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martes, 12 de enero de 2016

Julio Cortázar: cuento :"Casa tomada"













Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
FIN
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http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/casa_tomada.htm

sábado, 30 de mayo de 2015

Fernando Sorrentino: su cuento "El conejo de Ushuaia"


El conejo de Ushuaia
      

En un dia­rio acabo de leer que, «tras lar­gos meses de in­ten­tos fa­lli­dos y de di­ver­sas ex­pe­di­cio­nes, un grupo de cien­tí­fi­cos ar­gen­ti­nos logró dar caza a un ejem­plar del “co­ne­jo de Us­huaia”, es­pe­cie que se daba por ex­tin­gui­da desde hacía más de un siglo. Los cien­tí­fi­cos, en­ca­be­za­dos por el Dr. Adrián Ber­to­ni, lo­gra­ron cap­tu­rar un ejem­plar en uno de los bos­ques que ro­dean aque­lla ciu­dad pa­ta­gó­ni­ca...».
Como pre­fie­ro lo es­pe­cí­fi­co a lo ge­né­ri­co y lo pre­ci­so a lo eva­nes­cen­te, yo ha­bría dicho «en el bos­que tal y tal que se en­cuen­tra en tal sitio con res­pec­to a la ca­pi­tal fue­gui­na». Pero no de­be­mos pedir peras al olmo ni in­te­li­gen­cia al­gu­na a los pe­rio­dis­tas. El doc­tor «Adrián Ber­to­ni» soy yo, y por su­pues­to tu­vie­ron que es­cri­bir de ma­ne­ra equi­vo­ca­da mi nom­bre y mi ape­lli­do: me llamo exac­ta­men­te An­drés Ber­tol­di, y, en efec­to, soy doc­tor en Cien­cias Na­tu­ra­les, con es­pe­cia­li­za­ción en Zoo­lo­gía y Fauna Ex­tin­gui­da o en Pe­li­gro de Ex­tin­ción.
El co­ne­jo de Us­huaia no es, a pesar de todo, un la­go­mor­fo y, mucho menos, un le­pó­ri­do, y tam­po­co es cier­to que su há­bi­tat sean los bos­ques de Tie­rra del Fuego; más aún, ni si­quie­ra un solo in­di­vi­duo ha vi­vi­do nunca en la Isla de los Es­ta­dos. El ejem­plar que yo cap­tu­ré —yo, yo solo, sin nin­gún equi­po ni ayuda de nadie— apa­re­ció en la ciu­dad de Bue­nos Aires, junto al te­rra­plén del Fe­rro­ca­rril San Mar­tín que corre pa­ra­le­lo a la ave­ni­da Juan B. Justo, a la al­tu­ra de la calle Soler, en Pa­ler­mo.
Yo no es­ta­ba bus­can­do al co­ne­jo de Us­huaia, sino que tenía otras preo­cu­pa­cio­nes y ca­mi­na­ba un poco ca­biz­ba­jo. Me di­ri­gía, bajo el calor de no­viem­bre y por la ve­re­da de Juan B. Justo, hacia la ave­ni­da Santa Fe, a un banco donde de­be­ría rea­li­zar trá­mi­tes mo­les­tos y hasta in­quie­tan­tes. Entre el te­rra­plén y la ve­re­da hay una verja de alam­bre te­ji­do sobre una base de mam­pos­te­ría; entre la verja y la base del te­rra­plén es­ta­ba el co­ne­jo de Us­huaia.
Lo re­co­no­cí al ins­tan­te —¿cómo no iba a re­co­no­cer­lo?—, pero me llamó la aten­ción verlo tan quie­to, pues es ani­mal mo­ve­di­zo y sal­ta­rín. Pensé que tal vez es­tu­vie­ra he­ri­do.
Sea como fuere, me alejé unos me­tros de donde se ha­lla­ba el co­ne­jo de Us­huaia, es­ca­lé la verja y bajé con si­gi­lo junto al te­rra­plén. Ca­mi­né con pasos cau­te­lo­sos, te­mien­do a cada ins­tan­te que el co­ne­jo de Us­huaia hu­ye­se es­pan­ta­do, y, en ese caso, ¿quién po­dría al­can­zar­lo? Es uno de los ani­ma­les más ve­lo­ces de la crea­ción y, aun­que de modo ab­so­lu­to el gue­par­do es más rá­pi­do que él, no lo es en tér­mi­nos re­la­ti­vos.
El co­ne­jo de Us­huaia giró la ca­be­za y me miró. Pero, con­tra lo que yo ima­gi­na­ba, no sólo no huyó sino que quedó in­mó­vil, con la única ex­cep­ción del airón pla­tea­do, que se agi­ta­ba, como desa­fián­do­me.
Me quité la ca­mi­sa y quedé con el torso des­nu­do.
—Tran­qui­lo, tran­qui­lo, tran­qui­li­to... —iba di­cien­do.
Cuan­do es­tu­ve a su lado, des­ple­gué con len­ti­tud la ca­mi­sa, como si fuera una red, y, de re­pen­te, en un solo mo­vi­mien­to brus­co, cubrí con ella al co­ne­jo de Us­huaia, en­vol­vién­do­lo por abajo y for­man­do un pa­que­te de re­gu­la­res pro­por­cio­nes. Con las man­gas y los fal­do­nes prac­ti­qué un fuer­te nudo, que me per­mi­tió sos­te­ner el en­vol­to­rio con sólo mi mano de­re­cha, mien­tras la iz­quier­da me quedó libre para ayu­dar­me a es­ca­lar de nuevo la verja y vol­ver a la ve­re­da.
