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jueves, 19 de noviembre de 2015

La Historia a través de los ojos de un superviviente del Holocausto: Rina Perla Zakay

Rina Perla Zakay tenía tan sólo diez años cuando la Segunda Guerra Mundial estalló y la vida que conocía terminó abruptamente. Después de la guerra, emigró a Israel sóla y luchó por la independencia del Estado de Israel. Formó una familia y 70 años después del Holocausto, es la orgullosa abuela de tres nietos que sirven en el ejército israelí.

En honor al Día del Recuerdo del Holocausto nos cuenta su conmovedora historia de valentía y supervivencia.

Mi nombre es Rina Perla Zakay. Tengo 86 años. Nací el 5 de agosto de 1929 en Lvov, entonces parte de Polonia y hoy es parte de Ucrania. Mis padres eran jóvenes cuando nací y era hija única. Mi padre, Asher Fisch, era un peletero como toda su familia y era dueño, junto con su hermano, de las dos tiendas más grandes de piel en Polonia y los dos hermanos tenían buenas relaciones comerciales internacionales. Mi madre, Bronia, me tuvo cuando tenía 21 años y dedicó su vida a mí. Las mujeres de su clase tenían la costumbre de contratar niñeras para cuidar a sus hijos, pero mi madre, que me adoraba, no dejaba que nadie me cuide. Mis padres eran gente intelectual, inteligentes y muy musicales. Mi padre tocaba el violín y mi madre tocaba el piano. Vivíamos en un edificio de dos pisos con mi tío, su esposa y sus hijos, mis primos, que tenían edades cercanas a la mía. Tengo gratos recuerdos de jugar con ellos, aprender a andar en bicicleta con ellos, y de estar constantemente rodeado por mi familia.

Fui a una reconocida escuela en Polonia, el Gymnasium Hebreo, donde estudiaban niños desde el preescolar hasta la escuela secundaria. Esta escuela era sólo para niños judíos, así que la mayoría de los amigos que tenía eran judíos. Allí aprendí hebreo, celebré fiestas judías y canté canciones judías.


Mis padres eran muy sionista e inculcaron ese valor en mí. El país estaba todavía muy lejos su establecimiento, pero anhelaba y planeaba ya desde chiquita emigrar al asentamiento judío en Palestina.

En mi niñez, no estaba expuesta a muchos actos de antisemitismo ya que vivía una vida privilegiada. Mi familia se integró muy bien en la sociedad polaca. Mi padre hizo varios negocios con la aristocracia polaca y estábamos financieramente seguros y es por eso que cuando empezamos a oír rumores de la invasión alemana no nos importó. No teníamos planes de huir de Polonia, nos sentimos seguros y sentíamos que verdaderamente pertenecíamos.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial

Yo tenía sólo diez años de edad cuando estalló la guerra el 1 de septiembre de 1939. Inicialmente, para mí, la guerra fue sólo una pelea entre los rusos y los alemanes. Pero los rusos conquistaron Lvov y la vida que yo conocía se terminó para siempre. Nos echaron de nuestra casa y se apoderaron de todo lo que teníamos: las dos tiendas de mi familia y nuestra propiedad. Nos mudamos a un apartamento más pequeño cerca de la familia de mi madre. Luego, los rusos arrestaron a mi abuelo y él fue enviado a prisión.

En mi escuela judía, se prohibió hablar la lengua hebrea. Durante los primeros meses de la guerra, continué estudiando en la escuela, pero ésta se cerró cuando los alemanes conquistaron Lvov. Mis padres y yo empezamos a buscar un escondite.De repente, leyes antisemitas se crearon y ya no se podía evadir el anti semitismo en las calles.

Empezamos a movernos de un escondite a otro, viviendo de esta manera varios meses. Cuando los alemanes comenzaron a planificar la construcción de un ghetto en Lvov, mi padre consiguió un lugar para alojarnos en uno de los apartamentos dentro del ghetto. Mis padres, mi abuelo y yo vivimos en una habitación de un pequeño apartamento, que compartimos con otras familias. Mi abuelo y yo rara vez salimos del departamento. Mi padre fue elegido para trabajar durante el día en una fábrica donde se fabricaban artículos para el ejército alemán. Los alemanes solían realizar búsquedas para intentar encontrar aquellas personas mayores de edad en la clandestinidad y matarlos. Recuerdo aquella vez que estaba sola en el departamento con mi abuelo y llegaron los alemanes y yo arrastré a mi abuelo al armario y bloquee con mi propio cuerpo la puerta. Yo le salvé la vida esa vez, pero no por mucho tiempo. Eventualmente los alemanes lo golpearon hasta la muerte en la calle.

Después de eso, mi padre logró sacarme del apartamento y entregarme a un par de polacos que eran sus conocidos. Eran una pareja sin hijos y me imposte como su sobrina. Mi padre me hizo un certificado falso con el nombre de una chica polaca que no vivía allí y nadie sabía la verdad a excepción de mi padre, la pareja y yo.

Mi padre también organizó un escape para mi madre. Los alemanes enviaban a los polacos a trabajar en trabajos forzados y mi padre forjó un certificado polaco para mi madre (tanto ella como yo teníamos una apariencia muy polaca, con pelo rubio y ojos verdes). Ella fue a la casa donde me estaba quedando para despedirse de mí. Cuando nos separamos, ella ni siquiera me dejó llamarla “mamá” porque estaba tan aterrada y aterrorizado. Esa fue la última vez que dije ‘mamá’.

Mi madre se escapó y mi padre se unió a unos pocos judíos en la fábrica donde trabajaba que planeaban un escape. Fui a su lugar de trabajo para decir adiós ya que el no podía caminar libremente por temor a ser reconocido y detenido. Esa fue la última vez que lo vi. Unas pocas frases me dijo mientras nos separamos. Estas están grabadas en mi corazón: “Tú eres una princesa. Tu tiara está colocada firmemente sobre tu cabeza, e incluso si usted tiene que limpiar escaleras y baños, la tiara no se caerá de la cabeza, siempre se quedará mi princesa. Por la mañana, cuando te paras delante del espejo y te cepillas los dientes, si usted no tiene ningún problema con la persona que ve en la reflexión, entonces está bien. Así es como se debe vivir, con los valores que se inculcan en usted en su casa, que amamantó del pecho de su madre”. El grupo al que se unió huyó y cruzó al lado ruso.
La extradición y prisión

Cuando nos separamos volví a mis llamado “tíos” y mientras caminaba por la calle, la hija del ama de llaves, una chica ucraniana, me reconoció. Siempre he tenido alguna especie de joya conmigo y le dije: “Yo te voy a dar todo lo que tengo, sólo déjame ir”. Ella se rió y dijo que iba a llamar a su hermano, que estaba en la milicia ucraniana, y así fue. Me investigaron toda la noche. Le dije a mi investigador que los documentos de identidad no eran míos. Afirmé que viví con esa pareja y que la mujer era mi tía, y que ella no es judía pero yo lo soy. Le dije que encontré los papeles dentro de una maleta que había robado en un tren. Yo no quería traicionar a la pareja que me ayudó. Llamaron a la mujer y la investigaron también. Le preguntaron si ella era mi tía. Ella mintió y dijo que ella no me conocía. Yo no contradije su mentira. A partir de ese momento, me aseguré de mantener mi integridad, incluso en los momentos más horrorosos. Nunca perdí mi humanidad. El investigador me dijo: “Usted acaba de salvarle la vida a esa mujer. Se suponía que debía obtener una sentencia de muerte por ocultar un judío, pero yo no quería su sangre en mis manos”. A ella le dijo: “Usted se puede ir, esta libre. Esta judía acaba de salvar su vida”.

De allí me llevaron al Gestapo. Mientras caminaba me acordé de la pastilla que me había dado mi padre para tragar en caso de que algo devastador llegara a suceder y que no pudiera seguir adelante. Durante la caminata al Gestapo decidí que no importa; yo iba a sobrevivir. Me dije: “Mis padres están en algún lugar, ahí fuera, y están vivos. Escaparon con el fin de sobrevivir y lo harán. No puedo suicidarme y dejarlos solos”.

Me llevaron a las oficinas del Gestapo en Lvov y tuve que dar mis datos personales: nombre, el nombre de mis padres, donde vivía. No declaré mi verdadero apellido porque sabía que era conocido por la empresa de mi padre, así que me identifiqué con un apellido diferente. Me llevaron al sótano y me colocaron con un grupo de un centenar de mujeres judías. Yo era la más joven. Dormía en el suelo de cemento, me daban un plato de sopa por día. Yo era considerada una criminal ya que le dije a la milicia ucraniana que robé mis papeles y por eso constantemente me llevaban a investigaciones en las que me severamente golpeaban. Durante una de esas investigaciones, me caí y me dieron una patada directamente a la mandíbula, que resultó dislocada. Me arrastraron de vuelta al sótano y luego, ocurrió un milagro. Un oficial alemán de las SS, que era probablemente un médico, me vio en el suelo y entró. Estaba seguro de que me iba a matar, porque quien yacía en el suelo le disparaban de inmediato. Pero él entró, me cogió la cara entre las manos y devolvió mi mandíbula a su lugar. Hasta hoy recuerdo el tremendo dolor que sentí. En realidad me salvó la vida, porque si alguien me hubiera visto con una lesión tan grave, me hubieran matado inmediatamente. Así viví durante meses: estába sentada allí todo el día, a la espera de ser asesinada.
El campo de concentración Janowska

A menudo, prisioneros del Gestapo eran enviados en un transporte a un lugar llamado “La montaña de arena”, un pozo que tenía el mismo propósito que otros pozos de matanza, con una clara diferencia: en vez de disparar a la gente que luego caían al pozo, los alemanes empujaban a los judíos hacia la ‘La Montaña de Arena’ y luego la llenaban con cal y cubrían el hoyo, dejando a la gente en el interior ahogados. Sabíamos que nos iban a llevar allí. Nos trasladaron con un camión de carga y entre nosotros había un montón de chicas jóvenes que estaban dispuestas a salvarse a cualquier precio. Juntas decidimos saltar del camión. Habían rumores que para llegar a la ‘Montaña de Arena’, el camión tendría que hacer un giro brusco a la derecha. A último momento, vi que el camión no iba a girar a la derecha así que decidí no saltar. Esa fue la única vez en la historia que un transporte no llegó a su destino previsto. Giramos a la izquierda en su lugar y llegamos a Janowska.

