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miércoles, 21 de abril de 2010

Ian Welden desde Dinamarca: "Cosas de niño"


Milagro


COSAS DE NIÑO

"...Porqué los tocan?

Día tras día sucede lo mismo
Las noticias no dejan de decirlo
Las almas no dejan de gritarlo
El pecho no deja de doler..."

Maritza Álvarez
NIÑOS MANCILLADOS.


1

Cuando comenzé a conocer este mundo tuve miedo.
Mi padre abstraído en sus cosas no me tomaba de la mano cuando íbamos a atravesar las calles atestadas de vehículos veloces y descaradamente asesinos. Mi madre, acariciando las moraduras recibidas por las palizas cotidianas, lloraba oculta en su cocina agregándole lágrimas a nuestras tristes cazuelas.
El cielo siempre era negro y el sol, la luna y las estrellas amenazaban con caerse sobre mi cama, el lugar preferido de mis eternas pesadillas nocturnas.
Porque yo guardaba un secreto.
Mi tío era la luz de mi vida. Me llenaba de juguetes y caricias cuando mis padres huían a su mundo conflictivo y violento. Cuando aparecía en el umbral de nuestra casa con su sonrisa bonachona yo corría a abrazarlo y besarlo. Me sacaba a pasear en su auto y me hacía cosquillas entre las piernas.
No tenía realmente a otros amigos. Aún no iba al colegio y en el vecindario cada familia mantenía su territorio encerrado con muros, rejas y perros guardianes. Los días en que mi tío no aparecía eran larguísimos y tediosos y la única entretención eran la televisión y la radio..
No entendía porqué sentía constantemente un peso en mi alma y mi corazón. En realidad habían muchas cosas que no entendía pero que aceptaba convencido de que la vida era así para todos, opresora, solitaria y sin sentido, sazonada a veces con muy cortos momentos de una felicidad poderosa y extravagante. Yo reía a carcajadas a veces, le gritaba a las aves y a los aviones. Saltaba charcos con alegría.
Habían domingos en que mi padre silbaba melodías de moda y mi madre lo miraba con ojos de amor. Íbamos entonces a la iglesia y luego comprábamos pasteles que comíamos sentados en un banco del parque frente al lago de los patos y cisnes. O caminábamos por la alameda, ellos tomados de la mano y yo temiendo, siempre temiendo que esos momentos terminaran abruptamente y se transformaran
en el infierno de siempre.
Pero la llegada de mi tío cambiaba el color del universo. Habían ocasiones en que mi padre se alegraba de ver a su hermano mayor y sacaba una botella de su mejor vino. Mi madre sonreía en silencio mientras cocinaba alguna cosa para el imprevisto almuerzo. Pero la mayoría de las veces la atmósfera en la casa era densa y tormentosa y mi tío me llevaba a jugar al parque de entretenciones y comíamos
hotdogs en los botecitos que navegaban por el Túnel del Amor. Una de esas veces fué que me besó largamente en la boca por primera vez y me dijo que me quería mucho, abrazándome y acariciándome. Recuerdo muy bien que la situación me produjo un extraño malestar en todo mi cuerpo y que el hot dog se me cayó al agua. El me tranquilizó diciéndome que nuestro amor debería ser un secreto sagrado y que por nada en el mundo debería decírselo a mis padres. Me sorprendí porque yo jamás le contaba cosas a mi padres. Me dijo además que Dios nos bendecía pero que se enfadaría mucho si yo traicionara nuestro juramento. Luego esa misma tarde me compró un oso de felpa gigantesco, más alto que yo y cenamos burgers con papas fritas en el Burger In.
Llegué feliz a mi casa pero con esa tan conocida sensación de miedo rondando mi cuerpo.
Mis padres estaban viendo televisión y se alegraron de vernos. Mi padre me saludó revolviéndome el pelo y mi madre me subió a su regazo besándome y apretándome como no lo había hecho en mucho mucho tiempo. Me pregunté en silencio si tal vez sabrían... Si tal vez Dios se los habría contado. Miré confundido a mi tío y él me sonrió con sus ojos oscuros y me envió un beso a través de la sala.

