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jueves, 16 de diciembre de 2010

Witold Gombrowicz, los prólogos y los jinetes



por JUAN CARLOS GÓMEZ


GOMBROWICZIDAS


WITOLD GOMBROWICZ, LOS PRÓLOGOS Y LOS JINETES


Existen tres cuestiones que ponen en contacto a Gombrowicz con Stanislaw Lem: la ironía, la matemática y los prólogos. Stanisław Lem es un escritor polaco cuya obra se ha caracterizado por su tono satírico y filosófico. Los pone en contacto especialmente su profunda perspectiva irónica, y es en “Cosmos” donde las visiones de los dos escritores polacos encuentran el punto de aproximación más evidente.

A partir de la imagen de un gorrión colgado de una rama al inicio de “Cosmos”, Gombrowicz va desovillando una trama de escenas que parecen rimar, como el estribillo de una canción extraña. Escrita en un tono minimalista, lleno de detalles absurdos y frases deslumbrantes, la novela es un intento por descubrir lo que Gombrowicz llama el origen de la realidad.


“Cosmos” recuerda algunas de las obras de Lem, sobre todo a dos novelas policiacas: “La investigación” y “La fiebre del heno”. “En La investigación” un grupo de cadáveres se escapa de la morgue y un agente de Scotland Yard investiga el caso. Resulta que los cadáveres resucitaron durante algún tiempo de un modo inexplicable siendo encontrados después en diversos lugares de un Londres aureolado de una atmósfera gótica.

En “La fiebre del heno” una serie de hombres calvos, regordetes y solterones, muere misteriosamente en un balneario italiano. Las autoridades contratan a un astronauta divorciado, pelado y obeso, para que siga cada uno de los pasos de las víctimas. En ambas novelas el misterio se queda en el misterio a pesar de que se revela parte del enigma.


Lo mismo sucede en “Cosmos” de un modo más sutil y menos espectacular: al final de la novela el lector encontrará una solución, pero esta sólo planteará mayores problemas. Stanislaw Lem escribe unas palabras con la intención de conseguirle a los prólogos un título de nobleza. Reconoce el intento que había hecho Gombrowicz en este sentido pero puntualiza que el resultado había sido incompleto.

“Evoquemos a ese doctor preclaro, a ese terrateniente convertido a la hermenéutica de los prólogos que es Witold Gombrowicz. El nos explicaría las cosas de este modo: No se trata de que a la gente la idea de liberar a los Prólogos de la Materia qué anuncian nos guste o no nos guste, ya que estamos sometidos sin apelación a las leyes de la Evolución de la Forma (...)”


“El Arte no puede detenerse en un sitio ni repetirse siempre a si mismo: por eso no puede sólo gustar. Si has puesto un huevo, has de incubarlo; si te sale de él un mamifero en vez de un reptil, debes darle algo con que alimentarse; si, pues un paso consecutivo nos lleva a algo que despierta un disgusto general e incluso un estado paravomital, no hay remedio (...)”

“Hemos elaborado ya aquel Algo Concreto, nos hemos arrastrado y empujado tan lejos ya a nosotros mismos que, obedeciendo una orden superior al placer, tendremos que dar vueltas en el ojo en el oído, en el intelecto, a lo Nuevo, categóricamente aplicado, porque fue descubierto en el largo camino del ascenso. Por cierto, nadie ha estado nunca allí, ni quiere ir (...)”


“No se sabe si se puede aguantar en Aquellas Alturas siquiera un momento; pero, a decir verdad, ¡para el Desarrollo de la Cultura esto no tiene la menor importancia! Este lema nos ordena, con la soltura propia de la genialidad displicente, que cambiemos una esclavitud antigua, espontánea y por tanto inconsciente, por otra, nueva. No nos quita las trabas, sólo alarga nuestro ronzal (...)”

“De ese modo nos lanza a lo Desconocido, dando el nombre de libertad a una necesidad razonada”. Gombrowicz pasó olímpicamente por alto una personalidad tan multifacética y seductora como la de Jacques Lacan, sólo se refiere a él cuando mezcla su nombre en una retahíla de nombres estructuralistas que menciona en un reportaje apócrifo que se hace a sí mismo.


