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miércoles, 1 de junio de 2016

ROBERT FROST, UNO DE LOS MAS GRANDES POETAS NORTEAMERICANOS NOS REGALA SU POESIA "EL CAMINO QUE NO ELEGI".



El camino no elegido - Robert Frost

(Traducción: María Fernanda Celtasso)


Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.

Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.


viernes, 4 de marzo de 2016

Chicho Sánchez Ferlosio: notable poeta y cantautor español: GALLO ROJO, GALLO NEGRO







GALLO NEGRO, GALLO ROJO.
(Los gallos  )

Cuando canta el gallo negro
es que ya se acaba el día. (1)
Si cantara el gallo rojo
otro gallo cantaría.


Ay, si es que yo miento,
que el cantar que yo canto
lo borre el viento. 
(2)
Ay, qué desencanto
si me borrara el viento
lo que yo canto.


Se encontraron en la arena (3)
los dos gallos frente a frente.
El gallo negro era grande
pero el rojo era valiente.


Se miraron cara a cara (4)
y atacó el negro primero.
El gallo rojo es valiente
pero el negro es traicionero.

Gallo negro, gallo negro,
gallo negro, te lo advierto:
no se rinde un gallo rojo
mas que cuando está ya muerto. (5)


Versión de Chicho Sánchez Ferlosio.


(1) Los Olimareños cantan «es porque se acaba el día»
(2) Rolando Alarcón canta «lo borra el viento».
(3) Los Olimareños cantan «se miraron en la arena».
(4) Los Olimareños cantan «se miraron frente a frente».
(4) Los Olimareños cantan «solo cuando ya está muerto».

Los Olimareños añaden al final la frase «ay, si es que yo miento».



Chicho, hijo del escritor Rafael Sánchez Mazas –dirigente falangista que llegó a ser ministro de Franco durante los años 1939 y 1940–, fue, como a él le gustaba decir, el lado "canalla" de su familia.
Enfrentado a la educación que había recibido y el pensamiento de sus padres, Chicho se manifestó desde muy joven como una persona profunda y admirablemente inconformista; un ser humano con una tremenda y desbordante sensibilidad, que, transgrediendo todo tipo de códigos y de convencionalismos sociales y políticos, siempre entendió la vida como una provocación; una provocación para sí mismo en su anhelo por la libertad y, a la vez, una provocación de trasfondo solidario proyectada en su forma de entender la existencia y en todas sus creaciones.
Un ser humano bondadoso, coherente y de gran generosidad –como bien pudimos constatar quienes tuvimos la suerte de conocerle– que poseía una extraordinaria inteligencia y una fina y aguda creatividad, que puso en juego y desarrolló a lo largo de su vida en múltiples y variopintas actividades: desde su afición por la lingüística, por los cálculos matemáticos y por las investigaciones informáticas, hasta la invención de complejos y divertidísimos juegos y rompecabezas, pasando por aquella etapa de su vida en que se especializó y trabajó como corrector de estilo, o lo que fue su actividad preferida: la creación musical y la composición de canciones.
Es prácticamente imposible encontrar a alguien que, conociéndole de verdad, se atreva a poner en duda su gran personalidad y su extraordinaria calidad humana. Amancio Prada, que compartió con él amistad y escenarios, en la presentación de su libro-disco "Hasta otro día. Chicho" (2004), dice lo siguiente:
«Chicho ha sido una de las personas más inteligentes y bondadosas que he conocido. Se interesaba por todo, sabía de casi todo, Así se lo le dije un día. “Qué va, qué va, lo que pasa es que donde los demás tienen lagunas yo tengo islotes”…, me contestó. Era elegante en su desaliño, educado y generoso, dulcemente ácrata y benevolente; benevolente en el sentido de querer encontrar el bien, la bondad y el placer [...].
Me llamaba la atención su mirada reflexiva, siempre lúcida, que te hacía ver las cosas desde una perspectiva distinta. Pero, por muy crítico que fuera, nunca manaba de él rencor ni amargura. Serio y sonriente. Respetuoso con todo el mundo: “Las ideas son para las personas, y no al revés. Hay que respetar más a las personas que a las ideas, porque las personas sufren y las ideas no”.»
En realidad, Chicho empezó a componer y a interpretar sus canciones porque, como me comentó en alguna ocasión, le salía espontáneamente, y porque aquello, además de parecerle bastante serio y necesario, le resultaba sumamente divertido.
Su primera canción surgió en 1962, año en que tuvo lugar una importante huelga minera en Asturias que movilizó a más de setenta mil trabajadores, y con la que se solidarizaron miles de mineros, de campesinos y de obreros industriales de Vizcaya y de Guipúzcoa.
En aquel momento, Chicho se encontraba haciendo el servicio militar, y cuenta que, como le parecía demasiado absurdo y aburrido, un buen día se le ocurrió coger la guitarra y componer una canción dedicada a los mineros asturianos; una primera canción a la que tituló "Copla del tiempo. Primera parte: Los mineros en huelga".
   
