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viernes, 18 de abril de 2014

Murió Gabriel García Márquez, el genio que representó una nueva forma de escribir

El colombiano, ganador del premio Nobel 
de literatura, es el gran símbolo del realismo 
mágico. Tenía 87 años y vivía en México. 
Cien años de soledad, Crónica de una 
muerte anunciada y Noticia de un secuestro, 
algunas de sus obras imprescindibles. 

Jueves 17 de Abril de 2014 | 17:07




"Lo único que me duele de morir, es que no sea de amor", El amor en los tiempos del cólera.
Los elementos son mágicos, fantásticos, pero los personajes se perciben como si fueran parte de la realidad. Muchos de los elementos no se terminan de entender y podrían no tener una explicación lógica, simplemente se sienten. Abunda lo improbable e ilógico. No hay tiempos, no existe la hora. Los personajes desacomodan y enamoran. Todas esas características suelen aparecer en la literatura de Gabriel García Márquez, que murió hoy a los 87 años, en México. El colombiano, ganador del premio Nobel en 1982, es el gran símbolo de una nueva forma de escritura, el realismo mágico. Con su partida se fue probablemente el escritor más simbólico de la literatura latinoamericana contemporánea, trono que ahora ocupará en su totalidad el peruano Mario Vargas Llosa.
Esta semana, la familia de Gabo admitó que el escritor estaba frágil. Había sido internado del 31 de marzo, cuando fue tratado por una neumonía y una deshidratación en un hospital de México. Aunque salió el 3 de abril a su casa, se mostró delicado y demasiado débil.
Le ha vencido una enfermedad contra la que había batallado, en diferentes etapas, desde 1999. El escritor sufría Alzheimer desde hacía varios años, aunque la familia no lo había hecho público. El que ha sido uno de los escritores más influyentes del siglo XX deja al mundo una obra inmensa y el legado del realismo mágico.
La obra de Gabo es extensa y casi no tiene altibajos (su último libro, Memorias de mis putas tristes, del 2004, es quizás su único declive), pero no resulta difícil destacar cinco libros imprescindibles para conocer su pluma: 
-Cien años de soledad, publicada en 1967, es la obra imposible de esquivar. Cuenta la historia de la familia Buendía a lo largo de siete generaciones en Macondo, el pueblo inventado más famoso.
-Relato de un náufrago, de 1970, es una brillante crónica sobre el intento de supervivencia de Luis Alejandro Velasco, un tripulante de un buque militar que logró sobrevivir diez días en el mar. La historia se publicó en veinte días consecutivos en el periódico "El Espectador" de Bogotá en 1955. Quince años más tarde salió como libro.
-Crónica de una muerte anunciada, publicada en 1981, es otro peso pesado de la obra de Gabo. "El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo". Es el extraordinario comienzo de una crónica policial que tiene elementos de la realidad, ya que Márquez fue riguroso para contar una supuesta ficción a partir de datos reales.
-El amor en los tiempos del cólera, de 1985, cuenta la historia de tres personajes entre finales del siglo XIX y principios del XX en Cartagena. Básicamente, es el relato de amor de sus padres.
-Noticia de un secuestro, de 1996, está basada en la historia real del secuestro de varias figuras de Colombia durante la época del narcoterrorismo a inicios de los años noventa con la autoría de "Los Extraditables". Se trata de una crónica con una pluma elegante y un ritmo infernal. La reconstrucción es estricta y el suspenso se vuelve extraordinario.
Nació el 6 de marzo de 1927, en Aracataca, en el departamento del Magdalena, Colombia. Estudió en un internado en Barranquilla. Era un chico tímido. Escribía tiras humorísticas. En la secundaria, cursó en San José, donde publicó sus primeros poemas. En 1947, fue a Bogotá a estudiar derecho. Pese a que su vocación era la escritura, pretendía conformar los deseos de su papá. Pero su instinto era demasiado fuerte. Arrancó en El Universal como periodista, una vocación que siempre respetó y amó.
Se casó en 1958 con Mercedes Barcha, a quien le había propuesta matrimonio cuando tenían trece años. Tuvo dos hijos, Rodrigo, un cineasta, y Gonzalo, actualmente un diseñador gráfico.
Alcanzó una fama importante y se codeó con varios de los principales líderes del mundo. Fue amigo de Fidel Castro y siempre se mostró a favor de la revolución cubana. Viajó a varios países socialistaas como Polonia, Checoslovaquia, Alemania del Este, la Unión Soviética y Hungría. "Yo sigo creyendo que el socialismo es una posibilidad real, que es la buena solución para América Latina y que hay que tener una militancia más activa", dijo en una entrevista para la revista Libre, en 1971.
gabo-fidel.jpg