Desde luego, no podía pre­sen­tar­me en el banco con el torso des­nu­do ni con el co­ne­jo de Us­huaia. De ma­ne­ra que me di­ri­gí a casa; re­si­do en un oc­ta­vo piso de la calle Ni­ca­ra­gua, entre Ca­rran­za y Bon­pland. En una fe­rre­te­ría ad­qui­rí una jaula para pá­ja­ros, de ta­ma­ño más bien gran­de.
El por­te­ro es­ta­ba la­van­do la ve­re­da de nues­tro edi­fi­cio. Al verme con el pecho des­cu­bier­to, con una jaula en la mano iz­quier­da y un en­vol­to­rio blan­co, que se agi­ta­ba, en la mano de­re­cha, me miró con más asom­bro que re­pro­ba­ción.
Mi mala suer­te quiso que, al en­trar en el as­cen­sor, me si­guie­ra una ve­ci­na que traía de la calle a su pe­rri­to, un ani­mal feo y an­ti­pá­ti­co que, al cap­tar el olor —más allá de la per­cep­ción del ser hu­mano— del co­ne­jo de Us­huaia, rom­pió a la­drar en­sor­de­ce­do­ra­men­te. En el oc­ta­vo piso pude li­brar­me de aque­lla mujer y de su es­ten­tó­rea pe­sa­di­lla.
Cerré la puer­ta del de­par­ta­men­to con llave, pre­pa­ré la jaula y, con in­fi­ni­to cui­da­do, em­pe­cé a desen­vol­ver la ca­mi­sa, tra­tan­do de no irri­tar, y mucho menos de herir, al co­ne­jo de Us­huaia. Sin em­bar­go, el en­cie­rro lo había hecho eno­jar y, al li­be­rar­lo del todo, no pude im­pe­dir que me cla­va­ra en el brazo un agui­jón. Tuve la su­fi­cien­te pre­sen­cia de ánimo para que el dolor no me hi­cie­ra sol­tar­lo y logré, por fin, po­ner­lo a buen re­cau­do den­tro de la jaula.
En el cuar­to de baño me lavé la he­ri­da con agua y jabón, y, en se­gui­da, con al­cohol me­di­ci­nal. Luego me pa­re­ció que lo más sen­sa­to era lle­gar­me a la far­ma­cia y ha­cer­me apli­car el suero an­ti­te­tá­ni­co, y eso fue lo que hice sin dudar.
Desde la far­ma­cia me fui di­rec­ta­men­te al banco para con­cluir el mal­di­to trá­mi­te que había que­da­do pos­ter­ga­do por culpa del co­ne­jo de Us­huaia. En el ca­mino de re­gre­so ad­qui­rí ví­ve­res.
Pues­to que, du­ran­te el día, ca­re­ce de apa­ra­to mas­ti­ca­dor, con­si­de­ré lo más prác­ti­co cor­tar el bofe en pe­que­ños tro­zos y mez­clar­lo con leche y gar­ban­zos; re­vol­ví todo con una cu­cha­ra de ma­de­ra. Tras ol­fa­tear la com­bi­na­ción, el co­ne­jo de Us­huaia la ab­sor­bió, sin di­fi­cul­tad pero con mucha len­ti­tud.
A la caída del sol em­pie­za su pro­ce­so de di­la­ta­ción. Tras­la­dé en­ton­ces los pocos mue­bles del li­ving —dos si­llo­nes sim­ples, uno de dos cuer­pos y una me­si­ta ra­to­na— al co­me­dor, apo­yán­do­los casi con­tra la mesa gran­de y las si­llas.
Antes de que no cu­pie­ra por la puer­te­ci­ta, lo hice salir de la jaula y, ya libre y có­mo­do, cre­ció lo su­fi­cien­te. En este nuevo es­ta­do había per­di­do por com­ple­to la agre­si­vi­dad, y se mos­tra­ba abú­li­co y pe­re­zo­so. Cuan­do le vi bro­tar las es­ca­mas vio­le­tas —in­di­cios de som­no­len­cia—, me metí en mi dor­mi­to­rio, me acos­té y di por ter­mi­na­do ese día.
A la ma­ña­na si­guien­te, el co­ne­jo de Us­huaia había re­gre­sa­do a la jaula. En vista de esa do­ci­li­dad, no me pa­re­ció ne­ce­sa­rio ce­rrar­le la puer­te­ci­ta: que él de­ci­die­ra cuán­do per­ma­ne­cer den­tro o fuera de su pri­sión.
El ins­tin­to del co­ne­jo de Us­huaia es in­fa­li­ble. Desde ese pri­mer día, y al ano­che­cer, se ha­bi­tuó a dejar la jaula y a ex­ten­der­se, a modo de un flan de cier­ta con­sis­ten­cia, por el suelo del li­ving.
Según se sabe, eva­cua sus heces las me­dia­no­ches de los días im­pa­res. Si uno co­lo­ca (por ánimo de jugar, claro está) esos pe­que­ños po­lie­dros me­tá­li­cos y ver­des en una bolsa, y los agita, sue­nan de una ma­ne­ra muy sim­pá­ti­ca, con algo de ritmo ca­ri­be­ño.
En reali­dad, poco tengo en común con Va­ne­sa Gonçalves, mi novia. Es bas­tan­te di­fe­ren­te de mí. En lugar de ad­mi­rar las tan­tas cua­li­da­des po­si­ti­vas del co­ne­jo de Us­huaia, le pa­re­ció que lo mejor era de­sollar­lo para ha­cer­se con­fec­cio­nar un ta­pa­do de piel. Eso puede prac­ti­car­se de noche, cuan­do el ani­mal está di­la­ta­do y la su­per­fi­cie de su piel es lo bas­tan­te ex­ten­sa para que las cres­tas car­ti­la­gi­no­sas se des­pla­cen hasta los bor­des y no di­fi­cul­ten las ta­reas de in­ci­sión y corte. No quise ayu­dar­la en la ope­ra­ción; Va­ne­sa, sin otros ins­tru­men­tos que una ti­je­ra de sas­tre, des­po­jó al co­ne­jo de Us­huaia de toda la piel del lomo, la llevó a la ba­ña­de­ra y, bajo el agua de la ca­ni­lla y con de­ter­gen­te, ce­pi­llo y la­van­di­na, eli­mi­nó por com­ple­to los res­tos de ámbar y bilis que la cu­brían. Luego la secó con una toa­lla, la plegó, la guar­dó en una bolsa de plás­ti­co y, muy con­ten­ta, se la llevó a su casa.
