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jueves, 19 de noviembre de 2015

La Historia a través de los ojos de un superviviente del Holocausto: Rina Perla Zakay

Rina Perla Zakay tenía tan sólo diez años cuando la Segunda Guerra Mundial estalló y la vida que conocía terminó abruptamente. Después de la guerra, emigró a Israel sóla y luchó por la independencia del Estado de Israel. Formó una familia y 70 años después del Holocausto, es la orgullosa abuela de tres nietos que sirven en el ejército israelí.

En honor al Día del Recuerdo del Holocausto nos cuenta su conmovedora historia de valentía y supervivencia.

Mi nombre es Rina Perla Zakay. Tengo 86 años. Nací el 5 de agosto de 1929 en Lvov, entonces parte de Polonia y hoy es parte de Ucrania. Mis padres eran jóvenes cuando nací y era hija única. Mi padre, Asher Fisch, era un peletero como toda su familia y era dueño, junto con su hermano, de las dos tiendas más grandes de piel en Polonia y los dos hermanos tenían buenas relaciones comerciales internacionales. Mi madre, Bronia, me tuvo cuando tenía 21 años y dedicó su vida a mí. Las mujeres de su clase tenían la costumbre de contratar niñeras para cuidar a sus hijos, pero mi madre, que me adoraba, no dejaba que nadie me cuide. Mis padres eran gente intelectual, inteligentes y muy musicales. Mi padre tocaba el violín y mi madre tocaba el piano. Vivíamos en un edificio de dos pisos con mi tío, su esposa y sus hijos, mis primos, que tenían edades cercanas a la mía. Tengo gratos recuerdos de jugar con ellos, aprender a andar en bicicleta con ellos, y de estar constantemente rodeado por mi familia.

Fui a una reconocida escuela en Polonia, el Gymnasium Hebreo, donde estudiaban niños desde el preescolar hasta la escuela secundaria. Esta escuela era sólo para niños judíos, así que la mayoría de los amigos que tenía eran judíos. Allí aprendí hebreo, celebré fiestas judías y canté canciones judías.


Mis padres eran muy sionista e inculcaron ese valor en mí. El país estaba todavía muy lejos su establecimiento, pero anhelaba y planeaba ya desde chiquita emigrar al asentamiento judío en Palestina.

En mi niñez, no estaba expuesta a muchos actos de antisemitismo ya que vivía una vida privilegiada. Mi familia se integró muy bien en la sociedad polaca. Mi padre hizo varios negocios con la aristocracia polaca y estábamos financieramente seguros y es por eso que cuando empezamos a oír rumores de la invasión alemana no nos importó. No teníamos planes de huir de Polonia, nos sentimos seguros y sentíamos que verdaderamente pertenecíamos.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial

Yo tenía sólo diez años de edad cuando estalló la guerra el 1 de septiembre de 1939. Inicialmente, para mí, la guerra fue sólo una pelea entre los rusos y los alemanes. Pero los rusos conquistaron Lvov y la vida que yo conocía se terminó para siempre. Nos echaron de nuestra casa y se apoderaron de todo lo que teníamos: las dos tiendas de mi familia y nuestra propiedad. Nos mudamos a un apartamento más pequeño cerca de la familia de mi madre. Luego, los rusos arrestaron a mi abuelo y él fue enviado a prisión.

En mi escuela judía, se prohibió hablar la lengua hebrea. Durante los primeros meses de la guerra, continué estudiando en la escuela, pero ésta se cerró cuando los alemanes conquistaron Lvov. Mis padres y yo empezamos a buscar un escondite.De repente, leyes antisemitas se crearon y ya no se podía evadir el anti semitismo en las calles.

Empezamos a movernos de un escondite a otro, viviendo de esta manera varios meses. Cuando los alemanes comenzaron a planificar la construcción de un ghetto en Lvov, mi padre consiguió un lugar para alojarnos en uno de los apartamentos dentro del ghetto. Mis padres, mi abuelo y yo vivimos en una habitación de un pequeño apartamento, que compartimos con otras familias. Mi abuelo y yo rara vez salimos del departamento. Mi padre fue elegido para trabajar durante el día en una fábrica donde se fabricaban artículos para el ejército alemán. Los alemanes solían realizar búsquedas para intentar encontrar aquellas personas mayores de edad en la clandestinidad y matarlos. Recuerdo aquella vez que estaba sola en el departamento con mi abuelo y llegaron los alemanes y yo arrastré a mi abuelo al armario y bloquee con mi propio cuerpo la puerta. Yo le salvé la vida esa vez, pero no por mucho tiempo. Eventualmente los alemanes lo golpearon hasta la muerte en la calle.

Después de eso, mi padre logró sacarme del apartamento y entregarme a un par de polacos que eran sus conocidos. Eran una pareja sin hijos y me imposte como su sobrina. Mi padre me hizo un certificado falso con el nombre de una chica polaca que no vivía allí y nadie sabía la verdad a excepción de mi padre, la pareja y yo.

Mi padre también organizó un escape para mi madre. Los alemanes enviaban a los polacos a trabajar en trabajos forzados y mi padre forjó un certificado polaco para mi madre (tanto ella como yo teníamos una apariencia muy polaca, con pelo rubio y ojos verdes). Ella fue a la casa donde me estaba quedando para despedirse de mí. Cuando nos separamos, ella ni siquiera me dejó llamarla “mamá” porque estaba tan aterrada y aterrorizado. Esa fue la última vez que dije ‘mamá’.

