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jueves, 19 de noviembre de 2015

La Historia a través de los ojos de un superviviente del Holocausto: Rina Perla Zakay

Rina Perla Zakay tenía tan sólo diez años cuando la Segunda Guerra Mundial estalló y la vida que conocía terminó abruptamente. Después de la guerra, emigró a Israel sóla y luchó por la independencia del Estado de Israel. Formó una familia y 70 años después del Holocausto, es la orgullosa abuela de tres nietos que sirven en el ejército israelí.

En honor al Día del Recuerdo del Holocausto nos cuenta su conmovedora historia de valentía y supervivencia.

Mi nombre es Rina Perla Zakay. Tengo 86 años. Nací el 5 de agosto de 1929 en Lvov, entonces parte de Polonia y hoy es parte de Ucrania. Mis padres eran jóvenes cuando nací y era hija única. Mi padre, Asher Fisch, era un peletero como toda su familia y era dueño, junto con su hermano, de las dos tiendas más grandes de piel en Polonia y los dos hermanos tenían buenas relaciones comerciales internacionales. Mi madre, Bronia, me tuvo cuando tenía 21 años y dedicó su vida a mí. Las mujeres de su clase tenían la costumbre de contratar niñeras para cuidar a sus hijos, pero mi madre, que me adoraba, no dejaba que nadie me cuide. Mis padres eran gente intelectual, inteligentes y muy musicales. Mi padre tocaba el violín y mi madre tocaba el piano. Vivíamos en un edificio de dos pisos con mi tío, su esposa y sus hijos, mis primos, que tenían edades cercanas a la mía. Tengo gratos recuerdos de jugar con ellos, aprender a andar en bicicleta con ellos, y de estar constantemente rodeado por mi familia.

Fui a una reconocida escuela en Polonia, el Gymnasium Hebreo, donde estudiaban niños desde el preescolar hasta la escuela secundaria. Esta escuela era sólo para niños judíos, así que la mayoría de los amigos que tenía eran judíos. Allí aprendí hebreo, celebré fiestas judías y canté canciones judías.


Mis padres eran muy sionista e inculcaron ese valor en mí. El país estaba todavía muy lejos su establecimiento, pero anhelaba y planeaba ya desde chiquita emigrar al asentamiento judío en Palestina.

En mi niñez, no estaba expuesta a muchos actos de antisemitismo ya que vivía una vida privilegiada. Mi familia se integró muy bien en la sociedad polaca. Mi padre hizo varios negocios con la aristocracia polaca y estábamos financieramente seguros y es por eso que cuando empezamos a oír rumores de la invasión alemana no nos importó. No teníamos planes de huir de Polonia, nos sentimos seguros y sentíamos que verdaderamente pertenecíamos.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial

Yo tenía sólo diez años de edad cuando estalló la guerra el 1 de septiembre de 1939. Inicialmente, para mí, la guerra fue sólo una pelea entre los rusos y los alemanes. Pero los rusos conquistaron Lvov y la vida que yo conocía se terminó para siempre. Nos echaron de nuestra casa y se apoderaron de todo lo que teníamos: las dos tiendas de mi familia y nuestra propiedad. Nos mudamos a un apartamento más pequeño cerca de la familia de mi madre. Luego, los rusos arrestaron a mi abuelo y él fue enviado a prisión.

En mi escuela judía, se prohibió hablar la lengua hebrea. Durante los primeros meses de la guerra, continué estudiando en la escuela, pero ésta se cerró cuando los alemanes conquistaron Lvov. Mis padres y yo empezamos a buscar un escondite.De repente, leyes antisemitas se crearon y ya no se podía evadir el anti semitismo en las calles.

Empezamos a movernos de un escondite a otro, viviendo de esta manera varios meses. Cuando los alemanes comenzaron a planificar la construcción de un ghetto en Lvov, mi padre consiguió un lugar para alojarnos en uno de los apartamentos dentro del ghetto. Mis padres, mi abuelo y yo vivimos en una habitación de un pequeño apartamento, que compartimos con otras familias. Mi abuelo y yo rara vez salimos del departamento. Mi padre fue elegido para trabajar durante el día en una fábrica donde se fabricaban artículos para el ejército alemán. Los alemanes solían realizar búsquedas para intentar encontrar aquellas personas mayores de edad en la clandestinidad y matarlos. Recuerdo aquella vez que estaba sola en el departamento con mi abuelo y llegaron los alemanes y yo arrastré a mi abuelo al armario y bloquee con mi propio cuerpo la puerta. Yo le salvé la vida esa vez, pero no por mucho tiempo. Eventualmente los alemanes lo golpearon hasta la muerte en la calle.

Después de eso, mi padre logró sacarme del apartamento y entregarme a un par de polacos que eran sus conocidos. Eran una pareja sin hijos y me imposte como su sobrina. Mi padre me hizo un certificado falso con el nombre de una chica polaca que no vivía allí y nadie sabía la verdad a excepción de mi padre, la pareja y yo.

Mi padre también organizó un escape para mi madre. Los alemanes enviaban a los polacos a trabajar en trabajos forzados y mi padre forjó un certificado polaco para mi madre (tanto ella como yo teníamos una apariencia muy polaca, con pelo rubio y ojos verdes). Ella fue a la casa donde me estaba quedando para despedirse de mí. Cuando nos separamos, ella ni siquiera me dejó llamarla “mamá” porque estaba tan aterrada y aterrorizado. Esa fue la última vez que dije ‘mamá’.

Mi madre se escapó y mi padre se unió a unos pocos judíos en la fábrica donde trabajaba que planeaban un escape. Fui a su lugar de trabajo para decir adiós ya que el no podía caminar libremente por temor a ser reconocido y detenido. Esa fue la última vez que lo vi. Unas pocas frases me dijo mientras nos separamos. Estas están grabadas en mi corazón: “Tú eres una princesa. Tu tiara está colocada firmemente sobre tu cabeza, e incluso si usted tiene que limpiar escaleras y baños, la tiara no se caerá de la cabeza, siempre se quedará mi princesa. Por la mañana, cuando te paras delante del espejo y te cepillas los dientes, si usted no tiene ningún problema con la persona que ve en la reflexión, entonces está bien. Así es como se debe vivir, con los valores que se inculcan en usted en su casa, que amamantó del pecho de su madre”. El grupo al que se unió huyó y cruzó al lado ruso.
La extradición y prisión