El campamento se dividía en dos. Un lado era un campo de trabajo, donde sabía que mi tía Gusta y su marido se alojaban. El otro lado era donde estaban los criminales y nadie salió con vida de ese lado del campamento. Ahí me llevaron. Los presos vivían en barracas de madera, con aproximadamente un centenar de personas en el interior de cada barraca. Cada día nos llevaban a ser contados y de allí a trabajar. Mi trabajo consistía en cavar canales que ayudaban a preservar las papas y otros cultivos de los agricultores polacos durante el invierno. El oficial que pasaba entre nosotros, los trabajadores, y si no le gustaba uno de nosotros, él lo disparaba. Ese era su juego.

En mi cuartel había una pequeña ventana enrejada y la gente llegaba allí con el fin de hablar con aquellos del otro lado del campo y obtener información. Fuí a la ventana y grité el nombre de mi tía una y otra vez y dije: “Dile que estoy aquí.” Llegó mi tía y ella envió a su marido a buscarme. El me llevó cuando el oficial de la SS estaba contando a los presos y afirmó que se me necesitaba para el trabajo en el otro lado del campo. Él me llevó al campo y me puso en el interior de un pozo, donde tuve que esconderme y esperar a mi tío 24 horas sin agua, comida, luz y casi sin aire. Después de 24 horas, vino a buscarme. Pasé algún tiempo con él y mi tía. Luego de un breve período en el que tanto ellos como el resto del grupo de sus trabajadores me ocultaron, se dieron cuenta de que me plantea una amenaza para sus vidas porque los alemanes podrían darse cuenta de que me estaban escondiendo allí. Mi suerte fue que en Janowska las personas no estaban tatuados con números en los brazos y así es como nunca nadie se enteró que estaba allí.

El escape de Janowska

El campo de concentración Janowska estaba situado en el medio de la ciudad y habían casas que conectaban el campamento con el mundo exterior. Mi tía conocía a un hombre polaco que estaba en la resistencia. Vivía en una de esas casas, en las afueras de Janowska. El aceptó que me llevaran allí. Luego, él me llevó a la estación de tren y me proporcionó con un nuevo certificado bajo el mismo nombre falso que mi padre me había dado en los primeros documentos falsos. En ese entonces tenía 12 años de edad pero yo estaba maquillada y parecía mucho más grande que mi edad real y así fue como adopté una nueva identidad. Me bajé en la estación que me habían indicado y caminé hacia el bosque, donde encontré una cabina. La cabina era de un Volksdeutsche y su esposa polaca. Les dije que yo era una chica polaca cuyos padres huyeron de Polonia al estallar la guerra y que ahora me quedé huérfana y no tenía lugar para quedarme. Ellos aceptaron que me quedara allí.

Un día al caminar por la zona encontré un convento. Las monjas del lugar eran también enfermeras que cuidaban a los enfermos y empecé a ir allí a diario y a ayudar a las monjas con su trabajo. Fue allí donde me di cuenta que quería ser enfermera. Me vestía como una monja, con una gran cruz de madera colgada de mi cuello y aprendí cómo emular todas sus acciones: Oré, fui a la iglesia, fui a dar confesión, y a través de ellos, aprendí cómo ser auxiliar de enfermería. Así viví siete meses. En la cabina también me enseñaron a montar caballos, hacer las tareas del hogar y batir la mantequilla. Viví la vida de un campesino y de una monja. Después de un tiempo, los dueños de la cabina comenzaron a sospechar que era un impostora y que tenía una conexión con la resistencia polaca. Comprendí que tenía que volverme a escapar. Una mañana, me fui de la cabina como cualquier otro día y en vez de ir al convento, me quité el traje de monja y me vestí con mi ropa vieja. Caminé desde el bosque hasta la estación de tren y con el dinero que me quedaba compré un billete de tren a Varsovia.
La vida en el ghetto de Varsovia

Mi otra tía, la hermana de mi madre, vivía en el gueto de Varsovia. Sabía su dirección y caminé hasta allí. Llegué al lugar hambrienta y exhausta. Finalmente la encontré. Ella me dijo que toda nuestra familia murió y que mi abuelo había sido enviado a Auschwitz. Luego dijo: “Tenemos que sobrevivir, al menos para dar testimonio.” Ella aún no sabía nada de la muerte de mis padres. Después de varios meses allí, logré conectarme con la resistencia polaca. El famoso levantamiento del gueto de Varsovia había comenzado y decidí unirme a la lucha. Me enseñaron cómo usar un arma y participé en un entrenamiento. Fue catastrófico: la lucha en las calles, las casas quemando. Cuando los alemanes llegaron a poner un fin al levantamiento, estaba en camino a visitar algunos heridos que se encontraban en un hospital improvisado. Justo después que me fui, los alemanes capturaron la barricada donde hasta hace unos instantes yo había estado luchando, y así es como me escapé de otra muerte cierta. Los alemanes también capturaron el hospital. Permanecí en el hospital como enfermera. Los alemanes lucharon con los polacos, mientras que los rusos esperaban para entrar en la batalla. El Levantamiento de Varsovia se terminó, y los alemanes bombardearon el gueto, destruyendolo totalmente. Después de eso, mi hospital se trasladó a Cracovia.

La vida en la calle

El hospital fue reubicado a cracovia, en un campo de trabajos forzados. Yo continué trabajando en la clínica como enfermera. Tenía 13 años, pero mentía que tenía 20. La guerra continuaba, todos a mi alrededor eran polacos y estaban bajo la impresión de que yo también era polaca. Nos quedamos allí hasta que Cracovia fue conquistada. Los alemanes y los polacos escaparon y yo me vi forzada a vivir en la calle.

Dormía en las entradas de las casas y comía lo que lograba encontrar en las basuras hasta que encontré una especie de orfanato para niños y adolescentes. Dormía en el suelo y todo lo que tenía era la ropa que llevaba puesta, pero tenía un lugar para alojarme y finalmente otros niños con quien estar.
El escape de Polonia

Hacia el final de la guerra, vivir en las calles era caótico y terrible: personas eran asesinadas por todos lados, golpeadas o violadas. Decidí esconderme y empecé a buscar a otros judíos. Yo no sabía cracovian bien ya que había pasado la mayor parte del tiempo en el hospital dentro del campo de trabajo, pero eso no me detuvo. Me puse a buscar judíos y encontré un par de partisanos que lucharon en el bosque con los rusos. Me dieron una dirección y me dijeron que había una reunión de judíos que planeaban escapar de Polonia. Llegué al lugar de reunión y había mucha gente. Todos estaban en parejas y tríos, pero yo estaba completamente sola. El grupo planeaba llegar a Israel. Miré a mi alrededor y comprendí que había llegado por fin al lugar correcto. Dos días más tarde nos encontramos en la estación de tren antes del amanecer y nos colamos en un camión de carga de animales, y así es como logramos salir de Polonia. Al salir del territorio polaco, abrimos las ventanas y miramos hacia afuera. Por fin, estábamos a salvo. Nuestro destino era Italia. Fuimos en coche por Rumania y Hungría y finalmente llegamos a Italia. Cumplí 15 años al llegar allí. Estuvimos en un campo de refugiados, pero después de un tiempo los italianos desmontaron el campo de refugiados y les dijeron a todos volver a sus respectivos países de origen. Estaba agotada y no podía soportarlo más. Me dije: “Hasta aquí llegue, estoy cansada de huir. Yo no voy a volver a Polonia”. Pesaba 40 kg, estaba gravemente enferma, tenía piojos y estaba en muy mal estado. Un extraño hombre llegó al campamento y buscó a personas de Lvov, Polonia. Al parecer, fue enviado por un hombre que hizo negocios con mi padre. Yo fui evacuada en ambulancia a la casa de una señora, quien me cuido y ayudo a mejorar. Comencé a vivir. Viví un año en Italia.


