me­ros ca­lo­res.
Ya es­ta­mos en agos­to. El co­ne­jo de Us­huaia sabe que, desde sep­tiem­bre hasta fe­bre­ro o marzo, no podrá for­mu­lar­me pre­gun­tas ni plan­tear su­ge­ren­cias ni re­ci­bir mis con­se­jos o fe­li­ci­ta­cio­nes.
En los úl­ti­mos tiem­pos ha caído en una es­pe­cie de manía re­pe­ti­ti­va. Me dice —como si yo no lo su­pie­ra— que él es el único ejem­plar so­bre­vi­vien­te de co­ne­jo de Us­huaia en todo el mundo. Sabe que no tiene la menor po­si­bi­li­dad de re­pro­du­cir­se, pero —aun­que se lo pre­gun­té mu­chas veces— jamás me dijo si esto le preo­cu­pa o lo deja in­di­fe­ren­te.
Ade­más de estas afir­ma­cio­nes, me pre­gun­ta —todos los días y va­rias veces al día— si vale la pena se­guir vi­vien­do, así, solo en el mundo, en mi com­pa­ñía pero sin con­gé­ne­res. No tiene ma­ne­ra de morir por su pro­pia vo­lun­tad, y yo no tengo ma­ne­ra —y, aun­que la tu­vie­ra, jamás lo haría— de matar a un ani­mal tan dulce y afec­tuo­so.
Por estas ra­zo­nes, mien­tras per­du­ran los úl­ti­mos fríos del año, con­ver­so con el co­ne­jo de Us­huaia y con­ti­núo aca­ri­cián­do­lo dis­traí­da­men­te. Cuan­do lle­gue el calor de sep­tiem­bre, sólo podré li­mi­tar­me a aca­ri­ciar­lo.


FERNANDO SORRENTINO

OBRA NARRATIVA

A) Libros de Cuentos
 

La regresión zoológica,
Buenos Aires, Editores Dos, 1969.

Imperios y servidumbres
Barcelona, Editorial Seix Barral, 1972;

reedición, Buenos Aires,
Torres Agüero Editor, 1992.


El mejor de los mundos posibles,
Buenos Aires,
Editorial Plus Ultra, 1976

(2° Premio Municipal de Literatura).


En defensa propia,
Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982.

El remedio para el rey ciego,
Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1984.


El rigor de las desdichas,
Buenos Aires, Ediciones del Dock, 1994

(2° Premio Municipal de Literatura).


La Corrección de los Corderos,
y otros cuentos improbables,
Buenos Aires, Editorial Abismo, 2002.

 Existe un hombre que tiene la 
costumbre de pegarme con un 
paraguas en la cabeza,
Barcelona, Carena, 2005.

El regreso. Y otros cuentos inquietantes,
Buenos Aires, Estrada, 2005.
 
En defensa propia / El rigor de las desdichas,
Buenos Aires, Los Cuadernos de Odiseo, 2005.
  
Costumbres del alcaucil, Buenos Aires,
Sudamericana, 2008.

El centro de la telaraña, Buenos Aires,
Longseller, 2008.

El crimen de san Alberto, Buenos Aires,
Losada, 2008.


B) Novela

Sanitarios centenarios,
Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1979; 


reedición (muy reelaborada),
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2000.


Sanitarios centenarios, Barcelona,
Carena, 2008. 



C) Nouvelle

Crónica costumbrista,
Buenos Aires, Ediciones Pluma Alta, 1992.
Reeditada con el título de Costumbres de los muertos,
Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1996.
 

D) Literatura para niños
      y/o adolescentes

Cuentos del Mentiroso,
Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1978
(Faja de Honor de la S.A.D.E. 

[Sociedad Argentina de Escritores]);

reedición (con modificaciones),
Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2002.


