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viernes, 31 de enero de 2014

Vaticano: "Nunca más" otro Holocausto, pidió el Papa Francisco I


En el día que se recuerda la Shoá, 
el Papa llamó a no repetir esos
"horrores que avergüenzan a la
humanidad"

Por   | LA NACION
 
 
 

 



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ROMA.- Al evocarse el Día de la Memoria del Holocausto -que coincide con la liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, el 27 de enero de 1945-, el Papa volvió a pedir ayer que "nunca más sucedan tales horrores que avergüenzan a la humanidad".
 
Lo hizo en una carta manuscrita que le envió a su amigo rabino Abraham Skorka, rector del seminario rabínico de Buenos Aires, que asistió anoche en esta capital a un concierto por el Día de la Memoria, en el que por primera vez tocaron violines que sobrevivieron al Holocausto, organizado por la comunidad judía italiana.

"Los acompaño espiritualmente en este evento que, todo él, constituye un mensaje: por primera vez 12 violines y un violonchelo sobrevivientes de la Shoá sonarán conjuntamente. Por cierto que los asistentes escucharán a Barder, Bloch, Sarasate, Vivaldi y Beethoven, pero también el corazón de cada uno de ellos sabrá que, detrás de los sonidos, existe el silencioso sonido de lágrimas históricas, lágrimas de esas que dejan huellas en el alma y en el cuerpo, en los pueblos", escribió el Papa.

"Deseo que usted y quienes participan en ese acto puedan adentrarse en esas lágrimas históricas que hoy nos llegan a través de los violines y sientan el fuerte deseo de pedir que nunca más sucedan tales horrores que avergüenzan a la humanidad", agregó.

Directas y claras, las palabras de Francisco, que del 24 al 26 de mayo por primera vez peregrinará a Jordania, Israel y los territorios palestinos, no sorprendieron. Su sintonía con la comunidad judía, a la que recibió varias veces en audiencia desde que fue elegido, es bien conocida, así como su amistad con Skorka.

"Es bien claro el compromiso de mi querido amigo, por lo que no me sorprendió que volviera a pedir que nunca más ocurran tales errores", dijo a LA NACION Skorka, que viajará también a Tierra Santa, donde su sueño es rezar junto a Francisco ante el Muro de los Lamentos, el sitio más sagrado del judaísmo, en Jerusalén, y en Belén.
La celebración quedó empañada por una serie de ataques antisemitas, al parecer perpetrados por grupúsculos neonazis romanos, que causaron gran indignación. El viernes fueron enviadas cabezas de cerdos, en cajas, a la sinagoga de Roma, a una entidad judía y a la embajada de Israel. Además, en las últimas horas aparecieron pintadas con leyendas antisemitas que obligaron a subir el nivel de alerta en el barrio judío de Roma.

Roban sangre de Juan Pablo II

Ladrones irrumpieron en una pequeña iglesia en las montañas al este de Roma el fin de semana y se llevaron un relicario con la sangre del difunto papa Juan Pablo II.

Decenas de policías con perros rastreadores en busca de pistas revisaron la zona remota, una de las preferidas por Juan Pablo II, que a veces salía del Vaticano en secreto para esquiar o rezar en esas montañas de los Abruzos.



fuente: diario LA NACION.COM

jueves, 24 de octubre de 2013

NAZISMO GENOCIDA: el criminal nazi más buscado Laszlo Csatary murió sin haber sido juzgado



Muere Laszlo Csatary: el criminal nazi más buscado


¿Por qué habría sido importante que Laszlo Csatary hubiese sido juzgado?

por Yvette Alt Miller


El 18 de junio de 2013, Hungría acusó a Laszlo Csatary —ex comandante de un campo de concentración— con el cargo de colaborar en el asesinato de más de 15.000 judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

Laszlo Csatary era conocido no sólo por haber supervisado las deportaciones y muertes de judíos, sino que también por haber torturado y asesinado a los prisioneros judíos personalmente.
Sin embargo, en lugar de haber sido arrestado y enjuiciado después de la guerra, Csatary se las ingenió para obtener papeles y emigrar a Canadá, donde vivió durante décadas con tranquilidad.

Mientras que muchos aplauden los esfuerzos por llevar a estos nazis fugitivos ante la justicia, otros se preguntan si quizás no será demasiado tarde. E incluso algunos cuestionan el valor que tiene realmente el hecho de perseguir nazis. Quizás, se preguntan, deberíamos dejar que los nazis sean juzgados por la corte divina en vez de perseguirlos para que tengan un juicio en las cortes humanas.

Dado que el número de criminales de guerra nazis poco a poco se va extinguiendo, el juicio de Laszlo Csatary era una de las últimas oportunidades del mundo para hacer justicia con los criminales de aquella era. Lamentablemente, el juicio quedó inconcluso.

¿Cómo lo hace Efraím Zuroff (Director de la oficina israelí del Centro Simon Wiesenthal y responsable de llevar a docenas de nazis ante la justicia) para explicar por qué es importante juzgar a los criminales de guerra nazi, incluso después de tanto tiempo? En un mundo en el que muchos cuestionan si debemos siquiera perseguir a estos ancianos criminales, ¿cómo justifica Zuroff el incansable trabajo de toda su vida?

En una entrevista con AishLatino.com el día en que Csatary fue acusado, Efraím Zuroff sonaba eufórico.

Había trabajado en el caso de Csatary por años: primero ofreció una recompensa por información que llevase a su captura, luego lo rastreó y reunió cuidadosamente evidencia antes de entregársela a las autoridades húngaras en 2011, y finalmente esperó a que ellos hicieran sus propias investigaciones, lo que tomó dos años extra.
"En muchos aspectos, este es uno de los trabajos más frustrantes del mundo", dijo Zuroff sobre el largo y escabroso camino que había recorrido para llevar a este nazi a juicio. "Es como Sísifo, quien hace rodar la piedra montaña arriba sólo para verla después rodar hacia abajo".
Llegar a los 90 años no convierte a un asesino en masa en un gentil recto.
Zuroff, quien estima haber ayudado a enjuiciar a aproximadamente 40 nazis durante su carrera, dice que hay dos maneras de ver sus esfuerzos. Por un lado, dado que decenas de miles de criminales de guerra nazi escaparon al juicio después de la Segunda Guerra Mundial, podría decirse que lo que él ha logrado es "gurnisht", nada. Pero no es así como él lo ve.

"Míralo de otra forma", dice Zuroff. "Cada vez que un criminal de guerra nazi es expuesto, acusado, enjuiciado y castigado, es una victoria para los buenos; es una victoria para la sociedad, para el tikún olam (reparación del mundo)".

"El paso del tiempo no disminuye en absoluto la culpa de los asesinos", le dijo Zuroff a AishLatino.com. "La vejez no debería proporcionarle protección a personas que cometieron crímenes tan atroces. Pasar los 90 años no convierte a un asesino en un gentil recto".
De hecho, Zuroff recuerda que en los muchos casos en los cuales ha trabajado, nunca ha visto a un criminal nazi expresar remordimiento o arrepentimiento. Por el contrario, el gran libro de Zuroff, “Operation Last Chance: One Man's Quest to Bring Nazi Criminals to Justice” (Operación última oportunidad: la búsqueda de un hombre para llevar a los criminales nazis ante la justicia) detalla varios casos de criminales de guerra nazi que han sido protegidos por amigos e incluso por oficiales de gobierno hasta hoy en día. (Hubo un caso, el de Milivoj Asner —un nazi croata que vivía abiertamente en Austria en 1990— en el que Jorg Haider, quien era gobernador regional en ese entonces y que luego fue miembro de la coalición del gobierno de Austria, lo protegió personalmente y bloqueó los esfuerzos internacionales para llevarlo ante la justicia).

