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domingo, 30 de septiembre de 2012

LA PRESIDENTA DE ARGENTINA CONTESTA A LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS DE EE.UU



Crónica de una señora

Rogelio Alaniz


La señora se da sus gustos. En el país de Disneylandia, ella hizo de Alicia contando maravillas que a los que más maravillaron fue a los argentinos por insólitas, aunque no por verdaderas. Es que quien ama el poder suele disfrutar de esos privilegios. Como a Menem, a la señora le gusta presentarse como exitosa. Y sin duda que lo es, aunque por razones distintas a la que ella invoca.

Esta vez el escenario fue en Estados Unidos, en dos reconocidas universidades de ese país. El género que interpretó en la ocasión no tuvo nada que ver con una conferencia de prensa, entre otras cosas porque una de las condiciones exigidas para preguntar, era no ser periodista.

 Lo que se dice, toda una definición política acerca de su relación con los profesionales de la prensa.
La señora no es la primera mandataria que se da esos lujos. Otros y otras lo han hecho, es decir, aceptar la invitación de las universidades para “dialogar” con los estudiantes. Lo de “dialogar” va entre comillas, porque el diálogo como tal nunca se realiza porque ese género no es posible entre protagonistas que están ubicados en planos diferentes.


En todos los casos sucede lo previsible: hay preguntas incómodas y los jefes de Estado las responden como pueden. ¿Preguntas incómodas? Sí, por supuesto. Para eso se autoriza a hacer preguntas que por definición deben ser incómodas, porque para las preguntas complacientes con el poder ya está “6,7 y 8”.


Concretamente, no hace falta ser un perspicaz asesor de la señora, para decirle que debe prepararse para responder acerca de temas tales como inflación, reforma constitucional, cepo cambiario, cifras del INDEC, fortuna personal, relaciones con la prensa, corrupción de sus funcionarios. Por lo tanto, cuesta mucho creer que haya sido sorprendida por los estudiantes, ya que si lo fue, el mejor consejo que se le podría dar es que cambie sus asesores.

Se sabe que toda conferencia brindada por un mandatario es una gran puesta en escena. No hay nada malo en eso. Quienes preguntan pueden hacerlo a título personal, pero en la medida que el acontecimiento está siendo televisado para todo el mundo, esas preguntas personales se relativizan porque pasan a ser preguntas de todos. Por el otro lado, también se supone que quien responde es un presidente de la Nación, esto quiere decir que representa a millones de personas, por lo que sus respuestas deben estar a la altura de esa investidura.


Clinton, Obama, pero también Cardoso o Lagos y para no irnos tan lejos, Duhalde, Alfonsín o Frondizi, han estado en situaciones parecidas, y en todos los casos nunca olvidaron la responsabilidad de su investidura.

Puede que alguno de ellos haya optado por alguna pequeña informalidad, un chiste que no ofende a nadie, sino que divierte a todos, alguna informalidad en la vestimenta, como en su momento lo hiciera Kennedy que atendió a los periodistas vestido con un elegante short. Lo que a ninguno de ellos se le ocurrió hacer, es enredarse en discusiones impertinentes con el público y, mucho menos, faltarles el respeto o agraviarlos.


Esto quiere decir que un presidente no está en la tarima para involucrarse en un duelo de chicanas y sarcasmos con su público porque -y a esto ningún mandatario que se precie de tal lo debe olvidar- él o Ella no están hablando en la mesa de un café o compartiendo un asado con los amigos, sino que lo hacen desde su investidura. Por lo tanto, sus opiniones personales sobre sus interlocutores no importan, porque el mandatario le está respondiendo no a un estudiante sino a millones de personas.


Estas elementales consideraciones de diplomacia política, indispensables para hacer realidad el juego del poder entre representantes y representados, parecen no existir para la señora. Fiel discípula de Él, su objetivo parece más inclinado a demostrar que es más lista o más hiriente que su interlocutor, que a contribuir con su aporte a hacer más transparentes las relaciones del poder. ¿Por qué lo hace? Tal vez porque no sabe hacer otra cosa, tal vez porque no debe ser sencillo ocultar la verdad de manera tan evidente.


En definitiva, lo que debería ser una relación formalizada por la distancia y el protocolo, la señora lo toma como una cuestión personal. Sus respuestas a los estudiantes parecían más las respuestas de una señora fastidiada que las de una presidente de la Nación responsable de sus palabras y sus actos. ¿Es así? Es así. Una presidente que se precie de tal, en estas situaciones siempre mantiene la distancia que corresponde y con los tonos que corresponden. 

La señora de esta lección sólo conoce la mitad del libreto, el de mantener la distancia, el de dejar en claro que ella está en la tarima y los otros en las butacas, porque el otro tramo del libreto lo olvidó o no lo conoce. De allí entonces su tendencia -que los argentinos conocemos muy bien- de agraviar a sus interlocutores, de aprovecharse del lugar que le otorga el protocolo y el atril para chicanear, ofender, faltar el respeto y, en más de un caso, mentir descaradamente. ¿Es posible otra conducta? Claro que es posible, pero para ello hacen falta atributos que a la señora le han sido negados: grandeza, honestidad intelectual, sensibilidad, delicadeza. 