NOTA EL EDITOR DE ESTE BLOG:
existen más libros traducidos a varios 
idiomas, entrevistas,etc.
fuente: recibido directamente del autor,
al que agradezco y felicito.
Pueden visitar su sitio en:





         

T


jueves, 18 de marzo de 2010

Ian Welden desde Copenhague, Dinamarca: "Los Hombres tambien lloramos"





Milagro
LOS HOMBRES TAMBIÉN LLORAMOS
"Tiene mi corazón un llanto de princesa
olvidado en el fondo de un castillo desierto".
Tengo miedo


Pablo Neruda


Me llamo Juan Valdés y soy un modesto refugiado que llegó a Dinamarca en la década de los años mil novecientos setenta huyendo de las hordas violentas y prepotentes que de pronto surgieron desde la entrañas más oscuras de mi patria, usurpando nuestro orgullo y encarcelando, asesinando y expulsando al destierro a todos los que nos opusimos a sus pesadillas.Caminé muchos años por las calles de este tranquilo y generoso país buscando algún lugar donde descansar mis huesos apaleados y desempacar las escasas pertenencias y recuerdos que logré rescatar en mi huida.Cuando llegué finalmente al barrio de Valby, ciudad de Copenhague, hace tantos años atrás, ya andaba Brian Svendson por aquí cometiendo crímenes y ofensas. Era un niño sueco de aproximadamente diez años de edad, piel rosada como la de los cerditos, ojos azules muy dañinos y cabellos color naranja. Casi un gigante en comparación con los otros pequeños de este pacífico suburbio de gente silenciosa y trabajadora. Su pasatiempo favorito era aterrorizar a sus compañeros de juegos con golpes, amenazas y extorsiones e insultar escupir y hasta golpear a sus profesores. Cuando un día me robó la bicicleta fuí de inmediato a su casa para hablar con sus padres, encontrándome con la triste sorpresa de que no los tenía. Ambos habían muerto en cárceles suecas, derrotados por el alcohol, la heroína y la prostitución, según me contó el parco verdulero de la esquina de mi calle.Tenia sí una abuela cruel y prepotente. Los rumores decían que azotaba constantemente a su nieto con la hebilla de metal de su cinturón de cuero y lo privaba de amistades y de ir a la iglesia los domingos Ante mi queja del robo se rió en mi cara llamándome "cerdo de mierda" y me cerró la puerta en las narices. Sintiéndome impotente y humillado por el cruel insulto y por mi condición de extranjero pobre e indefenso intenté olvidar el asunto. Pero en el futuro las paradojas de la vida me lo hicieron recordar de manera irónica y brutal. Muchos años después de ese incidente, Brian Svendson aun vivía en Valby. Se había convertido en un delincuente peligroso. Un verdadero gigantesco vikingo monstruoso y temible. Con sus ojos malignos como los de una serpiente siempre a punto de morder y su colorada cabellera afeitada, sus tatuajes azules desteñidos por los años y su boca burlona en ese inmenso rostro cubierto por profundas cicatrices, era un demonio escapado del mismo infierno. Asaltaba pequeños negocios con su ya tristemente célebre navaja automática y se emborrachaba en las tabernas locales provocando tumultos y riñas violentísimas. La policía lo había detenido en muchas ocasiones pero las leyes de este país lo mantenían libre en las calles bajo vigilancia. Aún no había matado a nadie decían. En las madrugadas sus alaridos de bestia enloquecida y herida se escuchaban por todo el barrio. "Soy inmortal! Soy Lucifer el todopoderoso y he venido desde el fuego eterno para hacerlos pagar! Malditos daneses! Soy invencible!" Había que bajar los ojos e intentar pasar desapercibido cuando uno se encontraba con