La Aliyah y el comienzo de la vida en Israel

En Italia, logré comunicarme con mi tía que vivía en Israel, nos mandamos cartas y empecé a planear como llegar a Israel. Conocí a un comandante de una compañía de conductores del ejército británico que se encontraban en la zona. Él era un judío polaco que ya había emigrado a Israel y sugirió que nos casamos ficticiamente para que yo pudiera emigrar a Israel como la esposa de un soldado que vuelve a casa de la guerra. Nos casamos y en 1947 vine a Israel en un barco con todas las esposas de los soldados que fueron liberadas de la guerra. Primero viajamos en un barco a Ismailia, Egipto, y desde allí en tren a Jerusalén. El tren pasó por Rehovot, que era donde vivía mi tía. Yo le había escrito una carta a mi tía y le había dicho que iba a venir a Israel. Finalmente, nos reunimos en la estación de tren de Rehovot. Al principio, me quedé con ella y luego viajé a Jerusalén para ver a mi tío, hermano de mi padre, que también había sobrevivido. Era tan extraño caminar por las calles y estar rodeada por judíos. Cumplí 16 años un mes después que llegue a Israel. Me aclimatice y aprendí hebreo, pero no podía ir a la escuela porque tenía que trabajar para poder mantenerme. Vivía en la Casa de Pioneros en Jerusalén y trabajaba en la sala de pediatría tratando bebés prematuros. Después de un tiempo decidí mudarme a Tel Aviv, donde tuve todo tipo de trabajos.
Alistamiento en el Palmaj, luchar en la Guerra de la Independencia y encontrar el amor

En 1947 estalló la Guerra de la Independencia y yo quería participar en la lucha por mi país. Tuve que ser aceptada en una organización clandestina, porque todavía no existía el ejército israelí. Fui a la oficina de reclutamiento y me alisté en la “Haganá”. Me enviaron a un entrenamiento en el norte de Israel, en Degania. Hice muchas de las cosas que los soldados de las Fuerzas de Defensa hacen en el entrenamiento básico: aprendí el rastreo militar y cómo utilizar un arma. Mientras estaba en el entrenamiento me lesioné y decidieron mis comandantes liberarme de la “Haganá”. Yo no estaba de acuerdo en ser liberada del ejército. Arranqué el documento de liberación y traté de ser reincorporada. Me enteré que el “Palmaj” estaba haciendo reclutamientos y traté de ser aceptada. Me preguntaron cuál era mi profesión y dije que era una enfermera. Me convertí en una enfermera de combate y me mandaron al Negev (sur de Israel). Yo sabía que iba a sobrevivir: ya había pasado por todo en mi corta vida, nada podía desafiarme. Llegamos a Nir-Am, donde estaba la sede del Palmaj. Hice de todo: cocinaba para los soldados, limpiaba, ayudaba a construir las tiendas de campaña y me encargue de los heridos. No le tenía miedo a nada. Estaba tan emocionada de finalmente estar entre judíos. Sentía que todos eran mis hermanos y hermanas.


La guerra continuaba y me convertí en la enfermera de combate la Brigada del Negev. Yo me unía a los soldados en el terreno y me hacía cargo de ellos. Por la noche, ellos volvían del terreno y venían a sentarse conmigo en el hospital, a tomar un café y a descansar. Rápidamente me hice amigo de todos ellos. Un día, un soldado se acercó a mí y me dijo: “Usted tiene que unirse a todos nosotros y venir a esta hoguera que estamos teniendo.” Ese soldado era un conductor de Hummers en el Noveno Batallón. Acepte ir con él. Estábamos sentados alrededor de la hoguera cuando un chico que estaba sentado a mi lado puso su mano en mi plato y tomó de mi comida. Saque su mano de mi plato y comencé a reprenderlo. Le dije: “¿Qué clase de comportamiento es ese? ¿Dónde están tus modales?” Él respondió: “De Tel Aviv, donde nací y crecí”. Con el tiempo, ese ladrón de comida, Akiva, fue la persona con la que me case. Él me cortejó y aunque era mayor que yo, nos llevamos muy bien. Él venía a la clínica y me visitaba constantemente. Los soldados Palmach solían no bañarse y eran descuidados con su apariencia, pero Akiva estaba siempre limpio, afeitado y duchado. Era un hombre tan impresionante. Después de que lo conocí, yo no podía mirar a nadie más. Lo amaba tanto. Lo sigo haciendo, hasta el día de hoy.


Durante la Guerra de la Independencia, la Brigada del Negev fue atacada en numerosas operaciones. Durante una de las operación, camino a Beer Sheva tuvimos que pasar por un lugar llamado Irak Suwaidan. Este lugar estaba bajo el asedio de la policía de Irak Suwaidan y en el pasado, ocho veces intentaron en vano las tropas israelíes conquistarlo. De allí nos fuimos a lo que luego se convertiría en el kibutz Ruchama. Yo sabía que el noveno batallón estaba allí, en el terreno, y fui allí a ver si podía lograr ver a Akiva. Cuando llegué allí no lo reconocí ya que estaba cubierto de hollín y sucio después de varios días de combate. Lo abracé, puse mis brazos alrededor de él y me aseguré de que tenía todos sus miembros intactos. Él regresó a su unidad y yo me quedé en la sede del Palmaj.

Beer Sheva fue conquistada por nuestras fuerzas en una operación larga y, mientras tanto, me contraje neumonía. Akiva vino a visitarme. Se veía muy molesto. Le pregunté: “¿Por qué estás de un humor tan amargo?” Y me dijo: “¡Yo estoy así porque usted está enferma y distraída y su mente está ocupada con otras cosas, pero tenemos que casarnos”. Así es como él me propuso. Los chicos de la Brigada del Negev nos construyeron una pequeña casa hecha de barro sin electricidad ni agua, pero tuvimos un pequeño patio y yo hice cortinas de gasa. Esa fue nuestra primera casa como recién casados. Después del casamiento, mi marido se fue al Curso de Oficiales y yo continué trabajando como una enfermera en la sede de la Brigada del Negev. Me volví a enfermar y él decidió que no podíamos continuar así. Cuando me repuse, me liberaron del ejército. Akiva continuó su servicio y estaba en el servicio de reservistas toda su vida. Participó en cada una de las guerras de Israel hasta su muerte.
La vida en Israel y construyendo una familia


Después de que nos casamos, tuvimos dos hijas, Orly y Tali. Tenía 21 años cuando mi hija mayor, Orly z “l, nació. Fue entonces cuando empecé a tratar de averiguar qué pasó con mis padres. Con el tiempo conocí a un hombre que estaba con mi padre en ese grupo de personas que escaparon de la fábrica a la parte rusa. Fueron capturados por los alemanes y encarcelados. Cavaron un túnel en el suelo y escaparon de la prisión. Mientras huían, alguien los persiguió y gritó: “¡Jude!” (judío en alemán) y mi padre se dio la vuelta. Lo mataron a tiros ahí mismo, en el medio de la calle, en Kiev. Él tenía 41 años cuando murió. Mi madre murió en un campo de trabajo en algún lugar de Alemania. Ella tenía 32 años cuando fue asesinada. Su presencia, caras y valores amorosas nunca me dejan. Crie a mis dos hijas con mi marido, hasta que él falleció de cáncer. Mis dos hijas sirvieron en el ejército israelí, se casaron y tuvieron hijos. Tengo tres nietos, dos de los cuales sirvieron en el ejército y la tercera que actualmente sirve en las FDI, y cuatro bisnietos.



Cuando llegué a este país, toda la gente tenía un mismo sueño: el sueño sionista. Cuando estábamos en el ejército no teníamos rangos, uniformes, zapatos, alimentos, pero teníamos amor por el país y por los demás. Nuestra generación tenía un sueño que se hizo realidad, porque esta es la tierra de leche y miel. Creo que cada soldado de las FDI es un hijo mío de alguna manera, y cada vez que muere un soldado, me entristece profundamente. Esta es mi gente. La juventud aquí es increíble: ellos son nuestro futuro. Aprenden, trabajan, tienen valores tan fuertes y se comportan como seres humanos, con sus amigos, así como con extraños y enemigos.

fuente: IDF

 http://albertobernator.blogspot.co.il/

domingo, 10 de noviembre de 2013

9 al 10 de Noviembre de 1938- la "noche de los cristales rotos" en la ALEMANIA NAZI:SU RESULTADO FUE EL "HOLOCAUSTO", GENOCIDIO DE 6 MILLONES DE JUDIOS ASESINADOS POR LAS BESTIAS PARDAS ALEMANAS Y SUS SECUACES NAZIS Y FASCISTAS EUROPEOS;




















ilustración Arq. Natalio Gueler- Santa Fe-Argentina




La noche de los cristales

rotos, el disparo de salida

del Holocausto



  • Más de un millar de sinagogas ardieron en toda 

  • Alemania, junto a decenas de miles de hogares y de 
  • comercios hebreos.
  • Unos cien judíos fueron asesinados y otros 30.000 
  • fueron encerrados en campos de concentración y 
  • torturados durante meses, perdiendo la vida al menos
  •  otro millar.



El 3 de noviembre de 1938, el joven judío afincado en París, Herschel Grynszpan, recibió una angustiosa carta de su hermana Berta pidiéndole algo de dinero. Los Grynszpan habían sido expulsados de Alemania junto a otros 12.000 judíos de origen polaco y esperaban en la frontera a que su país natal diese el visto bueno a la entrada. 

La carta era escueta y no se prodigaba en detalles, pero Herschel pudo leer en un diario hebreo que los deportados pasaban hambre y calamidades y que empezaban a darse casos de suicidio. El pequeño Herschel – medía 155 centímetros y pesaba 45 kilos –, de 17 años, no tenía dinero con el que socorrer a su familia, pero quedó tan conmocionado que decidió hacer algo, lo que fuese, para denunciar aquella situación. 



Herschel compró una pistola y la mañana del lunes 7 de noviembre fue a visitar al embajador alemán en París. Eludió la vigilancia asegurando que tenía que entregar al embajador un importante documento. Su escasa envergadura restaba peligro a su presencia. Heschel fue enviado al despacho del tercer secretario, Ernst Vom Rath, y cuando este le solicitó la carta, el joven le dijo: “Es usted un sucio alemán y aquí, en nombre de 12.000 judíos, tiene su documento”. 


Después, sacó la pistola y vació el cargador, impactando dos veces sobre el cuerpo del diplomático y dejándole malherido. La prensa alemana narró el suceso con verdadero sensacionalismo recordando cómo once años atrás otro judío polaco, Samuel Schwarzbart, había asesinado en París a un oficial ucraniano en venganza por una matanza de judíos acontecida tras la Primera Guerra Mundial. 


Hitler envió a su médico personal a Francia para ocuparse de Vom Rath y adoptó medidas inmediatas. Primero suspendió todos los diarios y revistas hebreos para dejar aislada a la comunidad y a continuación prohibió a los niños judíos compartir pupitre con los ‘arios’ en las escuelas alemanas. 