Zuroff señala que en décadas pasadas, en las que mucho fue escrito y estudiado sobre el Holocausto, los oficiales nazis retirados podrían haber expresado remordimiento con facilidad si hubiesen querido. "Esas personas podrían haber dicho: 'Cometimos un error, nos lavaron la cabeza, creíamos que los judíos eran los enemigos y lo lamentamos'. Pero nunca presenciamos un caso en el que una persona expresara remordimiento o arrepentimiento. Estas son las últimas personas en la tierra que merecen algún tipo de compasión, porque ellos no tuvieron ninguna compasión con sus víctimas".

Esta dedicación a la memoria de las víctimas de los nazis mantiene motivado a Zuroff y a muchos de sus colegas. "Nuestra obligación es con las víctimas; es encontrar a quienes los victimizaron", dice Zuroff. "Hace décadas que perdimos la batalla de llevar a todos los nazis ante la justicia; pero cada uno que logremos llevar a juicio es en sí mismo una victoria".
Si cometes crímenes en contra de los judíos, el pueblo judío te llevará ante la justicia.
Trabajar duro para que se haga justicia con los asesinos, incluso décadas después de sus crímenes, le envía al mundo el mensaje de que la injusticia no será tolerada. Los cazadores de nazis del Centro Simón Wiesenthal quieren decirle al mundo: "Si cometes crímenes en contra del pueblo judío, el pueblo judío te llevará ante la justicia".

Zuroff destaca que este mensaje es universal y que todas las víctimas —de todos los países, etnias y religiones— merecen que se haga justicia. El Centro Simón Wiesenthal persigue a los nazis que asesinaron inocentes gitanos, serbios y de otros grupos durante el Holocausto.
Permitirles a los asesinos tener impunidad es una forma de contaminación moral de los países. Las naciones que no se han ocupado de los ciudadanos que cometieron crímenes en contra de la humanidad tienden a ser hoy en día las que tienen fascistas resurgentes y partidos políticos antisemitas. "¿Qué pasa cuando no hay justicia?", pregunta. "Mira a algunas naciones de Europa Oriental: hoy en día tienen partidos fascistas muy fuertes", señala; en estos, los judíos y otras minorías no pueden vivir con seguridad y ni siquiera pueden caminar por la calle sin temor a la violencia. Rehusarte a condenar las atrocidades pasadas te puede llevar a eso".

En muchas naciones, observó Zuroff, los criminales de guerra explican sus acciones como actos de patriotismo. Una de las funciones de llevar a los criminales a juicio es, por lo tanto, redefinir esta visión distorsionada de heroísmo. "Los héroes deberían ser los rectos entre las naciones", explica Zuroff. Al enjuiciar a los asesinos, los países están poniendo el foco en los actos criminales y enviando el mensaje de que la xenofobia, la tortura y el asesinato no son compatibles con una sociedad civilizada.

Zuroff dice que su fe judía es la que lo motiva a perseguir a los nazis para que se haga justicia, incluso décadas después de sus crímenes. "Parte de ser un judío observante va más allá de rezar tres veces al día, respetar cashrut y Shabat", explica Zuroff. "Ser un judío observante también involucra un compromiso con la seguridad del pueblo judío y una misión de hacer que el mundo sea un lugar mejor".

Él cita a la Torá: "Justicia, justicia perseguirás" (Deuteronomio 16:20), y dice que a menudo se pregunta sobre las palabras que eligió la Torá. ¿Por qué ‘justicia’ y por qué ‘perseguirás’? Después de muchos años de trabajar para llevar a algunos de los más crueles criminales ante la justicia —a menudo en contra de los esfuerzos de los obstruccionistas oficiales regionales o nacionales— Zuroff piensa que ha aprendido algunas cosas sobre este crucial mandato bíblico.

¿Por qué ‘perseguir’? "La justicia no viene a tus manos", dice Zuroff. "Tienes que perseguirla y trabajar duro en ello". ¿Y por qué la Torá dice ‘justicia’ dos veces? "Mi interpretación es que debes ser un agente honesto y transparente en todos tus tratos, incluyendo los esfuerzos para llevar nazis a juicio”.
Somos la última generación que podrá llevar criminales nazis ante la justicia. Efraím Zuroff y sus colegas están cumpliendo con la misión (por todo el pueblo judío, y por todo el mundo) de llevar a los últimos espectadores con vida del Holocausto a su tardía rendición de cuentas.

.Lamentablemente, Laszlo Csatary no alcanzó a ser juzgado en un tribunal de justicia. Él falleció el 12 de agosto de 2013, a los 98 años.
* * *
Más información sobre el Centro Simón Wiesenthal, incluyendo información sobre recompensas por información que lleve al arresto de criminales de guerra nazi, puede ser encontrada en www.operationlastchance.org (sitio en alemán e ingles)


fuente:http://www.aishlatino.com/h/h/a/Muere-Laszlo-Csatary-el-criminal-nazi-mas-buscado.html

viernes, 19 de octubre de 2012

Pabellón de Pediatría Janusz Korczak-Holocausto y barbarie Nazi: los niños huerfanos judíos de Varsovia y Janusz Korczak asesinados en las cámaras de gases..

 

Pabellón de Pediatría Janusz Korczak

 
Por Moshé Korin
 
 
Al cumplirse el 70º aniversario de la muerte del Maestro Janusz Korczak no quisiera dejar de relatar un hecho sucedido en Buenos Aires que se relaciona a este insigne mártir.
 
Corría el mes de Mayo de 1962 cuando el médico, pediatra, profesor, escritor y periodista Florencio Escardó se presentó en la escuela Scholem Aleijem y dio la primera de cuatro charlas para padres en el salón de actos. Al finalizar la misma invitó a los miembros de la dirección y del gabinete psicopedagógico al acto de reinauguración y ampliación del Pabellón Pediátrico dependiente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, que había sido inaugurado precariamente por él mismo, en el año 1957, para el siguiente viernes por la mañana.
 
Escardó se desempeñó durante 45 años en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Fue médico, jefe de servicio de la Sala de Niños y posteriormente director del hospital. Él también fue profesor titular de la cátedra de Pediatría y Puericultura de la Facultad de Medicina de Buenos Aires, y como tal, logró trasladar la asignatura al Hospital de Niños en 1957. Produjo profundas transformaciones en pediatría, a partir de proponer la atención del niño, considerando a la familia en su totalidad, pues entendía que tratar al niño enfermo aislado de su entorno íntimo, retardaba su recuperación.
 
 
 
 
Pabellón Korczak en el Hospital de Niños.
 
En su alocución, en el acto, dirigiéndose al público presente dijo aproximadamente lo siguiente:
Krojmalna 92, esa era la dirección; allí funcionaba el Asilo de Huérfanos Israelitas de Varsovia.
Dicha institución estaba organizada como ninguna otra, era una república infantil, donde cada miembro era llamado por su nombre y respetado como ser humano.
 
La amargura del hecho mismo, por ser asilo, estaba dulcificada fundamentalmente por dos presencias: la del director, su compañera y sus colaboradores. Él, un hombre cuya vida estuvo dedicada a los niños: médico y pedagogo. Ella, Stefania Wilczynska, su alumna y su mujer. Él como escritor, publicó muchos ensayos sobre pedagogía y varios libros, entre ellos, uno bellísimo “Si volviese a ser niño”.
 