Mi madre se escapó y mi padre se unió a unos pocos judíos en la fábrica donde trabajaba que planeaban un escape. Fui a su lugar de trabajo para decir adiós ya que el no podía caminar libremente por temor a ser reconocido y detenido. Esa fue la última vez que lo vi. Unas pocas frases me dijo mientras nos separamos. Estas están grabadas en mi corazón: “Tú eres una princesa. Tu tiara está colocada firmemente sobre tu cabeza, e incluso si usted tiene que limpiar escaleras y baños, la tiara no se caerá de la cabeza, siempre se quedará mi princesa. Por la mañana, cuando te paras delante del espejo y te cepillas los dientes, si usted no tiene ningún problema con la persona que ve en la reflexión, entonces está bien. Así es como se debe vivir, con los valores que se inculcan en usted en su casa, que amamantó del pecho de su madre”. El grupo al que se unió huyó y cruzó al lado ruso.
La extradición y prisión

Cuando nos separamos volví a mis llamado “tíos” y mientras caminaba por la calle, la hija del ama de llaves, una chica ucraniana, me reconoció. Siempre he tenido alguna especie de joya conmigo y le dije: “Yo te voy a dar todo lo que tengo, sólo déjame ir”. Ella se rió y dijo que iba a llamar a su hermano, que estaba en la milicia ucraniana, y así fue. Me investigaron toda la noche. Le dije a mi investigador que los documentos de identidad no eran míos. Afirmé que viví con esa pareja y que la mujer era mi tía, y que ella no es judía pero yo lo soy. Le dije que encontré los papeles dentro de una maleta que había robado en un tren. Yo no quería traicionar a la pareja que me ayudó. Llamaron a la mujer y la investigaron también. Le preguntaron si ella era mi tía. Ella mintió y dijo que ella no me conocía. Yo no contradije su mentira. A partir de ese momento, me aseguré de mantener mi integridad, incluso en los momentos más horrorosos. Nunca perdí mi humanidad. El investigador me dijo: “Usted acaba de salvarle la vida a esa mujer. Se suponía que debía obtener una sentencia de muerte por ocultar un judío, pero yo no quería su sangre en mis manos”. A ella le dijo: “Usted se puede ir, esta libre. Esta judía acaba de salvar su vida”.

De allí me llevaron al Gestapo. Mientras caminaba me acordé de la pastilla que me había dado mi padre para tragar en caso de que algo devastador llegara a suceder y que no pudiera seguir adelante. Durante la caminata al Gestapo decidí que no importa; yo iba a sobrevivir. Me dije: “Mis padres están en algún lugar, ahí fuera, y están vivos. Escaparon con el fin de sobrevivir y lo harán. No puedo suicidarme y dejarlos solos”.

Me llevaron a las oficinas del Gestapo en Lvov y tuve que dar mis datos personales: nombre, el nombre de mis padres, donde vivía. No declaré mi verdadero apellido porque sabía que era conocido por la empresa de mi padre, así que me identifiqué con un apellido diferente. Me llevaron al sótano y me colocaron con un grupo de un centenar de mujeres judías. Yo era la más joven. Dormía en el suelo de cemento, me daban un plato de sopa por día. Yo era considerada una criminal ya que le dije a la milicia ucraniana que robé mis papeles y por eso constantemente me llevaban a investigaciones en las que me severamente golpeaban. Durante una de esas investigaciones, me caí y me dieron una patada directamente a la mandíbula, que resultó dislocada. Me arrastraron de vuelta al sótano y luego, ocurrió un milagro. Un oficial alemán de las SS, que era probablemente un médico, me vio en el suelo y entró. Estaba seguro de que me iba a matar, porque quien yacía en el suelo le disparaban de inmediato. Pero él entró, me cogió la cara entre las manos y devolvió mi mandíbula a su lugar. Hasta hoy recuerdo el tremendo dolor que sentí. En realidad me salvó la vida, porque si alguien me hubiera visto con una lesión tan grave, me hubieran matado inmediatamente. Así viví durante meses: estába sentada allí todo el día, a la espera de ser asesinada.
El campo de concentración Janowska

A menudo, prisioneros del Gestapo eran enviados en un transporte a un lugar llamado “La montaña de arena”, un pozo que tenía el mismo propósito que otros pozos de matanza, con una clara diferencia: en vez de disparar a la gente que luego caían al pozo, los alemanes empujaban a los judíos hacia la ‘La Montaña de Arena’ y luego la llenaban con cal y cubrían el hoyo, dejando a la gente en el interior ahogados. Sabíamos que nos iban a llevar allí. Nos trasladaron con un camión de carga y entre nosotros había un montón de chicas jóvenes que estaban dispuestas a salvarse a cualquier precio. Juntas decidimos saltar del camión. Habían rumores que para llegar a la ‘Montaña de Arena’, el camión tendría que hacer un giro brusco a la derecha. A último momento, vi que el camión no iba a girar a la derecha así que decidí no saltar. Esa fue la única vez en la historia que un transporte no llegó a su destino previsto. Giramos a la izquierda en su lugar y llegamos a Janowska.