La inteligencia de Jaques Lacan era tan seductora que despertó la admiración de nuestra Victoria Ocampo en los viajes que hacía a París entre las dos guerras mundiales, aunque nadie puede asegurar que la relación que tuvo con él haya ido más allá de un apasionado flirteo mundano, a pesar del gusto que tenía esa dama tan elegante por ir a la cama con personajes destacados.

Gombrowicz vivió en la época más agitada del siglo XX, a la gente se le había dado por pensar y las ideas deslumbrantes salían de las cabezas de los pensadores a una velocidad vertiginosa. Gombrowicz era por naturaleza perezoso pero no podía dejarse estar ni quedarse atrás, más aún estando en Europa, y en el asunto de la novedad del pensamiento Dios le dio una mano.


Los franceses empezaron a hacer correr como reguero de pólvora el comentario de que su idea de la forma se había adelantado treinta años al estructuralismo con el que tenía un gran parecido. Por más que uno mire con los ojos de la ciencia la forma en la que se encadenan los acontecimientos, el resultado al que llegamos algunas veces nos parece milagroso.

De la misma manera nos parece milagrosa la aparición del protagonista que juega un mach de tenis en “Filimor forrado de niño”. “A fines del siglo dieciocho un campesino, nacido en París, tuvo un hijo, y aquel hijo tuvo un hijo, y ese hijo tuvo a su vez un hijo y luego hubo otro hijo… y el último hijo, campeón mundial de tenis, jugaba un mach en la cancha del Racing Club parisiense”


El encadenamiento de los acontecimientos psicoanalíticos en todo lo que concierne al club de gombrowiczidas se presentó de un manera parecida. En la segunda mitad del siglo XX, Jacques Lacan, nacido en París, tuvo un yerno, Jacques-Alain Miller, y de ambos nacieron unos miembros del club que participan de estas historias verdaderas con suerte marcadamente desigual.

Estos miembros son: el Gnomo Pimentón, Louis Soler, Jean-Michel Vappereau, y más recientemente el Gran Ortiba y Jorge Gómez Alcalá. Los cismas lacanianos que se producen en las organizaciones tanáticas que preside el yerno de Lacan son frecuentes, violentas y contagiosas. El Gnomo Pimentón, uno de nuestros gombrowiczidas más señalados, ha despachado desde el diván a muchos pacientes con suerte diversa.


Director de una organización de orates a la que dio en llamar “Fundación Descartes”, es un destripador de psiques que ha enloquecido a una gran cantidad de personas siendo uno de los casos más notables el de Cara de Ángel. Una de las particularidades más destacadas del yerno de Lacan, a más de la violencia, es su versatilidad, una versatilidad que nos recuerda a la de otro ilustre miembro del club: Revólver a la Orden.

“De las ‘psicosis no desencadenadas’, de los lazos entre Borges y Lacan y del ‘supuesto saber del presidente electo Fernando de la Rúa: de casi todo habló Jacques-Alain Miller, el yerno de Lacan”. En las apariciones de Gombrowicz, tanto se trate de su vida como de su obra, se hace presente el niño diabólico. El diabolismo de Gombrowicz, como también el de los niños, más que perverso es divertido.


Se pone voluntariamente en una posición inmadura y alegre para que su profundidad oscura y dramática sea francamente digerible. Las tesis y los problemas serios no le importaban demasiado, si bien se ocupaba de ellos lo hacía como quien no quiere la cosa, porque en el fondo de su alma era irresponsable. Los otros diablos que aparecen en Gombrowicz son más bien domésticos y sociables.

Aunque son diablos burlones y sarcásticos, tienen buenos modales y se los puede invitar tranquilamente a tomar el té en casa. “Filimor forrado de niño” es un relato corto que Gombrowicz incluye en “Ferdydurke”. Escrito en 1934 es presentado en el libro con un prefacio en el que Stanislaw Lem piensa cundo escribe sobre la naturaleza de los prólogos.


En este prefacio Gombrowicz da una explicación más o menos extensa de sus ideas sobre la forma y sobre los prólogos utilizando un estilo sarcástico para burlarse de la crítica. Construye artificialmente una tabla de sufrimientos para encontrar el dolor fundamental, y aunque escrita en forma irónica y teatral ni uno solo de esos dolores deja de ser humano.