El miércoles 9 llegó la noticia de que Vom Rath había fallecido y la cúpula nazi desató entonces la ira del pueblo alemán. 


Aquella “manifestación espontánea”, según palabras de Reynard Heydrich, fue en realidad dirigida por una caterva de ‘camisas pardas’ y seguida por una muchedumbre de alemanes influenciables que el diplomático británico, Sir George Ogilvie Forbes describió así en su informe:


“Percibí de modo especial la actitud de los grupos que seguían a cada banda de merodeadores. No escuché la menor expresión de vergüenza o disgusto, pero a pesar de la absoluta pasividad de muchos de los viandantes sí que me fijé en la inane sonrisa que a menudo traiciona a una conciencia culpable”.


 Entre los atacantes había adolescentes e incluso escolares provistos de bates para destrozar comercios, precozmente adoctrinados para el linchamiento. 


Para la filóloga argentina Graciela Kohan, especialista en la investigación y estudio del holocausto y el antisemitismo, la noche de los cristales rotos fue un auténtico pogromo (linchamiento multitudinario) que sirvió para que muchos alemanes se dieran cuenta de que aquello iba en serio. 


“Algunos judíos dejaron el país desde el ascenso de Hitler hasta la noche de los cristales rotos pero muchos más quisieron hacerlo a partir de entonces. Los judíos se dieron cuenta de que Alemania, el país de la cultura, uno de los más adelantados del mundo, era un lugar de alto riesgo para ellos y que aquello no era una animadversión pasajera”, asegura.


 Para mucha gente – continúa – la ‘kristallnacht’ fue el preludio de lo que iba a venir luego que fue el Holocausto. Más de un millar de sinagogas ardieron aquella noche – algunas con más de 200 años de antigüedad – al igual que decenas de miles de hogares y de comercios hebreos, cuyos escaparates eran sistemáticamente destrozados en una desagradable liturgia que puso nombre a la jornada. 


Los tumultos comenzaron en Berlín pero no hubo pueblo ni aldea que no viese arder su sinagoga o el negocio de algún miembro de su comunidad judía. La Policía no trabajó aquella noche pero sí los bomberos para evitar que el fuego se extendiese por todo el país. 


Goebbels explicó ante la prensa la desidia policial sin pizca de rubor: “No podía ordenar a nuestra policía que disparara contra alemanes porque en el fondo yo mismo simpatizaba con ellos”. Cerca de cien judíos fueron asesinados según los corresponsales de prensa y otros 30.000 fueron encerrados en campos de concentración y torturados durante meses, perdiendo la vida al menos otro millar. 



 Para evitar represalias, Himmler, como jefe de la policía alemana, prohibió a los judíos portar armas bajo pena de 20 años de cárcel. En el colmo del escarnio, el Gobierno obligó a los judíos a pagar de su bolsillo la rehabilitación de las fachadas de sus comercios e incluso tuvieron que abonar una cantidad en concepto de indemnización por el asesinato de Vom Rath.


 “Para Hitler, aquella noche fue un paso previo, una medida para saber cómo iba a reaccionar el mundo ante sus acciones y cómo iban a reaccionar los judíos”, asegura la especialista en investigación sobre el Holocausto, Graciela Kohan.


 La jornada fue seguida de cerca y narrada por centenares de atónitos reporteros, que veían cómo la Alemania de Hitler se despojaba de pronto de su careta. 


El corresponsal de ‘The Times’ fue claro en su crónica: “Ningún propagandista extranjero empeñado en ensombrecer la imagen de Alemania ante el mundo sería capaz de superar la historia de incendios y palizas, de ataques de matones contra gente indefensa e inocente que ayer hizo caer en desgracia a este país”. 


El día 15 de noviembre, el presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt dijo que le parecía increíble que una campaña así contra los judíos se diese “en el vigésimo siglo de la civilización” y llamó a su embajador a consultas hasta que Hitler resolviese con mayor contención el asunto judío. 


El alcalde de Nueva York, Fiorello La Guardia, cuya madre era judía, ordenó en represalia por el vergonzoso comportamiento del gobierno nazi que tres corpulentos judíos custodiasen de forma permanente la embajada alemana y a todos los diplomáticos nazis que por allí transitaban. 


“Sólo hubo movilizaciones en Estados Unidos y Reino Unido, pero los gobiernos fueron en general tibios. Decían que no debían meterse en las políticas internas de un país”, explica Graciela Kohan.


 Ante el desolador panorama que se dibujaba en Alemania con los judíos, Inglaterra y Estados Unidos empezaron a discutir la posibilidad de habilitar un lugar para su refugio, aunque ambos opinaban que el mejor lugar estaba en el territorio del otro.


 Salieron a la palestra lugares exóticos como la Guayana británica, que se descartó por sus inhóspitas selvas, así como Tanganica, Brasil, Uganda o Madagascar, aunque ninguno reunía las condiciones necesarias para un asentamiento masivo y permanente de judíos europeos. 



En medio del debate, el gobierno republicano español, que estaba en plena guerra civil con el ejército sublevado, envió una nota oficial ofreciendo el suelo español como refugio a todos los perseguidos por su origen, opción política o religión, ya fueran católicos, israelitas o protestantes, siempre que deseen trabajar en paz.


“Hitler supo enseguida que nadie se iba a preocupar en serio por el pueblo judío y que él tenía las manos libres para actuar como gustase. Hay una frase de Goering que es muy reveladora. 


Tras la noche de los cristales rotos y la escasa movilización mundial, a pesar de la condena general, afirmó: no me gustaría ser un judío en Alemania a partir de ahora”, concluye la filóloga e investigadora Graciela Kohan.

















Así llegó Hitler al poder hace 80 años

  -Foto: María Torrens Tillack | 


Imágenes cedidas por el Museo


Histórico Alemán de Berlín

fuente: http://noticias.lainformacion.com/mundo/la-noche-de-los-cristales-rotos-el-disparo-de-salida-del-holocausto

sábado, 16 de marzo de 2013

Argentina: Cardenal Jorge Bergoglio ( actual Papa Francisco I) recuerda a Victimas del Holocausto - Asesinados por los alemanes nazis y sus secuaces nazis en los paises ocupados de Europa



SUBIDO EL 14 DE MARZO 2013


 En abril de 1998 el Cardenal Jorge Bergoglio, Primado de la Argentina y Arzobispo de Buenos Aires, ofició en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires una misa en memoria del Cardenal Antonio Quarracino. 

Momentos antes de la misa integrantes y amigos de la Fundación Wallenberg se reunieron junto a la sepultura del ex Primado de Argentina, ubicada a metros del Mural Conmemorativo de las Víctimas del Holocausto. 

 El recordatorio, primer monumento histórico dedicado a los judíos asesinados por el nazismo instalado en un templo católico, fue promovido por Quarracino merced a una idea de la Fundación Wallenberg e inaugurado por el Premio Nobel de la Paz, Lech Walesa, en abril de 1997. En virtud de una carta póstuma del alto prelado el Mural fue traladado en 1998 de su emplazamiento original a la Capilla de la Virgen de Luján, lugar en donde reposan los restos del purpurado. 


 En septiembre de 2004 una réplica del Mural fue inaugurada en la iglesia "Vaterunser" de Berlín. 

Más Información: http://www.raoulwallenberg.net/es/cat...

lunes, 26 de abril de 2010

95º aniversario del genocidio armenio: Argentina es uno de los pocos países que reconoce el genocidio armenio

El 24 de Abril de 1915 comenzó el genocidio de los armenios que vivían en el Imperio Otomano (Turquía). Por cientos y cientos de años el pueblo armenio había vivido allí, en el cruce entre Europa y Asia. De los dos millones y medio de armenios que estaban bajo el domino turco solo sobrevivieron 600 mil y ninguno en Turquía. El Imperio ordenó la expulsión masiva de los armenios. Tenían dos días para salir hacia el desierto. Esto los que no eran fusilados inmediatamente, como les ocurría a todos los que tenían una actividad intelectual, pública o destacada. Pero las caravanas en el desierto eran atacadas y mujeres, niños, ancianos y hombres eran asesinados.

Algunos de los que lograron huir llegaron a la Argentina. Son nuestros compatriotas cuyos apellidos terminan en "ian". Por eso Argentina* es uno de los pocos países que reconoce el genocidio armenio, que lo recuerda, que lo aquilata en la memoria de todos los argentinos. Porque los sobrevivientes del genocidio han construido nuestro país al igual que los exiliados de tantas persecuciones y hambrunas, incluyendo a los sobrevivientes en nuestra propia tierra del genocidio contra los pueblos originarios. Somos un país de sobrevivientes y por eso la memoria del genocidio armenio es nuestra memoria, la de todos y todas.

Pero en su momento la mayoría calló; aún hoy callan. Casi todos. Un genocidio debe incluir la desaparición de la memoria. Unos pocos alzaron las voces entonces, los socialistas alemanes, Eduard Bernstein y Rosa Luxemburgo, el joven socialista italiano, Antonio Gramsci, algunos pocos más.
Desde el INADI delegación Entre Ríos rendimos homenaje a todas la víctimas del genocidio armenio, convencidas de que nuestra sociedad es más democrática cuando más recordamos nuestra pluralidad, cuando más promovemos el respeto por la diversidad, cuando más valoramos el aporte de todos, cuando más protegemos la memoria, cuando afirmamos las ideas de Verdad y Justicia junto a las de Libertad e Igualdad.

* Por disposición de la Ley de la Nacional Nº 26.199, se establece:
El 24 de Abril: Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos -
En conmemoración y para recordar el genocidio racial, religioso y cultural cometido contra la población Armenia Occidental, perteneciente al Imperio Otomano, hace 95 años.