Esa piel no ne­ce­si­ta más de ocho o diez horas para re­ge­ne­rar­se por com­ple­to. Va­ne­sa ima­gi­nó un gran ne­go­cio: de­sollar cada noche al co­ne­jo de Us­huaia y ven­der sus pie­les. No se lo per­mi­tí; no que­ría con­ver­tir un ha­llaz­go cien­tí­fi­co de tanta im­por­tan­cia en algo gro­se­ra­men­te mer­can­til.
Sin em­bar­go, una en­ti­dad eco­lo­gis­ta de­nun­ció el hecho, y en los dia­rios se pu­bli­có una so­li­ci­ta­da en la que se acu­sa­ba a «Va­le­ria Gon­zá­lez» —y, la­te­ral­men­te, tam­bién a mí— de ejer­cer cruel­dad hacia los ani­ma­les.
Tal como yo sabía que iba a ocu­rrir, la lle­ga­da del otoño res­ti­tu­yó al co­ne­jo de Us­huaia su len­gua­je te­le­pá­ti­co y, aun­que su mundo cul­tu­ral es li­mi­ta­do, pu­di­mos tener agra­da­bles con­ver­sa­cio­nes y hasta es­ta­ble­cer una es­pe­cie de, ¿cómo diré?, de có­di­go de con­vi­ven­cia.
Me dijo que Va­ne­sa no le caía sim­pá­ti­ca, y yo com­pren­dí per­fec­ta­men­te sus ca­lla­das ra­zo­nes: le pedí a mi novia que no vi­nie­ra más a casa.
Tal vez por gra­ti­tud, el co­ne­jo de Us­huaia per­fec­cio­nó un modo de no di­la­tar­se tanto por las no­ches, de ma­ne­ra que pude traer de re­gre­so al li­ving todos los mue­bles. Duer­me sobre el si­llón de dos cuer­pos y de­fe­ca sus po­lie­dros me­tá­li­cos sobre la al­fom­bra. Nunca fue de ex­ce­si­vo comer y, en esto, como en todo lo demás, su con­duc­ta es me­su­ra­da y digna de elo­gio y de res­pe­to.
Su de­li­ca­de­za y su efi­ca­cia lle­ga­ron al ex­tre­mo de pre­gun­tar­me cuál sería, para mí, su ta­ma­ño diurno más có­mo­do. Le dije que ha­bría pre­fe­ri­do el de la cu­ca­ra­cha, pero ad­ver­tí que esa misma pe­que­ñez vol­vía al co­ne­jo de Us­huaia pe­li­gro­sa­men­te im­per­cep­ti­ble, con el con­si­guien­te ries­go de he­rir­lo (ya que no de ma­tar­lo).
Tras al­gu­nos en­sa­yos, lle­ga­mos a la con­clu­sión de que, du­ran­te las no­ches, el co­ne­jo de Us­huaia con­ti­nua­ría di­la­tán­do­se hasta ad­qui­rir el ta­ma­ño de un perro muy gran­de o de un leo­par­do. Du­ran­te el día, lo ideal con­sis­tía en las pro­por­cio­nes de un gato me­diano.
Esto me per­mi­te, mien­tras miro te­le­vi­sión, por ejem­plo, tener al co­ne­jo de Us­huaia en mis ro­di­llas y aca­ri­ciar­lo dis­traí­da­men­te. Hemos for­ja­do una só­li­da amis­tad y, a veces, con sólo nues­tras mi­ra­das nos en­ten­de­mos. No obs­tan­te, du­ran­te los meses fríos se man­tie­nen vi­gen­tes sus fa­cul­ta­des te­le­pá­ti­cas, que des­a­pa­re­ce­rán ape­nas lle­guen los pri­me­ros ca­lo­res.
Ya es­ta­mos en agos­to. El co­ne­jo de Us­huaia sabe que, desde sep­tiem­bre hasta fe­bre­ro o marzo, no podrá for­mu­lar­me pre­gun­tas ni plan­tear su­ge­ren­cias ni re­ci­bir mis con­se­jos o fe­li­ci­ta­cio­nes.
En los úl­ti­mos tiem­pos ha caído en una es­pe­cie de manía re­pe­ti­ti­va. Me dice —como si yo no lo su­pie­ra— que él es el único ejem­plar so­bre­vi­vien­te de co­ne­jo de Us­huaia en todo el mundo. Sabe que no tiene la menor po­si­bi­li­dad de re­pro­du­cir­se, pero —aun­que se lo pre­gun­té mu­chas veces— jamás me dijo si esto le preo­cu­pa o lo deja in­di­fe­ren­te.
Ade­más de estas afir­ma­cio­nes, me pre­gun­ta —todos los días y va­rias veces al día— si vale la pena se­guir vi­vien­do, así, solo en el mundo, en mi com­pa­ñía pero sin con­gé­ne­res. No tiene ma­ne­ra de morir por su pro­pia vo­lun­tad, y yo no tengo ma­ne­ra —y, aun­que la tu­vie­ra, jamás lo haría— de matar a un ani­mal tan dulce y afec­tuo­so.
Por estas ra­zo­nes, mien­tras per­du­ran los úl­ti­mos fríos del año, con­ver­so con el co­ne­jo de Us­huaia y con­ti­núo aca­ri­cián­do­lo dis­traí­da­men­te. Cuan­do lle­gue el calor de sep­tiem­bre, sólo podré li­mi­tar­me a aca­ri­ciar­lo.