Todo estaba bien quizás.
Esa noche, cuando mi tío ya se había ido y yo estaba orando el

Padre Nuestro antes de dormir, escuché los gritos y los golpes
en el cuarto contiguo. Abracé al oso como si fuera mi tío y hundí
con pavor mi cabeza en la almohada


2

Tengo estas vivencias muy nítidas en mi memoria ya un poco cansada.
Pero podría escribir un libro.
Cuando cumplí los siete años de edad mis padres se separaron. Yo vivía con mi madre en nuestra vieja casa y mi padre en un departamento en otro distrito de la ciudad. Mi tío me llevaba a visitarlo muy esporádicamente ya que siempre estaba borracho. En el colegio de los sacerdotes tenía a muchos compañeros de curso pero tan sólo una amiga de verdad, Soledad. Sus padres también estaban separados y tenía un secreto como el mío, su padrino. Mi tío asumió con entusiasmo el rol de padre y sus atenciones para conmigo, sus caricias, se tornaron decididamente extrañas. Y nuestro pacto de silencio se transformó en una amenaza. Yo aún no comprendía su necesidad de tocarme los genitales constantemente cuando estábamos en su casa. O su obsesión por dormir conmigo, masturbarse contra mis nalgas y hacerme llorar cuando me obligaba a besar
su monstruoso miembro . El me decía que de esa manera demostraba su gran amor por mi y yo por supuesto le creía.
Sufría en silencio mi dolor y mi confusión. Intuía dentro de mi inocencia que algo estaba mal pero no estaba en condiciones de formularlo en palabras.
Reía de alivio y felicidad cuando volvía donde mi madre con quien mirábamos televisión hasta que me dormía protegido en sus brazos.
Soledad era una niña silenciosa y solitaria como yo. Tal vez por eso nos hicimos amigos y confidentes. Su madre estaba internada en un hospital psiquiátrico y vivía con su padre en el sector pudiente de la ciudad. Su padrino, un señor de camisa blanca y corbata, jovial y simpático, la esperaba siempre en su automóvil al terminar las clases. En algunas ocasiones me llevaba a mi casa y mi madre los invitaba a tomar una tacita de té con galletas.
Y cuando mi tío y el padrino se encontraban afuera del colegio sus personalidades se acentuaban. Eran dulces el uno con el otro y les gustaba abrazarse y darse palmaditas en los hombros. Pero a mi tío no le parecía bien que yo pernoctara a veces en casa del padrino junto a Soledad. Mi madre no tenía reparos, feliz de que por fin yo tenía a alguien de mi edad con quién jugar.
Y un día Soledad y yo cometimos un sacrilegio. Yo olvidé mi juramento y le conté. Ella me confesó que también tenía un pacto de amor con su padrino.
Reímos y lloramos sin aún comprender la magnitud de nuestra situación pero sintiendo que ya no estábamos más abandonados al mundo.
Sin embargo yo seguía siendo dos niños empaquetados en un solo

cuerpo lánguido y pálido. El que amaba sinceramente la vida y era capaz de sonreír cual solcito recién lavado y el que sufría en silencio soportando cual bestia de carga algo parecido a los incomprensibles pecados mortales y condenas infernales
eternas con que nos amenazaban los sacerdotes y las monjas del colegio.
Un viernes que me pena en la memoria mi tío sorpresivamente invitó a Soledad y a su padrino a pasar el fin de semana con nosotros en su casa.
La siniestra ceremonia duró hasta el domingo cuando fuimos los cuatro
a la misa de mediodía a comulgar. Mi frágil y tan vulnerable Soledad sollozaba desconsoladamente arrodillada en un rincón de la iglesia y recuerdo que delaté la pesadilla, destruí el lúgubre pacto de amor confesándome al padre Nicanor.
Pero este me increpó indignado en el oscuro confesionario diciéndome que eran cosas de niño y me mandó a rezar diez Padrenuestros y veinte Ave Marías.
Mi penitencia.


3

Su cuerpo flagelado y semi enterrado fue encontrado por la policía en un parque de la ciudad. Fue el padrino quien denunció la desaparición.
El padre, siempre ausente e insensible a la vida de su hija, quedó conforme con la aprehensión y encarcelamiento de un viejo vago que vivía en una casucha

de cartón en las cercanías. Todo fue muy rápido y oculto y mi adorada Soledad fue sepultada sola y para siempre con sus lágrimas y sus esperanzas.
Busqué consuelo en mi madre y me negué a ir al colegio y a recibir las insistentes visitas e invitaciones sonrientes de mi tío y el padrino.
Era culpa mía.
Era el castigo de Dios por haber traicionado el juramento de amor.
Jamás le dije la verdad a mi madre. Ella me llevó al médico y comencé a encontrar refugio en unas píldoras verdes y muy amables.
Al principio ella administraba mi medicina. Con puntualidad religiosa me daba dos pildoritas en la mañana y dos más a la hora de dormir. Pero pronto necesité más. Entonces hurtaba la medicina para poder nuevamente tocar el exquisito cielo de la indiferencia. Obviamente mi madre me descubrió y me llevó alarmada al médico quién se negó a prescribir más medicina. Pero ya era demasiado tarde. Yo ya había conocido el paraíso.
Acepté entonces las invitaciones de mi tío y el padrino de Soledad. Esta vez no habían rituales de seducción ni juramentos o pactos de amor.
No había más amor. Habían si muchas pildoritas verdes a mi disposición, muchos hombres brutales desconocidos que rugían como demonios y un constante