En otra tabla contigua en la que identifica especialmente a sus rebeliones pone en entredicho a su propia psique, a la herencia y a toda la cultura. “Filimor forrado de niño” es un ejemplo de la maestría que tiene Gombrowicz para manejar el comportamiento de conjuntos a los que le va agregando elementos, hasta que finalmente algo explota.


En Gombrowicz conviven su clase social y una conciencia penetrante que buscaba el estilo de los pensamientos fundamentales, la independencia, la libertad y la sinceridad, en medio de los remolinos de sus anormalidades. Buscaba la realidad y sabía que la podía encontrar tanto en lo que es normal y sano como en la enfermedad y en la demencia.

El prólogo al “Filimor forrado de niño” es considerado como una muestra temprana de las relaciones que existen entre la idea de la forma que tiene Gombrowicz y la idea de estructura que tiene los estructuralistas. A fines del siglo dieciocho un campesino, nacido en París, tuvo un hijo, y aquel hijo tuvo un hijo, y ese hijo tuvo a su vez un hijo y luego hubo otro hijo…


Y el último hijo, campeón mundial de tenis, estaba jugando un mach en la cancha del Racing Club parisiense. Un coronel de zuavos, sentado en la tribuna lateral, empezó a envidiar el juego impecable de ambos campeones, y ansioso él también de exhibir sus habilidades, sacó una pistola y disparó contra la pelota. La pelota, no podía ser de otra manera, reventó.

Los contendientes, privados imprevistamente de aquello que estaban golpeando, golpeaban con la raqueta en el vacío. Cuando cayeron en la cuenta de que sus movimientos era absurdos, se agarraron a trompadas. Un trueno de aplausos estalló entre los espectadores. Aunque ésta no había sido la intención del coronel, la bala que había disparado siguió su trayectoria.


Finalmente la bala dio en el cuello a un industrial armador que estaba en la tribuna de enfrente. La esposa del herido, viendo borbotear la sangre de la arteria atravesada, quiso echarse sobre el coronel para quitarle el arma, pero como estaba inmovilizada por la muchedumbre le dio un cachetazo al vecino de la derecha. El abofeteado resultó ser un epiléptico.

Bajo la conmoción producida por el golpe, estalló como un geiser en medio de convulsiones. La pobre mujer se encontró de pronto entre un hombre que manaba sangre y otro que echaba espuma por la boca. El publicó atronó el estadio con aplausos. Un caballero que estaba sentado cerca de la desgraciada señora tuvo un acceso de pánico y saltó sobre la cabeza de una dama acomodada en las gradas de abajo.


La mujer se irguió y brincó hacia la cancha arrastrándolo en su carrera. El vecino de la izquierda del caballero, un jubilado humilde y soñador, hacía muchos años que soñaba con saltar sobre las personas ubicadas más abajo. Estimulado por el ejemplo de lo que estaba viendo, sin la menor tardanza saltó sobre una dama que tenía abajo recién llegada de África.

La joven en forma inocente se imaginó que justamente ésa era una costumbre del país y sin pensarlo ni por un momento también brincó tratando de imitar las maniobras de la otra dama y conservar la naturalidad de los movimientos. La parte más culta del público aplaudió para disimular el escándalo delante de los representantes de los países extranjeros.


La parte menos culta de la concurrencia tomó los aplausos como una señal de aprobación y empezó a cabalgar a sus damas. Como los extranjeros no salían de su asombro las personas presentes más distinguidas, también para disimular el escándalo, cabalgaron a sus damas. Un tal marqués de Filimor, se sintió disgustado y ofendido por los acontecimientos que se estaban desarrollando en la cancha de tenis.
De improviso el marqués se sintió gentleman, y desde el medio de la cancha de tenis, pálido y completamente decidido, preguntó si alguien, y quién precisamente, quería ofender a la marquesa de Filimor. Arrojó a la cara de la muchedumbre un puñado de tarjetas con la inscripción de “Philippe de Filimor”. Un silencio mortal reinó en el estadio.


De repente, no menos de treinta y seis caballeros se acercaron a la marquesa Filimor montados sobre mujeres de pura raza para ofender a la marquesa y para sentirse ellos mismos gentlemen. Pero la marquesa, a raíz del gran susto, abortó y parió un niño que empezó a berrear en forma estridente a los pies del marqués bajo los cascos de las mujeres piafantes.