 
 
Korczak con niños a su alrededor
 
 
Pero era demasiado hermoso, demasiado humano, demasiada paz para los huérfanos judíos. Lo hermoso, lo humano, lo pacífico son valores que los nazis no podían comprender ni tolerar. Polonia se desangraba bajo la cruz esvástica. Los nazis ocuparon Varsovia.
El asilo quedó encerrado tras las murallas del gueto; desde allí el director trataba de salvar a sus chicos, luchaba desesperadamente para salvar a esta inocente “república infantil”. Pero no fue posible. Los pequeños judíos debían morir; por eso, por ser judíos. El director sería eximido del sacrificio. No tenía más que permitir que los niños fuesen trasladados a las cámaras de la muerte en Treblinka y Maidanek.
Pero el director se llamaba Janusz Korczak y era un hombre con mayúscula. No admitió la excepción y exigió que se le permitiese permanecer con sus huérfanos hasta el último momento. Exigió a las autoridades nazis que le permitan acompañar a sus niños por el último sendero al que la barbarie nazi los condenó.
El permiso le fue acordado. Así, una mañana neblinosa, los habitantes del gueto vieron desfilar la más macabra procesión que registra la historia de nuestra civilización; una fila de 200 niños encabezada por Janusz Korczak marchaba hacia las cámaras de gas. Delante iban los más pequeños. Dos de ellos en brazos de Korczak; así atravesaron las calles hasta llegar a los vagones del ferrocarril..
 
 
 
Memorial de Janusz Korczak y los niños en Yad Vashem
 
Y entonces Janusz Korczak tuvo miedo. Miedo de abandonar a sus niños solos en la muerte, solos en la agonía, solos en el estertor del gas. El director entró en el vagón del ferrocarril transformado en cámara letal, donde morirían los niños, una muerte de mártires.
 
Fiel a su fe, a sus ideas y a sus niños, murió Janusz Korczak, cuyo cuerpo fue incinerado y las cenizas llevadas por los fieros vientos a todos los ámbitos del mundo, juntamente con las cenizas de millones de otras víctimas.
El nombre de Korczak se recuerda poco, casi nunca se habla de él. Pocas veces se lo reverencia porque una vida como la suya, es una amenaza viva para los cobardes.
 
Pero aún hay quienes poseen memoria y voz sonora para despertar el respeto y el recuerdo. Por eso es que reinauguramos y ampliamos el Pabellón de psicología y psicohigiene infantil, dependiente de la cátedra de pediatría del Hospital de Niños. El nombre que se ha dado a ese pabellón es el de Janusz Korczak. Y la voz sonora, y la memoria ferviente se personificaron en la decisión de Bernardo Mandelbaum, que acompañado por sus colaboradores planificó, construyó y reequipó el pabellón y lo donó para que los niños pudiesen ser dignamente atendidos.
A partir de ese día, un conjunto de especialistas recorrerán las aulas y los consultorios del pabellón; la psicología del niño se aposentará en habitaciones claras y cómodas. Y antes de entrar, las madres y los hijos leerán, escrito en letras oscuras:
 
 Pabellón Janusz Korczak.
 
Un nombre que es un desafío y un reclamo. Un nombre que mantiene en vigilia nuestra memoria. Un nombre para la vergüenza de una época y para el alerta de hoy.
Janusz Korczak es un nombre para enseñar a nuestros hijos; para que aprendan a reconstruir en el viento la figura de un hombre que, solamente por haberlo querido, marchó invencible y definitivo hacia las cámaras de gas, llevando entre sus brazos a los dos más pequeños; conduciendo una procesión de niños a quienes no quiso abandonar.
  
 
fuente: http://elorgullodeserparte.com.ar/2012/06/27/pabellon-de-pediatria-janusz-korczak/    

jueves, 16 de diciembre de 2010

La "Shoah"(Holocausto) a balazos, una mirada hacia el genocidio judío menos conocido

Yosip Patetski tenía 14 años cuando fue obligado por las tropas nazis a tomar una pala y, junto a siete de sus paisanos, a cavar una de las fosas en las que fueron asesinados y sepultados los cerca de 5.000 judíos que había en su pueblo, Bibrka, en el oeste de Ucrania.

"Los SS querían que fuera mi padre, pero como no estaba, me eligieron a mí. Nos ordenaron llevar palas y cavar una fosa. No sabíamos por qué lo hacíamos. Después, nos alejaron hasta unos árboles y desde allí vimos cómo los fusilaban ante la fosa", refirió Patetski.


Hoy, este ucraniano octogenario recordó la terrible experiencia que marcó su vida y la de millones de compatriotas, en Madrid en la que la Casa Sefarad-Israel presentó el simposio "La Shoah por balas", que hasta el viernes reúne a expertos internacionales para debatir algunos de los aspectos menos conocidos del Holocausto judío en la II Guerra Mundial. En concreto, el tema estudiado en esta conferencia se refiere a las matanzas realizadas por el Ejército nazi en Bielorrusia, Ucrania y Rusia, entonces parte de la Unión Soviética, a partir de 1941 y antes de que el exterminio judío se convirtiera en el genocidio masivo de millones de personas en los campos de concentración.


"Hoy día se estima que (estas masacres) tuvieron como víctimas a un millón y medio de judíos y gitanos" en el entonces territorio soviético, explicó el director general de Casa Sefarad-Israel, Diego de Ojeda, quien subrayó la importancia de la investigación dirigida por Patrick Desbois, también presente.

Este sacerdote católico es presidente de Yahad-In Unum, la organización que lidera la investigación de las ejecuciones masivas llevadas a cabo por tropas nazis y sus colaboradores en el territorio europeo de la antigua Unión Soviética. Su obra "Shoah par balles", que ganó en 2008 el Premio Nacional de Libro Judío para el estudio del Holocausto, da nombre a este simposio internacional sobre el genocidio menos conocido.

"Queremos parar el negacionismo que insiste en rechazar el genocidio judío", explicó el padre Desbois. Desde hace siete años trabaja recogiendo evidencias sobre las matanzas realizadas por los Einsatzgruppen en pueblos de Ucrania y Bielorrusia con los datos recabados a habitantes de estos dos países que pudieron presenciar esos asesinatos cometidos entre 1941 y 1944.

Tales unidades estaban formadas por militares alemanes, de las SS principalmente, pero también "por cualquiera que tuviera armas" y fuera simpatizante de los invasores nazis, desde policías locales a meros colaboracionistas, según recordó Desbois. Otra labor del equipo dirigido por Desbois ha sido el examen de los inmensos archivos soviéticos, cuya investigación sobre las matanzas nazis se remonta a 1943 y 1944, según iban siendo liberados los territorios atacados por las tropas de Hitler.

Esas cerca de 16 millones de páginas escritas a mano recogen testimonios, pero también dibujos y croquis de las localizaciones de las fosas comunes a las que fueron arrojados los cuerpos de los centenares de miles de asesinados, trincheras que en ningún caso eran secretas, pues los nazis nunca quisieron ocultar el horror.



"Los vecinos veían lo que sucedía con los judíos desde sus casas. Una mujer recordaba, sin terminar de creérselo aún después de tanto tiempo, cómo mataron a cerca de mil personas debajo de su propia ventana", refirió el sacerdote. Entre los testigos interrogados figuran aquellos reclutados a la fuerza por los alemanes para cavar las fosas y acarrear cadáveres, como Yosip.

Otros formaban parte de las bandas de personas sin recursos que seguían a distancia a las columnas de prisioneros judíos para ver si podían hacerse con algún deshecho, con alguna prenda de las víctimas.

"No sé cómo explicar ese silencio. No podíamos explicar con palabras qué había ocurrido con los judíos", aseveró Patetski.
Según Ojeda, seminarios como éste forman parte "del esfuerzo para adquirir un conocimiento de los protagonistas de esos hechos" y también motivar "la concienciación" en unos países, como España, que no permanecieron al margen de la barbarie.