desfile de niños y niñas de mi edad que eran sometidos como yo a sus violentos caprichos. Y así conocí también el infierno.
Mi tío me llevaba a mi casa los domingos por la noche. Yo no lloraba ante mi madre que siempre me esperaba con una sonrisa y un abrazo, ciega ante mi extrema palidez y atribuyendo mi cansancio y las numerosas marcas moradas en mi cuerpo a juegos con otros niños.
Mi tío, para hacerme aún más dependiente dé él, no me proveía con droga durante la semana. Yo me despedía de mi madre temprano en las mañanas vistiendo
mi
impecable uniforme escolar y me iba inmediatamente a los baños públicos del centro de la ciudad. En esos lugares lúgubres y apestosos me dejaba
manosear a cambio de píldoras de todos los colores del arcoíris. La policía
entraba a vigilar en algunas ocasiones pero jamás tuve problemas
Ellos veían a un niño ingenuo de siete años de edad con sus libros colegiales bajo el brazo.
Mi padre murió por esos días y mi madre que jamás había perdido la esperanza de volver con él enfermó gravemente de pena. Ya no se levantaba de su cama ni hacía la cena por las noches.


4

Murió el día de mi cumpleaños número ocho y los predadores avanzaron sin misericordia.
Habiendo perdido ya la habilidad de llorar descubrí en mi pequeño cuerpo la capacidad de odiar. Odié a mi madre por haberme dejado tan sólo en el mundo.
Odié el recuerdo de mi padre. Odié a las autoridades sociales por obligarme a vivir con mi tío. Odié a los profesores, los sacedortes, la policía, mis compañeros
y compañeras de curso, el heladero de la esquina, los peatones desconocidos... y echaba tanto de menos a Soledad.

En ocasiones visitaba el cementerio por las noches y me sentaba a los pies de las tumbas. En mi delirio de angustia y drogas las lápidas se abrían y mi madre
bailaba amorosamente con mi padre. Soledad me abrazaba con ternura mientras que el pobre viejo vago que una vez vivió en una casucha de cartón y que fue
ejecutado injustamente por el asesinato, tocaba magistralmente a Paganini en un antiquísimo Stradivarius.
Y volvía obligadamente a casa de mi tío no sin antes voltear y apedrear con furia algunas estatuas y mausoleos del curiosamente llamado "campo santo".
Sin embargo comencé a entender, creía yo, los torcidos tejes y manejes de ese mundo que me había tocado vivir.
Una tarde de sábado en que niños de mi edad yacían inconcientes en los sofás y sobre la alfombra y gritos de pavor se escuchaban tras las puertas de la casa,
mi tío, desnudo y sudando como la bestia que era, abofeteó con todas sus fuerzas a una pequeña niña horrorizada. La levantó sobre un hombro y la acarreó a un
cuarto donde lo esperaba el padrino con una cámara fotográfica. En cosa de segundos corrí al baño, tomé una navaja de afeitar y fue tan fácil degollarlos a ambos.
Llamé a la policía no sin antes llenarme los bolsillos con píldoras multicolores y bolsitas llenas del polvillo blanco y cristalino. Y salí a las calles para siempre con la
navaja en mi cinturón. Instalé mis cuarteles generales en una desmoronada cripta del Cementerio Viejo. Cerca de Soledad.
Cuando tenía hambre vendía droga. Cuando se me acababa la droga amenazaba con la navaja. Así de simple. Y nunca más me vi obligado a prostituirme.
Conservaba mi uniforme escolar impecable y cuando la policía me sorprendía vagando sólo en las noches y me amenazaban con encerrarme y llamar a mis padres yo les inventaba alguna historia ingenua y les entregaba un fajón de billetes. Me dejaban en paz. Las temibles bandas de adolescentes armados con rifles y pistolas automáticas me obligaban a pagar para atravesar sus territorios. Después de cierto tiempo tanto la policía como las bandas me dejaron tranquilo. No les causaba problemas. Yo mostraba mi navaja a hombres y viejos solitarios; jamás a niños o mujeres.
Comía alimentos hurtados en los supermercados pero de vez en cuando entraba al Restaurante Golden donde además de cenar como rey, el dueño me dejaba
lavarme en los baños. Yo sabía quién era pero él no me conocía. Era el padre de Soledad. Que deseos tan ardientes tenía de "afeitarlo". Paciencia, paciencia...
Con el tiempo fui conociendo a muchos otros niños de la calle. La mayoría eran feroces cual ratas arrinconadas. Muchos vivían en colectividades bajo los puentes
y otros eran solitarios como yo. Pero todos llevábamos el estigma de Abel en las frentes. No existía la amistad ni el cariño ni la camaradería. Solamente miedo,
odio y violencia. Pero yo tenía siempre muy cercano a mi corazón el recuerdo y el olor de mi madre y la sonrisa e inocencia de Soledad.