“El marqués, repentinamente, forrado de niño, dotado y complementado de niño, mientras actuaba en forma particular y como un gentleman en sí, y adulto, se avergonzó y se fue a su casa en tanto un trueno de aplausos se oía entre los espectadores”. En este cuento, con toques maestros que le da a la forma y a la estructura, Gombrowicz convierte un partido de tenis en una cabalgata metafísica de jinetes.


Pero Gombrowicz no tenía una buena opinión de los jinetes. Los terratenientes tienen en general una buena relación con los animales, a Gombrowicz lo alcanzan las generales de la ley, es una predisposición que paradójicamente humaniza el carácter de los hombres, como también le ocurría a nuestro Bioy Casares. Ya sabemos que, a pesar de su nobleza terrateniente, Gombrowicz se sentía confuso y en contradicción con la naturaleza.

Al ponerse en contacto con ella se transformaba en un demonio, en una anti-naturaleza, sin embargo, con los caballos le iba bastante bien, no así con los jinetes. Mientras los caballos eran para Gombrowicz los representantes de una soledad radical, los jinetes en cambio eran unos payasos incorregibles. El hombre a caballo es una cosa estrafalaria, una ridiculez y una ofensa a la estética.


Los animales no nacen para cargar sobre sí a otros animales. Un hombre sobre un caballo es tan absurdo como una rata sobre un gallo o un mono sobre una vaca, es una perturbación del orden natural a pesar de que el arte le rinde homenaje a este convencionalismo en las estatuas y en la pintura. El jinete da brincos sobre la bestia con las piernas despatarradas en un animal torpe y estúpido.

Corre montado a la velocidad de una bicicleta y repite vez tras vez el salto de un obstáculo en una bestia que ni sirve ni ha nacido para saltar. Los placeres de las cabalgatas provienen del atavismo pues en otros tiempos el caballo era realmente útil y enaltecía al hombre. Un hombre a caballo dominaba a los demás, el caballo era la riqueza, la fuerza y el orgullo del jinete.


De esos tiempos nos quedó el culto de la equitación y la adoración por un cuadrúpedo anacrónico. “Mi monstruoso sacrilegio resonaba salvajemente de un extremo a otro del horizonte. El dueño y criador de sesenta yeguas de raza me miraba con condescendencia”




martes, 31 de agosto de 2010

Witold Gombrowicz y la cantidad




GOMBROWICZIDAS



por JUAN CARLOS GOMEZ

WITOLD GOMBROWICZ Y LA CANTIDAD


“Llegué aquí ayer a las cinco de la tarde llevando en la maleta varias decenas de páginas del bastante avanzado ‘Cosmos’. El viaje fue un desastre. Últimamente no tengo suerte con los viajes. En el tren, que ya estaba esperando en la estación Once, no hay asientos libres. Lo dejé partir y esperé el siguiente, de pie, porque los bancos estaban ocupados, y mientras esperaba iba observando con inquietud la cada vez más densa afluencia de gente (...)”


“Media hora más tarde llega el tren, completamente vacío, como nuevo, la multitud se anima, empuja, se introduce en los vagones; quedo atrapado en el medio del gentío, un asiento, ni soñarlo, ni siquiera voy de pie, sino suspendido. Arrancamos. Voy a la casa de Alicia y de Silvio Giangrande, un tren hasta Morón y desde allí un autobús hasta Hurlingham (...)”

“¿Por qué toda esa gente no es capaz de percatarse del hecho fundamental: que mientras duran las miradas y las discusiones sobre el imperialismo, la cantidad de gente no para de aumentar? ¿Qué diablo cargado de mala intención les impide a todos ellos darse cuenta de la cantidad? Decid, ¿de que os servirían unos sistemas más justos y un reparto de los recursos más equitativo si mientras tanto la vecina se multiplica por doce? (...)”


“También el cretino le hace seis hijos a la parienta, y en el primer piso dos se convierten en ocho. Sin contar los negros, los asiáticos, los malayos, los árabes, los turcos y los chinos. Y los indios. ¿Qué son todas las discusiones vuestras sobre el imperialismo si no la palabrería de un idiota que ignora la dinámica de sus propios genitales? ¿Qué son si no el cacareo de una gallina sentada sobre la más terrible de las bombas, sus huevos? (...)”