La señora no sólo que parece incapaz de asumir roles más amplios, por lo que termina entreverándose en discusiones casi personales, sino que además parece ignorar que en el mundo globalizado lo que se dice en una punta del planeta enseguida se conoce en la otra punta. ¿Que no hay inflación? ¿Que habla con los periodistas? ¿Que no está interesada en la reelección? ¿Que no hay cepo cambiario? ¿Que las cifras del Indec son exactas? ¿Que su fortuna personal la hizo trabajando?


La señora no da respuestas claras y mucho menos inteligentes, pero lo que le falta en lucidez pareciera que le sobra en astucia. Es que por lo general el populismo suele alentar esos recursos. “Viveza criolla”, le llaman sus escribas a una trapisonda verbal, a chicanas que en más de un caso rozan la grosería, a mentiras desfachatadas que agravian la inteligencia de sus interlocutores. 

Ocurre que los escribas de esta escuela consideran que el arte de embaucar y jugar con cartas marcadas, es un sinónimo de cultura nacional y popular. Así y todo, no faltan los teóricos que aseguran que la señora con sus vulgaridades y ocurrencias de matrona de barrio, desacraliza el poder, lo desacartona y lo hace plebeyo popular. Nada más lejos de la verdad. Es que los populistas nunca van a aceptar que la demagogia, los gestos chabacanos, la supuesta identificación con el pueblo a través de la procacidad o los lugares comunes más triviales, no tienen nada que ver con la horizontalidad democrática o la preocupación republicana por achicar la distancia entre gobernantes y gobernados. 

Por el contrario, estos recursos suelen ser los preferidos de los jefes populistas quienes justamente se distinguen por dejar siempre muy en claro quién es el que manda y quiénes son los que obedecen. 

fuente: texto del diario EL LITORAL
SANTA FE, 27 DE SEPTIEMBRE 2012
FOTO: URGENTE24.COM

domingo, 5 de diciembre de 2010

Argentina: ¿Y si los Kirchner tuvieran razón?





¿Y si los Kirchner tuvieran razón?

Rogelio Alaniz

Conviene hacerse esa pregunta. Sobre todo en este país. ¿No es posible suponer que después de todo ellos encarnan la gobernabilidad posible? ¿Que a estas tierras se las gobierna con un poco de corrupción, un poco de justicia social, un poco de cinismo y una buena dosis de teatro? ¿Acaso es posible otra alternativa? ¿Acaso los gobiernos no peronistas no sólo han fracasado sino que ni siquiera han llegado a concluir sus mandatos?

¿Acaso no está bien hacerle creer a los pobres y a ciertos intelectuales que el mundo marcha hacia la izquierda, mientras a los poderes consistentes de la Argentina profunda se le dan todas las garantías para que se sigan enriqueciendo?, ¿acaso no está bien gobernar inventando enemigos todos los días, sabiendo de antemano que muchos de esos enemigos no existen o si existen no disponen del poder de sus buenos tiempos? ¿no es una maniobra sensacional emprenderla contra Anchorena, Alzaga Unzué, Pereyra Iraola o los socios del Jockey Club, sabiendo que el poder real -económico y financiero- pasa por otro lado?

¿No es una movida brillante tomar como enemigo a algún empresario que es, al mismo tiempo, el titular de un poderoso grupo de medios de comunicación para transformarlo en la bestia negra de la dominación, en el sustituto del mítico Braden de los años cuarenta? ¿Acaso no es notable la sinuosa calidad de la maniobra que en nombre de la libertad de prensa -en la que nunca han creído- movilizan a incautos e inexpertos detrás de consignas libertarias que se proponen como objetivo hacer exactamente lo opuesto a lo que se proclama? ¿No es una hazaña política imponer en el orden nacional el mismo estilo, los mismos valores y objetivos logrados en Santa Cruz en materia de libertad de prensa y negocios empresarios? ¿No es una excelente movida política transformarse en el adalid de los derechos humanos corrompiendo a sus instituciones y a sus titulares, hoy devenidos en inofensivos íconos que adornan con su presencia los actos oficiales?

¿No es aleccionador reivindicar un modelo que nunca se termina de conocer y un relato que jamás alcanza a traducirse? ¿No resulta conmovedor observar cómo los supuestos representantes de una burguesía industrial en ascenso se enriquecen con las operaciones inmobiliarias, el turismo y la timba? ¿Acaso no es una confirmación de los aciertos que intelectuales refinados y personajes del mundo del espectáculo se tomen de la mano para celebrar el mito transformando a un político rapaz, maniobrero, codicioso y multimillonario en un héroe del Tercer Mundo?

Aceptemos de una buena vez que la única verdad es la realidad. El pejotismo, el peronismo o como lo quieran llamar, gobierna a la Argentina desde hace veinte años y encarna el rostro de esa realidad que a algunos nos cuesta asimilar ¿No nos gusta esa cara? Terminemos con esos arrumacos de pequeños burgueses melancólicos, con esos escrúpulos de clase media europeizada y asumamos de una buena vez el rostro que nos merecemos. La Argentina no es lo que creíamos, lo que suponíamos que nos merecíamos, lo que leímos en algunos libros olvidables, lo que nos dijeron nuestros abuelos y nuestros padres.