Durante varios años, dado el anonimato en que se editaron, llegó a pensarse que eran canciones tradicionales y anónimas. Concretamente el compositor y cantautor Poni Micharvegas, al referirse a la canción "Los gallos" recuerda: "La coreábamos fervorosamente en Buenos Aires en la década de los sesenta, creyendo que tenía origen en las canciones revolucionarias de la Guerra Civil española".
Es más, fueron canciones que llegaron a aparecer en numerosos cancioneros como canciones anónimas; así ocurrió, por ejemplo, en el cancionero editado en Fráncfort, en 1967, "Protest-Lieder aus alter Welt"("Canciones de protesta de todo el mundo").
En España, sólo pasados unos años se reconocieron como canciones deChicho, reconocimiento que, en realidad, dado su carácter y su personalidad, a él era lo que menos le importaba.
Y es que como decía Moncho Alpuente, "la vida de Chicho Sánchez Ferlosio fue una fuga constante para escapar de las etiquetas, incluso de las más favorecedoras, como podían ser las de la fama y la fortuna".
A partir de mediados de los años sesenta, los contenidos y los ritmos de las canciones de Chicho se diversificaron sin renunciar por ello, en ningún caso, a su lenguaje claro, directo y descaradamente popular, diversificación de la que el mismo Moncho Alpuente dejaba constancia en su artículo "De profetas y náufragos", incluido en el libro "Pueblo que canta" editado, en 1983, por la Asociación para la Música Popular:
«Chicho Sánchez Ferlosio, cantor de gesta y de burla –escribe Moncho–,representaba y representa la espontaneidad de la auténtica canción popular, canción con un "pedigree" en el que figuran Quevedo y el Arcipreste, la sátira medieval y el cancionero anónimo [...].
Irrepetible como genio desaprensivo que es, Chicho se muestra capaz de poner su ironía demoledora en ritmo de polo margariteño, ranchera, blues o canción napolitana, y fustiga, ajeno a las modas y a las tentaciones del mercado, al poder en cualquiera de sus formas, disfrazado de Gobierno, oposición, ley, orden, empresa multinacional, partido o siglas comerciales».
Su producción fue inmensa; llegó a componer cientos de canciones, la mayoría de ellas, lamentablemente, desconocidas. En realidad a lo largo de su vida sólo grabó tres discos, el editado en Suecia (1963 y 1974), un LP titulado "A contratiempo" y un single, editado por Nuevos Medios en 1982, en el que, junto con su compañera, Rosa Jiménez, interpretó dos canciones: "Coplas retrógradas" y "Zumba que zumba".
Al margen de esos tres discos, también pueden escucharse algunas de sus canciones interpretadas y grabadas por otros artistas; entre ellos, Rosa León, Teresa Cano, Joaquín Sabina, Quilapayún (Víctor Jara) y Amancio Prada.
Del análisis de todo el amplio y variado cancionero de Chicho Sánchez Ferlosio se obtiene, con evidencia, una conclusión: él fue el gran maestro en el arte, nada fácil, de convertir la canción en crónica del acontecer cotidiano, no sólo de un pueblo y de un país como el nuestro, sino, sobre todo, de los sentimientos y de los latidos de toda una generación de insumisos que amábamos, y seguimos amando, la paz, la justicia y la libertad, pase lo que pase, y "mientras el cuerpo aguante" –título del documental que Fernando Trueba rodó en 1982 sobre la vida y la obra de Chicho–.
Crónica del acontecer cotidiano ingeniosa, profunda, directa, incisiva y tierna a la vez, y, sobre todo, de una gran frescura creativa nacida de su gran capacidad de observación de la realidad, de su libertad radical y de su tremenda espontaneidad; cualidades que le convirtieron en un ser humano particularmente incómodo porque en cualquier momento, y ante cualquier circunstancia sabía decir cantando –con convicción– lo que sentía y lo que penaba.
En 1999, poco antes de declarársele la enfermedad que le llevó a la muerte, Chicho realizó una de sus últimas y más interesantes composiciones. Se trata de unos romances escritos y cantados para el documental, dirigido por Jean Louis Comolli y Albert Boadella, "Vidas y muertes de Buenaventura Durruti anarquista".
Por desgracia, Chicho Sánchez Ferlosio se nos fue en el mes de julio de 2003. Aquel día perdimos, sin duda, su cálida presencia y su sabio magisterio, pero ahí quedan sus canciones; ahí queda su "gallo rojo" que no está dispuesto a rendirse, aunque lo desplumen.