Cuando nos separamos volví a mis llamado “tíos” y mientras caminaba por la calle, la hija del ama de llaves, una chica ucraniana, me reconoció. Siempre he tenido alguna especie de joya conmigo y le dije: “Yo te voy a dar todo lo que tengo, sólo déjame ir”. Ella se rió y dijo que iba a llamar a su hermano, que estaba en la milicia ucraniana, y así fue. Me investigaron toda la noche. Le dije a mi investigador que los documentos de identidad no eran míos. Afirmé que viví con esa pareja y que la mujer era mi tía, y que ella no es judía pero yo lo soy. Le dije que encontré los papeles dentro de una maleta que había robado en un tren. Yo no quería traicionar a la pareja que me ayudó. Llamaron a la mujer y la investigaron también. Le preguntaron si ella era mi tía. Ella mintió y dijo que ella no me conocía. Yo no contradije su mentira. A partir de ese momento, me aseguré de mantener mi integridad, incluso en los momentos más horrorosos. Nunca perdí mi humanidad. El investigador me dijo: “Usted acaba de salvarle la vida a esa mujer. Se suponía que debía obtener una sentencia de muerte por ocultar un judío, pero yo no quería su sangre en mis manos”. A ella le dijo: “Usted se puede ir, esta libre. Esta judía acaba de salvar su vida”.

De allí me llevaron al Gestapo. Mientras caminaba me acordé de la pastilla que me había dado mi padre para tragar en caso de que algo devastador llegara a suceder y que no pudiera seguir adelante. Durante la caminata al Gestapo decidí que no importa; yo iba a sobrevivir. Me dije: “Mis padres están en algún lugar, ahí fuera, y están vivos. Escaparon con el fin de sobrevivir y lo harán. No puedo suicidarme y dejarlos solos”.

Me llevaron a las oficinas del Gestapo en Lvov y tuve que dar mis datos personales: nombre, el nombre de mis padres, donde vivía. No declaré mi verdadero apellido porque sabía que era conocido por la empresa de mi padre, así que me identifiqué con un apellido diferente. Me llevaron al sótano y me colocaron con un grupo de un centenar de mujeres judías. Yo era la más joven. Dormía en el suelo de cemento, me daban un plato de sopa por día. Yo era considerada una criminal ya que le dije a la milicia ucraniana que robé mis papeles y por eso constantemente me llevaban a investigaciones en las que me severamente golpeaban. Durante una de esas investigaciones, me caí y me dieron una patada directamente a la mandíbula, que resultó dislocada. Me arrastraron de vuelta al sótano y luego, ocurrió un milagro. Un oficial alemán de las SS, que era probablemente un médico, me vio en el suelo y entró. Estaba seguro de que me iba a matar, porque quien yacía en el suelo le disparaban de inmediato. Pero él entró, me cogió la cara entre las manos y devolvió mi mandíbula a su lugar. Hasta hoy recuerdo el tremendo dolor que sentí. En realidad me salvó la vida, porque si alguien me hubiera visto con una lesión tan grave, me hubieran matado inmediatamente. Así viví durante meses: estába sentada allí todo el día, a la espera de ser asesinada.
El campo de concentración Janowska

A menudo, prisioneros del Gestapo eran enviados en un transporte a un lugar llamado “La montaña de arena”, un pozo que tenía el mismo propósito que otros pozos de matanza, con una clara diferencia: en vez de disparar a la gente que luego caían al pozo, los alemanes empujaban a los judíos hacia la ‘La Montaña de Arena’ y luego la llenaban con cal y cubrían el hoyo, dejando a la gente en el interior ahogados. Sabíamos que nos iban a llevar allí. Nos trasladaron con un camión de carga y entre nosotros había un montón de chicas jóvenes que estaban dispuestas a salvarse a cualquier precio. Juntas decidimos saltar del camión. Habían rumores que para llegar a la ‘Montaña de Arena’, el camión tendría que hacer un giro brusco a la derecha. A último momento, vi que el camión no iba a girar a la derecha así que decidí no saltar. Esa fue la única vez en la historia que un transporte no llegó a su destino previsto. Giramos a la izquierda en su lugar y llegamos a Janowska.

El campamento se dividía en dos. Un lado era un campo de trabajo, donde sabía que mi tía Gusta y su marido se alojaban. El otro lado era donde estaban los criminales y nadie salió con vida de ese lado del campamento. Ahí me llevaron. Los presos vivían en barracas de madera, con aproximadamente un centenar de personas en el interior de cada barraca. Cada día nos llevaban a ser contados y de allí a trabajar. Mi trabajo consistía en cavar canales que ayudaban a preservar las papas y otros cultivos de los agricultores polacos durante el invierno. El oficial que pasaba entre nosotros, los trabajadores, y si no le gustaba uno de nosotros, él lo disparaba. Ese era su juego.

En mi cuartel había una pequeña ventana enrejada y la gente llegaba allí con el fin de hablar con aquellos del otro lado del campo y obtener información. Fuí a la ventana y grité el nombre de mi tía una y otra vez y dije: “Dile que estoy aquí.” Llegó mi tía y ella envió a su marido a buscarme. El me llevó cuando el oficial de la SS estaba contando a los presos y afirmó que se me necesitaba para el trabajo en el otro lado del campo. Él me llevó al campo y me puso en el interior de un pozo, donde tuve que esconderme y esperar a mi tío 24 horas sin agua, comida, luz y casi sin aire. Después de 24 horas, vino a buscarme. Pasé algún tiempo con él y mi tía. Luego de un breve período en el que tanto ellos como el resto del grupo de sus trabajadores me ocultaron, se dieron cuenta de que me plantea una amenaza para sus vidas porque los alemanes podrían darse cuenta de que me estaban escondiendo allí. Mi suerte fue que en Janowska las personas no estaban tatuados con números en los brazos y así es como nunca nadie se enteró que estaba allí.

El escape de Janowska

El campo de concentración Janowska estaba situado en el medio de la ciudad y habían casas que conectaban el campamento con el mundo exterior. Mi tía conocía a un hombre polaco que estaba en la resistencia. Vivía en una de esas casas, en las afueras de Janowska. El aceptó que me llevaran allí. Luego, él me llevó a la estación de tren y me proporcionó con un nuevo certificado bajo el mismo nombre falso que mi padre me había dado en los primeros documentos falsos. En ese entonces tenía 12 años de edad pero yo estaba maquillada y parecía mucho más grande que mi edad real y así fue como adopté una nueva identidad. Me bajé en la estación que me habían indicado y caminé hacia el bosque, donde encontré una cabina. La cabina era de un Volksdeutsche y su esposa polaca. Les dije que yo era una chica polaca cuyos padres huyeron de Polonia al estallar la guerra y que ahora me quedé huérfana y no tenía lugar para quedarme. Ellos aceptaron que me quedara allí.