Paraná, 24 de abril de 2010.

Cristina Ponce

Delegada en Entre Ríos del INADI

Gracias por su atenta lectura

jueves, 28 de enero de 2010

La increible historia del cardenal judío de Paris Jean-Marie Lustiger

En Francia había un chiste que decía:
¿En que se parecen el Rabino y el Cardenal de París?
Que el Cardenal tambien habla idish!










El Cardenal Lustiger nació hace 81
años en Polonia. Sus padres judios
tenían una tienda de ropas en París.


Cuando el ejército alemán invadió Francia, sus padres lo enviaron a él y a su hermana, con una familia católica de Orleáns, que los escondieron. La madre fue capturada y enviada al campo de concentración de Auschwitz.

En 1999 como Cardenal de Paris, Lustiger, en el Día del Recordatorio del Holocausto en Francia, tomó parte en leer los nombres de los judíos que fueron deportados y asesinados. Cuando llegó al nombre de Gesele Lustiger, hizo una pausa y con lágrimas en los ojos dijo: "mi madre" El efecto en Francia, en plena epoca de resurgimiento del antisemitismo fue electrizante.

Tenía exactamente 13 años, escondido de los nazis, cuando se convirtió al Catolicismo, no para escapar de ellos, ya que los judíos no podían librarse convirtiéndose, ni tampoco por razones traumáticas. Entre sus más controversiales observaciones, manifestaba "que nací judío y permanezco judío, incluso si esto es inaceptable para muchos".

Para mi, manifestaba, la vocación de Israel es traer luz a los no judíos. Esa es mí esperanza y creo que el cristianismo es el medio para lograrlo.
Un gran número de rabinos consideraban su conversión como una traición.
Especialmente después que tantos judíos europeos apenas escaparon a la extinción.

Cardenal Lustiger replicó, que decir que él "no es más un judío, es lo mismo que negar a mi padre y mi madre, a mi abuelas y abuelos ... Soy tan judío como todos los otros miembros de mi familia que fueron asesinados en Auschwitz y otros campos de concentración."

Él le confesó a un biógrafo suyo, que tuvo una crisis espiritual en los años 1979, provocada por el persistente antisemitismo en Francia. Pensó que había terminado lo que tenía que hacer en Francia y que encontraría nuevos horizontes en Israel . Estudió hebreo y pensó en emigrar. Pero justo en ese momento el Papa lo nombró Obispo de Orleáns.

Él encontró el propósito de ayudar a trabajadores inmigrantes. Luego fue nombrado Cardenal.
Tenia una solida amistad con el Papa Juan Pablo II. Compartían un conservadorismo doctrinario. Peleaban contra del fanatismo, intolerancia y totalitarismo.

Por años el nombre del Cardenal Lustiger estuvo entre los que eran considerados para suceder a Juan Pablo II.
Muchas veces, el Cardenal bromeaba que pocas cosas habrían confundido más a los prejuiciosos que un papa judío.
"A ellos no les gusta admitir
Falleció de cancer el 6 de Agosto de 2007. El funeral del Cardenal Lustiger comenzo en la Catedral de Notre Dame de Paris, con el canto litúrgico del Kadish, la oración judía para los muertos.
Hay paradojas muy profundas en este mundo.
FUENTE:www.anajnu.cl/lustiger.htm
fotos: Caredenal Lustiger(izq) y Cardenal Lustiger y el Rabino Principal de Paris
(derecha).

miércoles, 27 de enero de 2010

Un tranvía hacia el infierno: el Ghetto de Varsovia






Higinio Polo


«Ziffel: -Ser alemán significa ser profundo, se trate de encerar el suelo o de exterminar a los judíos».
-Bertolt Brecht, Diálogos de refugiados.-

El tranvía que llevaba a Muranów indicaba el camino hacia el infierno. Hoy no podemos contemplar aquel tranvía sin estremecernos: está en lo que parece una inocente fotografía de la Europa de entreguerras. Apenas se ven en ella algunos edificios a ambos lados de una calle, y grupos de transeúntes; y el propio carruaje, que ocupa el centro de la imagen.
En la plataforma, junto al tranviario, se ven a tres o cuatro personas: una de ellas lleva una franja de tela cosida en la manga derecha, que intuimos con el símbolo hebreo, y nos miran. Es el tranvía número 61, de Varsovia: lleva en la cubierta un gran círculo con la estrella de David pintada y, bajo los vidrios por los que mira el conductor, un cartel que indica su destino: Muranów. Aquel tranvía atravesaba una calle empedrada, hasta el infierno. Y desde allí, desde el infierno de Muranów, desde el ghetto de la capital polaca, nos llegaron después otras fotografías, que hoy nos muestran las señales febriles del horror y de la muerte.
Heinz Jöst hizo muchas de ellas. Era un soldado alemán que realizó un total de 129 fotografías en el ghetto de Varsovia, un día soleado de septiembre de 1941. Cuando volvió a casa, tras la guerra, a la pequeña localidad de Langelensheim, escondió aquellas placas durante cuarenta años, y un día, pocos meses antes de morir, las entregó. Walter Genewein hizo algo parecido: era el contable alemán del ghetto de Lodz, que los nazis rebautizaron con el nombre de Litzmannstadt, y fijó también en imágenes aquellos años. Genewein estaba orgulloso del alma germana y quería mostrar la forma en que Alemania "civilizaba a una raza de infrahumanos".
Para ello hizo un total de 393 diapositivas en color, las primeras de la época, que tras la derrota nazi en la segunda guerra mundial ocultaría también durante otros cuarenta años, hasta que fueron encontradas en un almacén vienés hace poco más de una década. Las imágenes de ambos nos muestran a Varsovia y Lodz, que fueron los dos mayores ghettos judíos de la Europa dominada por los nazis, allí donde detuvieron su mirada Heinz Jöst y Walter Genewein.
El primero mostraba el horror, el segundo lo ocultaba. Las fotografías de Heinz Jöst empiezan ahora a ser conocidas, y las diapositivas de Genewein han servido como material para la realización de la película Fotógrafo aficionado, del director polaco Dariusz Jablonski.

Han llegado hasta nosotros imágenes parecidas, la mayoría realizadas por los nazis, de modo que vemos los ghettos judíos a través de su mirada, mientras nos asalta la impotencia y la rabia, la incredulidad y el miedo, la tristeza desesperada por el destino de las víctimas, porque sabemos que todo eso ha sucedido. Y, sin embargo, esas fotografías atroces, imprescindibles, eran mentira a veces, como las que parecían recoger la vida normal de las gentes, e trabajo, los talleres, a veces incluso la leve sonrisa de una mujer que paseaba a su bebé en un carrito por las calles del ghetto de Varsovia: parecen mostrar la vida, pero era la vida falsificada por la mirada del enemigo, y por eso algunos no reconocían -mucho después de la guerra- las imágenes que veían.
Como Arnold Mostowicz, superviviente de Lodz, que viendo las diapositivas hechas por el contable Walter Genewein afirmaba que eran escenas del ghetto, pero eran mentiras. Aun así sabemos muchas cosas de los ghettos gracias a personas como Emmanuel Ringelblum, que se esforzaron por documentar clandestinamente aquel infierno de Muranów al que se podía llegar en tranvía.
Ringelblum pudo enterrar entre las ruinas del ghetto de Varsovia los archivos que fue reuniendo a riesgo de su vida, junto con sus colaboradores, antes de ser asesinado por la Gestapo en 1944, mientras los propios nazis documentaban también la vida de los ghettos judíos en Polonia. Sabemos muchas cosas por ellos, y también por la mirada del enemigo.

Las fotografías del soldado Heinz Jöst hablan del infierno. Las diapositivas del contable Walter Genewein lo ocultan, pero sin saberlo él mismo mostraba los signos del horror cuando se quejaba ante la casa Agfa de que en las diapositivas que le suministraban aparecían extrañas manchas del color de la sangre. También hablaba del infierno Antoni Szymanowski, un obrero que no era judío y que podía entrar en el ghetto de Varsovia porque trabajaba en una empresa situada allí. Y lo hacen los diarios de Emmanuel Ringelblum -los Escritos del ghetto-, que fueron enterrados entre las ruinas del barrio judío para advertencia futura de la humanidad.
O las páginas de Hersch Berlinski, que moriría en la insurrección de Varsovia, un año después de la destrucción del ghetto. O los diarios de Aurelia Wylezynska, muerta también durante el levantamiento de Varsovia, y que comparaba la Somosierra española, Stalingrado y la calle Nalewki del ghetto. También hablan del infierno las palabras de Cyvia Lubetkin, que formaba parte de la dirección de la resistencia judía, escritas después de la guerra. O las que escribió Jan Karski, un correo de los partisanos polacos, que entró clandestinamente en el ghetto varsoviano para ver el horror y poder informar después al mundo, aunque sus palabras apenas fueron escuchadas en Londres.
Y las líneas de Jerzy Andrzejewski, escritas tras haber visto a grupos de polacos jaleando a los nazis que atacaban el barrio judío. También hablan del infierno las palabras de los propios nazis: las del general de las SS Jürgen Stroop, conquistador del ghetto de Varsovia; y las del propio Goebbels, ministro de la propaganda, anotadas en su diario. Todos hablaban del infierno. Un infierno al que se podía ir en tranvía.