En julio de 2012, Jaime García Márquez, su hermano, dijo que Gabo padecía de demencia senil y que había dejado de escribir. Pero todo indica que el colombiano llevaba algunos años más sin dedicarse a la pluma. Según declaró en una entrevista en Clarín en 2006, nunca se sintió triste ni incómodo con la situación: "He encontrado una cosa fantástica: ¡quedarme en la cama leyendo! Leo todos aquellos libros que nunca tuve tiempo para leer... Recuerdo que antes sufría un gran desconcierto cuando, por lo que fuera, no escribía. Tenía que inventar alguna actividad para poder vivir hasta las tres de la tarde, para distraer la angustia. Pero ahora me resulta placentero".
Nunca le gustó dar notas y su vida tuvo varias facetas de misterio. Esa parte desconocida no hizo más que aumentar su figura que, a esta altura, toma aires de grandeza única.

fuente: http://pixelping.tn.com.ar/internacional/murio-gabriel-garcia-marquez-el-genio-que-represento-una-nueva-forma-de-escribir_488077

miércoles, 10 de abril de 2013

ARGENTINA: Sociedad-Polémica en twitter por las críticas del Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa a la Argentina



El escritor peruano y premio novel de Literatura, Mario Vargas Llosa, participó en la ciudad santafecina de Rosario del seminario "América Latina: Desafíos y Oportunidades", donde defendió al liberalismo, cuestionó los populismos regionales y generó una polémica que continuaba este miércoles en la red social Twitter cuando habló sobre la Argentina.











El Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa.


CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24).- Mario Vargas Llosa participó este martes 09/04 en Rosario, del seminario "América Latina: Desafíos y Oportunidades" que la Fundación Libertad de esa ciudad organizó para celebrar su 25° aniversario. Sus declaraciones sobre la Argentina y la libertad de prensa tuvieron tanta repercusión que este miércoles 10/04 el escritor es Trending Topic en la red social Twitter donde se siguen comentando sus dichos donde también cuestionó los populismos en la región y reivindicó el liberalismo


Vargas Llosa hizo una completa definición de lo que significa el liberalismo como “doctrina abierta”, luego de que uno de los intelectuales que completaron el panel, Marcos Aguinis –el otro fue Alejandro Rozitchner-, apuntara que el concepto está “desacreditado”, indicó el portal Infobae que realizó una transmisión en vivo de la disertación.
“La palabra liberalismo ha sido desnaturalizada, y esa fue una victoria de las ideologías totalitarias”, otorgó a sus colegas de seminario el premio novel pero luego explicó que los liberales no “constituyen una ideología” definida ya que predican la diversidad de ideas. “(Ser liberal) Es la coexistencia, renunciar a la intolerancia”, precisó.

Remarcó que el liberalismo “ha sido la fuerza de ideas que está detrás de todos los grandes progresos de la humanidad” y  “de los países que han llegado a las formas más avanzadas de coexistencia”.

En referencia a la Argentina, Vargas Llosa aseguró que las sociedades son responsables de sus decisiones. “Los países que son pobres eligieron ser pobres”, aseguró y en ese contexto agregó que “si Argentina hubiera elegido esas políticas tendría los más altos niveles del mundo. Si tiene los problemas que tiene, los tiene porque los argentinos eligieron tenerlos: rechazaron las buenas opciones y eligieron desgraciadamente las malas opciones”.

Pero “algo en nuestras sociedades ha empezado a reaccionar”, destacó al mencionar las realidades que transitan países como Chile, Colombia, Perú y más recientemente México.

En ese punto, hizo hincapié en la larga tradición de valores liberales que la Argentina tuvo con intelectuales como Domingo Sarmiento o Juan Bautista Alberdi. “Si tenemos esos ejemplos, la batalla de la libertad debería ser fácil de ganar”, observó.

“Si queremos que América Latina deje el subdesarrollo, tenemos que actuar en el campo cívico, en el político, dando la batalla de las ideas contra los totalitarismos”, arengó.