Un día al caminar por la zona encontré un convento. Las monjas del lugar eran también enfermeras que cuidaban a los enfermos y empecé a ir allí a diario y a ayudar a las monjas con su trabajo. Fue allí donde me di cuenta que quería ser enfermera. Me vestía como una monja, con una gran cruz de madera colgada de mi cuello y aprendí cómo emular todas sus acciones: Oré, fui a la iglesia, fui a dar confesión, y a través de ellos, aprendí cómo ser auxiliar de enfermería. Así viví siete meses. En la cabina también me enseñaron a montar caballos, hacer las tareas del hogar y batir la mantequilla. Viví la vida de un campesino y de una monja. Después de un tiempo, los dueños de la cabina comenzaron a sospechar que era un impostora y que tenía una conexión con la resistencia polaca. Comprendí que tenía que volverme a escapar. Una mañana, me fui de la cabina como cualquier otro día y en vez de ir al convento, me quité el traje de monja y me vestí con mi ropa vieja. Caminé desde el bosque hasta la estación de tren y con el dinero que me quedaba compré un billete de tren a Varsovia.
La vida en el ghetto de Varsovia

Mi otra tía, la hermana de mi madre, vivía en el gueto de Varsovia. Sabía su dirección y caminé hasta allí. Llegué al lugar hambrienta y exhausta. Finalmente la encontré. Ella me dijo que toda nuestra familia murió y que mi abuelo había sido enviado a Auschwitz. Luego dijo: “Tenemos que sobrevivir, al menos para dar testimonio.” Ella aún no sabía nada de la muerte de mis padres. Después de varios meses allí, logré conectarme con la resistencia polaca. El famoso levantamiento del gueto de Varsovia había comenzado y decidí unirme a la lucha. Me enseñaron cómo usar un arma y participé en un entrenamiento. Fue catastrófico: la lucha en las calles, las casas quemando. Cuando los alemanes llegaron a poner un fin al levantamiento, estaba en camino a visitar algunos heridos que se encontraban en un hospital improvisado. Justo después que me fui, los alemanes capturaron la barricada donde hasta hace unos instantes yo había estado luchando, y así es como me escapé de otra muerte cierta. Los alemanes también capturaron el hospital. Permanecí en el hospital como enfermera. Los alemanes lucharon con los polacos, mientras que los rusos esperaban para entrar en la batalla. El Levantamiento de Varsovia se terminó, y los alemanes bombardearon el gueto, destruyendolo totalmente. Después de eso, mi hospital se trasladó a Cracovia.

La vida en la calle

El hospital fue reubicado a cracovia, en un campo de trabajos forzados. Yo continué trabajando en la clínica como enfermera. Tenía 13 años, pero mentía que tenía 20. La guerra continuaba, todos a mi alrededor eran polacos y estaban bajo la impresión de que yo también era polaca. Nos quedamos allí hasta que Cracovia fue conquistada. Los alemanes y los polacos escaparon y yo me vi forzada a vivir en la calle.

Dormía en las entradas de las casas y comía lo que lograba encontrar en las basuras hasta que encontré una especie de orfanato para niños y adolescentes. Dormía en el suelo y todo lo que tenía era la ropa que llevaba puesta, pero tenía un lugar para alojarme y finalmente otros niños con quien estar.
El escape de Polonia

Hacia el final de la guerra, vivir en las calles era caótico y terrible: personas eran asesinadas por todos lados, golpeadas o violadas. Decidí esconderme y empecé a buscar a otros judíos. Yo no sabía cracovian bien ya que había pasado la mayor parte del tiempo en el hospital dentro del campo de trabajo, pero eso no me detuvo. Me puse a buscar judíos y encontré un par de partisanos que lucharon en el bosque con los rusos. Me dieron una dirección y me dijeron que había una reunión de judíos que planeaban escapar de Polonia. Llegué al lugar de reunión y había mucha gente. Todos estaban en parejas y tríos, pero yo estaba completamente sola. El grupo planeaba llegar a Israel. Miré a mi alrededor y comprendí que había llegado por fin al lugar correcto. Dos días más tarde nos encontramos en la estación de tren antes del amanecer y nos colamos en un camión de carga de animales, y así es como logramos salir de Polonia. Al salir del territorio polaco, abrimos las ventanas y miramos hacia afuera. Por fin, estábamos a salvo. Nuestro destino era Italia. Fuimos en coche por Rumania y Hungría y finalmente llegamos a Italia. Cumplí 15 años al llegar allí. Estuvimos en un campo de refugiados, pero después de un tiempo los italianos desmontaron el campo de refugiados y les dijeron a todos volver a sus respectivos países de origen. Estaba agotada y no podía soportarlo más. Me dije: “Hasta aquí llegue, estoy cansada de huir. Yo no voy a volver a Polonia”. Pesaba 40 kg, estaba gravemente enferma, tenía piojos y estaba en muy mal estado. Un extraño hombre llegó al campamento y buscó a personas de Lvov, Polonia. Al parecer, fue enviado por un hombre que hizo negocios con mi padre. Yo fui evacuada en ambulancia a la casa de una señora, quien me cuido y ayudo a mejorar. Comencé a vivir. Viví un año en Italia.


La Aliyah y el comienzo de la vida en Israel

En Italia, logré comunicarme con mi tía que vivía en Israel, nos mandamos cartas y empecé a planear como llegar a Israel. Conocí a un comandante de una compañía de conductores del ejército británico que se encontraban en la zona. Él era un judío polaco que ya había emigrado a Israel y sugirió que nos casamos ficticiamente para que yo pudiera emigrar a Israel como la esposa de un soldado que vuelve a casa de la guerra. Nos casamos y en 1947 vine a Israel en un barco con todas las esposas de los soldados que fueron liberadas de la guerra. Primero viajamos en un barco a Ismailia, Egipto, y desde allí en tren a Jerusalén. El tren pasó por Rehovot, que era donde vivía mi tía. Yo le había escrito una carta a mi tía y le había dicho que iba a venir a Israel. Finalmente, nos reunimos en la estación de tren de Rehovot. Al principio, me quedé con ella y luego viajé a Jerusalén para ver a mi tío, hermano de mi padre, que también había sobrevivido. Era tan extraño caminar por las calles y estar rodeada por judíos. Cumplí 16 años un mes después que llegue a Israel. Me aclimatice y aprendí hebreo, pero no podía ir a la escuela porque tenía que trabajar para poder mantenerme. Vivía en la Casa de Pioneros en Jerusalén y trabajaba en la sala de pediatría tratando bebés prematuros. Después de un tiempo decidí mudarme a Tel Aviv, donde tuve todo tipo de trabajos.
Alistamiento en el Palmaj, luchar en la Guerra de la Independencia y encontrar el amor