él en los obscuros recovecos y callejones del sector. Brian jamás me había molestado o golpeado como era su costumbre hacerlo con otros vecinos. Incluyendo a mujeres, niños y ancianos.Siempre nos habíamos observado con cautela cuando nos encontrábamos en las obscuras y nevadas callejuelas del barrio. Yo le tenia miedo por supuesto y él lo sabía. Pero también existía algo parecido a la empatía entre nosotros. Supongo que algún instinto, algún dolor lejano de desarraigo nos acercaba. Acostumbraba llevar libros de poesía en una bolsa de plástico que leía sentado en un banco de la placita, hediendo a ira y soledad. Jamás le conocí amigos.Tenía un apodo que usábamos en secreto para referirnos a él entre los habitantes de Valby: El Cerdo Sueco . Supongo que ya lo sabría y se avergonzaría profundamente. Apodar de cerdo a alguien en Dinamarca es una ofensa denigrante y gravísima. Y yo ya lo había experimentado en mi propio ser. Por las noches rondaba con un tarro de pintura y una brocha escribiendo una amenazante consigna roja como la sangre en los blancos muros del barrio: "BRIAN JAMÁS LLORA! ATACA!" Y en las nevadas aceras matutinas un hilo colorado conducía indudablemente hasta la puerta de su inmundo departamento. En esas ocasiones yo creía ver el viejo fantasma de su abuela ya muerta montada en una escoba y graznando como un cuervo sobre los techos del barrio. Una noche fatal el Cerdo se extravió en los laberintos de su propia naturaleza patológica y agresiva. Yo dormía tranquilamente soñando con las ariscas cordilleras de mi país cuando desperté sobresaltado con gritos provenientes del departamento de mi vecina Eva. Eran urgentes rugidos de hombres luchando, entre los cuales reconocí de inmediato los bestiales alaridos de Brian. Me vestí rápidamente y salí al pasillo. Cinco enormes guardias uniformados y armados con lumas intentaban sin mucho éxito pacificar al gigantesco sueco. Afuera en la calle un grupo de paramédicos atendían a mi vecina quien yacía llorando desconsolada y sangrando en una camilla de emergencia al interior de una ambulancia. Brian había amarrado a Eva a una mesa y había intentado violarla luego de haberle propinado una paliza que casi le destrozó la cara. Algún vecino anónimo dió la alarma y la eficaz policía danesa llegó rápidamente impidiendo que la solitaria anciana fuera asesinada.Yo era el único vecino presente durante el arresto. Por primera vez me atreví a dirigirle la palabra al Cerdo."Hijo; se acabó tu libertad para siempre. Usa este largo tiempo que te espera para llorar. Ya no más para atacar y causar sufrimiento...""Brian no llora; ataca!" Respondió con la voz asustada y quebrada de un niño muy pequeño. Me miró unos segundos con pavor y angustia. Su mueca burlona había desaparecido y tenía minúsculas pero auténticas lágrimas en los ojos. Después de algunas semanas Eva regresó ya recuperada del Hospital del Reino. Como no tenía familiares ni amistades el estado danés le puso dos enfermeras a su entera disposición para que la cuidaran y acompañaran. La misma noche de su llegada me invitó a celebrar su retorno con unas viejísimas y polvorientas botellas de vino chileno. Las bebimos en silencio haciéndolas durar hasta el amanecer, como si se tratara de alguna ceremonia religiosa.Y los vecinos de Valby reanudamos nuestras rutinas y quehaceres como siempre en silencio, bajo la nieve y sobre el hielo. No hablábamos del Cerdo pero tristemente sentíamos algo parecido a la nostalgia o a la compasión en nuestros corazones.Y hoy me llegó la carta:

Sr. Juan Valdés, Valby 2500
Copenhague, Dinamarca

Hola señor Juan,

He aprendido
que cuando las mujeres lloran
lo hacen en silencio.
Ocultan sus lágrimas en pañuelitos blancos
junto a otras mujeres en pena.

Cuando los hombres lloramos
lo hacemos solos
y desencadenamos violentos diluvios de agua salada
y alaridos de bestias salvajes perdidas en las noches.

Y sin embargo ese llanto de mujeres
con sus coches y bebés también llorando
cambian al mundo con mayor fuerza
que nuestros gritos y golpes y volcanes en erupción.

Aquí en la cárcel yo lloro en el baño
solo y bajo llave
como las mujeres, en silencio,
para que los otros hombres no me vean.

Por favor no le cuente esto a nadie.

Atentamente
Brian Svendson´
El cerdo sueco
Penitenciario Central
Dinamarca.


Autor: Ian Welden
ian.welden@mail.dk

Ilustración de Maritza Álvarez
maritza_alvarez_vargas@hotmail.com

http://maritza-verbal.blogspot.com

martes, 23 de febrero de 2010

IX Encuentro Internacional “Poetas y Narradores De las Dos Orillas”

Con la participación de destacados escritores de Argentina, Chile, Brasil, México, Estados Unidos, República Dominicana y Uruguay.

El Encuentro como es habitual se llevará a cabo en el Hotel Ámsterdam, de Punta del Este – Uruguay del 14 al 18 de abril de 2010.

Como es tradicional en nuestros Encuentros contaremos con las siguientes actividades:

Conferencias Especiales
Mesas de Lectura
Literatura Infantil
Presentaciones de libros
Festival de las Artes
Cocktail de Gala

Requisitos:

1) Podrán participar en el encuentro los académicos con ponencias, narradores y poetas con lectura de su obra literaria y público en general como oyentes.
2) Todo participante, deberá inscribirse con ponencia, presentación de libro o participar en mesa de lectura, en forma previa y cancelar el arancel respectivo antes del 10 de abril de 2010.
3) Es necesario enviar al Comité Organizador del encuentro un resumen de la ponencia propuesta, de no más de 20 líneas referido al tema relacionado, agregando un breve currículo esencial del expositor.
4) El Comité seleccionará un máximo de 4 ponencias, que serán expuestas durante el encuentro, para lo cual se otorgarán 45 minutos a cada expositor.
5) Los participantes en mesas de lecturas dispondrán de 10 minutos para la lectura de sus obras.
6) Los poetas y narradores deberán enviar hasta un máximo de dos poesías/cuentos para la selección de las que integrarán el libro Memorias del Encuentro como ya es habitual.

Sobre los aranceles:

Para extranjeros:
Inscripción al encuentro: US$ 100
Ponencias: US$ 100
Presentaciones de libros: US$ 100

Para residentes en Uruguay:
Inscripción al encuentro: $1.800
Ponencias: $ 2.000
Presentaciones de libros: $ 2.000

NOTA: La inscripción se podrá abonar hasta en 3 cuotas.

HOTELERIA

Para facilitar la participación de los escritores y poetas que requieran alojamiento, hemos conseguido un paquete que incluye habitaciones y comidas por los días que dura el encuentro con precios especialmente logrados para los participantes, pudiéndose pagar en 2 cuotas: la primera al efectuar la reserva, cancelando el saldo el 10 de abril 2010.

La Comisión Organizadora es la responsable de administrar las reservas y confirmar la lista de escritores y poetas que se alojarán en el Hotel. Para ello, deberán confirmar las mismas a la Tesorería de la Comisión Organizadora.

Las Reservas Hoteleras podrán realizarse desde el 10 de febrero hasta el 10 de abril del 2010. La confirmación de tarifa promocional se asegura con el pago anticipado de la misma.

A partir del 10 de abril, las reservas son condicionales a la disponibilidad de habitaciones, sujeta a las condiciones de ocupación del Hotel.

Los pasajes y traslados deberán ser adquiridos por el interesado en forma personal.