Era privilegiado en medio de ese infierno dantesco e inhumano.



5

Fueron unas noches de hielo y viento en que las calles estaban vacías como mis bolsillos y mi estómago. No habían seres humanos a quienes mostrarles la navaja
Me sentía enfermo y mi cuerpo se sacudía violentamente por las abstinencias. Mi nido en la cripta del cementerio se había llenando de agua y de súbito me encontré rodeado por una pandilla de niños y niñas de mi edad. Tenían cuchillos y pistolas y sin pronunciar una sola palabra me despojaron de mi uniforme escolar incluyendo los zapatos y por supuesto mi imprescindible navaja. Luego me lanzaron al empedrado propinándome puntapiés en todo el cuerpo.
Cuando desperté creí estar en el infierno. El rostro del padre de Soledad estaba inclinando sobre mi cuerpo desnudo que hervía de fiebre. Intenté ponerme de pié pero él me pidió que me tranquilizara y me sujetó con ambas manos. La habitación era inmensa, lujosa e impecable. La cama en la cual me tenía prisionero era blanda y olía levemente a flores. De pronto entraron dos hombre vestidos de blanco y uno de ellos me enterró bruscamente un objeto en la boca. Pude deducir que era un termómetro.
Los tres intercambiaron algunas palabras que no pude escuchar y quedé nuevamente solo con el padre de Soledad. Me explicó que me había encontrado desnudo, sangrando e inconciente en una calle cercana a su restaurante. Que sabía quién era yo y que me iba a cuidar. Que no temiera porque no iba a llamar a la policía. Me dio algo de beber y me inyectó un líquido transparente en un muslo.
Dormí tres días seguidos. Desperté a una mañana soleada y tibia y encontré frutas y leche sobre una mesa. Estaba solo y mi instinto me dijo inmediatamente que
debería huir. Desvalijar y huir. Pero no tenía ropa y la peligrosa sensación de abstinencias me produjo un conocido pánico. Estaba comiendo manzanas y bebiendo leche cuando el padre de Soledad apareció en el umbral con un paquete bajo el brazo y una jeringa en la mano. El paquete contenía vestimentas y zapatos. Me inyectó nuevamente y en pocos segundos sentí como el mundo entero se tornaba amable y prodigioso. Me explicó que era una substancia tranquilizante recomendada por los médicos especialistas que me visitaron la otra noche. Que iba a evitar los síntomas de abstinencia y eliminar con el tiempo mi adicción a la cocaína y otras drogas.
Todo era como un buen sueño pero yo estaba preparándome para su asalto. En cualquier momento me iba a comer. Ahora tan sólo me estaba engordando...
Pero ese momento jamás llegó. Lo que vino fue un sorprendente relato acerca del asesinato de su hija cometido por mi tío y el padrino. De como la policía recibió
una grosera suma de dinero para cerrar rápidamente la investigación culpando y sentando en la silla eléctrica a un pobre vago inocente. De como esa misma policía se había encargado de quitarle su derecho de practicar medicina y cerrarle la boca bajo amenazas de abrir la investigación nuevamente y culparlo de incesto, violación, tortura y asesinato de su otra hijita, su hija menor... Y de que me había visto lleno de amargura e impotencia en el cementerio la tarde en que Soledad fue enterrada.
Recuerdo que mi pobre cabecita de apenas ocho años de edad no estaba en condiciones de abarcar tanta maldad y corrupción. O sea que la primera impresión que tuve de este mundo, cuando atravesaba las calles violentas de la ciudad con mi padre pero sin su mano, era la correcta.