En 1947 estalló la Guerra de la Independencia y yo quería participar en la lucha por mi país. Tuve que ser aceptada en una organización clandestina, porque todavía no existía el ejército israelí. Fui a la oficina de reclutamiento y me alisté en la “Haganá”. Me enviaron a un entrenamiento en el norte de Israel, en Degania. Hice muchas de las cosas que los soldados de las Fuerzas de Defensa hacen en el entrenamiento básico: aprendí el rastreo militar y cómo utilizar un arma. Mientras estaba en el entrenamiento me lesioné y decidieron mis comandantes liberarme de la “Haganá”. Yo no estaba de acuerdo en ser liberada del ejército. Arranqué el documento de liberación y traté de ser reincorporada. Me enteré que el “Palmaj” estaba haciendo reclutamientos y traté de ser aceptada. Me preguntaron cuál era mi profesión y dije que era una enfermera. Me convertí en una enfermera de combate y me mandaron al Negev (sur de Israel). Yo sabía que iba a sobrevivir: ya había pasado por todo en mi corta vida, nada podía desafiarme. Llegamos a Nir-Am, donde estaba la sede del Palmaj. Hice de todo: cocinaba para los soldados, limpiaba, ayudaba a construir las tiendas de campaña y me encargue de los heridos. No le tenía miedo a nada. Estaba tan emocionada de finalmente estar entre judíos. Sentía que todos eran mis hermanos y hermanas.


La guerra continuaba y me convertí en la enfermera de combate la Brigada del Negev. Yo me unía a los soldados en el terreno y me hacía cargo de ellos. Por la noche, ellos volvían del terreno y venían a sentarse conmigo en el hospital, a tomar un café y a descansar. Rápidamente me hice amigo de todos ellos. Un día, un soldado se acercó a mí y me dijo: “Usted tiene que unirse a todos nosotros y venir a esta hoguera que estamos teniendo.” Ese soldado era un conductor de Hummers en el Noveno Batallón. Acepte ir con él. Estábamos sentados alrededor de la hoguera cuando un chico que estaba sentado a mi lado puso su mano en mi plato y tomó de mi comida. Saque su mano de mi plato y comencé a reprenderlo. Le dije: “¿Qué clase de comportamiento es ese? ¿Dónde están tus modales?” Él respondió: “De Tel Aviv, donde nací y crecí”. Con el tiempo, ese ladrón de comida, Akiva, fue la persona con la que me case. Él me cortejó y aunque era mayor que yo, nos llevamos muy bien. Él venía a la clínica y me visitaba constantemente. Los soldados Palmach solían no bañarse y eran descuidados con su apariencia, pero Akiva estaba siempre limpio, afeitado y duchado. Era un hombre tan impresionante. Después de que lo conocí, yo no podía mirar a nadie más. Lo amaba tanto. Lo sigo haciendo, hasta el día de hoy.


Durante la Guerra de la Independencia, la Brigada del Negev fue atacada en numerosas operaciones. Durante una de las operación, camino a Beer Sheva tuvimos que pasar por un lugar llamado Irak Suwaidan. Este lugar estaba bajo el asedio de la policía de Irak Suwaidan y en el pasado, ocho veces intentaron en vano las tropas israelíes conquistarlo. De allí nos fuimos a lo que luego se convertiría en el kibutz Ruchama. Yo sabía que el noveno batallón estaba allí, en el terreno, y fui allí a ver si podía lograr ver a Akiva. Cuando llegué allí no lo reconocí ya que estaba cubierto de hollín y sucio después de varios días de combate. Lo abracé, puse mis brazos alrededor de él y me aseguré de que tenía todos sus miembros intactos. Él regresó a su unidad y yo me quedé en la sede del Palmaj.

Beer Sheva fue conquistada por nuestras fuerzas en una operación larga y, mientras tanto, me contraje neumonía. Akiva vino a visitarme. Se veía muy molesto. Le pregunté: “¿Por qué estás de un humor tan amargo?” Y me dijo: “¡Yo estoy así porque usted está enferma y distraída y su mente está ocupada con otras cosas, pero tenemos que casarnos”. Así es como él me propuso. Los chicos de la Brigada del Negev nos construyeron una pequeña casa hecha de barro sin electricidad ni agua, pero tuvimos un pequeño patio y yo hice cortinas de gasa. Esa fue nuestra primera casa como recién casados. Después del casamiento, mi marido se fue al Curso de Oficiales y yo continué trabajando como una enfermera en la sede de la Brigada del Negev. Me volví a enfermar y él decidió que no podíamos continuar así. Cuando me repuse, me liberaron del ejército. Akiva continuó su servicio y estaba en el servicio de reservistas toda su vida. Participó en cada una de las guerras de Israel hasta su muerte.
La vida en Israel y construyendo una familia


Después de que nos casamos, tuvimos dos hijas, Orly y Tali. Tenía 21 años cuando mi hija mayor, Orly z “l, nació. Fue entonces cuando empecé a tratar de averiguar qué pasó con mis padres. Con el tiempo conocí a un hombre que estaba con mi padre en ese grupo de personas que escaparon de la fábrica a la parte rusa. Fueron capturados por los alemanes y encarcelados. Cavaron un túnel en el suelo y escaparon de la prisión. Mientras huían, alguien los persiguió y gritó: “¡Jude!” (judío en alemán) y mi padre se dio la vuelta. Lo mataron a tiros ahí mismo, en el medio de la calle, en Kiev. Él tenía 41 años cuando murió. Mi madre murió en un campo de trabajo en algún lugar de Alemania. Ella tenía 32 años cuando fue asesinada. Su presencia, caras y valores amorosas nunca me dejan. Crie a mis dos hijas con mi marido, hasta que él falleció de cáncer. Mis dos hijas sirvieron en el ejército israelí, se casaron y tuvieron hijos. Tengo tres nietos, dos de los cuales sirvieron en el ejército y la tercera que actualmente sirve en las FDI, y cuatro bisnietos.



Cuando llegué a este país, toda la gente tenía un mismo sueño: el sueño sionista. Cuando estábamos en el ejército no teníamos rangos, uniformes, zapatos, alimentos, pero teníamos amor por el país y por los demás. Nuestra generación tenía un sueño que se hizo realidad, porque esta es la tierra de leche y miel. Creo que cada soldado de las FDI es un hijo mío de alguna manera, y cada vez que muere un soldado, me entristece profundamente. Esta es mi gente. La juventud aquí es increíble: ellos son nuestro futuro. Aprenden, trabajan, tienen valores tan fuertes y se comportan como seres humanos, con sus amigos, así como con extraños y enemigos.

fuente: IDF

 http://albertobernator.blogspot.co.il/

martes, 16 de junio de 2015

Farhud/Remember the Farhud. Fue la masacre de judíos en Irak, en la era del Holocausto cometido por los nacionalistas árabes, realizado en coordinación con los nazis.