Algunas repercusiones en Twister:
‏@litobel
Vargas Llosa: "No tiene sentido la pobreza en Argentina" / TAMPOCO LA RIQUEZA DE CRISTINA

@Conurbanos
Me acabo de enterar por medio de Mario Vargas Llosa que Argentina tiene más recursos que Suiza o Suecia. Mirá vos che

@AlbertoRadot
Mario y Alvaro Vargas LLosa Deben ser declarados personas no gratas d la argentina por sus declaraciones ofensivas a los muertos de Malvinas

‏@sergioVillone
El Papa santo argentino y los Vargas Llosa en Argentina elogiaron a la Thatcher

@silviaperezruiz
Vargas Llosa: "El peronismo es el nombre de los problemas de Argentina"

@EMeraviglia
Liderados por Vargas LLosa se presenta la derecha latinoamericana en Argentina

fuente: URGENTE 24.COM

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Perú, un caballo con la pata rota *por Mauricio Gambetta

Perú, un caballo con la pata rota

* Mauricio Gambetta

Viendo por televisión la barbarie desatada en esa especie de “mercado
– lupanar” conocido como La Parada, no siento ya sorpresa ni estupor
ni rabia, solo lástima.

Una lástima auténtica de peruano resignado. Siento lástima sobre todo
por los policías y sus familias, por los fallecidos, por los
comerciantes cuyos negocios fueron saqueados, por los periodistas
agredidos, por el caballo sacrificado, y hasta por esos delincuentes
que seguramente defendiendo su imperio de cupos y extorsiones,
demostraron que no hay límites para la bestialidad humana cuando se
desata por encima de toda norma.

Pero qué se puede exigir a esa horda de desalmados, de pobres diablos,
de delincuentillos de callejón, si no son más que los hijos mal
nacidos de un país donde se permiten las más atroces barbaridades
diariamente bajo el amparo de una democracia adocenada, pestilente,

manejada como una prostituta por una clase política, en su mayoría,
oportunista y mediocre, que tiene a la felonía como el común
denominador y a la palabra ética desterrada.


El caballo que apareció ayer en todos los medios con la pata rota es
la mejor metáfora para definir a este Perú en el que sobrevivimos. Un
Perú que quiere avanzar pero no puede. Un Perú con tradición y garbo,
con presencia, pero sangrante y mal herido, con el punto de apoyo
destrozado.

Un Perú que según las frías cifras económicas mantiene un crecimiento
admirado en todo el mundo pero donde di
ariamente muere gente por falta
de alimentación, de atención médica, de oportunidades. Donde miles son
los desamparados por un gobierno que solo tiene como agenda del día el
desayuno de una siempre sonriente primera dama con alguna ministra
zalamera, en su afán desmedido por ser la nueva Cristina Kirchner de
América, y olvida a los combatientes del VRAE, por ejemplo.

Un Perú en el que el ceviche, el tiradito y el tacu tacu son más
importantes que una necesaria política de Estado que permita
repotenciar nuestras fuerzas armadas ante cualquier eventualidad. Dios
no quiera que esto ocurra por supuesto, pero si ocurre, con qué nos
defenderemos. Vamos a tirar chicharrones en vez de balas, papas
rellenas en vez de bombas, juanes en vez de misiles.


Un Perú donde sobra la plata en algunas regiones sin saberse invertir
y encima se roba de lo poco que se invierte. Con gobiernos regionales
y municipales donde se llama “coimisión” al dinero 
mal habido, al cupo
cobrado. Amparados, claro está, por el antecedente de que no hay
castigo para los que tienen fortunas y menos con un Poder Judicial que
muchas veces rebalsa jueces y abogadillos sin moral.


Un Perú donde el “periodista” más influyente a nivel nacional,
antiguamente investigado por abuso de menores, emerge todos los
sábados desde sus plumas y lentejuelas para escarbar en la miseria
humana y mostrar las vísceras podridas de los personajillos de una
farándula prostituida, casi delincuencial, ante millones de embobados
espectadores. Y que luego, al llegar el lunes, vuelve a ser el paladín
incorruptible de la justicia ante el cual desfilan, casi subyugados,
los políticos de moda.


Un Perú donde uno no puede ver televisión nacional pues todo el día
está copada por personajes travestidos, saltimbanquis que no tienen
otro recurso que la mariconería fácil y los gritos de loca para

entretener, sin tomar en cuenta que son vistos por miles de niños y
adolescentes en formación.


Un Perú donde la cultura importa un bledo. Donde hay municipios y
gobiernos regionales que no aceptan proyectos culturales porque no
jalan votos ni puntos de aceptación. Y después nos sorprendemos que
los peruanos conozcan más a Melcochita que a Mario Vargas Llosa
.