La Argentina real es esto que está delante de nuestros ojos. Es D’Elía, Moyano, Eskenazi, Uberti, Moreno, Jaime, Julio de Vido, Ulloa, Báez, López, Spolski, Hadad y por supuesto, los Kirchner. Es también Hebe de Bonafini y sus negocios con el poder; los pañuelos blancos convertidos en ornamento oficial; el matonaje de los sindicatos; la prepotencia corrompida de los piqueteros; los fraudes electorales en la CTA; “Página 12” y “6, 7, 8”; los intelectuales de Carta Abierta esforzándose en maquillar al monstruo; los confidentes de la embajada norteamericana; los personajes de la farándula al estilo Andrea del Boca, Florencia Peña y, por qué no, Tinelli y Maradona.

Tambien es el rostro sórdido de los mercenarios, de los recaudadores de fondos para las campañas electorales, los traficantes de valijas desde Venezuela, los vendedores de medicamentos truchos, los exponentes de esa burguesía lumpen y subsidiada por el Estado cuyo escenario preferido se expresa en el Riachuelo y La Matanza, la verdadera y efectiva Argentina del futuro.

¿Quiénes fueron los principales autores de esta hazaña? Los Kirchner hoy, como los Menem ayer. ¿No es que son diferentes? Sólo en las apariencias, porque en el fondo, en lo que particularmente a ellos les importa, es decir, el poder, son muy parecidos. No en vano el 85 por ciento de los funcionarios menemistas hoy se desempeñan como funcionarios kirchneristas y mañana, cuando el peronismo provoque su inevitable mutación, serán exaltados militantes de la buena nueva. ¿O acaso nunca se han preguntado los muchachos de Carta Abierta cómo es posible que una causa trascendente como la que ellos dicen defender tenga como herederos efectivos y reales a políticos como Scioli o Reutemann que están ubicados en las antípodas del modelo de liberación nacional y social promovido por el kirchnerismo?

¿Cómo pudieron los Kirchner llegar adónde llegaron? La misma pregunta se la podemos hacer a los Menem. Estos pudieron hacerlo en clave neoliberal como ahora los Kirchner lo están haciendo en nombre del “modelo” nacional y popular. Se puede compartir o no sus emprendimientos, pero lo que está fuera de discusión es que lo hacen bien y los resultados son irrefutables.

En un mundo desencantado de las ideologías y representaciones imaginarias en crisis, hay que aceptar los rigores del poder. Nuestros héroes no son virtuosos pero son eficaces; no son inteligentes pero son prácticos; no son espiritualmente generosos pero recompensan bien a los leales; nunca van a cambiar nada pero a muchos les hacen creer que están cambiando algo; sus ideas atrasan varias décadas, pero se presentan como los anunciadores de una nueva era.

¿Cómo lo hicieron? En principio se trata de acumular poder y la base material del poder es el dinero. “No se puede hacer política sin plata”, dicen que dijo la señora Cristina para justificar la modesta fortuna adquirida en los años de la dictadura y multiplicada desde la presidencia. El aprendizaje siguiente es el que proviene del ejercicio efectivo del poder. Una provincia pequeña, con una población que no supera a una modesta ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires, es el territorio ideal para dar los primeros pasos.

En efecto, todo lo que se debe aprender para manejar situaciones, cosas y hombres se lo puede hacer en un espacio acotado. Menem lo hizo en La Rioja, ¿por qué no hacerlo en Santa Cruz? Para ello la pertenencia al peronismo es indispensable. Indispensable para hacer política para maniobrar desde el poder del Estado y las corporaciones y para disponer de una proyección nacional. Lo demás depende de la suerte, tal vez por eso el aporte de Cristóbal López resulte indispensable.

De todos modos, nada se puede hacer sin un esfuerzo intelectual por entender el tiempo que se está viviendo. Menem lo hizo. El intuyó u olfateó que el fin de la Guerra Fría creaba condiciones favorables para promover un orden económico en clave neoliberal. Manos a la obra. A los efectos, poco importaba si realmente se creía en esa propuesta, porque para un político de esta raza lo que importa en primer lugar es creer en uno mismo. Si alguna vez se defendió a los Montoneros o se reivindicó las supuestas proezas de un caudillo riojano al que Sarmiento inmortalizó con su pluma, ahora ha llegado el momento de hacer todo lo contrario pues, como bien lo sabe cualquier lector de “Las veinte verdades”, el peronismo es un movimiento y autoriza a hacer en cada circunstancia lo que más convenga.

Si Menem entendió la década del noventa, los Kirchner entendieron la del siglo XXI. Menem nunca fue liberal como Kirchner nunca fue de izquierda, pero a los efectos de nuestro tema eso no tiene ninguna importancia. ¿Cómo ser de izquierda y seguir siendo el de siempre? Muy sencillo. Apropiándose de consignas reivindicadas por otros. Lo dijo Perón en 1944 en su célebre discurso en la Bolsa de Comercio: “Yo les digo lo que los obreros quieren escuchar y después los llevo donde yo quiero”.