Hoy recordamos la Farhud: la Farhud fue la 
masacre de la era del Holocausto cometido 
por los nacionalistas árabes, realizado en 
coordinación con los nazis. El Farhud tuvo 
lugar 1 a 2 junio 1941in Bagdad, Irak, 
cuando fueron asesinados cientos de Judios 
inocentes, miles más fueron brutalmente,
golpeados/heridos y la propiedad judía fue 
saqueada en la festividad de Shavuot. los 
líderes árabes palestinos, entre ellos el Gran 
Mufti de Jerusalén, Haj Amin al-Husseini, 
fueron instigadores centrales de la violencia 
en Bagdad. La gente de conciencia se 
reunirán HOY 01:15 EST para un evento 
especial en las Naciones Unidas en Nueva 
York para conmemorar el Farhud. Esta 
conmemoración, un evento mundial en vivo 
televisado por la TV Web de la ONU, 
también reconoce que la Farhud era uno de 
los muchos pasos en el proceso que resultó 
en el éxodo forzado de 850.000 a 900.000 
refugiados judíos de siglos de existencia 
pacífica en los países árabes.



















Remember the Farhud: the Farhud was the 
Holocaust-era massacre committed by Arab 
nationalists, done in coordination with the 
Nazis. The Farhud took place June 1-2 1941
in Baghdad when hundreds of innocent Jews 
were murdered, thousands more were 
brutalized, and Jewish property was pillaged 
on the holiday of Shavuot.

Palestinian Arab leaders, including the Grand 

Mufti of Jerusalem, Haj Amin al-Husseini, 
were central instigators of the violence in 
Baghdad.

People of conscience will come together June 

1, 2015 at 1:15 EST for a special event at the 
United Nations in New York to commemorate 
the Farhud.

This commemoration, a live global event 

televised by UN Web TV, also recognizes that 
the Farhud was one of many steps in the 
process that resulted in the forced exodus of 
850,000 to 900,000 Jewish refugees from 
centuries of peaceful existence in Arab 
countries.

StandWithUs con Pamela Church y Bruce Alan Orr
https://www.facebook.com/judiosycabala/posts/828837313872559

viernes, 6 de junio de 2014

SEGUNDA GUERRA MUNDIAL': Se cumplen 70 años del Día "D"=6 de junio 1944- Desembarco aliado en Normandia
















DPA

Un día antes del 70 aniversario del desembarco de los aliados, en varios puntos de Normandía comenzaron hoy los festejos en memoria del conocido como Día D, a los que asistirán los jefes de Estado y de gobierno de unos 20 países.

Además, unos 1.000 veteranos regresaron a Normandía. El mayor desembarco de la historia el 6 de junio de 1944 supuso el principio de la liberación de Europa del nacionalsocialismo. 

El heredero del trono británico, el príncipe Carlos, y su esposa Camila visitaron hoy, entre otros lugares, el puente Pegasus, en Benouville, que a comienzos del Día D en 1944 fue tomado por paracaidistas británicos. 

La reina Isabel II de Inglaterra, en tanto, arribó a París para una visita de tres días a Francia. 

El presidente francés, Francois Hollande, recibirá como anfitrión en el festejo central en Ouistreham entre otros al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, al presidente ruso, Vladimir Putin, a la canciller alemana, Angela Merkel, y al premier británico, David Cameron. 

Será la primera reunión de Putin con políticos occidentales desde la controvertida anexión de Crimea por parte de Rusia en marzo. 

A la playa de Ouistreham, donde se celebrará el festejo central, llegaron junto con los aliados el Día D un pequeño contingente de soldados franceses. 

Está previsto que haya festejos nacionales o binacionales en Colleville-sur-Mer, con Obama y Hollande, en Bayeux, con Isabel II, en Sainte-Marie-du-Mont, Arromanches y Urville-Langannerie. 

La presencia de representantes alemanes de alto rango fue un tabú durante años. El ex canciller Helmut Kohl rechazó dos veces una invitación. Su sucesor, Gerhard Schreder, fue en 2004, en el 60 aniversario, el primer jefe de gobierno que representó a la Alemania de postguerra en Normandía. Diez años después, participa Angela Merkel. 

Junto a los incontables actos con veteranos de todas las naciones que participaron, también hay previstos varios eventos para el público. En varios lugares de Normandía aterrizarán paracaidistas y sobre las playas circularán vehículos anfibios y tanques históricos. 

Para la noche del Día D los organizadores prevén un espectáculo especial: habrá fuegos artificiales sincronizados 
en la costa a lo largo de 80 kilómetros en los 24 lugares más importantes del desembarco. 

Fuente: DIARIO EL LITORAL.COM

lunes, 28 de abril de 2014

VIDEO: MEMORIA DE LOS CAMPOS DE EXTERMINIO NAZIS- 28 de ABRIL: DIA DE CONMEMORACION DEL HOLOCAUSTO: 6 millones de judíos masacrados por las bestias nazis alemanas y fascistas asociadas.




Subido por Ibbalainen- 30 Septiembre 2013

En 1945 el renombrado director de cine , Alfred Hitchcock fue invitado a producir una película que documentara los horrores del Holocausto. Esa película fue tan potente, tan irrefutable que los aliados decidieron archivar  la película.

 Según The Independent, el documental de Hitchcock sobre el Holocausto se inactiva al Museo Imperial de la Guerra, al igual que el Arca de ficción del Pacto estaba en la conclusión de Steven Spielberg, En busca del arca perdida.

   Al descubrir el vídeo de Hitchcock del peor genocidio de la historia de la humanidad en un número de latas oxidadas de vídeo en la década de 1980, el Museo de la Guerra Imperial esmeradamente restauró las copias de la película, que ha sido finalmente lanzado para que todos vean. _ 

** Advertencia: Esta película incluye imágenes y descripciones del Holocausto que pueden resultar muy angustiante para algunos ** _. 


fuente: www.youtube.com

El texto de arriba es una traducción automática del
idioma ingles, que acompañaba el video que recibí.
  • Memory of the Camps


    The discovery the of the reel horror of Hitlers Camps, 
  • uncut and dreadful.
    Swe sub, VCD rip SweSub,1993



domingo, 10 de noviembre de 2013

9 al 10 de Noviembre de 1938- la "noche de los cristales rotos" en la ALEMANIA NAZI:SU RESULTADO FUE EL "HOLOCAUSTO", GENOCIDIO DE 6 MILLONES DE JUDIOS ASESINADOS POR LAS BESTIAS PARDAS ALEMANAS Y SUS SECUACES NAZIS Y FASCISTAS EUROPEOS;




















ilustración Arq. Natalio Gueler- Santa Fe-Argentina




La noche de los cristales

rotos, el disparo de salida

del Holocausto



  • Más de un millar de sinagogas ardieron en toda 

  • Alemania, junto a decenas de miles de hogares y de 
  • comercios hebreos.
  • Unos cien judíos fueron asesinados y otros 30.000 
  • fueron encerrados en campos de concentración y 
  • torturados durante meses, perdiendo la vida al menos
  •  otro millar.