El campamento se dividía en dos. Un lado era un campo de trabajo, donde sabía que mi tía Gusta y su marido se alojaban. El otro lado era donde estaban los criminales y nadie salió con vida de ese lado del campamento. Ahí me llevaron. Los presos vivían en barracas de madera, con aproximadamente un centenar de personas en el interior de cada barraca. Cada día nos llevaban a ser contados y de allí a trabajar. Mi trabajo consistía en cavar canales que ayudaban a preservar las papas y otros cultivos de los agricultores polacos durante el invierno. El oficial que pasaba entre nosotros, los trabajadores, y si no le gustaba uno de nosotros, él lo disparaba. Ese era su juego.

En mi cuartel había una pequeña ventana enrejada y la gente llegaba allí con el fin de hablar con aquellos del otro lado del campo y obtener información. Fuí a la ventana y grité el nombre de mi tía una y otra vez y dije: “Dile que estoy aquí.” Llegó mi tía y ella envió a su marido a buscarme. El me llevó cuando el oficial de la SS estaba contando a los presos y afirmó que se me necesitaba para el trabajo en el otro lado del campo. Él me llevó al campo y me puso en el interior de un pozo, donde tuve que esconderme y esperar a mi tío 24 horas sin agua, comida, luz y casi sin aire. Después de 24 horas, vino a buscarme. Pasé algún tiempo con él y mi tía. Luego de un breve período en el que tanto ellos como el resto del grupo de sus trabajadores me ocultaron, se dieron cuenta de que me plantea una amenaza para sus vidas porque los alemanes podrían darse cuenta de que me estaban escondiendo allí. Mi suerte fue que en Janowska las personas no estaban tatuados con números en los brazos y así es como nunca nadie se enteró que estaba allí.

El escape de Janowska

El campo de concentración Janowska estaba situado en el medio de la ciudad y habían casas que conectaban el campamento con el mundo exterior. Mi tía conocía a un hombre polaco que estaba en la resistencia. Vivía en una de esas casas, en las afueras de Janowska. El aceptó que me llevaran allí. Luego, él me llevó a la estación de tren y me proporcionó con un nuevo certificado bajo el mismo nombre falso que mi padre me había dado en los primeros documentos falsos. En ese entonces tenía 12 años de edad pero yo estaba maquillada y parecía mucho más grande que mi edad real y así fue como adopté una nueva identidad. Me bajé en la estación que me habían indicado y caminé hacia el bosque, donde encontré una cabina. La cabina era de un Volksdeutsche y su esposa polaca. Les dije que yo era una chica polaca cuyos padres huyeron de Polonia al estallar la guerra y que ahora me quedé huérfana y no tenía lugar para quedarme. Ellos aceptaron que me quedara allí.

Un día al caminar por la zona encontré un convento. Las monjas del lugar eran también enfermeras que cuidaban a los enfermos y empecé a ir allí a diario y a ayudar a las monjas con su trabajo. Fue allí donde me di cuenta que quería ser enfermera. Me vestía como una monja, con una gran cruz de madera colgada de mi cuello y aprendí cómo emular todas sus acciones: Oré, fui a la iglesia, fui a dar confesión, y a través de ellos, aprendí cómo ser auxiliar de enfermería. Así viví siete meses. En la cabina también me enseñaron a montar caballos, hacer las tareas del hogar y batir la mantequilla. Viví la vida de un campesino y de una monja. Después de un tiempo, los dueños de la cabina comenzaron a sospechar que era un impostora y que tenía una conexión con la resistencia polaca. Comprendí que tenía que volverme a escapar. Una mañana, me fui de la cabina como cualquier otro día y en vez de ir al convento, me quité el traje de monja y me vestí con mi ropa vieja. Caminé desde el bosque hasta la estación de tren y con el dinero que me quedaba compré un billete de tren a Varsovia.
La vida en el ghetto de Varsovia

Mi otra tía, la hermana de mi madre, vivía en el gueto de Varsovia. Sabía su dirección y caminé hasta allí. Llegué al lugar hambrienta y exhausta. Finalmente la encontré. Ella me dijo que toda nuestra familia murió y que mi abuelo había sido enviado a Auschwitz. Luego dijo: “Tenemos que sobrevivir, al menos para dar testimonio.” Ella aún no sabía nada de la muerte de mis padres. Después de varios meses allí, logré conectarme con la resistencia polaca. El famoso levantamiento del gueto de Varsovia había comenzado y decidí unirme a la lucha. Me enseñaron cómo usar un arma y participé en un entrenamiento. Fue catastrófico: la lucha en las calles, las casas quemando. Cuando los alemanes llegaron a poner un fin al levantamiento, estaba en camino a visitar algunos heridos que se encontraban en un hospital improvisado. Justo después que me fui, los alemanes capturaron la barricada donde hasta hace unos instantes yo había estado luchando, y así es como me escapé de otra muerte cierta. Los alemanes también capturaron el hospital. Permanecí en el hospital como enfermera. Los alemanes lucharon con los polacos, mientras que los rusos esperaban para entrar en la batalla. El Levantamiento de Varsovia se terminó, y los alemanes bombardearon el gueto, destruyendolo totalmente. Después de eso, mi hospital se trasladó a Cracovia.