FERNANDO SORRENTINO

OBRA NARRATIVA

A) Libros de Cuentos
 

La regresión zoológica,
Buenos Aires, Editores Dos, 1969.

Imperios y servidumbres, 
Barcelona, Editorial Seix Barral, 1972;

reedición, Buenos Aires,
Torres Agüero Editor, 1992.


El mejor de los mundos posibles,
Buenos Aires,
Editorial Plus Ultra, 1976

(2° Premio Municipal de Literatura).


En defensa propia,
Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982.

El remedio para el rey ciego,
Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1984.


El rigor de las desdichas,
Buenos Aires, Ediciones del Dock, 1994

(2° Premio Municipal de Literatura).


La Corrección de los Corderos,
y otros cuentos improbables,
Buenos Aires, Editorial Abismo, 2002.

 Existe un hombre que tiene la 
costumbre de pegarme con un 
paraguas en la cabeza,
Barcelona, Carena, 2005.

El regreso. Y otros cuentos inquietantes,
Buenos Aires, Estrada, 2005.
 
En defensa propia / El rigor de las desdichas,
Buenos Aires, Los Cuadernos de Odiseo, 2005.
  
Costumbres del alcaucil, Buenos Aires,
Sudamericana, 2008.

El centro de la telaraña, Buenos Aires,
Longseller, 2008.

El crimen de san Alberto, Buenos Aires,
Losada, 2008.


B) Novela

Sanitarios centenarios,
Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1979; 


reedición (muy reelaborada),
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2000.


Sanitarios centenarios, Barcelona,
Carena, 2008. 



C) Nouvelle

Crónica costumbrista,
Buenos Aires, Ediciones Pluma Alta, 1992.
Reeditada con el título de Costumbres de los muertos,
Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1996.
 

D) Literatura para niños
      y/o adolescentes

Cuentos del Mentiroso,
Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1978
(Faja de Honor de la S.A.D.E. 

[Sociedad Argentina de Escritores]);

reedición (con modificaciones),
Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2002.


NOTA EL EDITOR DE ESTE BLOG:
existen más libros traducidos a varios 
idiomas, entrevistas,etc.
fuente: recibido directamente del autor,
al que agradezco y felicito.
Pueden visitar su sitio en:





         