No pertenezco a esa privilegiada casta de “sabios”, eruditos en miles
de temas, que tienen todas las respuestas y que las dan en cada
entrevista o intervención radial o televisiva que dan, muchas veces
desde oscuras cuevas donde el periodismo no es más que una manera de
extorsionar y ganar dinero fácil.


No tengo opinión alguna sobre cómo se puede arreglar este país de
locos, pero tengo la impresión que estamos llegando a un punto sin
retorno. Ojalá me equivoque y no tengamos también que sacrificar
definitivamente a este caballo con la pata rota que es el Perú.
Mauricio Gambetta.



http://mauricio-gambetta.blogspot.com/

Mauricio Gambetta | Facebook

Mauricio L Gambetta (mauriciogambett) on Twitter

 

FUENTE: llegó en un e-mai, incluso con los subrayados en colores.

 

domingo, 12 de diciembre de 2010

El poeta peruano en el exilio Luis Bárcena Giménez saluda y felicita calurosamente a Mario Vargas Llosa al recibir el Premio Nobel 2010 de Literatura


A DON MARIO VARGAS LLOSA

Hoy la lengua castellana
luce todo su esplendor
gracias a un escritor
nacido en tierra peruana.
¡Sí! Vargas Llosa engalana
nuestra mestiza cultura
pues su exitosa andadura
lo lleva al selecto gremio
de los que ganan el Premio
Nobel de Literatura.



La novela se hace prosa
se hace prosa la novela
y se ve clara su estela
cuando escribe Vargas Llosa.
Y por esta acción gloriosa
que es lograr el ideal
su labor intelectual
lo convierte por fecundo
en ciudadano del mundo
y en peruano universal.


Luis Bárcena Giménez
11/12/10

http://www.rpp.com.pe/2010-12-11-vargas-llosa-premio-nobel-de-literatura-reconoce-la-lengua-espanola-noticia_317987.html

Luis Bárcena Giménez (1958)

Ciudad de nacimiento: Lima – Perú


Estudios en la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana.

- En 1988 publiqué el poemario “Canto Peruano” con poesías alusivas a cada una de las fechas del Calendario Cívico Escolar.

Mi formación poética es autodidacta y especializada en la Décima Espinela, estrofa que une a los pueblos iberoamericanos y que particularmente me sirve de catarsis.

-Algunas de mis obras fueron galardonadas o incluidas en Festivales y Revistas de poesía.


Festival de la Canción Latinoamericana de California

- Categoría Poemas y letras de canción:

“Tu semblanza” – trofeo literario – 2001
“Inmigrante” – pluma de oro – -2002
“Canto a Latinoamérica” – diploma de excelencia – 2010

“El Rey que me ha cautivado” – pluma de plata– 2010

Festival Internacional de la Canción de Tenerife – Islas Canarias:

“Amor sin fronteras” – mención de honor– 2002
“Vida Mía” – incluida en la Antología poética contemporánea “Las caras del amor”, EE. UU.– 1999
“Quiero” – incluida en la Revista Poética “Azahar”, España – 2005

Festival de la Canción de Las Vegas
:

Categoría Poemas y Letras de Canción 2010

Diplomas de Excelencia por dos obras:
Amar (poema)
http://luisbarcenagimenez.blogspot.com/2010/08/festivegas-2010-poema.html

La lista ruin (letra de canción)
http://luisbarcenagimenez.blogspot.com/2010/08/festivegas-2010-letra-de-cancion.html

http://www.festivegas.com/

Luis Bárcena
http://luisbarcenagimenez.blogspot.com/


Agradezco al autor amigo Luis el envío de su colaboración y le deseo todo lo mejor en su vida y le pido que continue con su obra poetica/literaria y su excelente Blog.

Lic. Jose Pivín
frente al puerto de Haifa
frente al mar Mediterráneo




viernes, 10 de diciembre de 2010

Discurso de Mario Vargas Llosa al recibir el Premio Nobel, de Literatura 2010, el 7 de Diciembre .





Mario Vargas Llosa:

"Elegio de la lectura y la ficción"

Discurso Nobel


7 diciembre de 2010


Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del
pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban
en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos
pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.


Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.


La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar,
sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la
de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que
el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean- François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura
francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En
todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví
aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las
sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo- cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde
luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el
agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco
que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal. Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión–
provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre
semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi
madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la
que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario
sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo
escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de
sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a
entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros
antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las
historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la
vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible. Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.


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