6


Ahora aquí en La Penitenciaría del Estado donde cumplo mi condena perpetua por el asesinato de mi tío y el padrino las cosas son idénticas a la vida de afuera. Soy un hombre relativamente joven si, y debo cuidarme con mi navaja cuando camino por los pasillos húmedos y oscuros. Acechan las bandas de reclusos violentos y criminales.
Los guardias exigen pago por privilegios, una celda privada, una caminata a la ciudad, droga, sexo.
Aún viene a visitarme el padre de Soledad, con su bastón y su hija menor.
Y en las larguísimas noches solitarias, entre las blasfemias y maldiciones de los reos sonámbulos, vienen mi madre y mi padre, el viejito vago con su violín y mi amada Soledad a acompañarme y a hacerme dormir tranquilo como a un niño.



Ian Welden

ian.welden@mail.dk
http://1234qwer.ohlog.com

Dibujo de Maritza Álvarez (Chile)

maritza_alvarez_vargas@hotmail.com
http://verbal-maritza.blogspot.com/


jueves, 18 de marzo de 2010

Ian Welden desde Copenhague, Dinamarca: "Los Hombres tambien lloramos"





Milagro
LOS HOMBRES TAMBIÉN LLORAMOS
"Tiene mi corazón un llanto de princesa
olvidado en el fondo de un castillo desierto".
Tengo miedo