FUENTE: AGENCIA EFE Y SEMANARIO AURORA-TEL AVIV



domingo, 11 de julio de 2010

LA Argentina Nazi + Perón & Hitler en Argentina (decada del '40 del Siglo XX)




REFernan April 15, 2009

Hitler y Peron





REFernan April 15, 2009

Hitler y Peron





REFernan April 15, 2009

Peron Hitler








presenciametal January 11, 2009

Este video extraido del documental "ORO NAZI EN ARGENTINA"aporta serias y polémicas pruebas sobre la llegada de criminales de guerra nazis a Argentina y de sus cuantiosas fortunas, denunciando, además, la participación de bancos suizos y del Estado Vaticano en el traslado.

Con testimonios inéditos, recreaciones muy cuidadas y el aval de reconocidos investigadores en todo el mundo, echa luz sobre la herencia más oscura del nazismo. Rodado en imponentes escenarios, "Oro nazi en Argentina" va recogiendo pruebas y testimonios en Buenos Aires, Roma, Madrid, Ginebra y Zurich, internándose en las callejuelas de Berna o llegando hasta las costas del mar Báltico en Alemania, sumando al rigor documental, un ritmo inquietante de intriga policial y de espionaje.

El espectador accede a micro-films recientemente liberados de secreto, se introduce en auténticos submarinos de la Segunda Guerra Mundial e ingresa con cámaras ocultas, a mansiones de personajes altamente implicados en el manejo del tesoro nazi. Basado en el libro del periodista Jorge Camarasa "Odessa al sur" el film se enriquece con el aval de investigadores de enorme prestigio internacional, como Jean Ziegler, Beatriz Gurevich y Uki Goñi, entre otros.

La experiencia de víctimas y supervivientes colisionan dramáticamente con las escalofriantes declaraciones de Wilfred Von Oven, ex secretario de Gobbels, o con las del hijo del criminal Erich Priebke.

INFO
:
http://www.labutaca.net/films/32/oron...



presenciametalchurch October 31, 2008

2
http://www.rosariocine.com.ar/?sitio=...

PERON ERA NAZI. PERO MUY VIVO CAMBIO A LOS RUBIOS ARIOS, POR LOS "CABEZITA NEGRA", MAS FACILES DE DOMAR.



presenciametalchurch October 31, 2008

Info: 3
http://www.rosariocine.com.ar/?sitio=...
pensar que todavía hay necios muuuy peronistas que niegan ro-tun-da-men-te que "el más grande golpista" era nazi, ya que tampoco reconocen que el susodicho accedió al gobierno como asistente por un golpe de estado, porque no sé si se enteraron que el tal muchacho era "militar" y "golpista" claro está.
http://www.labutaca.net/films/32/oron...




presenciametalchurch October 31, 2008

Info:4
http://www.rosariocine.com.ar/?sitio=...
Es un exelente film en el que se refleja la realidad de nuestro país en los años 40, especial para los peronistas, que vean la clase de persona que fue Perón.





presenciametalchurch October 31, 2008

Info:
http://www.rosariocine.com.ar/?sitio=...
yo quiero decir que todavia hay nazis escondido en la Argentina
tambien quiero aclarar que EEUU tambien los albergó , por ejemplo el creador de los nuevos sistemas dee misiles EEUU fue obra de un nazi que trabajó para el gobierno EEUU despues de la 2 guerra


fuente: los textos pertenecen a los autores de los Videos, que fueron

tomados de www.youtube.es






miércoles, 27 de enero de 2010

Un tranvía hacia el infierno: el Ghetto de Varsovia






Higinio Polo


«Ziffel: -Ser alemán significa ser profundo, se trate de encerar el suelo o de exterminar a los judíos».
-Bertolt Brecht, Diálogos de refugiados.-

El tranvía que llevaba a Muranów indicaba el camino hacia el infierno. Hoy no podemos contemplar aquel tranvía sin estremecernos: está en lo que parece una inocente fotografía de la Europa de entreguerras. Apenas se ven en ella algunos edificios a ambos lados de una calle, y grupos de transeúntes; y el propio carruaje, que ocupa el centro de la imagen.
En la plataforma, junto al tranviario, se ven a tres o cuatro personas: una de ellas lleva una franja de tela cosida en la manga derecha, que intuimos con el símbolo hebreo, y nos miran. Es el tranvía número 61, de Varsovia: lleva en la cubierta un gran círculo con la estrella de David pintada y, bajo los vidrios por los que mira el conductor, un cartel que indica su destino: Muranów. Aquel tranvía atravesaba una calle empedrada, hasta el infierno. Y desde allí, desde el infierno de Muranów, desde el ghetto de la capital polaca, nos llegaron después otras fotografías, que hoy nos muestran las señales febriles del horror y de la muerte.
Heinz Jöst hizo muchas de ellas. Era un soldado alemán que realizó un total de 129 fotografías en el ghetto de Varsovia, un día soleado de septiembre de 1941. Cuando volvió a casa, tras la guerra, a la pequeña localidad de Langelensheim, escondió aquellas placas durante cuarenta años, y un día, pocos meses antes de morir, las entregó. Walter Genewein hizo algo parecido: era el contable alemán del ghetto de Lodz, que los nazis rebautizaron con el nombre de Litzmannstadt, y fijó también en imágenes aquellos años. Genewein estaba orgulloso del alma germana y quería mostrar la forma en que Alemania "civilizaba a una raza de infrahumanos".
Para ello hizo un total de 393 diapositivas en color, las primeras de la época, que tras la derrota nazi en la segunda guerra mundial ocultaría también durante otros cuarenta años, hasta que fueron encontradas en un almacén vienés hace poco más de una década. Las imágenes de ambos nos muestran a Varsovia y Lodz, que fueron los dos mayores ghettos judíos de la Europa dominada por los nazis, allí donde detuvieron su mirada Heinz Jöst y Walter Genewein.
El primero mostraba el horror, el segundo lo ocultaba. Las fotografías de Heinz Jöst empiezan ahora a ser conocidas, y las diapositivas de Genewein han servido como material para la realización de la película Fotógrafo aficionado, del director polaco Dariusz Jablonski.

Han llegado hasta nosotros imágenes parecidas, la mayoría realizadas por los nazis, de modo que vemos los ghettos judíos a través de su mirada, mientras nos asalta la impotencia y la rabia, la incredulidad y el miedo, la tristeza desesperada por el destino de las víctimas, porque sabemos que todo eso ha sucedido. Y, sin embargo, esas fotografías atroces, imprescindibles, eran mentira a veces, como las que parecían recoger la vida normal de las gentes, e trabajo, los talleres, a veces incluso la leve sonrisa de una mujer que paseaba a su bebé en un carrito por las calles del ghetto de Varsovia: parecen mostrar la vida, pero era la vida falsificada por la mirada del enemigo, y por eso algunos no reconocían -mucho después de la guerra- las imágenes que veían.
Como Arnold Mostowicz, superviviente de Lodz, que viendo las diapositivas hechas por el contable Walter Genewein afirmaba que eran escenas del ghetto, pero eran mentiras. Aun así sabemos muchas cosas de los ghettos gracias a personas como Emmanuel Ringelblum, que se esforzaron por documentar clandestinamente aquel infierno de Muranów al que se podía llegar en tranvía.
Ringelblum pudo enterrar entre las ruinas del ghetto de Varsovia los archivos que fue reuniendo a riesgo de su vida, junto con sus colaboradores, antes de ser asesinado por la Gestapo en 1944, mientras los propios nazis documentaban también la vida de los ghettos judíos en Polonia. Sabemos muchas cosas por ellos, y también por la mirada del enemigo.