La vida en la calle

El hospital fue reubicado a cracovia, en un campo de trabajos forzados. Yo continué trabajando en la clínica como enfermera. Tenía 13 años, pero mentía que tenía 20. La guerra continuaba, todos a mi alrededor eran polacos y estaban bajo la impresión de que yo también era polaca. Nos quedamos allí hasta que Cracovia fue conquistada. Los alemanes y los polacos escaparon y yo me vi forzada a vivir en la calle.

Dormía en las entradas de las casas y comía lo que lograba encontrar en las basuras hasta que encontré una especie de orfanato para niños y adolescentes. Dormía en el suelo y todo lo que tenía era la ropa que llevaba puesta, pero tenía un lugar para alojarme y finalmente otros niños con quien estar.
El escape de Polonia

Hacia el final de la guerra, vivir en las calles era caótico y terrible: personas eran asesinadas por todos lados, golpeadas o violadas. Decidí esconderme y empecé a buscar a otros judíos. Yo no sabía cracovian bien ya que había pasado la mayor parte del tiempo en el hospital dentro del campo de trabajo, pero eso no me detuvo. Me puse a buscar judíos y encontré un par de partisanos que lucharon en el bosque con los rusos. Me dieron una dirección y me dijeron que había una reunión de judíos que planeaban escapar de Polonia. Llegué al lugar de reunión y había mucha gente. Todos estaban en parejas y tríos, pero yo estaba completamente sola. El grupo planeaba llegar a Israel. Miré a mi alrededor y comprendí que había llegado por fin al lugar correcto. Dos días más tarde nos encontramos en la estación de tren antes del amanecer y nos colamos en un camión de carga de animales, y así es como logramos salir de Polonia. Al salir del territorio polaco, abrimos las ventanas y miramos hacia afuera. Por fin, estábamos a salvo. Nuestro destino era Italia. Fuimos en coche por Rumania y Hungría y finalmente llegamos a Italia. Cumplí 15 años al llegar allí. Estuvimos en un campo de refugiados, pero después de un tiempo los italianos desmontaron el campo de refugiados y les dijeron a todos volver a sus respectivos países de origen. Estaba agotada y no podía soportarlo más. Me dije: “Hasta aquí llegue, estoy cansada de huir. Yo no voy a volver a Polonia”. Pesaba 40 kg, estaba gravemente enferma, tenía piojos y estaba en muy mal estado. Un extraño hombre llegó al campamento y buscó a personas de Lvov, Polonia. Al parecer, fue enviado por un hombre que hizo negocios con mi padre. Yo fui evacuada en ambulancia a la casa de una señora, quien me cuido y ayudo a mejorar. Comencé a vivir. Viví un año en Italia.


La Aliyah y el comienzo de la vida en Israel

En Italia, logré comunicarme con mi tía que vivía en Israel, nos mandamos cartas y empecé a planear como llegar a Israel. Conocí a un comandante de una compañía de conductores del ejército británico que se encontraban en la zona. Él era un judío polaco que ya había emigrado a Israel y sugirió que nos casamos ficticiamente para que yo pudiera emigrar a Israel como la esposa de un soldado que vuelve a casa de la guerra. Nos casamos y en 1947 vine a Israel en un barco con todas las esposas de los soldados que fueron liberadas de la guerra. Primero viajamos en un barco a Ismailia, Egipto, y desde allí en tren a Jerusalén. El tren pasó por Rehovot, que era donde vivía mi tía. Yo le había escrito una carta a mi tía y le había dicho que iba a venir a Israel. Finalmente, nos reunimos en la estación de tren de Rehovot. Al principio, me quedé con ella y luego viajé a Jerusalén para ver a mi tío, hermano de mi padre, que también había sobrevivido. Era tan extraño caminar por las calles y estar rodeada por judíos. Cumplí 16 años un mes después que llegue a Israel. Me aclimatice y aprendí hebreo, pero no podía ir a la escuela porque tenía que trabajar para poder mantenerme. Vivía en la Casa de Pioneros en Jerusalén y trabajaba en la sala de pediatría tratando bebés prematuros. Después de un tiempo decidí mudarme a Tel Aviv, donde tuve todo tipo de trabajos.
Alistamiento en el Palmaj, luchar en la Guerra de la Independencia y encontrar el amor

En 1947 estalló la Guerra de la Independencia y yo quería participar en la lucha por mi país. Tuve que ser aceptada en una organización clandestina, porque todavía no existía el ejército israelí. Fui a la oficina de reclutamiento y me alisté en la “Haganá”. Me enviaron a un entrenamiento en el norte de Israel, en Degania. Hice muchas de las cosas que los soldados de las Fuerzas de Defensa hacen en el entrenamiento básico: aprendí el rastreo militar y cómo utilizar un arma. Mientras estaba en el entrenamiento me lesioné y decidieron mis comandantes liberarme de la “Haganá”. Yo no estaba de acuerdo en ser liberada del ejército. Arranqué el documento de liberación y traté de ser reincorporada. Me enteré que el “Palmaj” estaba haciendo reclutamientos y traté de ser aceptada. Me preguntaron cuál era mi profesión y dije que era una enfermera. Me convertí en una enfermera de combate y me mandaron al Negev (sur de Israel). Yo sabía que iba a sobrevivir: ya había pasado por todo en mi corta vida, nada podía desafiarme. Llegamos a Nir-Am, donde estaba la sede del Palmaj. Hice de todo: cocinaba para los soldados, limpiaba, ayudaba a construir las tiendas de campaña y me encargue de los heridos. No le tenía miedo a nada. Estaba tan emocionada de finalmente estar entre judíos. Sentía que todos eran mis hermanos y hermanas.