Pablo Neruda


Me llamo Juan Valdés y soy un modesto refugiado que llegó a Dinamarca en la década de los años mil novecientos setenta huyendo de las hordas violentas y prepotentes que de pronto surgieron desde la entrañas más oscuras de mi patria, usurpando nuestro orgullo y encarcelando, asesinando y expulsando al destierro a todos los que nos opusimos a sus pesadillas.Caminé muchos años por las calles de este tranquilo y generoso país buscando algún lugar donde descansar mis huesos apaleados y desempacar las escasas pertenencias y recuerdos que logré rescatar en mi huida.Cuando llegué finalmente al barrio de Valby, ciudad de Copenhague, hace tantos años atrás, ya andaba Brian Svendson por aquí cometiendo crímenes y ofensas. Era un niño sueco de aproximadamente diez años de edad, piel rosada como la de los cerditos, ojos azules muy dañinos y cabellos color naranja. Casi un gigante en comparación con los otros pequeños de este pacífico suburbio de gente silenciosa y trabajadora. Su pasatiempo favorito era aterrorizar a sus compañeros de juegos con golpes, amenazas y extorsiones e insultar escupir y hasta golpear a sus profesores. Cuando un día me robó la bicicleta fuí de inmediato a su casa para hablar con sus padres, encontrándome con la triste sorpresa de que no los tenía. Ambos habían muerto en cárceles suecas, derrotados por el alcohol, la heroína y la prostitución, según me contó el parco verdulero de la esquina de mi calle.Tenia sí una abuela cruel y prepotente. Los rumores decían que azotaba constantemente a su nieto con la hebilla de metal de su cinturón de cuero y lo privaba de amistades y de ir a la iglesia los domingos Ante mi queja del robo se rió en mi cara llamándome "cerdo de mierda" y me cerró la puerta en las narices. Sintiéndome impotente y humillado por el cruel insulto y por mi condición de extranjero pobre e indefenso intenté olvidar el asunto. Pero en el futuro las paradojas de la vida me lo hicieron recordar de manera irónica y brutal. Muchos años después de ese incidente, Brian Svendson aun vivía en Valby. Se había convertido en un delincuente peligroso. Un verdadero gigantesco vikingo monstruoso y temible. Con sus ojos malignos como los de una serpiente siempre a punto de morder y su colorada cabellera afeitada, sus tatuajes azules desteñidos por los años y su boca burlona en ese inmenso rostro cubierto por profundas cicatrices, era un demonio escapado del mismo infierno. Asaltaba pequeños negocios con su ya tristemente célebre navaja automática y se emborrachaba en las tabernas locales provocando tumultos y riñas violentísimas. La policía lo había detenido en muchas ocasiones pero las leyes de este país lo mantenían libre en las calles bajo vigilancia. Aún no había matado a nadie decían. En las madrugadas sus alaridos de bestia enloquecida y herida se escuchaban por todo el barrio. "Soy inmortal! Soy Lucifer el todopoderoso y he venido desde el fuego eterno para hacerlos pagar! Malditos daneses! Soy invencible!" Había que bajar los ojos e intentar pasar desapercibido cuando uno se encontraba con él en los obscuros recovecos y callejones del sector. Brian jamás me había molestado o golpeado como era su costumbre hacerlo con otros vecinos. Incluyendo a mujeres, niños y ancianos.Siempre nos habíamos observado con cautela cuando nos encontrábamos en las obscuras y nevadas callejuelas del barrio. Yo le tenia miedo por supuesto y él lo sabía. Pero también existía algo parecido a la empatía entre nosotros. Supongo que algún instinto, algún dolor lejano de desarraigo nos acercaba. Acostumbraba llevar libros de poesía en una bolsa de plástico que leía sentado en un banco de la placita, hediendo a ira y soledad. Jamás le conocí amigos.Tenía un apodo que usábamos en secreto para referirnos a él entre los habitantes de Valby: El Cerdo Sueco . Supongo que ya lo sabría y se avergonzaría profundamente. Apodar de cerdo a alguien en Dinamarca es una ofensa denigrante y gravísima. Y yo ya lo había experimentado en mi propio ser. Por las noches rondaba con un tarro de pintura y una brocha escribiendo una amenazante consigna roja como la sangre en los blancos muros del barrio: "BRIAN JAMÁS LLORA! ATACA!" Y en las nevadas aceras matutinas un hilo colorado conducía indudablemente hasta la puerta de su inmundo departamento. En esas ocasiones yo creía ver el viejo fantasma de su abuela ya muerta montada en una escoba y graznando como un cuervo sobre los techos del barrio. Una noche fatal el Cerdo se extravió en los laberintos de su propia naturaleza patológica y agresiva. Yo dormía tranquilamente soñando con las ariscas cordilleras de mi país cuando desperté sobresaltado con gritos provenientes del departamento de mi vecina Eva. Eran urgentes rugidos de hombres luchando, entre los cuales reconocí de inmediato los bestiales alaridos de Brian. Me vestí rápidamente y salí al pasillo. Cinco enormes guardias uniformados y armados con lumas intentaban sin mucho éxito pacificar al gigantesco sueco. Afuera en la calle un grupo de paramédicos atendían a mi vecina quien yacía llorando desconsolada y sangrando en una camilla de emergencia al interior de una ambulancia. Brian había amarrado a Eva a una mesa y había intentado violarla luego de haberle propinado una paliza que casi le destrozó la cara. Algún vecino anónimo dió la alarma y la eficaz policía danesa llegó rápidamente impidiendo que la solitaria anciana fuera asesinada.Yo era el único vecino presente durante el arresto. Por primera vez me atreví a dirigirle la palabra al Cerdo."Hijo; se acabó tu libertad para siempre. Usa este largo tiempo que te espera para llorar. Ya no más para atacar y causar sufrimiento...""Brian no llora; ataca!" Respondió con la voz asustada y quebrada de un niño muy pequeño. Me miró unos segundos con pavor y angustia. Su mueca burlona había desaparecido y tenía minúsculas pero auténticas lágrimas en los ojos. Después de algunas semanas Eva regresó ya recuperada del Hospital del Reino. Como no tenía familiares ni amistades el estado danés le puso dos enfermeras a su entera disposición para que la cuidaran y acompañaran. La misma noche de su llegada me invitó a celebrar su retorno con unas viejísimas y polvorientas botellas de vino chileno. Las bebimos en silencio haciéndolas durar hasta el amanecer, como si se tratara de alguna ceremonia religiosa.Y los vecinos de Valby reanudamos nuestras rutinas y quehaceres como siempre en silencio, bajo la nieve y sobre el hielo. No hablábamos del Cerdo pero tristemente sentíamos algo parecido a la nostalgia o a la compasión en nuestros corazones.Y hoy me llegó la carta:

Sr. Juan Valdés, Valby 2500
Copenhague, Dinamarca

Hola señor Juan,

He aprendido
que cuando las mujeres lloran
lo hacen en silencio.
Ocultan sus lágrimas en pañuelitos blancos
junto a otras mujeres en pena.

Cuando los hombres lloramos
lo hacemos solos
y desencadenamos violentos diluvios de agua salada
y alaridos de bestias salvajes perdidas en las noches.

Y sin embargo ese llanto de mujeres
con sus coches y bebés también llorando
cambian al mundo con mayor fuerza
que nuestros gritos y golpes y volcanes en erupción.

Aquí en la cárcel yo lloro en el baño
solo y bajo llave
como las mujeres, en silencio,
para que los otros hombres no me vean.

Por favor no le cuente esto a nadie.

Atentamente
Brian Svendson´
El cerdo sueco
Penitenciario Central
Dinamarca.