Las fotografías del soldado Heinz Jöst hablan del infierno. Las diapositivas del contable Walter Genewein lo ocultan, pero sin saberlo él mismo mostraba los signos del horror cuando se quejaba ante la casa Agfa de que en las diapositivas que le suministraban aparecían extrañas manchas del color de la sangre. También hablaba del infierno Antoni Szymanowski, un obrero que no era judío y que podía entrar en el ghetto de Varsovia porque trabajaba en una empresa situada allí. Y lo hacen los diarios de Emmanuel Ringelblum -los Escritos del ghetto-, que fueron enterrados entre las ruinas del barrio judío para advertencia futura de la humanidad.
O las páginas de Hersch Berlinski, que moriría en la insurrección de Varsovia, un año después de la destrucción del ghetto. O los diarios de Aurelia Wylezynska, muerta también durante el levantamiento de Varsovia, y que comparaba la Somosierra española, Stalingrado y la calle Nalewki del ghetto. También hablan del infierno las palabras de Cyvia Lubetkin, que formaba parte de la dirección de la resistencia judía, escritas después de la guerra. O las que escribió Jan Karski, un correo de los partisanos polacos, que entró clandestinamente en el ghetto varsoviano para ver el horror y poder informar después al mundo, aunque sus palabras apenas fueron escuchadas en Londres.
Y las líneas de Jerzy Andrzejewski, escritas tras haber visto a grupos de polacos jaleando a los nazis que atacaban el barrio judío. También hablan del infierno las palabras de los propios nazis: las del general de las SS Jürgen Stroop, conquistador del ghetto de Varsovia; y las del propio Goebbels, ministro de la propaganda, anotadas en su diario. Todos hablaban del infierno. Un infierno al que se podía ir en tranvía.

Polonia es el país de la memoria. Y de los cementerios judíos. Porque los edificios, las calles, las huellas y hasta el rumor de las tiendas y las sinagogas, todo fue destruido. Parecería que el capitalismo germano, encaramado en la sombría máquina de guerra nazi, tuviese ya fantasmas perturbados, premuras calculadas rondando el cuerpo de Varsovia cuando Hitler clamaba por Danzig: sólo eso explica la crueldad con que asestaron las cuchilladas de fuego a la ciudad del Vístula, y el rostro devastado de la amarga Varsovia de 1945.
Ninguna capital europea conoció una destrucción semejante. Allí vivía la mayor comunidad judía de Europa. Los alemanes destruyeron la ciudad con saña: primero en los combates de septiembre de 1939, en los que murieron más de cincuenta mil personas y una parte de la ciudad fue reducida a ruinas. Después, en el corazón de sus calles, cuando lanzaron la operación de destrucción del ghetto, en 1943.
Finalmente, tras el verano siguiente, en agosto de 1944, cuando la arrasaron después de la insurrección de la ciudad, destruyendo metódicamente todos los barrios, con la eficacia insomne del odio. Dejaron tras de sí enormes baldíos de escombros y muerte. Cuando llegó el Ejército Rojo, la visión del soldado soviético fue testigo del rencor minucioso hacia Varsovia: sólo encontraron un gigantesco campo de ruinas. Sobre ellas se levantaría de nuevo la vida. La ciudad fue reconstruida pacientemente, aunque tras la guerra -durante años- los sueños varsovianos convivirían con montañas de cascotes desolados, más perturbadores incluso que en Berlín. Después, los cuadros del Canaletto servirían para reconstruir el Rynek y las calles del casco viejo: el arte acudía en ayuda de la vida.

En aquella urbe en ruinas ya no quedaban judíos. En vísperas de la segunda guerra mundial vivían en Polonia más de tres millones de hebreos: eran polacos, y representaban más de la décima parte de la población. No eran demasiado queridos por una parte de los eslavos, hasta el punto de que el mariscal Rydz-Smigly -sucesor de hecho del dictador Pilsudski- decidió en 1938 confirmar la ciudadanía de los polacos que vivían en el extranjero. Era una trampa destinada a los judíos: los residentes en otros países debían acudir a las embajadas para hacer constar su deseo de continuar con la nacionalidad polaca, pero a los judíos se les negaba esa posibilidad en las legaciones.
Rydz-Smigly, que los empujaba a la condición de apátridas, era un intérprete del viejo antisemitismo eslavo, y fue el inspector general del ejército polaco que tuvo que afrontar la derrota ante la Wehrmacht, en 1939. Después, desapareció. La historia se vengaría del mariscal; dicen que murió en la insurrección de Varsovia en 1944, igual que los judíos que despreciaba y que habían luchado en el ghetto por su dignidad y por la de Polonia. Fue también una víctima, pero había sido quien impulsó aquella ignominia contra los judíos.

Cuando el gobierno del mariscal Rydz-Smigly decidía aquellas infamias, el régimen nazi estaba tomando también disposiciones para expulsar a los judíos polacos del territorio del Reich. A finales de octubre de 1938 la Gestapo trasladó en vagones de ganado a miles de judíos y los abandonó en la frontera polaca: el gobierno de Varsovia tampoco los quería, y les negaba la entrada en el país. Mientras tanto, otros hechos iban a desarrollarse.
El 5 de noviembre, en París, un joven judío llamado Herschel Grynzpan -al que le habían llegado noticias de la deportación de sus padres- mató a Ernst von Rath, funcionario de la embajada alemana, y los acontecimientos se desencadenaron. El partido nazi, el NSDAP, inició bajo las órdenes de Goebbels una histérica campaña que culminó la noche del 9 de noviembre con el asalto por toda Alemania de centenares de comercios judíos y el incendio de las sinagogas. Era la noche de los cristales rotos, la Kristallnacht. A partir de ese momento miles de judíos fueron enviados en el Reich a los campos de concentración.

Después llegó la guerra, y, en septiembre de 1939, la ocupación de Varsovia por la Wehrmacht. En octubre, Hans Frank encabeza el Gobierno general de Polonia creado por los nazis, y a finales de año todos los judíos polacos son forzados a llevar en la manga derecha una estrella de David. Poco después, en los primeros meses de 1940, se crean los ghettos: el de Lodz, en febrero; el de Varsovia en octubre del mismo año, aunque ya estaban preparándolo desde principios de año, según órdenes de Ludwig Fischer, gobernador de la capital. El ghetto de Lodz llegó a tener ciento setenta mil judíos, y en Varsovia más de
Desde la creación del ghetto en Varsovia las condiciones de vida en su interior son inhumanas. Más de cinco mil muertos cada mes lo atestiguan. El tifus se apodera del barrio cercado ya en 1941, y, pese a que llegan nuevos deportados, las autoridades nazis reducen su superficie construyendo nuevas tapias. Así, levantan otro muro a lo largo de la calle Leszno, incorporando al resto de la ciudad de Varsovia las manzanas de casas situadas al sur que iban hasta la calle Zlota, en las cercanías de la estación de ferrocarril.
La calle Krochmalna, por ejemplo, en la que Isaac Bashevis Singer situó al narrador de su novela Shosha, y el mercado de la Hala Mirowska, quedan fuera del ghetto. Dentro, miles de obreros son obligados a trabajar en condiciones de esclavitud, recibiendo sopa por salario, a principios de 1943, mientras otros trabajadores son conducidos a talleres situados fuera del ghetto, diariamente. Porque esa es una de las funciones que cumplen: los ghettos son un excelente negocio para los industriales alemanes.
El contable Genewein lo reflejaba en sus estadillos, y personajes como Rumkowski -el presidente del Judenrat de Lodz- confiaban en esa circunstancia para prolongar así su existencia y la de sus habitantes. En Varsovia, empresas como los talleres Toebens, o la casa Schultz, y otras, emplean a miles de trabajadores judíos en condiciones de esclavitud. Eran los esclavos del ghetto, decenas de miles de seres humanos forzados a trabajar en la máquina de guerra de sus verdugos.