La guerra continuaba y me convertí en la enfermera de combate la Brigada del Negev. Yo me unía a los soldados en el terreno y me hacía cargo de ellos. Por la noche, ellos volvían del terreno y venían a sentarse conmigo en el hospital, a tomar un café y a descansar. Rápidamente me hice amigo de todos ellos. Un día, un soldado se acercó a mí y me dijo: “Usted tiene que unirse a todos nosotros y venir a esta hoguera que estamos teniendo.” Ese soldado era un conductor de Hummers en el Noveno Batallón. Acepte ir con él. Estábamos sentados alrededor de la hoguera cuando un chico que estaba sentado a mi lado puso su mano en mi plato y tomó de mi comida. Saque su mano de mi plato y comencé a reprenderlo. Le dije: “¿Qué clase de comportamiento es ese? ¿Dónde están tus modales?” Él respondió: “De Tel Aviv, donde nací y crecí”. Con el tiempo, ese ladrón de comida, Akiva, fue la persona con la que me case. Él me cortejó y aunque era mayor que yo, nos llevamos muy bien. Él venía a la clínica y me visitaba constantemente. Los soldados Palmach solían no bañarse y eran descuidados con su apariencia, pero Akiva estaba siempre limpio, afeitado y duchado. Era un hombre tan impresionante. Después de que lo conocí, yo no podía mirar a nadie más. Lo amaba tanto. Lo sigo haciendo, hasta el día de hoy.


Durante la Guerra de la Independencia, la Brigada del Negev fue atacada en numerosas operaciones. Durante una de las operación, camino a Beer Sheva tuvimos que pasar por un lugar llamado Irak Suwaidan. Este lugar estaba bajo el asedio de la policía de Irak Suwaidan y en el pasado, ocho veces intentaron en vano las tropas israelíes conquistarlo. De allí nos fuimos a lo que luego se convertiría en el kibutz Ruchama. Yo sabía que el noveno batallón estaba allí, en el terreno, y fui allí a ver si podía lograr ver a Akiva. Cuando llegué allí no lo reconocí ya que estaba cubierto de hollín y sucio después de varios días de combate. Lo abracé, puse mis brazos alrededor de él y me aseguré de que tenía todos sus miembros intactos. Él regresó a su unidad y yo me quedé en la sede del Palmaj.

Beer Sheva fue conquistada por nuestras fuerzas en una operación larga y, mientras tanto, me contraje neumonía. Akiva vino a visitarme. Se veía muy molesto. Le pregunté: “¿Por qué estás de un humor tan amargo?” Y me dijo: “¡Yo estoy así porque usted está enferma y distraída y su mente está ocupada con otras cosas, pero tenemos que casarnos”. Así es como él me propuso. Los chicos de la Brigada del Negev nos construyeron una pequeña casa hecha de barro sin electricidad ni agua, pero tuvimos un pequeño patio y yo hice cortinas de gasa. Esa fue nuestra primera casa como recién casados. Después del casamiento, mi marido se fue al Curso de Oficiales y yo continué trabajando como una enfermera en la sede de la Brigada del Negev. Me volví a enfermar y él decidió que no podíamos continuar así. Cuando me repuse, me liberaron del ejército. Akiva continuó su servicio y estaba en el servicio de reservistas toda su vida. Participó en cada una de las guerras de Israel hasta su muerte.
La vida en Israel y construyendo una familia


Después de que nos casamos, tuvimos dos hijas, Orly y Tali. Tenía 21 años cuando mi hija mayor, Orly z “l, nació. Fue entonces cuando empecé a tratar de averiguar qué pasó con mis padres. Con el tiempo conocí a un hombre que estaba con mi padre en ese grupo de personas que escaparon de la fábrica a la parte rusa. Fueron capturados por los alemanes y encarcelados. Cavaron un túnel en el suelo y escaparon de la prisión. Mientras huían, alguien los persiguió y gritó: “¡Jude!” (judío en alemán) y mi padre se dio la vuelta. Lo mataron a tiros ahí mismo, en el medio de la calle, en Kiev. Él tenía 41 años cuando murió. Mi madre murió en un campo de trabajo en algún lugar de Alemania. Ella tenía 32 años cuando fue asesinada. Su presencia, caras y valores amorosas nunca me dejan. Crie a mis dos hijas con mi marido, hasta que él falleció de cáncer. Mis dos hijas sirvieron en el ejército israelí, se casaron y tuvieron hijos. Tengo tres nietos, dos de los cuales sirvieron en el ejército y la tercera que actualmente sirve en las FDI, y cuatro bisnietos.