Autor: Ian Welden
ian.welden@mail.dk

Ilustración de Maritza Álvarez
maritza_alvarez_vargas@hotmail.com

http://maritza-verbal.blogspot.com

jueves, 25 de febrero de 2010

Luís Sepúlveda: Las mujeres de mi generación



Las mujeres de mi generación
(A Pelusa, Marcia y Ana)


Las mujeres de mi generación abrieron sus pétalos rebeldes
No de rosa, camelias, orquídeas u otras yerbas
De saloncitos tristes, de casitas burguesas, de costumbres añejas
sino de yuyos peregrinos entre vientos.

Las mujeres de mi generación florecieron en las calles,
Y en las aulas argentinas, chilenas o uruguayas supieron lo que tenían
que saber para el saber glorioso de las mujeres de mi generación.

Minifalderas en flor de los setenta
Las mujeres de mi generación no ocultaron ni las sombras
de sus muslos que fueron los de Tania
Erotizando con el mayor de los calibres
los caminos duros de la cita con la muerte
Porque las mujeres de mi generación
bebieron con ganas del vino de los vivos
acudieron a todas las llamadas
y fueron dignidad en la derrota.

En los cuarteles las llamaron putas y no las ofendieron
porque venían de un bosque de sinónimos alegres:
Minas, Grelas, Percantas, Cabritas, Minones, Gurisas,
Garotas, Jevas, Zipotas, Viejas, Chavalas, Señoritas
hasta que ellas mismas escribieron la palabra Compañera
en todas las espaldas y en los muros de todos los hoteles
Porque las mujeres de mi generación nos marcaron con el fuego indeleble
de sus uñas la verdad universal de sus derechos.

Conocieron la cárcel y los golpes
Habitaron en mil patrias y en ninguna
Lloraron a sus muertos y a los míos como suyos
Dieron calor al frío y al cansancio deseos
Al agua sabor y al fuego lo orientaron por un rumbo cierto.
Las mujeres de mi generación parieron hijos eternos
Cantando Summertime les dieron teta
Fumaron marihuana en los descansos
Danzaron lo mejor del vino y bebieron las mejores melodías
Porque las mujeres de mi generación
Nos enseñaron que la vida no se ofrece a sorbos compañeros
Sino de golpe y hasta el fondo de las consecuencias.

Fueron estudiantes, mineras, sindicalistas, obreras,
artesanas, actrices, guerrilleras, hasta madres y parejas
en los ratos libres de la Resistencia.
Porque las mujeres de mi generación sólo respetaron los límites
que superaban todas las froteras.
Internacionalistas del cariño brigadistas del amor
comisarias del decir te quiero
milicianas de la caricia.

Entre batalla y batalla
Las mujeres de mi generación lo dieron todo
Y dijeron que eso era apenas suficiente.
Las declararon viudas en Córdoba y en Tlatelolco
Las vistieron de negro en Puerto Montt y Sâo Paulo
Y en Santiago, Buenos Aires o Montevideo fueron las únicas estrellas
de la larga lucha clandestina.
Sus canas no son canas sino una forma de ser para el qué hacer que les espera.
Las arrugas que asoman en sus rostros dicen he reído y he llorado y
volvería a hacerlo.

Las mujeres de mi generación
Han ganado algunos kilos de razones que se pegan a sus cuerpos
Se mueven algo más lentas, cansadas de esperarnos en las metas.
Escriben cartas que incendian las memorias
Recuerdan aromas proscritos y los cantan.
Inventan cada día las palabras y con ellas nos empujan
Nombran las cosas y nos amueblan el mundo
Escriben verdades en la arena y las ofrendan al mar
Nos convocan y nos paren sobre la mesa dispuesta.

Ellas dicen pan, trabajo, justicia, libertad
Y la prudencia se transforma en vergüenza.
Las mujeres de mi generación son como las barricadas:
protegen y animan, dan confianza y suavizan el filo de la ira.
Las mujeres de mi generación son como un puño cerrado que resguarda
con violencia la ternura del mundo.
Las mujeres de mi generación no gritan porque ellas derrotaron al silencio.
Si algo nos marca, son ellas.
La identidad del siglo son ellas.

Ellas: la fe devuelta, el valor oculto en un panfleto
el beso clandestino, el retorno a todos los derechos
Un tango en la serena soledad de un aeropuerto
un poema de Gelman escrito en una servilleta
Benedetti compartido en el planeta de un paraguas
los nombres de los amigos guardados con ramitas de lavanda
Las cartas que hacen besar al cartero
Las manos que sostienen los retratos de mis muertos
Los elementos simples de los días que aterran al tirano
La compleja arquitectura de los sueños de tus nietos.