Polonia es el país de la memoria. Y de los cementerios judíos. Porque los edificios, las calles, las huellas y hasta el rumor de las tiendas y las sinagogas, todo fue destruido. Parecería que el capitalismo germano, encaramado en la sombría máquina de guerra nazi, tuviese ya fantasmas perturbados, premuras calculadas rondando el cuerpo de Varsovia cuando Hitler clamaba por Danzig: sólo eso explica la crueldad con que asestaron las cuchilladas de fuego a la ciudad del Vístula, y el rostro devastado de la amarga Varsovia de 1945.
Ninguna capital europea conoció una destrucción semejante. Allí vivía la mayor comunidad judía de Europa. Los alemanes destruyeron la ciudad con saña: primero en los combates de septiembre de 1939, en los que murieron más de cincuenta mil personas y una parte de la ciudad fue reducida a ruinas. Después, en el corazón de sus calles, cuando lanzaron la operación de destrucción del ghetto, en 1943.
Finalmente, tras el verano siguiente, en agosto de 1944, cuando la arrasaron después de la insurrección de la ciudad, destruyendo metódicamente todos los barrios, con la eficacia insomne del odio. Dejaron tras de sí enormes baldíos de escombros y muerte. Cuando llegó el Ejército Rojo, la visión del soldado soviético fue testigo del rencor minucioso hacia Varsovia: sólo encontraron un gigantesco campo de ruinas. Sobre ellas se levantaría de nuevo la vida. La ciudad fue reconstruida pacientemente, aunque tras la guerra -durante años- los sueños varsovianos convivirían con montañas de cascotes desolados, más perturbadores incluso que en Berlín. Después, los cuadros del Canaletto servirían para reconstruir el Rynek y las calles del casco viejo: el arte acudía en ayuda de la vida.

En aquella urbe en ruinas ya no quedaban judíos. En vísperas de la segunda guerra mundial vivían en Polonia más de tres millones de hebreos: eran polacos, y representaban más de la décima parte de la población. No eran demasiado queridos por una parte de los eslavos, hasta el punto de que el mariscal Rydz-Smigly -sucesor de hecho del dictador Pilsudski- decidió en 1938 confirmar la ciudadanía de los polacos que vivían en el extranjero. Era una trampa destinada a los judíos: los residentes en otros países debían acudir a las embajadas para hacer constar su deseo de continuar con la nacionalidad polaca, pero a los judíos se les negaba esa posibilidad en las legaciones.
Rydz-Smigly, que los empujaba a la condición de apátridas, era un intérprete del viejo antisemitismo eslavo, y fue el inspector general del ejército polaco que tuvo que afrontar la derrota ante la Wehrmacht, en 1939. Después, desapareció. La historia se vengaría del mariscal; dicen que murió en la insurrección de Varsovia en 1944, igual que los judíos que despreciaba y que habían luchado en el ghetto por su dignidad y por la de Polonia. Fue también una víctima, pero había sido quien impulsó aquella ignominia contra los judíos.

Cuando el gobierno del mariscal Rydz-Smigly decidía aquellas infamias, el régimen nazi estaba tomando también disposiciones para expulsar a los judíos polacos del territorio del Reich. A finales de octubre de 1938 la Gestapo trasladó en vagones de ganado a miles de judíos y los abandonó en la frontera polaca: el gobierno de Varsovia tampoco los quería, y les negaba la entrada en el país. Mientras tanto, otros hechos iban a desarrollarse.
El 5 de noviembre, en París, un joven judío llamado Herschel Grynzpan -al que le habían llegado noticias de la deportación de sus padres- mató a Ernst von Rath, funcionario de la embajada alemana, y los acontecimientos se desencadenaron. El partido nazi, el NSDAP, inició bajo las órdenes de Goebbels una histérica campaña que culminó la noche del 9 de noviembre con el asalto por toda Alemania de centenares de comercios judíos y el incendio de las sinagogas. Era la noche de los cristales rotos, la Kristallnacht. A partir de ese momento miles de judíos fueron enviados en el Reich a los campos de concentración.

Después llegó la guerra, y, en septiembre de 1939, la ocupación de Varsovia por la Wehrmacht. En octubre, Hans Frank encabeza el Gobierno general de Polonia creado por los nazis, y a finales de año todos los judíos polacos son forzados a llevar en la manga derecha una estrella de David. Poco después, en los primeros meses de 1940, se crean los ghettos: el de Lodz, en febrero; el de Varsovia en octubre del mismo año, aunque ya estaban preparándolo desde principios de año, según órdenes de Ludwig Fischer, gobernador de la capital. El ghetto de Lodz llegó a tener ciento setenta mil judíos, y en Varsovia más de
Desde la creación del ghetto en Varsovia las condiciones de vida en su interior son inhumanas. Más de cinco mil muertos cada mes lo atestiguan. El tifus se apodera del barrio cercado ya en 1941, y, pese a que llegan nuevos deportados, las autoridades nazis reducen su superficie construyendo nuevas tapias. Así, levantan otro muro a lo largo de la calle Leszno, incorporando al resto de la ciudad de Varsovia las manzanas de casas situadas al sur que iban hasta la calle Zlota, en las cercanías de la estación de ferrocarril.
La calle Krochmalna, por ejemplo, en la que Isaac Bashevis Singer situó al narrador de su novela Shosha, y el mercado de la Hala Mirowska, quedan fuera del ghetto. Dentro, miles de obreros son obligados a trabajar en condiciones de esclavitud, recibiendo sopa por salario, a principios de 1943, mientras otros trabajadores son conducidos a talleres situados fuera del ghetto, diariamente. Porque esa es una de las funciones que cumplen: los ghettos son un excelente negocio para los industriales alemanes.
El contable Genewein lo reflejaba en sus estadillos, y personajes como Rumkowski -el presidente del Judenrat de Lodz- confiaban en esa circunstancia para prolongar así su existencia y la de sus habitantes. En Varsovia, empresas como los talleres Toebens, o la casa Schultz, y otras, emplean a miles de trabajadores judíos en condiciones de esclavitud. Eran los esclavos del ghetto, decenas de miles de seres humanos forzados a trabajar en la máquina de guerra de sus verdugos.

Desde el principio tres plagas se apoderan de los ghettos: el hacinamiento, el hambre y las enfermedades. Casi medio millón de personas son obligadas en Varsovia a vivir en apenas cuatro kilómetros cuadrados, y esa circunstancia hizo que en cada habitación, de cada casa, de cada calle, vivieran diez o doce personas. Miles de mendigos llenan las aceras: son personas que lo han perdido todo y no pueden trabajar, y son centenares los niños abandonados que vagan por las calles porque sus padres han muerto. El tifus, la gripe, y otras enfermedades hacen estragos, y los piojos se apoderan de los que ya no pueden resistir.
Arnold Mostowicz, el superviviente del ghetto de Lodz que aparece en la película documental de Dariusz Jablonski, cuenta que como médico que era visitaba a personas enfermas y que nunca podrá olvidar una escena que le sigue persiguiendo: tenía que ir a atender a una joven mujer enferma. Cuando llegó a la casa ya había muerto, así como uno de sus hijos pequeños: Mostowicz ya no podía hacer nada, pero le paralizó el horror viendo -literalmente- que se movía la cama en la que reposaba el cadáver: estaba en medio de un mar de piojos.
Escenas similares tenían lugar en el ghetto de Varsovia, mientras la retórica nazi exaltaba al hombre ario y el mero contacto con las personas "ajenas a la comunidad" era considerado un delito contra la raza. Casi 85.000 personas murieron por efecto del hambre y de las enfermedades en el ghetto de Varsovia, antes de que el resto fueran enviados al campo de exterminio de Treblinka. Al principio, entre sus muros, existían incluso tiendas y algunos restaurantes, pero no se podían comprar alimentos: no había.
Ringelblum dejó escrito en sus notas que en algunos lugares en los que se concentraban personas especialmente pobres, como en la calle Wolynska, familias enteras morían de hambre. Cada día, al despuntar el alba, los enterradores se aprestaban a dejar en la fosa común los cadáveres recogidos la jornada anterior. Eran las escenas diarias del horror, la vida y la muerte en el infierno. La escasez de alimentos que entregaban los alemanes explica las terribles estampas de personas que mueren de hambre en las calles, o en el interior de las casas, aunque los nazis no dudaron en mostrar imágenes de algunos restaurantes que existían en el ghetto como prueba de que eran falsas las noticias que circulaban sobre la vida de espanto que llevaban los encerrados, e incluso llegaron a rodar escenas en las que aparecían el jefe del Judenrat, Adam Czerniaków, y otras personas en lujosos banquetes: habían sido forzados a rodarlas por los propios nazis.
Sigue encogiendo el corazón saber que, en esas condiciones inhumanas, las diversas organizaciones judías resisten: incluso organizan la vida, y dedican sus esfuerzos y su atención a la ciencia y a la cultura, con personas esforzándose en la edición de prensa clandestina, o con otras que -sabiendo que el futuro no existía- volcaban su energía en la creación de una biblioteca infantil o hacían del conocimiento una trinchera, como las que idearon y llevaron a cabo incluso investigaciones científicas sobre el hambre que asolaba las calles del barrio judío.
Una de ellas la dirigió el doctor Israel Milejkowski, que la víspera de su muerte en el ghetto, ya terminado el trabajo científico realizado en aquellas increíbles condiciones, escribía: "con la pluma en los dedos, siento la muerte deslizarse en mi habitación..." El ghetto de Varsovia era ya el infierno, pero lo peor todavía estaba por llegar.
El 20 de enero de 1942 se celebra la Conferencia de Wannsee. Reinhard
Heydrich, el jefe de la RSHA -el servicio de seguridad del Reich- tiene un papel central en ella: los reunidos llevan a sus últimas consecuencias el biologismo político presente en el cuerpo doctrinal del NSDAP y la lógica del nazismo como movimiento, y se decide la "solución final". Su aplicación será inmediata, aunque Heydrich no llegaría a verla: moriría ajusticiado por la resistencia checoslovaca a principios de junio del mismo año: Lídice sería arrasada por el ejército alemán como represalia.
La RSHA pasaría a estar controlada por Ernst Kaltenbrunnen, y por Heinrich Müller -el hombre que era el superior inmediato de Eichmann y de quien el propio Rudolf Hoess, comandante de Auschwitz, dijo que era de "una frialdad de hielo"- y puesto en marcha el programa de exterminio decidido en la Conferencia de Wannsee.