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jueves, 18 de julio de 2013

Mijaíl Bulgákov: Bautismo de fuego- cuento


Bautismo de fuego

Mijaíl Bulgákov
Rápidamente pasaron los días en el hospital de N. y yo comencé poco a poco a acostumbrarme a mi nueva vida.
En las aldeas continuaban agramando el lino, los caminos seguían estando intransitables y a la consulta no venían más de cinco personas cada día. Las noches las tenía completamente libres y las dedicaba a poner en orden la biblioteca, a leer los manuales de cirugía y a tomar té, larga y solitariamente, junto al samovar.
La lluvia caía durante días y noches enteras y las gotas golpeaban inexorablemente el techo; el agua caía con gran fuerza bajo la ventana y resbalaba por el canalón hacia un cubo. El patio estaba cubierto de fango, de niebla, de una negra penumbra en la cual, como manchas opacas y difusas, se iluminaban las ventanas de la casita del enfermero y la lámpara de petróleo del portón.
Una de aquellas noches estaba yo sentado en mi gabinete y estudiaba un atlas de anatomía topográfica. A mi alrededor había un completo silencio, interrumpido de vez en cuando por el roer de los ratones detrás del aparador del comedor.
Estuve leyendo hasta que mis párpados, ya pesados, comenzaron a cerrarse. Finalmente bostecé, dejé a un lado el atlas y decidí acostarme. Me estiré y, saboreando por anticipado un sueño pacífico, acompañado por el ruido y el golpeteo de la lluvia, me dirigí a mi dormitorio, me desvestí y me acosté.
No había tenido siquiera tiempo de rozar la almohada cuando, delante de mí, en la penumbra soñolienta, apareció el rostro de Ana Prójorova, de diecisiete años, de la aldea Tóropovo. A Ana Prójorova había que extraerle un diente. El enfermero Demián Lukich se deslizó suavemente con unas brillantes tenazas en las manos. Recordé cómo decía "aquesto" en lugar de "esto", llevado por el amor que profesaba al estilo elevado. Sonreí y me quedé dormido.
Sin embargo, no había pasado media hora cuando me desperté de repente, como si me hubieran dado un tirón; me senté y, examinando con temor la oscuridad, me puse a escuchar con atención.
Alguien golpeaba con fuerza e insistencia la puerta exterior y desde un primer momento presentí que aquellos golpes eran de mal agüero.
Llamaban a mi apartamento.
Los golpes cesaron, resonó el cerrojo; se oyó la voz de la cocinera y, en respuesta, una voz poco clara; luego alguien subió por la escalera, provocando chirridos, entró silenciosamente en el gabinete y llamó en mi dormitorio.
-¿Quién es?
-Soy yo -me respondió un respetuoso susurro-, yo, Axinia, la enfermera.
-¿De qué se trata?
-Ana Nikoláievna me envía a buscarle, pide que vaya enseguida al hospital.
-¿Qué ha sucedido? -pregunté, y sentí que el corazón me daba un vuelco.
-Han traído a una mujer de Dúltsevo. Tiene complicaciones con el parto.
"Ya está. Ya comenzamos -cruzó por mi cabeza, mientras trataba inútilmente de meter mis pies en las zapatillas-. ¡Ah, diablos! Las cerillas no encienden. Bien, tarde o temprano tenía que suceder. No podía pasarme toda la vida con las laringitis y los catarros estomacales."
-Está bien. ¡Vete y dile que ahora mismo iré! -grité, y me levanté de la cama. Detrás de la puerta se oyeron los pasos de Axinia y de nuevo resonó el cerrojo. El sueño desapareció en un instante. Con dedos temblorosos encendí la lámpara apresuradamente y comencé a vestirme. Las once y media... ¿Qué complicaciones con el parto tendría aquella mujer? Jumm... posición incorrecta... pelvis estrecha... O quizá alguna cosa peor. Tal vez tendré que utilizar los fórceps. ¿No sería mejor enviarla directamente a la ciudad? ¡Impensable! "¡Qué doctor tan bueno!", dirían todos. Y además, no tengo derecho a hacerlo. No, tengo que hacerlo yo mismo. ¿Hacer qué? El diablo lo sabe. Será una tragedia si me confundo, una vergüenza ante las comadronas. Aunque primero es necesario ver de qué se trata; no vale la pena inquietarse antes de tiempo...
Me vestí, me puse el abrigo y, confiando mentalmente en que todo saldría bien, corrí bajo la lluvia hacia el hospital, pisando sobre tablones que al hundirse hacían saltar el agua del patio. En la semioscuridad se distinguía, junto a la entrada, una carreta; el caballo golpeaba con sus cascos las tablas podridas.
-¿Usted ha traído a la parturienta? -pregunté a la figura que se movía junto al caballo.
-Yo... sí, yo, padrecito -contestó lastimeramente una voz de mujer.
En el hospital, pese a lo avanzado de la hora, había agitación. En la recepción ardía, parpadeante, una lámpara de petróleo. Por el angosto corredor que conducía a la sección de maternidad, Axinia pasó rápidamente junto a mí, llevando una palangana. Detrás de la puerta se oyó de pronto un débil gemido que cesó inmediatamente. Abrí la puerta y entré en la sala de partos. La pequeña habitación blanqueada estaba intensamente iluminada por la lámpara del techo. En la cama, junto a la mesa de operaciones, yacía una mujer joven, cubierta hasta el mentón por una manta. Su rostro estaba desfigurado por una mueca de dolor y húmedos mechones de pelo se le habían pegado a la frente. Ana Nikoláievna, con un termómetro en la mano, preparaba una solución en un recipiente, mientras la segunda comadrona, Pelagueia Ivánovna, sacaba sábanas limpias del armario. El enfermero, apoyado contra la pared, estaba en pose de Napoleón. Al verme, todos se animaron. La parturienta abrió los ojos, se estrujó las manos y de nuevo gimió lastimeramente.