Desde el principio tres plagas se apoderan de los ghettos: el hacinamiento, el hambre y las enfermedades. Casi medio millón de personas son obligadas en Varsovia a vivir en apenas cuatro kilómetros cuadrados, y esa circunstancia hizo que en cada habitación, de cada casa, de cada calle, vivieran diez o doce personas. Miles de mendigos llenan las aceras: son personas que lo han perdido todo y no pueden trabajar, y son centenares los niños abandonados que vagan por las calles porque sus padres han muerto. El tifus, la gripe, y otras enfermedades hacen estragos, y los piojos se apoderan de los que ya no pueden resistir.
Arnold Mostowicz, el superviviente del ghetto de Lodz que aparece en la película documental de Dariusz Jablonski, cuenta que como médico que era visitaba a personas enfermas y que nunca podrá olvidar una escena que le sigue persiguiendo: tenía que ir a atender a una joven mujer enferma. Cuando llegó a la casa ya había muerto, así como uno de sus hijos pequeños: Mostowicz ya no podía hacer nada, pero le paralizó el horror viendo -literalmente- que se movía la cama en la que reposaba el cadáver: estaba en medio de un mar de piojos.
Escenas similares tenían lugar en el ghetto de Varsovia, mientras la retórica nazi exaltaba al hombre ario y el mero contacto con las personas "ajenas a la comunidad" era considerado un delito contra la raza. Casi 85.000 personas murieron por efecto del hambre y de las enfermedades en el ghetto de Varsovia, antes de que el resto fueran enviados al campo de exterminio de Treblinka. Al principio, entre sus muros, existían incluso tiendas y algunos restaurantes, pero no se podían comprar alimentos: no había.
Ringelblum dejó escrito en sus notas que en algunos lugares en los que se concentraban personas especialmente pobres, como en la calle Wolynska, familias enteras morían de hambre. Cada día, al despuntar el alba, los enterradores se aprestaban a dejar en la fosa común los cadáveres recogidos la jornada anterior. Eran las escenas diarias del horror, la vida y la muerte en el infierno. La escasez de alimentos que entregaban los alemanes explica las terribles estampas de personas que mueren de hambre en las calles, o en el interior de las casas, aunque los nazis no dudaron en mostrar imágenes de algunos restaurantes que existían en el ghetto como prueba de que eran falsas las noticias que circulaban sobre la vida de espanto que llevaban los encerrados, e incluso llegaron a rodar escenas en las que aparecían el jefe del Judenrat, Adam Czerniaków, y otras personas en lujosos banquetes: habían sido forzados a rodarlas por los propios nazis.
Sigue encogiendo el corazón saber que, en esas condiciones inhumanas, las diversas organizaciones judías resisten: incluso organizan la vida, y dedican sus esfuerzos y su atención a la ciencia y a la cultura, con personas esforzándose en la edición de prensa clandestina, o con otras que -sabiendo que el futuro no existía- volcaban su energía en la creación de una biblioteca infantil o hacían del conocimiento una trinchera, como las que idearon y llevaron a cabo incluso investigaciones científicas sobre el hambre que asolaba las calles del barrio judío.
Una de ellas la dirigió el doctor Israel Milejkowski, que la víspera de su muerte en el ghetto, ya terminado el trabajo científico realizado en aquellas increíbles condiciones, escribía: "con la pluma en los dedos, siento la muerte deslizarse en mi habitación..." El ghetto de Varsovia era ya el infierno, pero lo peor todavía estaba por llegar.
El 20 de enero de 1942 se celebra la Conferencia de Wannsee. Reinhard
Heydrich, el jefe de la RSHA -el servicio de seguridad del Reich- tiene un papel central en ella: los reunidos llevan a sus últimas consecuencias el biologismo político presente en el cuerpo doctrinal del NSDAP y la lógica del nazismo como movimiento, y se decide la "solución final". Su aplicación será inmediata, aunque Heydrich no llegaría a verla: moriría ajusticiado por la resistencia checoslovaca a principios de junio del mismo año: Lídice sería arrasada por el ejército alemán como represalia.
La RSHA pasaría a estar controlada por Ernst Kaltenbrunnen, y por Heinrich Müller -el hombre que era el superior inmediato de Eichmann y de quien el propio Rudolf Hoess, comandante de Auschwitz, dijo que era de "una frialdad de hielo"- y puesto en marcha el programa de exterminio decidido en la Conferencia de Wannsee.

El desarrollo del plan se cumple metódicamente en todo los territorios dominados por Hitler. Así, el 22 de julio de 1942 los nazis inician la operación para liquidar el ghetto de Varsovia: engañan a la población simulando un simple traslado, y con el señuelo de que los que se presenten voluntarios recibirán tres kilos de pan. Además, llevan a cabo razzias, detienen arbitrariamente en las calles, y concentran a miles de personas cada día en la vía muerta de la Umschlagplatz del ghetto y desde allí envían a los judíos a Treblinka, mientras los ucranianos y letones que colaboran con los alemanes disparan contra la multitud para mantener el orden.
La deportación es implacable: a mediados de agosto 70.000 personas han sido enviadas a Treblinka y exterminadas, y en septiembre han conseguido enviar a los campos de exterminio a trescientos mil habitantes del ghetto; aunque unas cincuenta mil personas más permanecen en él. En septiembre, los trenes de la muerte transportaban desde Varsovia hacia Treblinka entre cinco y siete mil personas diariamente. Hoy se calcula que 265.000 personas del ghetto de Varsovia fueron convertidas en humo en Treblinka.

En aquel infierno reinaba el tifus, que se había extendido por el ghetto de Varsovia desde finales de 1941. Escasas personas podían comprar las medicinas para combatir la enfermedad: costaban mucho dinero, que nadie poseía. Y se desbordaban los piojos.
Y el hambre aniquilaba los últimos vestigios de dignidad. La crueldad nazi llega al extremo de que el ministro Alfred Rosenberg anota -después de haber visitado el ghetto de Varsovia- que "la visión en masa de esta raza que se halla en estado de decadencia, de descomposición, de pudrirse hasta la médula, arrancará cualquier humanitarismo sentimental." Habían obligado a los habitantes del ghetto a vivir reducidos a la condición de bestias, y Rosenberg hacía responsables a los judíos de su estado.
Esa constatación insoportable del infierno, junto con la convicción de que se había llegado al límite del horror y de que muchos -demasiados- habían asistido pasivamente al exterminio de los judíos polacos se convirtió en una tortura que hasta impedía la vida: Szmul Zygelbojm, un destacado miembro del Bund judío, que había llegado a Londres clandestinamente, se suicidó en mayo de 1943 para llamar la atención del mundo sobre el holocausto que se estaba llevando a cabo y para lanzar un grito de protesta que se convirtiera en una acusación por la pasividad de tantos: su muerte sigue siendo un incómodo recuerdo contra los que creían -y creen- que nada podía hacerse.

En el verano de 1942 algunos judíos del ghetto entran en contacto con la resistencia polaca, para pedir armas. A finales de año los distintos grupos judíos -comunistas, socialistas, sionistas- han confluido creando la OJC, Organización Judía de Combate: están dispuestos a resistir, y los contactos clandestinos con el exterior muestran que muchos valientes jóvenes están incluso decididos a volver a Varsovia, al interior del ghetto, para morir en él, luchando.
Empiezan a conseguir armas y dinamita, trabajosamente, y a introducirlas en el ghetto, a través de algunas lugares secretos, como el agujero practicado en la calle Bonifraterska, o a través de la fábrica situada en la calle Okopowa, al lado del cementerio judío de la ciudad, y sobre todo en la entrada al ghetto de la plaza Parysowski, en la que la resistencia había conseguido sobornar a los guardias polacos, y también por el túnel excavado en la calle Muranowska, que pasaba al otro lado, a la zona de Varsovia no encarcelada entre muros.
Se habían mantenido además las rutas de las cloacas, que conocían pocas personas y que sirvieron al principio para las redes del mercado negro, y en los días de los combates para intentar escapar hacia el exterior.
En esas fechas los judíos habían llegado a la conclusión de que todo el ghetto sería exterminado, y preferían morir dentro luchando que exponerse a la deportación. Pero la obtención de armas es dificultosa, cuestión agravada por la desconfianza de la resistencia ante las demandas de armas procedentes del ghetto: en algunos informes dirigidos al moderado gobierno polaco de Londres las redes clandestinas consignan las peticiones y el hecho de que algunos de los que solicitan las armas desde el ghetto son comunistas.
Serán pocas las conseguidas finalmente: algunas pistolas, granadas y dinamita, a las que se añadirán las que arrebatarán a las Waffen-SS en el curso de los combates.