“El tren se adentra poco a poco en la estación de Morón y, extraído de esa prensa humana, me alejo en el espacio. Me dirijo a la plaza de Morón. Cada vez que vuelvo aquí, voy en peregrinación a la plaza para echar una mirada a mi pasado del año mil novecientos cuarenta y dos. Pero ya no existe la pizzería donde solía tener conversaciones con los contertulios (...)”


“Tampoco existe el café donde jugué una memorable partida de ajedrez bailando boogie-woogie con el campeón de Morón; los dos bailábamos y bailando nos acercábamos al tablero de ajedrez para cada nuevo movimiento. En la estación de autobuses me pongo en la cola. ¡Qué abundancia! Me siento millonario otra vez, todo se me multiplica por miles y por millones. El autobús se detiene (...)”

“Es aquí donde tengo que apearme. Me apeo. Estoy en la carretera con mi pequeña maleta... ¿Quién no conoce esto? La carretera es larga, los coches pasan con un silbido, me alejo por un camino de tierra, vientecillo, árboles, distancia, silencio... El aburrimiento de la naturaleza que enseña los dientes tontamente como un perro. La vaca de mi destino rumia. Los espacios están escaqueados”


Este viaje Gombrowicz lo hace en 1961, el año de la ciencia: su lectuta del ‘Panorama de las ideas contemporáneas’ de Gaëtan Picon, la diatriba contra los científicos, Ernest Mach... Es también el año en que Gombrowicz empieza a escribir “Cosmos”, una obra nacida de sus especiales con la ciencia. La ciencia ordena el caos reduciendo las grandes cantidades a pequeñas fórmulas.

Gombrowicz intenta ordenar el caos de otra manera, aunque también para él la cantidad es la representante del caos. Entre los recuerdos de sus miserias argentinas, incluidos los días que pasó entre rejas, el que permanecía en Gombrowicz como un símbolo misterioso era el de Morón. A Morón lo convirtió también en un enigma en las noches del café Rex con una oración que recitaba en forma maniática.


“Existe un cura en Buenos Aires que nunca ha estado en Morón”. Algunos pensaban que era una extravagancia de Gombrowicz y otros que esa frase encerraba un misterio. Gombrowicz fue a parar a Morón cuando el dueño del hotel de la calle Tacuarí donde vivía lo empezó a zamarrear para que le pagase los seis meses de alquiler que le debía. Una noche, mientras su vecino le pasaba las valijas por la ventana, se largó sigilosamente.

Ya en un café, después de la huida del hotel y con las valijas a cuestas, meditaba en su triste destino: –¿Usted aquí? En forma providencial se le acercó Taworski, un periodista polaco: –Mire, ahora tengo unos socios capitalistas, y hemos alquilado un chalet en los alrededores de Buenos Aires, en Morón, para montar un taller de tejidos. Gombrowicz se fue entonces a vivir a Morón.


El chalet era grande y lindo pero estaba casi vacío, Gombrowicz dormía en el suelo acostado sobre un montón de diarios, además de estas penurias, todos los días de noche recibían la visita de unos borrachos agresivos ex socios de Taworski con los que tenía algunas deudas importantes. Los borrachos se robaban las pocas cosas que quedaban en esa casa semivacía.

“Y aquellas visitas nocturnas, crueles y alcohólicas, así como nuestra impotencia para defendernos, tomaron para mí, una vez más, el aspecto de un símbolo tan patético como misterioso”. Gombrowicz pasaba miserias a lo grande, como si estuviera de vacaciones en un balneario de moda, siempre por encima de las circunstancias y poniéndole buena cara al mal tiempo.


“En Morón gocé de gran popularidad, tanto en la pizzería de la plaza como en el café, donde se podía jugar al billar y al ajedrez. Me bebía un litro de leche diario y me comía mi pan sentado en el suelo, sobre el pasto del chalet, mientras contemplaba la calle. En la pizzería, un mozo al que le caía simpático, me daba un sandwich por veinte centavos, pero con una feta de jamón cuatro veces más gruesa de lo normal, casi como un bistec (...)”