El 3 de noviembre de 1938, el joven judío afincado en París, Herschel Grynszpan, recibió una angustiosa carta de su hermana Berta pidiéndole algo de dinero. Los Grynszpan habían sido expulsados de Alemania junto a otros 12.000 judíos de origen polaco y esperaban en la frontera a que su país natal diese el visto bueno a la entrada. 

La carta era escueta y no se prodigaba en detalles, pero Herschel pudo leer en un diario hebreo que los deportados pasaban hambre y calamidades y que empezaban a darse casos de suicidio. El pequeño Herschel – medía 155 centímetros y pesaba 45 kilos –, de 17 años, no tenía dinero con el que socorrer a su familia, pero quedó tan conmocionado que decidió hacer algo, lo que fuese, para denunciar aquella situación. 



Herschel compró una pistola y la mañana del lunes 7 de noviembre fue a visitar al embajador alemán en París. Eludió la vigilancia asegurando que tenía que entregar al embajador un importante documento. Su escasa envergadura restaba peligro a su presencia. Heschel fue enviado al despacho del tercer secretario, Ernst Vom Rath, y cuando este le solicitó la carta, el joven le dijo: “Es usted un sucio alemán y aquí, en nombre de 12.000 judíos, tiene su documento”. 


Después, sacó la pistola y vació el cargador, impactando dos veces sobre el cuerpo del diplomático y dejándole malherido. La prensa alemana narró el suceso con verdadero sensacionalismo recordando cómo once años atrás otro judío polaco, Samuel Schwarzbart, había asesinado en París a un oficial ucraniano en venganza por una matanza de judíos acontecida tras la Primera Guerra Mundial. 


Hitler envió a su médico personal a Francia para ocuparse de Vom Rath y adoptó medidas inmediatas. Primero suspendió todos los diarios y revistas hebreos para dejar aislada a la comunidad y a continuación prohibió a los niños judíos compartir pupitre con los ‘arios’ en las escuelas alemanas. 


El miércoles 9 llegó la noticia de que Vom Rath había fallecido y la cúpula nazi desató entonces la ira del pueblo alemán. 


Aquella “manifestación espontánea”, según palabras de Reynard Heydrich, fue en realidad dirigida por una caterva de ‘camisas pardas’ y seguida por una muchedumbre de alemanes influenciables que el diplomático británico, Sir George Ogilvie Forbes describió así en su informe:


“Percibí de modo especial la actitud de los grupos que seguían a cada banda de merodeadores. No escuché la menor expresión de vergüenza o disgusto, pero a pesar de la absoluta pasividad de muchos de los viandantes sí que me fijé en la inane sonrisa que a menudo traiciona a una conciencia culpable”.


 Entre los atacantes había adolescentes e incluso escolares provistos de bates para destrozar comercios, precozmente adoctrinados para el linchamiento. 


Para la filóloga argentina Graciela Kohan, especialista en la investigación y estudio del holocausto y el antisemitismo, la noche de los cristales rotos fue un auténtico pogromo (linchamiento multitudinario) que sirvió para que muchos alemanes se dieran cuenta de que aquello iba en serio. 


“Algunos judíos dejaron el país desde el ascenso de Hitler hasta la noche de los cristales rotos pero muchos más quisieron hacerlo a partir de entonces. Los judíos se dieron cuenta de que Alemania, el país de la cultura, uno de los más adelantados del mundo, era un lugar de alto riesgo para ellos y que aquello no era una animadversión pasajera”, asegura.


 Para mucha gente – continúa – la ‘kristallnacht’ fue el preludio de lo que iba a venir luego que fue el Holocausto. Más de un millar de sinagogas ardieron aquella noche – algunas con más de 200 años de antigüedad – al igual que decenas de miles de hogares y de comercios hebreos, cuyos escaparates eran sistemáticamente destrozados en una desagradable liturgia que puso nombre a la jornada. 


Los tumultos comenzaron en Berlín pero no hubo pueblo ni aldea que no viese arder su sinagoga o el negocio de algún miembro de su comunidad judía. La Policía no trabajó aquella noche pero sí los bomberos para evitar que el fuego se extendiese por todo el país. 


Goebbels explicó ante la prensa la desidia policial sin pizca de rubor: “No podía ordenar a nuestra policía que disparara contra alemanes porque en el fondo yo mismo simpatizaba con ellos”. Cerca de cien judíos fueron asesinados según los corresponsales de prensa y otros 30.000 fueron encerrados en campos de concentración y torturados durante meses, perdiendo la vida al menos otro millar. 



 Para evitar represalias, Himmler, como jefe de la policía alemana, prohibió a los judíos portar armas bajo pena de 20 años de cárcel. En el colmo del escarnio, el Gobierno obligó a los judíos a pagar de su bolsillo la rehabilitación de las fachadas de sus comercios e incluso tuvieron que abonar una cantidad en concepto de indemnización por el asesinato de Vom Rath.


 “Para Hitler, aquella noche fue un paso previo, una medida para saber cómo iba a reaccionar el mundo ante sus acciones y cómo iban a reaccionar los judíos”, asegura la especialista en investigación sobre el Holocausto, Graciela Kohan.


 La jornada fue seguida de cerca y narrada por centenares de atónitos reporteros, que veían cómo la Alemania de Hitler se despojaba de pronto de su careta. 


El corresponsal de ‘The Times’ fue claro en su crónica: “Ningún propagandista extranjero empeñado en ensombrecer la imagen de Alemania ante el mundo sería capaz de superar la historia de incendios y palizas, de ataques de matones contra gente indefensa e inocente que ayer hizo caer en desgracia a este país”. 


El día 15 de noviembre, el presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt dijo que le parecía increíble que una campaña así contra los judíos se diese “en el vigésimo siglo de la civilización” y llamó a su embajador a consultas hasta que Hitler resolviese con mayor contención el asunto judío. 


El alcalde de Nueva York, Fiorello La Guardia, cuya madre era judía, ordenó en represalia por el vergonzoso comportamiento del gobierno nazi que tres corpulentos judíos custodiasen de forma permanente la embajada alemana y a todos los diplomáticos nazis que por allí transitaban. 