El 18 de enero de 1943 los alemanes inician lo que creen será el ataque final. Prosiguen con las deportaciones, y fusilan en el mismo ghetto a los enfermos que no pueden trasladarse. De inmediato, los grupos de judíos atacan y los enfrentamientos se suceden durante cuatro días. Los germanos encuentran una dura resistencia: los combatientes se desplazan por los edificios, aprovechando los desvanes y los tejados. En la calle Dzika atacan a las Waffen-SS por sorpresa y se produce una desbandada: la población que aún permanece en el ghetto empieza a abandonar la resignación.
El 21 de enero, el mando alemán decide no arriesgar la vida de sus soldados en luchas por las calles y empieza a volar con explosivos los edificios en los que se concentran los grupos de judíos armados: éstos saben que nadie podrá salvar la vida: sólo quieren salvar la dignidad. El desafío es inesperado, aunque la jerarquía nazi es consciente de su importancia: el propio Himmler visita el ghetto en enero de 1943. Las fábricas del interior empiezan a ser trasladadas hacia Lublin, y los industriales alemanes -que cuentan con importantes fábricas allí- intentan persuadir a los obreros para que accedan a trasladarse voluntariamente a otros lugares.
Pero la inesperada y dura resistencia lleva al alto mando alemán a aplazar momentáneamente la destrucción final del ghetto.
Los resistentes del ghetto llevan a cabo tácticas de guerrilla urbana y se mueven de un edificio a otro atravesando los tejados, los desvanes, los sótanos, los albañales: es un combate para el que las Waffen-SS no están preparadas. Cuando se hace evidente para los judíos que han conseguido detener el plan de exterminio, cuestión que consideran en sí misma una victoria, prosiguen los intentos para conseguir armas: llegan desde el exterior unas cincuenta pistolas, y explosivos, y empiezan a preparar botellas incendiarias.
Después, en contacto con la resistencia polaca, entrarán más armas. La vida, en condiciones precarias y terribles, continúa: el Judenrat o Consejo Judío sigue desarrollando sus actividades, y la OJC organiza incluso una pequeña prisión dentro del ghetto, ejecuta a los judíos colaboracionistas y distribuye panfletos explicando los motivos de sus acciones. Algunos miembros de las SS son ejecutados, y las represalias nazis se suceden: fusilan a los habitantes de cualquier edificio en la misma calle.
La OJC ha conseguido encuadrar a setecientos combatientes, y otro grupo, la AMJ, consigue organizar a cuatrocientas personas más. El 19 de abril de 1943 estalla la insurrección del ghetto. Mordechaj Anielewicz es el principal dirigente de los grupos de resistentes judíos, hombres y mujeres jóvenes, dispuestos a todo, que saben -sin retórica- que sólo les espera la muerte. Los dirigentes del Judenrat estaban ya desbordados, y eran personajes como Wielikowski, Lichtenbaum, Sztolcman, personajes que, aunque no lo pretendiesen, eran
colaboradores de hecho en el programa de exterminio nazi. Había muerto meses antes el anterior presidente del ghetto de Varsovia, Adam Czerniaków, que prefirió suicidarse con cianuro al otro día del inicio de la deportación masiva antes que firmar la entrega de las siete mil personas que le exigían las SS. Su actitud muestra un notable contraste con sus sucesores, o con Chaim Rumkowski, el presidente del Judenrat de Lodz, que colaboraba con los nazis en el gobierno del ghetto, y que lo haría hasta el final, lo que no impediría su propia muerte en Auschwitz.
Primo Levi, que se encontró a la vuelta del infierno con una moneda de diez marcos del ghetto de Litzmannstadt-Lodz perdida en sus bolsillos, nos ha trazado un revelador retrato de Rumkowski en un texto que tituló El rey de los judíos.

Para responder al desafío de los combatientes el mando nazi concentra tropas, artillería, y los muros que encierran el ghetto son rodeados. Comienzan los combates por diferentes calles, y decenas de alemanes mueren. La población de Varsovia asiste expectante a lo que ocurre entre los muros del corazón de la ciudad. Jerzy Andrzejewski, el autor de Cenizas y diamantes, nos dejó descritas escenas en las que grupos numerosos de varsovianos se agolpan ante las entradas al ghetto para seguir el ataque alemán, algunos sin mostrar el menor aprecio por los judíos.
La abyecta sumisión al poderoso y el miserable desprecio hacia el sufrimiento de los judíos se habían apoderado de una parte de los varsovianos, de manera que en la actitud y las emociones de las Waffen-SS y de los espectadores confluían el biologismo político del programa nazi y el viejo antisemitismo polaco.


Los combates en las calles, entre los edificios, la lluvia de obuses de artillería que lanzan los alemanes, convierten diferentes zonas del ghetto en una confusión de ruinas y de incendios. Utilizan lanzallamas para incendiar todavía más el barrio, que arde desde los primeros días de combates, y los informes del general Jürgen Stroop, que manda las tropas nazis, recogen que "familias enteras se arrojan por las ventanas de los edificios incendiados".
El 6 de mayo Stroop apunta que en varias casas incendiadas han detenido a más de mil quinientos judíos, y que 356 han muerto en los combates con sus soldados. Éstos recurren a los explosivos para volar los refugios y los subterráneos, pero Stroop sabe -y lo dice en sus informes- que la mejor arma contra los judíos es el fuego. Cuatro días después apunta que han muerto otros 319 bandidos.
Los combatientes se ocultan en sótanos, en pasadizos, y atacan cuando pueden. Su resolución es tan firme que por la noche, tras los combates, los alemanes abandonan el ghetto.
Algunos grupos de la resistencia polaca intentan abrir brechas en el muro, desde el exterior, para ayudar a los judíos, mientras que otros atacan a los soldados, pero la diferencia de fuerzas es demasiado grande. El 8 de mayo, después de veinte días de combates las calles que componen el ghetto son un conjunto de ruinas y de edificios destripados, en los que los grupos de insurrectos mueren abrasados o tienen que refugiarse a veces en sótanos en los que se acumulan los cadáveres, que están siendo devorados por las ratas. El ghetto de Varsovia es en ese momento un infierno sin salida.

Los alemanes se retiran, y deciden destruirlo por completo. "Nunca olvidaré la noche que incendiaron el ghetto", escribió después Cyvia Lubetkin. Mientras las llamas se apoderan por completo de las calles de la ciudad encerrada entre muros, grupos de bomberos vigilan para que el fuego no supere los límites del ghetto, al tiempo que los supervivientes se internan en los laberintos de las cloacas y muchos mueren allí, perdidos entre la oscuridad y la mugre.
El día 7 de mayo ha muerto combatiendo Mordechaj Anielewicz. Algunas decenas de personas permanecen agazapados en las alcantarillas y en los sótanos, sin alimento, sin agua, con los labios convertidos en esparto: unas pocas podrán salvarse todavía gracias a un camión de la resistencia que espera camuflado en una alcantarilla fuera del ghetto: entre ellos estaba Marek Edelman, uno de los dirigentes de la insurrección.
Otros intentan escapar entre la red pestilente de las cloacas: allí morirán muchos. Otros optan por el suicidio, para no caer en manos de los nazis, y se ven forzados a matarse unos a otros. Los que sobrevivan, sabrán que es para contarle al mundo el infierno del ghetto. El 16 de mayo Jürgen Stroop declara que la resistencia ha cesado: para celebrarlo vuelan con explosivos la sinagoga de la calle Tlomacka. Pero aún seguirán durante algunos días los tiroteos aislados, mientras grupos de colaboracionistas polacos -algunos adolescentes- participan en la caza del judío en el resto de la ciudad.
El ghetto de Varsovia es ya un montón de ruinas humeantes, un monumento a la barbarie. El infierno que anunciaba el tranvía a Muranów. Aún así algunos grupos de combatientes permanecerán entre los cascotes y los subterráneos durante varios meses más. Después, en agosto de 1944, estalla la insurrección general de Varsovia, y en enero de 1945 los soldados soviéticos liberan la ciudad.