El desarrollo del plan se cumple metódicamente en todo los territorios dominados por Hitler. Así, el 22 de julio de 1942 los nazis inician la operación para liquidar el ghetto de Varsovia: engañan a la población simulando un simple traslado, y con el señuelo de que los que se presenten voluntarios recibirán tres kilos de pan. Además, llevan a cabo razzias, detienen arbitrariamente en las calles, y concentran a miles de personas cada día en la vía muerta de la Umschlagplatz del ghetto y desde allí envían a los judíos a Treblinka, mientras los ucranianos y letones que colaboran con los alemanes disparan contra la multitud para mantener el orden.
La deportación es implacable: a mediados de agosto 70.000 personas han sido enviadas a Treblinka y exterminadas, y en septiembre han conseguido enviar a los campos de exterminio a trescientos mil habitantes del ghetto; aunque unas cincuenta mil personas más permanecen en él. En septiembre, los trenes de la muerte transportaban desde Varsovia hacia Treblinka entre cinco y siete mil personas diariamente. Hoy se calcula que 265.000 personas del ghetto de Varsovia fueron convertidas en humo en Treblinka.

En aquel infierno reinaba el tifus, que se había extendido por el ghetto de Varsovia desde finales de 1941. Escasas personas podían comprar las medicinas para combatir la enfermedad: costaban mucho dinero, que nadie poseía. Y se desbordaban los piojos.
Y el hambre aniquilaba los últimos vestigios de dignidad. La crueldad nazi llega al extremo de que el ministro Alfred Rosenberg anota -después de haber visitado el ghetto de Varsovia- que "la visión en masa de esta raza que se halla en estado de decadencia, de descomposición, de pudrirse hasta la médula, arrancará cualquier humanitarismo sentimental." Habían obligado a los habitantes del ghetto a vivir reducidos a la condición de bestias, y Rosenberg hacía responsables a los judíos de su estado.
Esa constatación insoportable del infierno, junto con la convicción de que se había llegado al límite del horror y de que muchos -demasiados- habían asistido pasivamente al exterminio de los judíos polacos se convirtió en una tortura que hasta impedía la vida: Szmul Zygelbojm, un destacado miembro del Bund judío, que había llegado a Londres clandestinamente, se suicidó en mayo de 1943 para llamar la atención del mundo sobre el holocausto que se estaba llevando a cabo y para lanzar un grito de protesta que se convirtiera en una acusación por la pasividad de tantos: su muerte sigue siendo un incómodo recuerdo contra los que creían -y creen- que nada podía hacerse.

En el verano de 1942 algunos judíos del ghetto entran en contacto con la resistencia polaca, para pedir armas. A finales de año los distintos grupos judíos -comunistas, socialistas, sionistas- han confluido creando la OJC, Organización Judía de Combate: están dispuestos a resistir, y los contactos clandestinos con el exterior muestran que muchos valientes jóvenes están incluso decididos a volver a Varsovia, al interior del ghetto, para morir en él, luchando.
Empiezan a conseguir armas y dinamita, trabajosamente, y a introducirlas en el ghetto, a través de algunas lugares secretos, como el agujero practicado en la calle Bonifraterska, o a través de la fábrica situada en la calle Okopowa, al lado del cementerio judío de la ciudad, y sobre todo en la entrada al ghetto de la plaza Parysowski, en la que la resistencia había conseguido sobornar a los guardias polacos, y también por el túnel excavado en la calle Muranowska, que pasaba al otro lado, a la zona de Varsovia no encarcelada entre muros.
Se habían mantenido además las rutas de las cloacas, que conocían pocas personas y que sirvieron al principio para las redes del mercado negro, y en los días de los combates para intentar escapar hacia el exterior.
En esas fechas los judíos habían llegado a la conclusión de que todo el ghetto sería exterminado, y preferían morir dentro luchando que exponerse a la deportación. Pero la obtención de armas es dificultosa, cuestión agravada por la desconfianza de la resistencia ante las demandas de armas procedentes del ghetto: en algunos informes dirigidos al moderado gobierno polaco de Londres las redes clandestinas consignan las peticiones y el hecho de que algunos de los que solicitan las armas desde el ghetto son comunistas.
Serán pocas las conseguidas finalmente: algunas pistolas, granadas y dinamita, a las que se añadirán las que arrebatarán a las Waffen-SS en el curso de los combates.

El 18 de enero de 1943 los alemanes inician lo que creen será el ataque final. Prosiguen con las deportaciones, y fusilan en el mismo ghetto a los enfermos que no pueden trasladarse. De inmediato, los grupos de judíos atacan y los enfrentamientos se suceden durante cuatro días. Los germanos encuentran una dura resistencia: los combatientes se desplazan por los edificios, aprovechando los desvanes y los tejados. En la calle Dzika atacan a las Waffen-SS por sorpresa y se produce una desbandada: la población que aún permanece en el ghetto empieza a abandonar la resignación.
El 21 de enero, el mando alemán decide no arriesgar la vida de sus soldados en luchas por las calles y empieza a volar con explosivos los edificios en los que se concentran los grupos de judíos armados: éstos saben que nadie podrá salvar la vida: sólo quieren salvar la dignidad. El desafío es inesperado, aunque la jerarquía nazi es consciente de su importancia: el propio Himmler visita el ghetto en enero de 1943. Las fábricas del interior empiezan a ser trasladadas hacia Lublin, y los industriales alemanes -que cuentan con importantes fábricas allí- intentan persuadir a los obreros para que accedan a trasladarse voluntariamente a otros lugares.
Pero la inesperada y dura resistencia lleva al alto mando alemán a aplazar momentáneamente la destrucción final del ghetto.
Los resistentes del ghetto llevan a cabo tácticas de guerrilla urbana y se mueven de un edificio a otro atravesando los tejados, los desvanes, los sótanos, los albañales: es un combate para el que las Waffen-SS no están preparadas. Cuando se hace evidente para los judíos que han conseguido detener el plan de exterminio, cuestión que consideran en sí misma una victoria, prosiguen los intentos para conseguir armas: llegan desde el exterior unas cincuenta pistolas, y explosivos, y empiezan a preparar botellas incendiarias.
Después, en contacto con la resistencia polaca, entrarán más armas. La vida, en condiciones precarias y terribles, continúa: el Judenrat o Consejo Judío sigue desarrollando sus actividades, y la OJC organiza incluso una pequeña prisión dentro del ghetto, ejecuta a los judíos colaboracionistas y distribuye panfletos explicando los motivos de sus acciones. Algunos miembros de las SS son ejecutados, y las represalias nazis se suceden: fusilan a los habitantes de cualquier edificio en la misma calle.
La OJC ha conseguido encuadrar a setecientos combatientes, y otro grupo, la AMJ, consigue organizar a cuatrocientas personas más. El 19 de abril de 1943 estalla la insurrección del ghetto. Mordechaj Anielewicz es el principal dirigente de los grupos de resistentes judíos, hombres y mujeres jóvenes, dispuestos a todo, que saben -sin retórica- que sólo les espera la muerte. Los dirigentes del Judenrat estaban ya desbordados, y eran personajes como Wielikowski, Lichtenbaum, Sztolcman, personajes que, aunque no lo pretendiesen, eran
colaboradores de hecho en el programa de exterminio nazi. Había muerto meses antes el anterior presidente del ghetto de Varsovia, Adam Czerniaków, que prefirió suicidarse con cianuro al otro día del inicio de la deportación masiva antes que firmar la entrega de las siete mil personas que le exigían las SS. Su actitud muestra un notable contraste con sus sucesores, o con Chaim Rumkowski, el presidente del Judenrat de Lodz, que colaboraba con los nazis en el gobierno del ghetto, y que lo haría hasta el final, lo que no impediría su propia muerte en Auschwitz.
Primo Levi, que se encontró a la vuelta del infierno con una moneda de diez marcos del ghetto de Litzmannstadt-Lodz perdida en sus bolsillos, nos ha trazado un revelador retrato de Rumkowski en un texto que tituló El rey de los judíos.

Para responder al desafío de los combatientes el mando nazi concentra tropas, artillería, y los muros que encierran el ghetto son rodeados. Comienzan los combates por diferentes calles, y decenas de alemanes mueren. La población de Varsovia asiste expectante a lo que ocurre entre los muros del corazón de la ciudad. Jerzy Andrzejewski, el autor de Cenizas y diamantes, nos dejó descritas escenas en las que grupos numerosos de varsovianos se agolpan ante las entradas al ghetto para seguir el ataque alemán, algunos sin mostrar el menor aprecio por los judíos.
La abyecta sumisión al poderoso y el miserable desprecio hacia el sufrimiento de los judíos se habían apoderado de una parte de los varsovianos, de manera que en la actitud y las emociones de las Waffen-SS y de los espectadores confluían el biologismo político del programa nazi y el viejo antisemitismo polaco.