“Sólo hubo movilizaciones en Estados Unidos y Reino Unido, pero los gobiernos fueron en general tibios. Decían que no debían meterse en las políticas internas de un país”, explica Graciela Kohan.


 Ante el desolador panorama que se dibujaba en Alemania con los judíos, Inglaterra y Estados Unidos empezaron a discutir la posibilidad de habilitar un lugar para su refugio, aunque ambos opinaban que el mejor lugar estaba en el territorio del otro.


 Salieron a la palestra lugares exóticos como la Guayana británica, que se descartó por sus inhóspitas selvas, así como Tanganica, Brasil, Uganda o Madagascar, aunque ninguno reunía las condiciones necesarias para un asentamiento masivo y permanente de judíos europeos. 



En medio del debate, el gobierno republicano español, que estaba en plena guerra civil con el ejército sublevado, envió una nota oficial ofreciendo el suelo español como refugio a todos los perseguidos por su origen, opción política o religión, ya fueran católicos, israelitas o protestantes, siempre que deseen trabajar en paz.


“Hitler supo enseguida que nadie se iba a preocupar en serio por el pueblo judío y que él tenía las manos libres para actuar como gustase. Hay una frase de Goering que es muy reveladora. 


Tras la noche de los cristales rotos y la escasa movilización mundial, a pesar de la condena general, afirmó: no me gustaría ser un judío en Alemania a partir de ahora”, concluye la filóloga e investigadora Graciela Kohan.

















Así llegó Hitler al poder hace 80 años

  -Foto: María Torrens Tillack | 


Imágenes cedidas por el Museo


Histórico Alemán de Berlín

fuente: http://noticias.lainformacion.com/mundo/la-noche-de-los-cristales-rotos-el-disparo-de-salida-del-holocausto

lunes, 26 de agosto de 2013

Liselotte Leiser de Nesviginsky: "El argentino que nos ayudó a escapar del nazismo"

LISELOTTE LEISER NACIÓ EN ALEMANIA EN 1919. JUDIA, SOBREVIVIO AL NAZISMO Y VIVE EN LA ARGENTINA DESDE 1947.

Actitudes que hacen diferencia. Los Leiser, alemanes judíos, tenían una zapatería en Berlín. Salvaron sus vidas, aunque lo pasaron duro en un campo de internamiento. El empresario Alberto Grimoldi les conservó bienes que les reintegró apenas terminada la guerra, además de facilitarles luego el ingreso a la Argentina.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Un reconocimiento. Liselotte contactó hace tres años
a Alberto Luis Grimoldi –aquí los dos en casa de ella
– para contarle sobre el gran recuerdo que tenía de
su padre /
 
 EMILIANA MIGUELEZ
 
Me dicen Lilo pero mi verdadero nombre es Liselotte Leiser de Nesviginsky. Tengo 94 años, nací en Berlín, en una familia judía que era dueña de una importante cadena de zapaterías y llegué a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. Soy viuda luego de haber estado casada más de 50 años con un hombre extraordinario, buen compañero de vida y aventuras. Mi único hijo se llama Jorge, 58 años.

Soy, también, una sobreviviente del nazismo. Claro que ese calificativo no alcanzaría para definirme como persona, pero creo que es una forma posible de empezar a presentarme. Voy a ir por partes. La cadena de zapaterías de mi familia, “Leiser”, llevaba nuestro apellido y tenía más de treinta y cinco sucursales. Para el año 1933 aproximadamente estuvo de visita en uno de nuestros negocios Alberto Enrique Grimoldi, el conocido fabricante argentino de zapatos, hijo a su vez de quien fundó esa empresa en 1895. Alberto había venido para aprender en los negocios de mi familia todo lo relacionado con la atención al cliente, la venta de calzado al público, la comercialización del producto. Recuerdo como si fuera hoy que Alberto se sentó en banquito de madera de esos que se usaban entonces para ver en detalle, en vivo y en directo como se dice ahora, el procedimiento que utilizaban los vendedores de la firma.

Ninguno de nosotros podía imaginar la importancia que tendría ese hombre que de tal modo se cruzó con nuestras vidas para siempre.

Pasaron los años y la oscura estrella de Hitler siguió ascendiendo en una Alemania que se volvía cada vez más peligrosa y temible. En el año 33 la cadena Leiser, cuyas fotografías pueden verse hoy en el Centro Conmemorativo del Holocausto de Montreal, fue “arianizada” y, como consecuencia de ese despojo cruel y racista, mi familia fue obligada a “asociarse” en forma compulsiva con una persona no judía y así pasar el negocio a manos “arias”. En noviembre de 1938 se produjo la tristemente célebre noche de los cristales rotos, esa que quedó en la historia de Alemania con el nombre de Kristallnacht .

A partir de ese episodio vinieron ataques permanentes y cada vez más duros contra los judíos con persecuciones de todo tipo. Sin ir más lejos, ya unos años antes, yo asistía a un liceo de señoritas hasta que a la edad de catorce años fui notificada por una profesora diciéndome, con una sonrisa entre cínica y fría, pero también como un alerta de lo que se venía, que debía buscar inmediatamente otro lugar ya que por ser judía no podría continuar estudiando en ese liceo.

Cuando la situación se volvió intolerable para todos nosotros, mis padres decidieron viajar conmigo desde Berlín a Holanda procurando buscar un lugar más seguro y tranquilo. Recuerdo ese momento crítico y angustiante con el mayor detalle que mi débil memoria permite. Íbamos a embarcarnos, creo, en un avión de la línea Lufthansa. En la aduana los SS nos desnudaron por completo para comprobar que no lleváramos joyas escondidas en el cuerpo… Así era la vida entonces. En Amsterdam mi familia poseía también una cadena de zapaterías conocida como Huff , no tan grande como la de Alemania, pero igualmente importante y prestigiosa. En el nuevo destino no disfrutamos de la suerte esperada.

En mayo de 1940 también ese país fue invadido y ocupado por los nazis. Ante el riesgo de perder también los negocios en Amsterdam se produjo la segunda y milagrosa intervención de Grimoldi, quien se hizo cargo de la cadena en Holanda mediante una operación comercial obviamente ficticia y con la promesa de devolver el patrimonio recibido no bien terminara la Guerra. Un verdadero pacto de caballeros. También –aunque yo era muy joven para conocer el detalle– sé que cuando mi familia aún estaba en Alemania le envió dinero a él con la sola promesa de palabra de que luego lo devolvería. Y así fue. A veces me preguntan por qué mi familia confió tanto en Grimoldi. La respuesta es mucho más simple de lo que podría suponerse. Mis padres decidieron asumir el riesgo y, así, aferrarse a la promesa de ese hombre que, en un mundo que se les caía encima, les generaba confianza. A veces en la vida hay que dar un espacio a los valores permanentes de la condición humana.