A esa habilidad en el lenguaje del movimiento nacional y popular se la llama “conducción”, “liderazgo”. Desde ya adelanto mi opinión: da muy buenos resultados. En la Argentina, al menos, es una fórmula ganadora. No transforma nada, pero hace creer que si lo hace. Algunas minorías pueden objetar este estilo, pero es la historia la que ha demostrado que más allá de los escrúpulos de algunos recalcitrantes, la fórmula es exitosa. Y si, como nos enseñara Menem, el éxito es la clave para interpretar los procesos sociales, queda claro que efectivamente los Kirchner tienen razón, con lo que la pregunta que inicia esta nota queda respondida de la única manera posible.
Fuente: diario EL LITORAL de SANTA FE(ARGENTINA)
Sabado 4 diciembre 2010




domingo, 29 de agosto de 2010

ARGENTINA - El “relato” de Cristina







Rogelio Alaniz

“Si la libertad significa algo, será sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír”. George Orwell

Creo que la presidente habla demasiado. No se puede o no se debe ocupar la cadena nacional para “relatar” durante más de una hora una historia ocurrida hace treinta y cuatro años. Si lo que se intentó fue montar una formidable puesta en escena, los resultados fueron más bien modestos. Quienes esperaban, por lo menos, una orden de detención contra Magnetto y Mitre, se quedaron con las ganas. La presidente procedió como una republicana apegada a la división de poderes y pasó las actuaciones a la Justicia y al Parlamento.

Atendiendo a lo sucedido y conociendo cómo se resuelven estas cosas en la Argentina, aseguraría que dentro de una semana, dos a lo sumo, estamos hablando de otra cosa. De Graiver, el recuerdo que nos quedará será el del banquero que negociaba con los militares y los Montoneros y terminó perseguido por los dos. Respecto de Papaleo, su apellido evocará el de un reconocido funcionario de López Rega y una viuda siempre muy interesada en los negocios suyos y del marido.

¿Cuáles fueron las intenciones de los Kirchner a la hora de montar semejante espectáculo? Denunciar a Papel Prensa, obvio, y, por lo tanto, a La Nación y Clarín, que son sus socios mayoritarios. ¿Es verdad que pretendían meter presos a sus principales directivos? Nunca podremos saberlo. Lo que sí sabemos es que, en la Argentina, hoy estas maniobras son impensables. Por lo menos por ahora. Los opositores dirán que el gobierno está decidido a liquidar la libertad de prensa, pero no puede hacerlo -no porque sean buenos- sino porque la Argentina no es Venezuela, mientras que los oficialistas dirán que el gobierno respeta las libertades, pero no está dispuesto a consentir que el poder mediático se imponga, le dicte sus condiciones o decida por ellos.

Cada uno puede creer lo que quiera. De todos modos, no deja de ser desmesurada una movida que compromete a las principales instituciones del Estado detrás de una denuncia por demás sugestiva. Ya vamos a meternos en los hechos, pero mientras tanto me interesa discurrir acerca de las visiones ideológicas de los Kirchner en estos temas. En principio, y a juzgar por lo que dicen cada vez que se dirigen al público, los dos están convencidos de que los hechos sociales en las sociedades modernas los produce un poder “invisible” pero eficiente que se llama “prensa”.

Esta es su obsesión. El desmesurado poder de la prensa debe ser puesto en caja, O, para ser más precisos, lo debemos controlar nosotros. Si logramos -piensan- manejar a la prensa, nuestro poder político será invencible. Hay toda una bibliografía escrita alrededor de estas hipótesis. La prensa modela las cabezas y las almas. La gente piensa por lo que le dicen los medios, la prensa establece la verdadera agenda del gobierno. En definitiva, es un poder que funciona por encima y por debajo del poder democrático.

La simplificación de esta hipótesis no es inocente. Nunca las simplificaciones brutales del populismo lo son. Indagaciones tales como estudiar qué sucede entre el mensaje que recibe la gente y lo que ella luego hace con ese mensaje; indagar las relaciones de ida y vuelta que hay entre un diario y sus lectores, a los señores populistas no les interesa. Para ellos, la única verdad es la realidad y la realidad siempre está modelada de manera lineal y en sintonía con sus intereses.

Está claro que si fuera cierta la hipótesis de que la gente actúa de acuerdo con lo que le dictan los medios de comunicación como si fueran autómatas que obedecen las instrucciones de un Gran Hermano, se impondría actuar de inmediato, porque ninguna sociedad sería libre si un poder invisible manejara las mentes y las almas de la gente. Quedémonos tranquilos. Este peligro no existe. No hay monstruos, ni extraterrestres, ni medios de comunicación que logren esa hazaña propia de un relato de Ray Bradbury. Nadie debe creer en semejante patraña. Se trata de un “relato”, un relato que no tiene la belleza de los textos de Bradbury o Ballard, sino la fría y despojada funcionalidad de quienes se dedican a inventar enemigos imaginarios para atacar a enemigos que molestan.

Lo que los Kirchner dicen sobre la prensa no lo cree nadie; ni siquiera ellos. El problema de su hipótesis conspirativa es que no es verdadera. Y en el mejor de los casos expresa una verdad a medias. Yo lo siento por los amigos de las teorías conspirativas, pero los hechos sociales nacen fundamentalmente de la trama social, de la interacción social. La prensa es un poder, es un poder económico, político y social, pero su campo de decisión no es absoluto. A veces puede adquirir algo de preponderancia, a veces puede impresionar como que ocupa el centro del escenario, pero la base material y cultural de producción de los hechos sociales no depende exclusivamente de la prensa.