-¿Qué ocurre? -pregunté, y yo mismo me asombré del tono de mi voz. Hasta tal punto era seguro y tranquilo.
-Posición transversal -contestó rápidamente Ana Nikoláievna, mientras continuaba echando agua en la solución.
-Bien -dije alargando las sílabas y frunciendo el entrecejo-; bien, veamos...
-¡El doctor tiene  que  lavarse  las manos!  ¡Axinia! -gritó de inmediato Ana Nikoláievna. Su rostro había adquirido una expresión seria y solemne.
Mientras corría el agua y me quitaba la espuma de las manos enrojecidas por el cepillo, hacía preguntas poco importantes a Ana Nikoláievna; por ejemplo, cuándo habían traído a la parturienta y de dónde venía...
La mano de Pelagueia Ivánovna levantó la manta y yo, sentándome al borde de la cama y tocándola suavemente, comencé a palpar el vientre hinchado. La mujer gemía, se estiraba, crispaba los dedos, arrugaba la sábana.
-Tranquila, tranquila... aguanta -le dije, mientras apoyaba cuidadosamente las manos sobre su piel estirada, ardiente y seca.
En realidad, después de que la experimentada Ana Nikoláievna me había sugerido de qué se trataba, este examen no era necesario. Por más que continuara examinándola, no sabría más que Ana Nikoláievna. Su diagnóstico era, por supuesto, correcto. Posición transversal. Era evidente. Bien, ¿y después?
Frunciendo el entrecejo, continué palpando el vientre por todos lados y de reojo observaba los rostros de las comadronas. Estaban concentradas y serias y en sus ojos leí aprobación a lo que yo hacía. En efecto, mis movimientos eran seguros y correctos; intentaba ocultar mi intranquilidad en lo más recóndito de mi ser y no demostrarla de ninguna manera.
-Bien -dije tras un suspiro, y me levanté de la cama, ya que por fuera no se podía ver nada más-, hagamos la exploración interna.
La aprobación apareció de nuevo en los ojos de Ana Nikoláievna.
-¡Axinia!
De nuevo corrió el agua.
"¡Eh, si pudiera leer ahora el Doderlein!", pensé tristemente mientras me enjabonaba las manos. Pero era imposible hacerlo en ese momento. Además, ¿cómo me podría ayudar en aquel momento Doderlein? Me quité la espesa espuma y me unté los dedos con yodo. La sábana limpia crujió bajo las manos de Pelagueia Ivánovna. Inclinándome hacia la parturienta comencé tímida y cuidadosamente a realizar la exploración interna. En mi memoria surgió de manera espontánea la imagen de la sala de operaciones de la maternidad. Lámparas eléctricas que ardían intensamente dentro de globos opacos, un brillante suelo de baldosas, el instrumental y los grifos que relucían por todas partes. El asistente, con una bata blanca como la nieve, manipulaba sobre la parturienta; a su alrededor estaban tres ayudantes, los médicos practicantes y una multitud de estudiantes. Todo estaba bien, era luminoso y sin peligro.
Aquí, en cambio, estoy completamente solo y tengo en mis manos a una mujer que sufre; yo respondo por ella. Pero no sé cómo ayudarla pues solo he visto de cerca un parto dos veces en mi vida. En este momento estoy realizando una exploración, pero eso no me hace sentir ningún alivio a mí ni a la parturienta; no entiendo absolutamente nada ni consigo palpar nada en su interior.
Pero había llegado el momento de decidirse a hacer algo.
-Posición transversal... como se trata de una posición transversal, entonces es necesario... es necesario hacer...
-Un viraje sobre la piernecita -no pudo contenerse y dijo, como para sí misma, Ana Nikoláievna.
Un médico viejo y experimentado la habría mirado con desaprobación por entrometerse y adelantarse con sus conclusiones... Yo, en cambio, no soy una persona que se ofenda con facilidad.
-Sí -confirmé significativamente-, un viraje sobre la piernecita.
Y entonces desfilaron con rapidez ante mis ojos las páginas de Doderlein. Viraje directo... viraje combinado... viraje indirecto...
Páginas, páginas... y en ellas dibujos. La pelvis, bebés torcidos, asfixiados, con enormes cabezas... una manita que cuelga y en ella un lazo.
Hacía poco tiempo que había leído el libro. Además, lo había subrayado, reflexionando atentamente sobre cada palabra, imaginándome la correlación de las partes y todos los métodos. Al leerlo, me parecía que el texto quedaría para siempre impreso en mi cerebro.
Pero ahora, de entre todo lo leído, solo surgía una frase:
"La posición transversal es una posición absolutamente desfavorable."
Lo cierto, cierto. Absolutamente desfavorable tanto para la mujer que va a parir como para el médico que ha terminado la universidad solo seis meses atrás.
-Está bien... lo haremos -dije incorporándome.
El rostro de Ana Nikoláievna se animó.
-Demián Lukich -se dirigió al enfermero-, prepare el cloroformo.
¡Fue magnífico que lo dijera porque en ese momento yo no estaba seguro de si la operación debía realizarse con anestesia o sin ella! Por supuesto que con anestesia. ¡Acaso podía ser de otra manera!
Pero de cualquier forma tenía que consultar el Doderlein...
Me lavé las manos y dije:
-Bien... prepárenla para la anestesia, colóquenla en la mesa. Ahora vuelvo, voy a casa a buscar mis cigarrillos.
-Está bien, doctor, está bien, hay tiempo -contestó Ana Nikoláievna.
Me sequé las manos, la enfermera me echó el abrigo sobre los hombros y, sin meter los brazos en las mangas, corrí a casa.
Una vez en mi gabinete encendí la lámpara y, olvidando quitarme el gorro, me lancé hacia la estantería.
Allí estaba: Doderlein. Operaciones en obstetricia. Comencé a pasar rápidamente las lustrosas páginas.
"...el viraje representa siempre una operación peligrosa para la madre..."