Cuando llegué a este país, toda la gente tenía un mismo sueño: el sueño sionista. Cuando estábamos en el ejército no teníamos rangos, uniformes, zapatos, alimentos, pero teníamos amor por el país y por los demás. Nuestra generación tenía un sueño que se hizo realidad, porque esta es la tierra de leche y miel. Creo que cada soldado de las FDI es un hijo mío de alguna manera, y cada vez que muere un soldado, me entristece profundamente. Esta es mi gente. La juventud aquí es increíble: ellos son nuestro futuro. Aprenden, trabajan, tienen valores tan fuertes y se comportan como seres humanos, con sus amigos, así como con extraños y enemigos.

fuente: IDF

 http://albertobernator.blogspot.co.il/

sábado, 30 de mayo de 2015

SERGIO BACARI: Una historia verídica y emocionante para recibir el shabat (Sábado)



por SERGIO BACARI

En Tel Aviv hay una estación de taxis donde los conductores, después de tantos años de trabajar juntos, se hicieron amigos, y una vez por mes se reúnen en la casa de alguno de ellos para contarse experiencias.

Cierto día uno de los taxistas se paró, pidió silencio y comenzó a contar una anécdota:

—Esta semana viajaba como de costumbre por Tel Aviv, cuando una persona me pidió viaje. Me detuve, y una vez dentro del coche, el pasajero me resultó muy gracioso; un anciano que vestía una camisa "Miami" a botones, un reloj y una pulsera de oro. 

Me pidió que lo llevara a la calle Sheinkin y, mientras viajábamos, comenzamos a conversar; me contó acerca de sus éxitos, sus fábricas y sus inversiones. Después de un rato me pidió permiso para fumar y cuando asentí, sacó de su bolsillo un habano. Según me comentó, su costo era de cincuenta dólares y mientras yo intentaba encender mi cigarrillo "Time", él se apresuró y me dio fuego cordialmente. 

Vi que se trataba de un encendedor Zippo que valdría cientos de dólares y, así como estiró su brazo para encenderme el cigarrillo, la manga de su camisa se elevó y me permitió ver que tenía tatuado un número, como esos que llevan los judíos que estuvieron en los campamentos de exterminio durante la Segunda Guerra 
Mundial.
Grabé el número en mi memoria y algo me generó una profunda emoción. 

Automáticamente, pisé el freno y 
estacioné; me di vuelta y le pregunté:
— ¿Sos un sobreviviente del holocausto?Medio enojado porque paré de repente, me contestó con otra pregunta:

— ¿Nunca habías visto a un sobreviviente del holocausto? Seguí camino por favor, me estás demorando.

Me atreví a pedirle que me hablara un poco sobre su pasado y, cuando se le pasó un poco el enojo, me contó que toda su familia había sido asesinada durante esos años de espanto.

—Después de la Guerra, investigué y busqué; necesitaba saber si todavía quedaba alguien con vida. En una ocasión me llegó un rumor que decía que mi hermano estaba acá, en Israel, y cuando vine a buscarlo nadie pudo decirme algo en concreto hasta que una persona me comentó que lo había conocido y que lamentablemente ya había fallecido, así que me quedé solo…

El taxista, hizo una pausa y les dijo a sus colegas que antes de seguir con la historia de este hombre, quería contarles algo sobre su propio pasado y fue así como siguió su relato:

—Ustedes me conocen como una persona religiosa pero no lo fui toda mi vida; yo me convertí en religioso al casarme. Nací y me eduqué en un kibutz laico, por lo cual nunca tuve ninguna relación con la religión.
Era un joven cuando cierto día, antes de alistarme en el ejército, sentado en el comedor del kibutz y sin ánimo, sentí nauseas. Me dije a mí mismo que mejor sería hacer rápidamente mi trabajo así podría irme a descansar a mi cuarto. En el lugar donde trabajaba había un recipiente enorme en el cual tirábamos papas. En la base del mismo había cuchillas, como las de un blender, que cortaban las papas cuando llegaban a la superficie. Era un día de lluvia; me acerqué a la máquina con mis zapatillas mojadas y cuando intenté tirar las papas, resbalé y caí dentro. Me golpeé todo el cuerpo y cuando reaccioné, me di cuenta que era la hora en que la máquina funcionaba y yo me estaba hundiendo, junto con las papas, directo hacia las cuchillas.
Grité con todas mis fuerzas pero nadie me escuchaba, todos estaban aturdidos por el ruido dentro del comedor del kibutz. Traté de treparme pero todo estaba resbaloso y era, además, muy alto, por lo que comencé a gritar más fuerte. 

Esta vez le pedía a Dios que me ayudara. 

Nunca antes había tenido una reacción parecida; empecé a gritar al cielo pidiéndole a Dios que me salvara:
— ¡Dios, socorro, no quiero morir!
Fue en ese preciso momento, cuando yo estaba aterrorizado y gritando desesperadamente, cuando una mano entra en la enorme palangana y me toma fuertemente para que yo no siguiera cayendo. Lo primero que vi fue el número que llevaba tatuado en su brazo. Era la mano de mi vecino Zalman.

Zalman era un sobreviviente del holocausto que sufría de un aftershock y traumas. No hablaba ni se comunicaba con la gente. Le agradecí que me hubiera salvado la vida, y él me miró, y sin contestarme se fue.