Los Kirchner se niegan a pensar en estos términos. Su comportamiento en Santa Cruz fue muy parecido al que intentan practicar en el orden nacional. La prensa es el enemigo porque es un poder que modela las cabezas de la gente, pero puede ser un amigo insustituible si es manejada por el poder político. Las consecuencias de este razonamiento son lógicas: hay que liquidar a la prensa privada y fortalecer a la prensa estatal. En Santa Cruz pudieron hacerlo, en la Argentina no es tan fácil, pero cada vez que pueden lo intentan.

En estos temas no hay nada nuevo bajo el sol. Lo que hoy quieren hacer los Kirchner no es muy diferente a lo que hizo Alejandro Apold durante la dictadura peronista. El grupo Alea S.A., creado por Apold, funcionaba en el centro de Buenos Aires en un edificio de 43 pisos. Allí se producían todos los contenidos periodísticos de la “nueva Argentina de Perón”. Los pocos medios que no se sometían a Alea S. A. eran controlados a través de cuotas de papel. Esa tarea estuvo a cargo del famoso diputado Visca, algo así como el Guillermo Moreno de aquellos tiempos.

La retórica de Apold no fue diferente a la de la presidente. Se lucha contra el poder de la oligarquía. Apold en su momento concentró todas sus energías contra el diario La Prensa, como ahora los Kirchner las concentran contra Clarín. Las enseñanzas de Goebbels siguen siendo insustituibles: hay que elegir un enemigo y dirigir toda la artillería contra él. Nada de dispersarse, nada de distraerse con enemigos menores, de ellos vamos a dar cuenta luego.

Por supuesto, el mejor enemigo es el que, además, tiene algunos pecados. La Prensa era el diario de la oligarquía, Clarín y La Nación son los diarios de la dictadura militar. ¿Es cierto esto? Más o menos. A mí me hubiera gustado que estos diarios hubieran luchado contra la dictadura militar, del mismo modo que a muchos peronistas seguramente les hubiera gustado que los Kirchner en lugar de enriquecerse con una ley confiscatoria de la dictadura se hubieran dedicado a la militancia solidaria. O hubieran elegido defender los derechos humanos cuando realmente había que defenderlos, es decir cuando eran avasallados. Es lo que me hubiera gustado, pero ya se sabe que en la vida no siempre ocurren las cosas como a uno le gustaría que sucedieran.

Clarín, La Nación y los Kirchner no estuvieron en la vanguardia de la lucha contra la dictadura y puede que Papel Prensa no haya sido una empresa al servicio de los diarios del interior. Esto es así y hay que decirlo. Pero también hay que decir que una cosa es haberse adaptado a las difíciles condiciones históricas de 1976; y otra, muy distinta, es haber hecho negocios valiéndose de la ayuda de los torturadores.

No lo conozco a Magnetto, pero sospecho que angelito no es. Pero de no ser un angelito no se infiere que sea un torturador. Del mismo modo que el hecho de que los Kirchner se hayan valido de una ley de la dictadura para expropiarle casas a gente en apuros económicos no se deduce que sean genocidas. Como dijera el amigo de mi abuelo: no me embarullen, no me mezclen las cartas para quedarse con mi plata.

Los Graiver tampoco eran angelitos, pero ello no autorizaba a los militares a torturarlos en el marco de una desaforada campaña antisemita que también alcanzó a Timerman. Graiver y sus familiares intentaron hacer negocios con los militares y los Montoneros. Unos vivos bárbaros, diría mi tío. Finalmente les pasó lo que les pasa a los vivos cuando se pasan de revoluciones o juegan con fuego con rivales que sólo reconocen el código de la picana, la cachiporra o la pistola.

Pero todos estos matices estuvieron ausentes en el “relato” de la señora. Tampoco dijo una palabra acerca de que el peligro real contra la libertad de expresión no proviene del mundo privado sino del Estado. Por lo menos en el siglo XX siempre fue así. La ausencia no fue casual. Ella no se proponía dar una clase de historia, sino perpetrar una operación política.

Lo que los Kirchner dicen sobre la prensa no lo cree nadie; ni siquiera ellos. El problema de su hipótesis conspirativa es que no es verdadera. Y en el mejor de los casos expresa una verdad a medias.




FUENTE: diario 'EL LITORAL' DE SANTA FE, ARGENTINA-28 DE aGOSTO 2010

FOTO: DE INTERNET













jueves, 19 de noviembre de 2009

Shimon Peres, Presidente de Israel, en la Argentina

por Rogelio Alaniz

Shimon Peres tiene 87 años, más de medio siglo de militancia política y en la actualidad es el presidente de Israel, una designación que él no está dispuesto a que sea simbólica o a reducirla a un cargo para satisfacer a alguien que desea jubilarse sin demasiadas complicaciones. Por el contrario, Peres ha decidido otorgarle a su función una dimensión política de primer orden porque lo que este hombre se propone es pasar a la historia grande de su país por ser el artífice del definitivo acuerdo de paz en Medio Oriente.