Los insurrectos de Varsovia sabían que con su actitud hacían posible el regreso del ser humano a la dignidad. Hoy, la visión de las fotografías del ghetto, a más de medio siglo de distancia, continúa siendo insoportable. Tal vez por eso Günter Grass utiliza a un fotógrafo nazi, que dispara su cámara en el ghetto y que fotografía al niño judío con gorra de visera que alza los brazos en señal de rendición, para ilustrar el capítulo correspondiente a 1943 de Mi siglo. El ghetto de Varsovia se convierte en un símbolo, en la constatación de que la resistencia no sólo era posible sino imprescindible.
Arnold Mostowicz, superviviente del ghetto de Lodz, confiesa en el documental de Jablonski que muchos judíos no sabían, no querían saber, que estaban en el infierno, como no querían saber que los deportados iban a encontrarse con la muerte: aunque viesen después sus ropas. Nosotros sí lo sabemos, como lo sabía el pulcro contable Genewein -que moriría como un ciudadano respetable en su Salzburgo natal muchos años después de la guerra- cuando fotografiaba con eficacia germánica la vida en el infierno de Lodz y disparó su diapositiva número 170: en ella se ven a los grupos de niños menores de diez años que sonríen, ignorantes de su destino: habían sido ya seleccionados y estaban a punto de ser enviados al campo de exterminio de Chelmno para morir gaseados.
Aquella diapositiva atroz tomada por Genewein recoge sus últimas sonrisas.
Pero, más allá del dolor y la denuncia, no hay que olvidar que el proyecto hitleriano, con sus ideas de pureza racial y su apuesta modernizadora, que incluía la expansión hacia los territorios de los pueblos inferiores eslavos, era en esencia una propuesta de reconstrucción del capitalismo alemán tras la doble crisis de las demandas democráticas posteriores a la gran guerra y de la revolución obrera en Europa.
En ese marco cobró una especial relevancia la solución final diseñada para exterminar a los judíos, pero también otros estaban en el punto de mira: desde los rusos envueltos en el bolchevismo, como lo muestra el trágico final de miles de prisioneros soviéticos en Auschwitz, hasta las naciones que debían estar subordinadas a la gran Alemania. El ghetto de Varsovia reunía algunos aspectos de todo ello, y era además un excelente negocio para los industriales alemanes, como lo fueron los campos de exterminio, en los que se produjo un "saqueo masivo de los bienes" de los prisioneros, según la fórmula utilizada por el Tribunal Supremo Polaco en las sentencias condenatorias a destacados criminales de guerra después de 1945.

Los nazis llevaban una precisa contabilidad de la muerte, y algo de esa fría memoria recogida en estadillos está también en las fotografías que han llegado hasta nosotros. No sé si el soldado alemán Heinz Jöst fotografíó la calle Mila: allí, en el número 18, estaba el cuartel general de la Organización Judía de Combate. O si disparó su cámara en la calle Wolynska, la vía de los pobres entre los pobres. O si lo hizo en la calle Muranowska, justo al lado, en la que estaba el túnel clandestino que comunicaba con el exterior del ghetto: apenas unos pocos judíos pudieron escapar por él.
Aterra todavía pensar que mientras Jöst o Genewein guardaban las imágenes de los ghettos y Varsovia era un campo de ruinas muchos nazis huían, como el siniestro Heinrich Müller, o como Mengele, o Martin Bormann o Alois Brunner. Aunque algunos no pudieron soportar el recuerdo del crimen, como Hermann Höfle, un mando de las SS que iba al ghetto de Varsovia para recoger niños judíos y que, con sus soldados, disparaba a sangre fría a los que huían. Höfle no pudo después soportar tantos años de mentiras. El recuerdo del ghetto le perseguía y se suicidó en Viena en 1962, cerca de la ciudad en la que vivía tranquilo el contable Genewein.

Si Lady Macbeth reprochaba a su marido en el castillo de Inverness que su ambición no poseía "el instinto del mal", no podemos decir lo mismo de los fríos y eficaces servidores de la solución final: pero la maquinaria nazi de la muerte tenía también racionalidad económica, y no estaba sólo al servicio de la ambición sino de un proyecto político que había conseguido el apoyo del capitalismo germano.
El nazismo no fue la locura de un megalómano que había seducido al pueblo alemán, sino la aplicación consciente de una ideología que consideraba obvia la existencia de seres humanos inferiores y que, en consecuencia, defendía la radical desigualdad entre personas y grupos nacionales. Los judíos como grupo étnico, si es que podemos hablar en esos términos, se convirtieron en las víctimas -el grupo más importante, pero no el único- de un proyecto de sociedad racial que estaba en el corazón del fascismo alemán y europeo, y en el que eslavos y gitanos eran también candidatos al exterminio.


Los combatientes judíos del ghetto de Varsovia que se rebelaron contra ese proyecto criminal habían acuñado una consigna: "¡Vivir con dignidad y morir con dignidad!" Hoy apenas quedan supervivientes: hace pocos años, uno de ellos, Marek Edelman, lo repetía de nuevo y decía que la insurrección del ghetto fue "contra la muerte en la humillación". Yorek Plomsky, es uno de los últimos testigos, y lo sigue diciendo.
Para recordarlo, en aquella ciudad en la que ya no quedaban tranvías, construyeron después de la guerra un monumento dedicado a los héroes del ghetto, esculpido por Natan Rappaport, ante el que se arrodilló el canciller alemán Willy Brandt en noviembre de 1970 para simbolizar así a la Alemania arrepentida ante la tumba de las víctimas. Dicen en la capital polaca que la humedad constante que surge de los bloques de granito son las lágrimas de los judíos del ghetto.

El ghetto fue arrasado por completo, y la propia Varsovia sufrió después el mismo destino. Nos quedan los recuerdos exhaustos de los supervivientes, la dignidad y la rebeldía del ghetto, y las fotografías del horror: hay algunas que nos muestran a personas que se arrastran, y que ya no pueden ni masticar alimentos, si los tuvieran, por su estado de debilidad general. Todas son terribles, y algunas son insoportables: las de las fosas comunes, o las de los niños muertos en las aceras.
O la fotografía que muestra el lento paso del niño judío, cubierto con su pequeña gorra y con los brazos en alto, con el miedo asomando en sus ojos, observado por los soldados nazis. O la que nos muestra apenas el rostro de otro niño, que arrastra un carro con cadáveres. O la fotografía que ha detenido el gesto y la mirada de tristeza y desesperanza del violinista judío que pide alguna ayuda: está allí ante nosotros, envuelto en unas pobres ropas que no alcanzan a ocultar su extrema delgadez, y va a arrancar unas notas del violín, mientras nos mira, porque nos mirará siempre, para que no olvidemos nunca que ellos estaban allí, en el infierno.

FUENTE: publicado en El Viejo Topo (España, abril del 2000)