(La fotografía que aparece arriba, en esta misma columna fue realizada por Juan Miguel Morales).


http://www.cancioncontodos.com/
autor/chicho-s%C3%A1nchez-ferlosio

martes, 12 de enero de 2016

Julio Cortázar: cuento :"Casa tomada"













Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
FIN
MÁS CUENTOS DE ESTE AUTOR

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/casa_tomada.htm

martes, 7 de julio de 2015

Imperdible entrevista realizada a Julio Cortázar en 1983.- Programa "A fondo".





http://trianarts.com/julio-cortazar-la-patria/




domingo, 21 de junio de 2015

Ricardo Arregui Gnatiuk, excelente poeta y escritor cordobes (argentino) y universal.



Ricardo Arregui Gnatiuk


Como mi Madre


Tus colores me distinguen
si con dignidad se llevan.
Y tenerte es exhibirte,
mejor con obras, Bandera.

Por ser impulso vital
que en mi corazón campeas,
cuando te gozo, en la paz.

Cuando te sufro, en la guerra.

Hoy he querido y expreso
varios motivos que tengo
para quererte, mi Enseña:

Por única como el cielo,
como el sol, como la tierra.

Como mi Madre, Bandera!


sábado, 28 de diciembre de 2013

CITAS CITABLES / PENSAMIENTOS / REFLEXIONES/ FRASES MEMORABLES ; HOY: Raymond Aron













La democracia es un sistema 
que requiere tiempo. Existen 
otros regímenes políticos 
para los impacientes.



 Raymond Aron



Biografía de Raymond Aron



 Raymond Aron (nacido el 14 de marzo de 1905 en París, Francia y fallecido el 17 de octubre de 1983) fue un filósofo, sociólogo y comentarista político francés.
La filosofía de la historia y de la sociología alemana fueron los temas que más le interesaron desde que era joven. Analizando estos temas fue consciente de la arbitrariedad de la historia por lo que llega a la conclusión de la dificultad para hablar de "objetividad histórica". Dentro de esta misma línea de pensamiento establece que lo que más se podría acercar a la objetividad es la metodología para el estudio de esta disciplina. Fue uno de los grandes analistas de la sociedad actual y de la actuación de los intelectuales de izquierda. Trabajó estrechamente con Charles de Gaulle.
Hijo de un abogado judío, se licenció y doctoró en Filosofía de la Historia(1930) en l´École Normal Superieur, siendo profesor de Filosofía Social en la Universidad de Toulouse. Llegada la Segunda Guerra Mundial, se alistó en la aviación francesa, y tras la derrota, se exilió a Inglaterra dirigiendo el periódico La France Libre hasta retornar a Francia finalizada la guerra. Tras su vuelta impartió clases en l´École Nationale d´Administration y el Institut d´Études Politiques de París. Desde 1947simultaneó la enseñanza con la publicación de comentarios políticos en Le Figaro, cosa que hizo durante treinta años, continuando en L´Express hasta su muerte. Fue también profesor en La Sorbona y de Sociología de la Historia Moderna en el College de France. Presidió la Academia de Ciencias Morales y Políticas de Francia.

Su producción literaria esta dentro de la filosofía y sociología y en su relación política.



Todos los libros y obras de Raymond Aron


 El marxismo de Marx (2002). Siglo XXI, Madrid,  2010         
 Los últimos años del siglo -  1984
 Memorias     1983                                                                                                                                                                                                                                            
Ensayo sobre las libertades - 1970 (2007) Libro con reseña
La Révolution introuvable. Réflexions sur la révolution de mai (1968)
Progreso y Desilusión, La dialéctica de la sociedad moderna (1968)

Las etapas del pensamiento sociológico (1967)