Desde ese día, el número que vi grabado en su brazo me persigue por doquier; siempre lo recordé y supe repetirlo cada vez que contaba la historia. Entré al ejército, y los primeros tres números de mi documento eran como los de Zalman. 

Cuando me casé, y compré mi primera casa, los dos números del medio que la identificaban eran como los dos números del medio del tatuaje de Zalman, y cuando compré un teléfono celular, los últimos tres dígitos eran como los últimos tres del brazo de Zalman...

Cuando el anciano del taxi me encendió el cigarrillo, los números de su brazo eran parecidos a los de Zalman; casi iguales. 
Sólo el último era distinto, y cuando vi que era correlativo al de Zalman trabé las puertas del taxi, giré en “u” y comencé a viajar con destino al kibutz. El viejo empezó a gritar y, seguramente, pensaba que lo estaba raptando, por lo cual le conté la verdad y le dije que era posible que su hermano, a quien él había perdido, fuera el Zalman que yo conocí de joven, y que estábamos viajando a su encuentro y que, a lo sumo, si no fuera así lo llevaría hacia su destino original y no le cobraría el viaje. Yo tenía la esperanza que Zalman estuviera vivo todavía, a pesar de que habían pasado muchísimos años. Al llegar al kibutz sentí que no había pasado el tiempo; me acordaba de todo; cada rincón, lo que hizo que llegáramos directamente a la casa de Zalman. Sabía exactamente dónde estaba ubicada.

Me bajé del taxi, y al minuto de haber golpeado, ese minuto eterno, ocurrió el milagro esperado, Zalman me abrió la puerta. Lo abracé fuertemente como cuando no ves a un ser querido durante una gran cantidad de años. Zalman no reaccionó, no abrió la boca, parecía que no me recordaba. Cuando se bajó del taxi mi pasajero y se nos acercó sin que me diera cuenta, fui testigo de un momento histórico: Ambos se reconocieron instantáneamente como hermanos. Fue, además, la primera vez que escuché a Zalman hablar.

Siento que Zalman fue enviado desde el cielo para salvar una vida, la mía, para que esa misma vida le trajera a su hermano perdido. Sentí que el rol que cumplí en este drama no fue casual. Estoy seguro que alguien desde el cielo me empujó a llevar a cabo esta misión y no me quedó otra que decirle gracias.Gracias a Dios que me permitió ser el protagonista de esta historia.—

Así fue como este relato hizo que sus colegas, de a poco, se le empezaran a acercar y a abrazarlo como nunca.

¡Shabbat shalom para todos!

(Sábado de Paz para todos)


fuente: FACEBOOK.

sábado, 16 de agosto de 2014

VARSOVIA ( POLONIA) HAY UNA CIUDAD QUE SE DETIENE POR UN MINUTO CADA AÑO...

Cada 1ro de Agosto, la ciudad de Varsovia en Polonia se congela por un minuto para conmemorar la pérdida de 250.000 vidas polacas durante los 63 días del Alzamiento de Varsovia.


SUBIDO POR 'KERSHTEL'

POWSTANIE WARSZAWSKIE - MINUTA CISZY ( THERE IS A CITY THAT STOPS FOR ONE MINUTE EVERY YEAR )



Comentario:


Usted sabe que Israel tiene un día como este dos veces al año? una vez para los soldados y las víctimas del terrorismo y una vez para los 6 millones de judíos que fueron asesinados por los nazis en el holocausto (genocidio/Shoá).

 Hay una sirena que suena por todo Israel y los que realmente aprecian  a los caídos, se quedan parados sin moverse,  ya sea un minuto o 2 minutos, depende de qué día se conmemora .
Autor: 6thisis

FUENTE: www.youtube.com 


viernes, 31 de enero de 2014

Vaticano: "Nunca más" otro Holocausto, pidió el Papa Francisco I


En el día que se recuerda la Shoá, 
el Papa llamó a no repetir esos
"horrores que avergüenzan a la
humanidad"

Por   | LA NACION
 
 
 

 



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ROMA.- Al evocarse el Día de la Memoria del Holocausto -que coincide con la liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, el 27 de enero de 1945-, el Papa volvió a pedir ayer que "nunca más sucedan tales horrores que avergüenzan a la humanidad".
 
Lo hizo en una carta manuscrita que le envió a su amigo rabino Abraham Skorka, rector del seminario rabínico de Buenos Aires, que asistió anoche en esta capital a un concierto por el Día de la Memoria, en el que por primera vez tocaron violines que sobrevivieron al Holocausto, organizado por la comunidad judía italiana.

"Los acompaño espiritualmente en este evento que, todo él, constituye un mensaje: por primera vez 12 violines y un violonchelo sobrevivientes de la Shoá sonarán conjuntamente. Por cierto que los asistentes escucharán a Barder, Bloch, Sarasate, Vivaldi y Beethoven, pero también el corazón de cada uno de ellos sabrá que, detrás de los sonidos, existe el silencioso sonido de lágrimas históricas, lágrimas de esas que dejan huellas en el alma y en el cuerpo, en los pueblos", escribió el Papa.

"Deseo que usted y quienes participan en ese acto puedan adentrarse en esas lágrimas históricas que hoy nos llegan a través de los violines y sientan el fuerte deseo de pedir que nunca más sucedan tales horrores que avergüenzan a la humanidad", agregó.