Lo que pasó después es algo muy triste de contar y evocar para mí. Un día, a las seis de la mañana yo estaba parada y como perdida en la puerta de nuestra casa en Amsterdam; en la noche anterior había salido a bailar con unos amigos en un bar de las cercanías cuando llegaron los de la Gestapo. Debo advertir que un poco antes de eso, en un último y desesperado intento de prevención y anticipo de la tragedia inminente, mi familia obtuvo a cambio de una fuerte suma de dinero pasaportes costarricenses. Fueron otorgados por el conde Rautenberg, cónsul por entonces de ese país centroamericano. Me animo a decir que la posesión de esos documentos que nos brindaron la ciudadanía de un país que jamás conocimos nos salvó la vida. Y no exagero. De no contar con ellos nuestro destino seguro eran las cámaras de gas de Auschwitz. Pero aún con esa ventaja adicional nos llevaron primero a un colegio grandote donde dormíamos en el piso en condiciones muy precarias y finalmente terminamos alojados en el campo de concentración de Westerbork, un lugar de tránsito en realidad. Fue el mismo donde estuvo Ana Frank, la autora del famoso diario íntimo, antes de ser trasladada a Auschwitz para matarla como ya lo habían hecho los nazis con una tía mía, su esposo y su pequeña hija.

En Westerbork dormíamos en barracas ruinosas y fuimos tratados como animales o menos que eso. De un lado pusieron a los hombres y del otro a las mujeres. Hacíamos nuestras necesidades en letrinas asquerosas, simples agujeros cavados en el piso, y nos limpiábamos con papel de diario cuando había. Las camas, de dos o tres pisos de alto, eran de hierro y con colchones de paja.

Por las mañanas nos lavábamos como podíamos en los mismos bebederos que se usaban para el ganado. Tengo de esa época un recuerdo insignificante pero, quién sabe por qué, muy importante para mí. Secretamente me hice una almohadita rellena con crines de caballo que llevé y usé en todos los lugares por donde anduve en la vida. Aún hoy la conservo… Dentro de todo, y en comparación con los demás, tuve suerte porque una prima mía ya estaba en el campo y se había hecho amiga de uno de los médicos que trabajaban ahí. Si no me equivoco se trataba del doctor Spanier, también judío y obligado a trabajar como todos en el hospital del lugar. Yo, usando un brazalete que todavía conservo al igual que la estrella amarilla que nos obligaban a llevar en todo momento, trabajé en el hospital como cocinera. Para alimentar a mis padres y a otras personas juntaba a escondidas viejas cáscaras de papas, zanahorias o batatas y con eso, más algunos huesos que encontraba por ahí, preparaba una especie de sopa horrible que sin embargo sirvió de alimento para muchos.

Lo que sigue a esta historia tiene que ver con la ansiada liberación. Llegó al lugar una autoridad de la cancillería alemana y constató la autenticidad de nuestros pasaportes costarricenses. Hacia 1944 nos trasladaron entonces a un campo de refugiados en Francia llamado la Bourboule. Una semana después se produjo el desembarco en Normandía y, qué emoción me da contarlo ahora, nos abrazamos todos llorando y corrimos hacia los alambrados de púas, los cortamos casi con los dientes y gritamos la palabra libertad, libertad, libertad, una, dos, cien veces. Una nueva vida empezaba para mí en ese instante. Y lo vivido entonces fue inolvidable para mí, para mis padres y para las demás víctimas judías o de otro origen que habían conseguido sobrevivir a una vida espantosa en el mejor de los casos … o a una muerte segura.

Dado que conocíamos a gente amiga y familiares en Uruguay nos embarcamos hacia ese país, más precisamente a Montevideo, donde, en el barrio de Pocitos, permanecimos alojados durante aproximadamente nueve meses en una pensión. Queríamos ingresar a la Argentina pero eso no parecía posible por razones políticas: sabemos que la Argentina puso trabas para la inmigración de los judíos durante esa época. Es entonces cuando se produce la tercera y nuevamente milagrosa aparición de Alberto Enrique Grimoldi, a quien por supuesto no olvidábamos. Él tenía contactos a diferentes niveles gubernamentales de Argentina y actuó como garante personal para permitir nuestra llegada a este país. Parece que le dijo al gobierno, presidido entonces por Perón, que nuestro conocimiento era fundamental para potenciar sus planes en la empresa. Acto seguido Grimoldi devolvió a mi familia el dinero y todo el patrimonio de los negocios de Holanda que habían quedado a su nombre, un gesto que mi familia conoce muy bien y que r escato en mi memoria como un tesoro inapreciable y eterno.

Es curioso lo que pasó después o... lo que no pasó. Junto a mi marido me dediqué a la actividad turística, llegamos a organizar el primer contingente de viajeros argentinos a la Antártida, la vida siguió su curso. Pero lo cierto es que finalmente perdí todo contacto con los Grimoldi.

Alcancé a saber que el hombre que nos había ayudado tanto en momentos de grave riesgo para mi familia había muerto si no me equivoco en 1953. Todo lo vivido pareció entonces perderse para siempre en el olvido. Un día, no sé por qué, me puse en campaña junto a Virginia, una gran amiga y asistente, para ubicar a los Grimoldi. Fue como querer retomar en parte el hilo que se había roto. Ayudó en tal sentido un artículo aparecido en un diario donde se mencionaba a esa familia y su historia con algún detalle. Virginia, bastante más moderna que yo en el manejo de Internet y esas cosas, se ingenió para dar con Grimoldi hijo, el actual presidente gerente de la empresa.

Le enviamos juntas un mensaje electrónico y así se retomó el vínculo. Fui invitada a una reunión convocada en la fábrica con toda la familia para que yo contara el comportamiento que tuvo Alberto con nosotros. Eso fue muy emocionante para todos. Lo que dije en ese encuentro lo repito ahora. Ojalá todos los hombres actuaran como lo hizo Grimoldi. Su hijo, Alberto Luis, es el actual presidente y gerente de la empresa y más allá de eso es, debo decirlo con todas las letras, un amigo permanente de la familia que nunca se olvida de nosotros.

Tengo 94 años y pese a todo lo pasado y sufrido estoy feliz de estar aún en el mundo. ¡Me gusta la vida! Y si me toca morir preferiría que fuera de repente, sin dolor… y rodeada por todos mis seres queridos.

 fuente: DIARIO CLARIN - BUENOS AIRES