Peres es hoy el último dinosaurio de una fauna que contó entre sus filas a personajes como Ben Gurión, Golda Meier, Jaim Weizmann, Isaac Rabin, Abba Eban, Moshe Dayan y, por qué no decirlo, Menahem Beguin, Ariel Sharon y todos aquellos que desde el acuerdo y la disidencia, forjaron hace más de medio siglo el Estado de Israel. Su biografía coincide con aquella gesta que se inició en Europa y concluyó en Palestina, haciendo realidad el proyecto sionista pensado por Teodoro Hertzl de una nación y un Estado para el pueblo que soportó, durante siglos, persecuciones religiosas y políticas y cuya tragedia máxima se expresó en el Holocausto, es decir, en la masacre de alrededor de seis millones de judíos -casi el cuarenta por ciento del total de su población reconocida- en los campos de exterminio levantados por los nazis.

Peres nació en Polonia en 1922 en el seno de una familia judía acomodada que le pudo brindar a sus hijos algunos privilegios que no eran los más comunes entre los judíos del este europeo. En 1935, su padre previó lo que les esperaba a los judíos en Europa y organizó el traslado de la familia a Medio Oriente. Shimon entonces era un adolescente, pero recuerda los años vividos en el Viejo Mundo y, muy en particular, la tragedia de sus familiares capturados y exterminados por los nazis pocos años después.

La biografía de Peres no difiere en lo fundamental de la de sus paisanos, todos signados por la tragedia de la Solución Final y la voluntad de construir un hogar propio para ellos y para todos los judíos del mundo. Sus estudios los concluyó en Tel Aviv, el territorio que los judíos conocieron cuando era casi una aldea y la transformaron en un centro moderno y cosmopolita. Como correspondía a todo judío identificado con la causa del socialismo, Peres vivió una temporada en un kibutz, esa formidable experiencia solidaria que un historiador poco identificado con el sionismo como Hosbawn, consideró que fue el experimento socialista más auténtico y trascendente del siglo veinte, muy superior en su testimonio, en la calidad de sus logros y en los ideales comprometidos, a las experiencias organizadas por los totalitarismos comunistas.

Ya para entonces estaba afiliado al partido de Ben Gurión y militaba en el Haganá, las milicias populares organizadas por Gurión. En esos años, se casó con quien habrá de ser la mujer de toda su vida, Sonia Gelman, con la que tuvo tres hijos y a la que, según las crónicas, cada diez años le renueva la promesa de retirarse definitivamente de la política, promesa que, como corresponde a todo dirigente de raza, “con el demonio de la política metido en la sangre”, no ha cumplido y, a esta altura de los acontecimientos, existen buenos motivos para creer que nunca cumplirá.

Hasta 1959, Peres se desempeñó en la burocracia estatal y militar y, de alguna manera, fue la mano derecha de Ben Gurión. Desde ese rol técnico participó en la guerra de la independencia de 1948, llevó a cabo tareas importantes en la guerra de 1956 hasta que en 1959 ingresó por primera vez en el Parlamento, donde se mantendría durante casi cuarenta años.

Para los años sesenta, Peres ya es un integrante legítimo de la elite política de Israel. También para estos años está definido su perfil de negociador, una habilidad que irá puliendo con la obsesión de un artesano. Si la diferenciación entre halcones y palomas es posible, Peres pertenece sin duda a las “palomas”, aunque es necesario aclarar a continuación que, en un país asediado por la guerra, las palomas tienen un vuelo muy particular y, en más de un caso, su desplazamiento por el aire no suele ser muy diferente al de los halcones, sobre todo cuando consideran que lo que más importa puede estar en peligro.

Para quienes no entiendan este juego de palabras, conviene advertirles que hacer política en Israel es siempre un oficio duro ejercido por hombres endurecidos. Isaac Rabin y Ehud Barack, laboristas y jefes militares implacables, fueron los políticos que realizaron las propuestas de paz más audaces, pero llegado el momento, no vacilaron en tomar las decisiones más duras; no porque fueran particularmente malos, sino porque cuando un país convive con la guerra todos los días, exige un tipo de responsabilidad que excede los esquemas ideológicos al colocar en un primer plano la defensa de la Nación y la protección de sus hijos amenazados por el enemigo. Hecha esta aclaración, puede decirse que efectivamente Peres expresa un perfil pacifista que los primeros en reconocérselo son los principales dirigentes árabes, por lo menos aquellos que admiten este tipo de diferenciaciones.

En Medio Oriente la política no es una profesión aconsejada para cardíacos. Particularmente en Israel las luchas internas son duras porque las condiciones son duras y los hombres necesariamente son el producto de esas circunstancias. Peres no es una excepción a esta realidad, pero si alguna virtud hay que reconocerle es que en ese contexto siempre fue la voz que alentó el acuerdo, la solución compartida, una voz que en más de un caso se levantó en soledad y que por esas decisiones debió pagar el precio de las postergaciones, la incomprensión y la soledad.

Su carrera política -como no podría ser de otro modo- está jalonada de aciertos y errores, de victorias y derrotas, de renovadas esperanzas y persistentes frustraciones, pero a la hora del balance hay una amplio consenso en admitir que el hombre se ha ganado un lugar importante en la consideración pública, al punto de que sería imposible escribir la historia de Israel sin incluir su nombre.

Para los argentinos, es un orgullo recibir a uno de los estadistas más importantes del mundo, a un político progresista, inteligente y culto cuya trayectoria lo ha transformado en una suerte de prócer, la expresión viva de un tiempo que ya es historia y leyenda y la encarnación de un testimonio humanista que apuesta a favor de soluciones pacíficas en una región donde siempre es más cómodo alentar la guerra o pensar en términos guerreros.