Un escalofrío recorrió mi espalda a todo lo largo de la columna vertebral.
"...el peligro principal radica en la posibilidad de un desgarramiento espontáneo del útero..."
Es-pon-tá-ne-o.
"...si el partero al introducir la mano en el útero, como consecuencia de la falta de espacio o por la influencia de la reducción de las paredes del útero, encuentra dificultades para llegar hasta la pierna, debe renunciar a intentos posteriores de realizar el viraje..."
Bien. Si por algún milagro llegara a ser capaz de determinar esas "dificultades" y de renunciar a "intentos posteriores", ¿qué haría con esa mujer anestesiada de la aldea de Dúltsevo?
Más adelante:
"...se prohíbe terminantemente tratar de llegar hasta las piernas a lo largo de la espalda del feto..."
Lo tomaremos en cuenta.
"...sujetar la pierna que está arriba se considera un error, ya que al hacerlo el feto puede girar sobre su propio eje, lo que puede originar un grave encajamiento del feto y puede conducir a las más tristes consecuencias..."
"Tristes consecuencias." Algo indefinidas, ¡pero qué palabras tan impresionantes! ¿Y si el marido de la mujer de Dúltsevo se queda viudo? Me sequé el sudor de la frente, reuní fuerzas y, saltándome aquellos terribles pasajes, traté de recordar solo lo esencial: qué es lo que debía hacer y por dónde introducir la mano. Pero mientras recorría rápidamente los negros párrafos, una y otra vez me topaba con nuevas cosas terribles. Me saltaban a la vista:
"...debido al enorme peligro de desgarramiento... los virajes interno y combinado son de las operaciones obstétricas más peligrosas para la madre..."
Y como acorde final:
"...con cada hora de retraso, crece el peligro..."
¡Basta! La lectura trajo sus frutos: todo se confundió definitivamente en mi cabeza y en un instante me convencí de que no entendía nada, y sobre todo, de que no sabía qué tipo de viraje iba a realizar: ¡combinado, no combinado, directo, indirecto...!
Abandoné el Doderlein y me dejé caer en el sillón, forzándome a poner en orden mis fugitivos pensamientos... Luego miré el reloj. ¡Diablos! ¡Llevaba veinte minutos en casa! En el hospital me esperaban.
"...con cada hora de retraso..."
Las horas se componen de minutos y los minutos, en estos casos, vuelan a una velocidad increíble. Arrojé el Doderlein y corrí de regreso al hospital.
Todo estaba listo. El enfermero estaba de pie junto a la mesita y en ella preparaba la mascarilla y el frasco con cloroformo. La parturienta ya estaba acostada en la mesa de operaciones. Un gemido ininterrumpido se extendía por toda la clínica.
-Aguanta, aguanta -balbuceaba tiernamente Pelagueia Ivánovna, inclinándose hacia la mujer-, el doctor te ayudará ahora mismo.
-No tengo fuerzas... no... ¡Ya no tengo fuerzas!... ¡No lo soportaré!
-No temas, no temas... -balbuceaba la comadrona-. ¡Lo soportarás! Ahora te daremos a oler algo... No sentirás nada.
El agua salía ruidosamente de los grifos; Ana Nikoláievna y yo comenzamos a limpiarnos y a lavarnos las manos y los brazos desnudos hasta el codo. Ana Nikoláievna, con un fondo de gemidos y lamentos, me contaba cómo mi antecesor -un experto cirujano- hacía los virajes. Yo la escuchaba ansiosamente, procurando no perderme una sola palabra. Y esos diez minutos me dieron más que todo lo que había leído sobre obstetricia cuando me preparaba para el examen estatal, en el que -justamente en obstetricia- había obtenido una nota "sobresaliente". Por palabras aisladas, frases inconclusas, insinuaciones hechas de paso, me enteré de lo más necesario, de aquello que no se encuentra nunca en ningún libro. Cuando comencé a secarme las manos -idealmente blancas y limpias- con gasa esterilizada, la decisión ya se había adueñado de mí y tenía en la cabeza un plan firme y determinado. En aquel momento ya no tenía para qué pensar si el viraje iba a ser combinado o no combinado.
Todos aquellos términos científicos ahora no venían al caso. Lo importante era una cosa: debía introducir una mano, con la otra ayudarme desde fuera para ejecutar el viraje y, confiando ya no en los libros sino en el sentido de la medida sin el cual el médico no sirve para nada, debía cuidadosa pero insistentemente hacer bajar una piernecita y, tirando de ella, extraer el bebé.
Debía estar tranquilo y ser cuidadoso pero al mismo tiempo ilimitadamente decidido y audaz.
-Comencemos -le ordené al enfermero, y empecé a untarme los dedos con yodo.
Pelagueia Ivánovna inmediatamente cruzó los brazos de la parturienta y el enfermero cubrió con la mascarilla el rostro extenuado. Del frasco amarillo oscuro comenzó a gotear el cloroformo. Un olor dulce y nauseabundo inundó la habitación. Los rostros del enfermero y de las comadronas se volvieron severos, como si estuvieran inspirados.
-¡Ah! ¡¡Ah!! -gritó de pronto la mujer. Durante unos segundos se agitó, intentando quitarse la máscara.
-¡Sujétenla!
Pelagueia Ivánovna la sujetó por los brazos, los dobló y los apretó contra el pecho. La mujer gritó unas cuantas veces más alejando el rostro de la máscara. Pero cada vez se movía menos... cada vez menos... Luego balbuceó sordamente:
-¡Ah!... ¡Suéltame!... ¡Ah!
Balbuceaba cada vez más débilmente. La blanca habitación quedó en silencio. Las gotas transparentes seguían cayendo sobre la gasa blanca.
-Pelagueia Ivánovna, ¿el pulso?
-Es bueno.
Pelagueia Ivánovna levantó el brazo de la mujer y lo dejó caer; este, inanimado como una rama, se precipitó sobre la sábana. El enfermero retiró la mascarilla y miró las pupilas.
-Duerme.