Lo son todo y todo lo sostienen
Porque todo viene con sus pasos y nos llega y nos sorprende.
No hay soledad donde ellas miren
Ni olvido mientras ellas canten.
Intelectuales del instinto, instinto de la razón
Prueba de fuerza para el fuerte y amorosa vitamina del débil.
Así son ellas, las únicas, irrepetibles, imprescindibles
sufridas, golpeadas, negadas pero invictas
Mujeres de mi generación.

Luís Sepúlveda
1999


Nota del Editor,

Hace pocos minutos leí un mensaje de una querida
amiga, avisándome que el 24 de Febrero cumple años
y que me invitaba a un Cumpleaños Virtual.

La idea me pareció muy buena...
y lo que más me gustó, fue esta hermosa poesía
que dice lo que muchos piensan pero no supieron
escribirlo.
Ella la recibió de 'regalo' de un viejo amigo suyo.
Y la compartió con sus amigos desparramados
por los 4 vientos (que seguramente son mós de 4!!! )

Yo te agradezco querida Shulamit por tu regalo y te
deseo lo mejor,
hasta los 100
como a los 20 !!!!
SANA QUE ESTES !!!
SANOS QUE ESTEMOS!!!

Lic. Jose Pivín
frente al puerto de Haifa
frente al Mar Mediterráneo.


ALGUNOS DATOS SOBRE EL AUTOR:

LUÍS SEPULVEDA -1949
Escritor chileno



BIOGRAFÍA

Nacido en Ovalle, Chile, en 1949, Luis Sepúlveda ha recorrido

desde muy joven casi todos los territorios posibles de la
geografía y las utopías, de la selva amazónica al desierto
de los saharauis, de la Patagonia a Hamburgo, de las celdas
de Pinochet al barco de Greenpeace.

De estos viajes cuando menos agitada ha encontrado como

dotadísimo narrador de historias, en apasionantes relatos
y novelas.

Entre sus obra destacamos :

Un viejo que leía historias de amor,

Mundo del fin del mundo ;

Nombre de torero ;

Patagonia ;

Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar ;

Desencuentros,

fuente:http://www.poemasyrelatos.com/biografias_escritores/

s/052_sepulveda-luis_chileno.php



Luis Sepúlveda gana el premio Primavera de Novela

El chileno Luis Sepúlveda ha sido el ganador de la XIII edición del Premio Primavera de Novela con la obra La sombra de lo que fuimos.

Luis Sepúlveda (Chile, 1949), actualmente afincado en la ciudad asturiana de Gijón, es uno de los escritores en lengua española más traducidos. Se considera miembro del grupo de escritores latinoamericanos posteriores al famoso boom. Junto a su novela más conocida, El viejo que leía novelas de amor, también ha publicado ‘Patagonia express’, ‘Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar’ y ‘La rosa de Atacama’.

‘La sombra de lo que fuimos’ se define como una “novela generacional de estructura detectivesca” en la que cuatro chilenos recuerdan su juventud (años sesenta y setenta), su relación con el Partido Comunista, el golpe de Estado de Pinochet, el exilio y su regreso a Chile ya durante la democracia, para emprender una última aventura y descubren que pueden mirar todo lo que hicieron con amor y con humor, cosa que los militares jamás podrán hacer.

Para Sepúlveda:

Es un problema de toda la sociedad dar a conocer lo que realmente ocurrió y los grandes traumas del pasado. Si una novela sirve para que otras personas conozcan mejor a los que fueron protagonistas, en este caso los perdedores, las víctimas de nuestra historia, me parece muy bien. [...] Siento que mi deber como escritor también es contar cómo éramos nosotros, los que fuimos también protagonistas de la historia.

Por su parte, José María Beneyto fue el finalista de los trescientos originales recibidos con la obra Los elementos del mundo, novela en la que aborda la reflexión sobre Alemania y Europa, el nazismo y el sentimiento de culpa.

El premio es convocado por la editorial Espasa Calpe y Ámbito Cultural de El Corte Inglés, y está dotado con 200.000 euros. El jurado estuvo presidido por Ana maría Matute y compuesto por Antonio Soler, Ángel Basanta, Ramón Pernas, Ana Rosa Semprún y Miryam Galaz.


Magalí Urcaray- 19 de febrero de 2009
http://www.papelenblanco.com/novela/luis-sepulveda-gana-el-premio-primavera-de-novela
vía- Yahoo Noticias