Hacía veinte años que un jefe de Estado de Israel no visitaba a la Argentina. La presencia de Peres obedece a diferentes causas, entre las que se incluye la relación con la comunidad judía local y las relaciones comerciales entre ambos Estados, pero a nadie se le escapa que una de sus tareas prioritarias será la de diseñar en América Latina, una estrategia que contrapese la alianza establecida entre Venezuela e Irán y sus visibles conexiones con integristas argentinos y brasileños.

Por lo pronto, sus declaraciones han sido prudentes y precisas. Porfiadamente optimista, cree que las condiciones de paz en Medio Oriente son posibles y que si en algún momento pudo arribarse un acuerdo con Egipto y Jordania, ahora es posible establecer algo parecido con los palestinos. El político pacifista es optimista pero no ingenuo. Sus propuestas de paz no desconocen el hecho cierto de que Hamas y Hezbolá alientan la guerra y la destrucción de Israel, entre otras cosas porque disponen del generoso financiamiento de la teocracia iraní.

“La democracia no es ganar elecciones, es ganar la libertad”, ha dicho respondiendo al argumento de que Hamas ganó los comicios en la Franja de Gaza. Con respecto a Irán, se preocupa muy bien en diferenciar al pueblo iraní de los clérigos fundamentalistas que respaldan a Ahmadinejad. “Irán es un problema para el mundo, no sólo para Israel”, ha dicho pensando tal vez en la presencia de terroristas en la triple frontera o en la alianza entre Chávez -el mismo que acaba de decir que hay que prepararse para la guerra- y Ahmadinejad.




El presidente Shimon Peres, es el primer mandatario de Israel que visita nuestro país en 20 años. Uno de los objetivos de su presencia es afianzar lazos con países de América Latina para equilibrar la cercanía de Irán con Venezuela.

Fuente: diario EL LITORAL- SANTA FE, ARGENTINA
Foto: EFE



domingo, 18 de octubre de 2009

Maradona y el populismo criollo




Dios. La subcultura del fútbol lo ha incluido en el panteón de los dioses populares; lo ha colocado por encima de los mortales y lo ha liberado de las responsabilidades que les caben a los ciudadanos. Esta visión deformada distorsiona las percepciones del propio Maradona.
Foto: Agencia AFP


por Rogelio Alaniz


“La aparición de esos rostros en la multitud/


pétalos de una rosa oscura y húmeda”.


Ezra Pound

Con su habitual ironía, Jorge Luis Borges decía que lo que más lo asombraba de los hinchas de fútbol es que siempre estaban enojados. Ganaran o perdieran, salían furiosos de la cancha y destruían todo lo que se les cruzara en el camino. Borges exageraba, pero en lo fundamental tenía razón. La subcultura violenta y procaz del fútbol no la expresa el señor que asiste a la cancha con sus hijos, contempla el partido y regresa a su casa como si volviera del teatro Colón; la subcultura del fútbol, la que la distingue y le da el tono, la dictan los barrabravas, las hordas de fanáticos y violentos que encuentran en un partido de fútbol un excelente pretexto para liberar sus instintos y hacer sus negocios ilícitos, motivo por el cual el resultado es lo de menos, ya que lo que más importa es descargar el odio acumulado en las vísceras como un nudo y, a la vez, obtener alguna ventaja a expensas de alguien.

Las reacciones de Maradona después del partido que la selección le ganó a Uruguay se inscriben en esta subcultura. Se supone que cuando un equipo triunfa, el director técnico está contento porque la victoria lo confirma como profesional y, dicho sea de paso, mejora sensiblemente su cuenta bancaria. Esto no sucedió con Maradona. Concluido el partido, sus facciones eran las de alguien que liberaba un odio intenso, feroz, desbordante. Después, cuando se conocieron sus declaraciones supimos que estaba furioso con los periodistas y, a juzgar por sus palabras, era más importante el odio contra los periodistas que lo habían criticado que la clasificación de la Argentina para el mundial de Sudáfrica.

Las groserías de Maradona no merecen mayores comentarios. Los populistas que pretenden disculparlo porque proviene de una villa o algo parecido, no hacen más que faltarle el respeto a la gente humilde supuestamente grosera, vulgar y guaranga. De Maradona, por otra parte, no se sabe si a su guaranguería y prepotencia las adquirió en la villa porteña o en los arrabales de Nápoles. Lo seguro es que de un lugar y del otro asimiló lo peor, lo más sórdido y detestable.

Para quienes insisten en disculparlo, advierto que Maradona hace más de treinta años que ha dejado de ser pobre y que la vida le ha dado infinitas oportunidades para superar el “estigma del arroyo”. Sus desplantes y sus exabruptos son más el producto de una elección de vida que un condicionamiento social. Pelé proviene de los bajos fondos, sumó a todas las discriminaciones de la pobreza su condición de negro, y sin embargo su comportamiento es otro.

Habrá quienes creen que Pelé es un traidor a su clase mientras que Maradona sigue siendo fiel a su origen. No lo creo ni lo comparto. Maradona pertenece al mundo de los poderosos y con sus actos refuerza el poder de su clase. A la pobreza, a la miseria, hay que superarlas, y hay que superarlas porque en ellas no hay nada bueno, nada que merezca rescatarse.