El Paquete Hotelero incluye:

• Habitación 5 días y 4 noches
Check In: jueves 14 de abril, a partir de las 10 horas
Check Out: Domingo 18 de abril a las 16.30 horas
• Cena de Bienvenida – Miércoles 14 de abril
• Desayuno Buffet, Jueves 15 de abril
• Almuerzo del Jueves 15 de abril
• Cena del Jueves 15 de abril
• Desayuno Buffet del Viernes 16 de abril
• Almuerzo del Viernes 16 de abril
• Cena del Viernes 16 de abril
• Desayuno del Sábado 17 de abril
• El almuerzo del sábado ES LIBRE (no está incluido en el precio)
• Desayuno del Domingo 18 de abril
• Almuerzo Domingo 18 de abril
• Té de Despedida Domingo 18 de abril 17 horas.

HOTEL ÁMSTERDAM – PUNTA DEL ESTE (Sede del Encuentro)

Tipo de Habitación Single
(por persona) Doble
(por persona)
Superior U$S 360 U$S 300
Standard
Vista al Mar U$S 330 U$S 270
Standard U$S 290 U$S 230

NOTA: Estos precios corresponden al Paquete completo: Alojamiento y Comidas. El almuerzo del sábado es libre (NO ESTÄ INCLUÍDO)

INFORMACIONES COMPLEMENTARIAS

a) Las reservas Hotelera realizadas fuera de término se tomará en forma condicional, sujeto a disponibilidad de habitaciones del Hotel.

b) En caso de que alguno de los escritores que no haya adquirido el Paquete (detallado ut supra) y esté interesado en acompañar en los almuerzos o cenas a los escritores alojados, podrá adquirir la Tarjeta correspondiente en la Secretaría del Encuentro

c) El Paquete Hotelero no cubre extras (teléfono, bebidas y otros) consumidos tanto en el Buffet del Hotel como en las habitaciones.

d) Aquellos escritores que deseen quedarse más días por favor avisar con tiempo para mantenerles el precio especial otorgado por el Hotel para el Encuentro.

e) Los pasajes y traslados deberán ser adquiridos por el interesado en forma personal.

Selección de Cuentos para el libro “De las Dos Orillas 2010”
Como es ya tradicional, se editará el libro “De las Dos Orillas 2010”, memorias del Encuentro.
Los trabajos enviados participarán de la selección realizada por el Comité a cargo integrado a tal efecto. Para tal fin se recibirán hasta un máximo de DOS poemas de 30 líneas por autor y DOS cuentos de hasta tres carillas A4 a espacio y medio, letra Times New Roman 12. El Comité seleccionará hasta un máximo de 40 trabajos del total recibido y no podrá elegir más de uno por autor.

PLAZO: Les recordamos a los Inscriptos en el Encuentro, que el viernes 12 de marzo 2010 vence el plazo para presentar los trabajos.
Además deberán enviar un CV reducido (máximo 120 palabras), para colocar al pie de pagina.

Para acceder a la vista por el Comité de Selección, deberán hacerse los pasos formales de Inscripción, ya que no podrán participar del Libro poetas no Inscriptos al Encuentro.

IMPORTANTE: El envío de la Inscripción formal al Encuentro y el pago de los aranceles de inscripción son indispensables para confirmar su reserva. Una vez cubiertos los cupos en las Mesas de Lectura, se podrá participar como asistentes y/o integrar la lista de espera, por si algún escritor no pudiera concurrir a último momento.
Los giros deben hacerse por Western Unión (desde el exterior) / Abitab (en Uruguay) a nombre de:

ROCÍO CARDOSO ARIAS.
CI Nº 1.493.685/9
Punta del Este - Uruguay

Por cualquier consulta dirigirse a la Comisión Organizadora “De las Dos Orillas”
Teléfonos: (00598) 42 – 48.07.49 (Punta del Este) Celulares: (00598) 94.31.46.83
E mail:
delasdosorillas@yahoo.com.ar

Los saludamos con el afecto de siempre.


Alfredo Mª Villegas ---Oromí Carlos Mazullo--- Rocío Cardoso Arias
Presidente ------------ - Vicepresidente ----------------------Tesorera