Directas y claras, las palabras de Francisco, que del 24 al 26 de mayo por primera vez peregrinará a Jordania, Israel y los territorios palestinos, no sorprendieron. Su sintonía con la comunidad judía, a la que recibió varias veces en audiencia desde que fue elegido, es bien conocida, así como su amistad con Skorka.

"Es bien claro el compromiso de mi querido amigo, por lo que no me sorprendió que volviera a pedir que nunca más ocurran tales errores", dijo a LA NACION Skorka, que viajará también a Tierra Santa, donde su sueño es rezar junto a Francisco ante el Muro de los Lamentos, el sitio más sagrado del judaísmo, en Jerusalén, y en Belén.
La celebración quedó empañada por una serie de ataques antisemitas, al parecer perpetrados por grupúsculos neonazis romanos, que causaron gran indignación. El viernes fueron enviadas cabezas de cerdos, en cajas, a la sinagoga de Roma, a una entidad judía y a la embajada de Israel. Además, en las últimas horas aparecieron pintadas con leyendas antisemitas que obligaron a subir el nivel de alerta en el barrio judío de Roma.

Roban sangre de Juan Pablo II

Ladrones irrumpieron en una pequeña iglesia en las montañas al este de Roma el fin de semana y se llevaron un relicario con la sangre del difunto papa Juan Pablo II.

Decenas de policías con perros rastreadores en busca de pistas revisaron la zona remota, una de las preferidas por Juan Pablo II, que a veces salía del Vaticano en secreto para esquiar o rezar en esas montañas de los Abruzos.



fuente: diario LA NACION.COM

lunes, 8 de abril de 2013

19 de ABRIL 1943 - Levantamiento del Ghetto de Varsovia- 70º Aniversario -





















A primeras horas del 19 de abril de 1943, víspera de Pesaj, el gueto fue cercado. La organización judía de combate declaró entonces el estado de alarma. De los preparativos del Seder se pasó a la alerta. Y poco después, de las 18hs,  cuando los últimos judíos del Gueto se preparaban para el Seder, las SS hicieron su aparición, iniciándose con ello la «acción en amplia escala» bajo el mando de Jurgen Stropp. (declarado culpable, y ejecutado el 6 de marzo de 1952, en la antigua ubicación del Gueto de Varsovia).











Con gran sorpresa, por parte de los alemanes, la primera tentativa de penetración fue rechazada por un nutrido fuego de armas de pequeño calibre, granadas y bombas caseras.



Un vehículo de combate fue incendiado por un grupo de veinte personas -hombres, mujeres y niños que se sabían muertos- y los alemanes tuvieron que retirarse. Por primera vez en mucho tiempo, en el bando judío reinaba un ambiente de gran alegría, la alegría que da sentirse libres. Sabían, desde luego, que no podrían vencer, pero estaban decididos a vender cara su esperanza de libertad.

A las 20hs, Stropp asumió personalmente el mando de la operación,  asignando a pequeños contingentes de soldados la misión de barrer completamente el ghetto. Muy pronto, el pueblo judío del gueto de Varsovia, se vió obligado a retirarse de los tejados y de los pisos superiores de las casas.



Así pasó el primer día de Pesaj… y el segundo…, entre fuego, disparos y francotiradores. Al tercer día, la resistencia se había concentrado en las esquinas y en los refugios de la plaza Muranowsky.






















El 8 de mayo el sótano que albergaba al Estado Mayor Judío, en  la calle Mila 18, fue bloqueado y sometido a un intenso bombardeo de granadas de mano. Allí pereció Mordejai Anilevich con ochenta de su compañeros… con esto… la rebelión armada terminaba.



Toda forma de resistencia organizada acabó el 16 de mayo, a las 20,15 horas, con la significativa demolición de la sinagoga.



Algunos judíos que sobrevivieron lograron huir a través de las cloacas y unirse a los partisanos polacos. Pero… todavía, en pleno mes de julio, los alemanes se hallaban terminando las operaciones de “limpieza”.



Stropp registró la muerte de unos 56.000 judíos durante la rebelión. Unos 7.000 resultaron muertos en combate y un número análogo fue enviado a Treblinka. Se calcula que otros 5.000 o 6.000 murieron a causa de las explosiones y de los incendios; el número exacto de los cadáveres bajo los escombros es imposible de calcular y desde luego los nazis no se preocuparon por ellos.



Aquel 19 de abril, el comienzo de la rebelión, quedó registrado en la historia como el primer levantamiento de una población urbana en toda la Europa ocupada por los nazis, quienes no estaban preparados para tamaña resistencia.


Los combatientes del gueto, murieron poco después de Pesaj. Entre ellos no había mucha gente religiosa. Anilevich, y sus compañeros del movimiento sionista de izquierda, por cierto no lo eran. Pero todos conocían el significado de la "fiesta de la libertad", uno de los más conocidos y hermosos nombres de Pesaj. Anilevich y los judíos del gueto, honraron el significado de Pesaj con su rebelión.



(Fragmentos de las palabras pronunciadas por Ricardo Cohen, en un acto realizado en la ciudad de Tucumán, en el año 2010)

fuente: BOGREI IJUD