Razonando a la inversa: si la pobreza fuera buena, si fuera una fuente de sabiduría y bondad deberíamos bregar para que todos seamos pobres. Porque no lo es, porque su condición es una afrenta a la condición humana, es que todos los hombres de buena voluntad luchan para superarla. Por lo tanto, disculpar a Maradona que, insisto, hace rato que ha dejado de ser pobre, por sus acciones, es disculpar y justificar lo más execrable de las subculturas populares.

La alternativa a la subcultura de Maradona no es el pobre sumiso, dócil u obsecuente; es el rebelde, la persona que en un determinado momento es capaz de decir que no a su condición y poner en movimiento su inteligencia y su sensibilidad para salir de ese lugar. El común de la gente suele confundir rebeldía con su opuesto, el resentimiento. Las diferencias entre un estado y el otro son decisivas. La rebeldía es liberadora, el resentimiento no; la rebeldía es sana, el resentimiento es enfermo; la rebeldía es solidaria, el resentimiento es individualista; la rebeldía es anticipo, simiente de un nuevo universo cultural, el resentimiento es la sumisión a lo existente, es la mimetización del humillado con los patrones de conducta del poderoso, es la alienación en sus versiones más crueles.

Como era de prever, D’Elía hizo declaraciones apoyando a Maradona y criticando a los periodistas. “Raza de víboras”, los calificó, citando textos que ha leído mal o directamente no ha leído. Para que ninguna perla faltara en su collar de insultos y agravios, sostuvo que la sociedad le perdona las mismas declaraciones a Reutemann porque es rubio y de ojos azules. Que yo sepa, ninguno de los periodistas que él imagina se ha quedado callado ante la torpeza de Reutemann. Tan duras fueron las críticas que él mismo salió a pedir disculpas, disculpas que Maradona aún no ha expresado y que difícilmente vaya a expresar.

Lo sucedido con Maradona en un partido de fútbol importa porque permite reflexionar acerca de los alcances y los límites de las culturas populares. Sobre el tema, los sociólogos se han cansado de escribir y discutir, y hasta el momento no es mucho lo que se ha avanzado. Recuerdo una película de Buñuel, “Los olvidados”, donde se pone de manifiesto el carácter salvaje de las relaciones que mantienen los pobres entre ellos.

El director español inicia la película con una advertencia. “Muestro lo que es, corresponde a los políticos modificarlo”. El universo de los pobres, para Buñuel, está muy lejos de ser un paraíso de generosidad y altruismo. Por el contrario, las variantes más furiosas del individualismo, del “sálvese quien pueda” encuentran un ancho cauce para expresarse.

Sin ir más lejos, el otro día vi cómo un muchacho que se había puesto a cuidar los autos en bulevar era golpeado y expulsado a patadas de ese lugar. Me asombró el ensañamiento con que lo golpeaban. Pues bien, los que golpearon a ese chico y le dejaron el cuerpo salpicado de moretones y magullones eran personas de su misma clase social, tal vez sus vecinos, tal vez sus parientes.

Si esto es así, debemos admitir que la pobreza es mala no sólo porque provoca hambre, desnutrición, sino porque despoja a los hombres de su condición humana o les impide acceder a una condición humana más digna. Diría algo más atrevido: en la Argentina el hambre es un problema, un problema que está más o menos controlado; lo que falla en nuestro país, a la hora de luchar contra la pobreza, es la educación. Es mucho más fácil darle de comer a una persona que alimentar su inteligencia con ideas. Las necesidades del estómago tienen solución, las que no tienen solución inmediata son las necesidades del cerebro. Un plato de comida puede darlo cualquiera, un plato de educación requiere de otros esfuerzos, otros talentos.

El drama argentino es que el populismo -en cualquiera de sus variantes- sigue creyendo lo contrario. Supone que en la pobreza existe una sabiduría trascendental que debe ser defendida contra los ataques de la ilustración. Los viejos socialistas a estas cuestiones las tenían muy claras. Kautsky o Lenín sabían muy bien que las ideas liberadoras a las clases oprimidas les llegaban “desde afuera”, porque su condición de explotados incluía el despojamiento de la cultura.

Estos paradigmas luego se complejizaron, pero en lo fundamental se sostienen. Si alguna impugnación recibieron fue por parte del populismo en sus versiones laicas y religiosas. Para ellos, la pobreza es una virtud evangélica o popular. Los pobres son capaces de producir virtudes alternativas a los vicios de las minorías opresoras. A esas virtudes -que nacen “espontáneamente”-, la tarea de los intelectuales populistas es animarlas y transformarlas en el sentido común de toda la sociedad.

Para un populista criollo, Maradona es la encarnación de la verdad del pueblo. Puede que haga algunas observaciones, pero en lo fundamental, reacciones como las de Maradona son juzgadas como la voz de los oprimidos, como transgresiones contra lo establecido. En realidad sucede lo contrario. La voz de Maradona es la voz del amo en su versión más salvaje. Los supuestos tonos populares se parecen al silbido del látigo; la transgresión no es más que el arrebato feroz del poderoso que sabe que todo le está permitido porque ninguna ley se ha escrito para él.

fuente: DIARIO 'EDL LITORAL'- SANTA FE-ARGENTINA- 17 DE OCTUBRE 2009