* * *

Un charco de sangre. Mis brazos están ensangrentados hasta el codo. En las sábanas hay manchas sanguinolentas. Coágulos rojos y bolas de gasa. Y Pelagueia Ivánovna sacude al recién nacido y le da golpecitos. Axinia hace ruido con los baldes al verter el agua en las palanganas. Sumergen al niño alternativamente en agua fría y caliente. El bebé calla y su cabeza parece sujeta por un hilo, cuelga sin vida y se balancea de un lado a otro. Pero de pronto: se escucha algo como un chirrido, o un gemido, y después se oye el primer grito, ronco y débil.
-Está vivo... está vivo... -murmura Pelagueia Ivánovna, y coloca al bebé sobre una almohada.
Y la madre también está viva. Por suerte no ha ocurrido nada terrible. Yo mismo le tomo el pulso. Sí, es regular y claro; el enfermero sacude ligeramente a la mujer por el hombro y dice:
-Bueno, mujer, mujer, despierta.
Arrojan a un lado las sábanas ensangrentadas y apresuradamente cubren a la madre con una sábana limpia; el enfermero y Axinia se la llevan a la sala. El bebé, ya envuelto en sus pañales, se marcha sobre la almohada. Una pequeña carita marrón y arrugada mira desde el borde blanco sin dejar de emitir un agudo llanto.
El agua corre por los grifos de los lavabos. Ana Nikoláievna fuma ansiosamente un cigarrillo, arruga la cara a causa del humo y tose.
-Doctor, ha hecho usted muy bien el viraje, con mucha seguridad.
Me froto afanosamente las manos con un cepillo y la miro de reojo: ¿estará burlándose? Pero en su rostro hay una sincera expresión de orgullosa satisfacción. Mi corazón rebosa alegría. Miro el blanco y sangriento desorden que hay a mi alrededor, el agua roja de la palangana y me siento vencedor. Pero en algún recóndito lugar de mi ser se agita el gusano de la duda.
-Todavía debemos esperar a ver qué ocurre después -digo.
Ana Nikoláievna levanta asombrada la vista hacia mí.
-¿Qué puede ocurrir? Todo ha salido bien.
Murmuro cualquier cosa como respuesta. En realidad, lo que quisiera decir es lo siguiente: ¿estará todo intacto en el interior de la madre?, ¿no la habré lastimado durante la operación...? Esto atormenta confusamente mi corazón. ¡Pero mis conocimientos de obstetricia son tan poco claros, tan librescamente fragmentarios! ¿Un desgarramiento? ¿Cómo debe manifestarse? ¿Cuándo se presentarán los primeros síntomas, ahora o más tarde...? No, mejor no hablar sobre este tema.
-Cualquier cosa puede ocurrir -digo yo-, no está excluida la posibilidad de una infección -repito la primera frase que se me ocurre de algún manual.
-¡Ah, eso! -alarga tranquilamente las palabras Ana Nikoláievna-. Si Dios quiere nada ocurrirá. ¿Una infección? Todo está limpio y esterilizado.

* * *

Era más de la una cuando regresé a mi apartamento. Sobre el escritorio del gabinete, bajo la mancha de luz de la lámpara, yacía pacíficamente el Doderlein, abierto en la página "Peligros del viraje". Durante casi una hora, estuve bebiendo el té ya frío y hojeando el libro. Entonces ocurrió algo interesante: todos los pasajes que hasta ese momento me habían resultado oscuros se volvieron completamente claros, como si se hubieran llenado de luz, y allí, bajo la luz de la lámpara, por la noche, en aquel lugar apartado, comprendí lo que significa el verdadero conocimiento.
"Se puede adquirir una gran experiencia en la aldea -pensé mientras me quedaba dormido-, pero hay que leer, leer todo lo posible... leer..."
FIN
 
1925
 
Mijaíl Bulgákov
FUENTE: CIUDAD SEBA