Los combates en las calles, entre los edificios, la lluvia de obuses de artillería que lanzan los alemanes, convierten diferentes zonas del ghetto en una confusión de ruinas y de incendios. Utilizan lanzallamas para incendiar todavía más el barrio, que arde desde los primeros días de combates, y los informes del general Jürgen Stroop, que manda las tropas nazis, recogen que "familias enteras se arrojan por las ventanas de los edificios incendiados".
El 6 de mayo Stroop apunta que en varias casas incendiadas han detenido a más de mil quinientos judíos, y que 356 han muerto en los combates con sus soldados. Éstos recurren a los explosivos para volar los refugios y los subterráneos, pero Stroop sabe -y lo dice en sus informes- que la mejor arma contra los judíos es el fuego. Cuatro días después apunta que han muerto otros 319 bandidos.
Los combatientes se ocultan en sótanos, en pasadizos, y atacan cuando pueden. Su resolución es tan firme que por la noche, tras los combates, los alemanes abandonan el ghetto.
Algunos grupos de la resistencia polaca intentan abrir brechas en el muro, desde el exterior, para ayudar a los judíos, mientras que otros atacan a los soldados, pero la diferencia de fuerzas es demasiado grande. El 8 de mayo, después de veinte días de combates las calles que componen el ghetto son un conjunto de ruinas y de edificios destripados, en los que los grupos de insurrectos mueren abrasados o tienen que refugiarse a veces en sótanos en los que se acumulan los cadáveres, que están siendo devorados por las ratas. El ghetto de Varsovia es en ese momento un infierno sin salida.

Los alemanes se retiran, y deciden destruirlo por completo. "Nunca olvidaré la noche que incendiaron el ghetto", escribió después Cyvia Lubetkin. Mientras las llamas se apoderan por completo de las calles de la ciudad encerrada entre muros, grupos de bomberos vigilan para que el fuego no supere los límites del ghetto, al tiempo que los supervivientes se internan en los laberintos de las cloacas y muchos mueren allí, perdidos entre la oscuridad y la mugre.
El día 7 de mayo ha muerto combatiendo Mordechaj Anielewicz. Algunas decenas de personas permanecen agazapados en las alcantarillas y en los sótanos, sin alimento, sin agua, con los labios convertidos en esparto: unas pocas podrán salvarse todavía gracias a un camión de la resistencia que espera camuflado en una alcantarilla fuera del ghetto: entre ellos estaba Marek Edelman, uno de los dirigentes de la insurrección.
Otros intentan escapar entre la red pestilente de las cloacas: allí morirán muchos. Otros optan por el suicidio, para no caer en manos de los nazis, y se ven forzados a matarse unos a otros. Los que sobrevivan, sabrán que es para contarle al mundo el infierno del ghetto. El 16 de mayo Jürgen Stroop declara que la resistencia ha cesado: para celebrarlo vuelan con explosivos la sinagoga de la calle Tlomacka. Pero aún seguirán durante algunos días los tiroteos aislados, mientras grupos de colaboracionistas polacos -algunos adolescentes- participan en la caza del judío en el resto de la ciudad.
El ghetto de Varsovia es ya un montón de ruinas humeantes, un monumento a la barbarie. El infierno que anunciaba el tranvía a Muranów. Aún así algunos grupos de combatientes permanecerán entre los cascotes y los subterráneos durante varios meses más. Después, en agosto de 1944, estalla la insurrección general de Varsovia, y en enero de 1945 los soldados soviéticos liberan la ciudad.

Los insurrectos de Varsovia sabían que con su actitud hacían posible el regreso del ser humano a la dignidad. Hoy, la visión de las fotografías del ghetto, a más de medio siglo de distancia, continúa siendo insoportable. Tal vez por eso Günter Grass utiliza a un fotógrafo nazi, que dispara su cámara en el ghetto y que fotografía al niño judío con gorra de visera que alza los brazos en señal de rendición, para ilustrar el capítulo correspondiente a 1943 de Mi siglo. El ghetto de Varsovia se convierte en un símbolo, en la constatación de que la resistencia no sólo era posible sino imprescindible.
Arnold Mostowicz, superviviente del ghetto de Lodz, confiesa en el documental de Jablonski que muchos judíos no sabían, no querían saber, que estaban en el infierno, como no querían saber que los deportados iban a encontrarse con la muerte: aunque viesen después sus ropas. Nosotros sí lo sabemos, como lo sabía el pulcro contable Genewein -que moriría como un ciudadano respetable en su Salzburgo natal muchos años después de la guerra- cuando fotografiaba con eficacia germánica la vida en el infierno de Lodz y disparó su diapositiva número 170: en ella se ven a los grupos de niños menores de diez años que sonríen, ignorantes de su destino: habían sido ya seleccionados y estaban a punto de ser enviados al campo de exterminio de Chelmno para morir gaseados.
Aquella diapositiva atroz tomada por Genewein recoge sus últimas sonrisas.
Pero, más allá del dolor y la denuncia, no hay que olvidar que el proyecto hitleriano, con sus ideas de pureza racial y su apuesta modernizadora, que incluía la expansión hacia los territorios de los pueblos inferiores eslavos, era en esencia una propuesta de reconstrucción del capitalismo alemán tras la doble crisis de las demandas democráticas posteriores a la gran guerra y de la revolución obrera en Europa.
En ese marco cobró una especial relevancia la solución final diseñada para exterminar a los judíos, pero también otros estaban en el punto de mira: desde los rusos envueltos en el bolchevismo, como lo muestra el trágico final de miles de prisioneros soviéticos en Auschwitz, hasta las naciones que debían estar subordinadas a la gran Alemania. El ghetto de Varsovia reunía algunos aspectos de todo ello, y era además un excelente negocio para los industriales alemanes, como lo fueron los campos de exterminio, en los que se produjo un "saqueo masivo de los bienes" de los prisioneros, según la fórmula utilizada por el Tribunal Supremo Polaco en las sentencias condenatorias a destacados criminales de guerra después de 1945.

Los nazis llevaban una precisa contabilidad de la muerte, y algo de esa fría memoria recogida en estadillos está también en las fotografías que han llegado hasta nosotros. No sé si el soldado alemán Heinz Jöst fotografíó la calle Mila: allí, en el número 18, estaba el cuartel general de la Organización Judía de Combate. O si disparó su cámara en la calle Wolynska, la vía de los pobres entre los pobres. O si lo hizo en la calle Muranowska, justo al lado, en la que estaba el túnel clandestino que comunicaba con el exterior del ghetto: apenas unos pocos judíos pudieron escapar por él.
Aterra todavía pensar que mientras Jöst o Genewein guardaban las imágenes de los ghettos y Varsovia era un campo de ruinas muchos nazis huían, como el siniestro Heinrich Müller, o como Mengele, o Martin Bormann o Alois Brunner. Aunque algunos no pudieron soportar el recuerdo del crimen, como Hermann Höfle, un mando de las SS que iba al ghetto de Varsovia para recoger niños judíos y que, con sus soldados, disparaba a sangre fría a los que huían. Höfle no pudo después soportar tantos años de mentiras. El recuerdo del ghetto le perseguía y se suicidó en Viena en 1962, cerca de la ciudad en la que vivía tranquilo el contable Genewein.

Si Lady Macbeth reprochaba a su marido en el castillo de Inverness que su ambición no poseía "el instinto del mal", no podemos decir lo mismo de los fríos y eficaces servidores de la solución final: pero la maquinaria nazi de la muerte tenía también racionalidad económica, y no estaba sólo al servicio de la ambición sino de un proyecto político que había conseguido el apoyo del capitalismo germano.
El nazismo no fue la locura de un megalómano que había seducido al pueblo alemán, sino la aplicación consciente de una ideología que consideraba obvia la existencia de seres humanos inferiores y que, en consecuencia, defendía la radical desigualdad entre personas y grupos nacionales. Los judíos como grupo étnico, si es que podemos hablar en esos términos, se convirtieron en las víctimas -el grupo más importante, pero no el único- de un proyecto de sociedad racial que estaba en el corazón del fascismo alemán y europeo, y en el que eslavos y gitanos eran también candidatos al exterminio.


Los combatientes judíos del ghetto de Varsovia que se rebelaron contra ese proyecto criminal habían acuñado una consigna: "¡Vivir con dignidad y morir con dignidad!" Hoy apenas quedan supervivientes: hace pocos años, uno de ellos, Marek Edelman, lo repetía de nuevo y decía que la insurrección del ghetto fue "contra la muerte en la humillación". Yorek Plomsky, es uno de los últimos testigos, y lo sigue diciendo.
Para recordarlo, en aquella ciudad en la que ya no quedaban tranvías, construyeron después de la guerra un monumento dedicado a los héroes del ghetto, esculpido por Natan Rappaport, ante el que se arrodilló el canciller alemán Willy Brandt en noviembre de 1970 para simbolizar así a la Alemania arrepentida ante la tumba de las víctimas. Dicen en la capital polaca que la humedad constante que surge de los bloques de granito son las lágrimas de los judíos del ghetto.

El ghetto fue arrasado por completo, y la propia Varsovia sufrió después el mismo destino. Nos quedan los recuerdos exhaustos de los supervivientes, la dignidad y la rebeldía del ghetto, y las fotografías del horror: hay algunas que nos muestran a personas que se arrastran, y que ya no pueden ni masticar alimentos, si los tuvieran, por su estado de debilidad general. Todas son terribles, y algunas son insoportables: las de las fosas comunes, o las de los niños muertos en las aceras.
O la fotografía que muestra el lento paso del niño judío, cubierto con su pequeña gorra y con los brazos en alto, con el miedo asomando en sus ojos, observado por los soldados nazis. O la que nos muestra apenas el rostro de otro niño, que arrastra un carro con cadáveres. O la fotografía que ha detenido el gesto y la mirada de tristeza y desesperanza del violinista judío que pide alguna ayuda: está allí ante nosotros, envuelto en unas pobres ropas que no alcanzan a ocultar su extrema delgadez, y va a arrancar unas notas del violín, mientras nos mira, porque nos mirará siempre, para que no olvidemos nunca que ellos estaban allí, en el infierno.

FUENTE: publicado en El Viejo Topo (España, abril del 2000)