“Y, en eso, he aquí que el suplemento literario de ‘La Nación’, un periódico muy popular, aparece en primera plana un artículo mío. Desde ese momento mi posición social en Morón quedó liquidada. La gente empezó a darme muestras de consideración”. Gombrowicz escribe que era su propia catástrofe la que lo sostenía, así como la catástrofe de Polonia y la catástrofe de Europa.


Sin embargo había algo más, él era capaz de reírse a pesar de todas las desgracias, tirando de las barbas de Dios y tocándole la cola al diablo. Cuando al final de su vida le preguntan si la holgura europea no le había llegado un poco tarde, Gombrowicz se acuerda de los polacos y de nosotros. “Evidentemente, para mí es un poco triste porque no sólo la edad, sino también la enfermedad, me impiden gozar de todas estas cosas (...)”

“Pero yo he tenido siempre la sensación de que el arte no puede dar dividendos. Un artista que se siente, ante todo, creador de una forma profunda o personal, no puede pretender además unos ingresos; por algo así más bien hay que pagar. Hay un arte por el cual se es pagado, y otro arte por el cual hay que pagar. Y se paga con la salud, con las comodidades, con la posición social (...)”


“Naturalmente, no sé si soy un artista importante o no, pero de todas formas, en ese sentido, mi vida ha sido más bien ascética”. Pasó seis meses en ese chalet que gradualmente era desvalijado pues Taworski, con una sentencia de prisión en suspenso, no se atrevía a protestar. Cuidaba a Gombrowicz como si fuera un hijo. Vivían casi exclusivamente a base de carne ahumada y de choclo, una comida que cocinaba Taworski una vez por semana.

La vida de Gombrowicz en ese época no era nada fácil, pero al mismo tiempo que en las fronteras de la miseria también actuaba en otro plano, en un nivel más elevado. Yo pasé algunas tardes en la “Piedra amorosa”, así se llamaba la casa que tenían los Giangrande en una quinta de Hurlingham. Alicia y Silvio eran buenos, cordiales y lo querían a Gombrowicz.


En esa quinta en vez de disfrutar tuve que padecer el primer encuentro con los Giangrande gracias una broma que me gastó Gombrowicz. Desde muy joven la admiración había constituido para Gombrowicz un problema muy especial. No sé que es lo que habrá hecho en Polonia pero por aquí entraba a las exposiciones renqueando apoyado en alguno de nosotros.

Si alguien le preguntaba por qué renqueaba a veces respondía que lo hacía para compensar algún desbalance de la propia exposición, y otras veces respondía que renqueaba porque le dolía mucho una pierna, y que era una verdadera lástima que la belleza de la pintura calmara mucho menos que una aspirina. Cuando Gombrowicz me presentó las esculturas metálicas de Silvio, el esposo de Alicia, me tendió una celada.
Hizo todo lo posible para que yo no me pusiera en pose de admirador: –Vea, son unos pluviómetros muy especiales que se fabrican aquí para una empresa agrícola. Yo no supe a qué atenerme pues las esculturas no se diferenciaban gran cosa de esos artefactos, pero tenía mis sospechas. “A veces venía a tomar el té con su amigo Gómez. Me acuerdo un día en el que quiso oír unos discos (...)”

“Escuchaba religiosamente la música con Gómez. En un momento dado, salí al jardín. Todavía era invierno y encontré una gran flor de magnolia que acababa de abrirse. Entré para decirle que viniera a ver lo bella que era. Witold me respondió sin moverse: –Le creo, Alicia. Y siguió escuchando la música”. Antes del viaje que hice con Gombrowicz a Piriápolis pasa unas vacaciones en la quinta de Alicia y Silvio Giangrande.


Llevaba en la valija varias decenas de páginas de “Cosmos”. Los intentos que hizo Alicia para ayudar a Gombrowicz, igual que tantos otros intentos, fueron vanos. A pesar de todos los infortunios que había padecido no ponía ninguna voluntad por aceptarlos. Lo zamarreaban en las pensiones cuando intentaba escaparse sin pagar, a veces llegaba desfallecido a la casa de algún polaco para que le dieran de comer.

Dormía sobre papeles de diario en una casa de Morón, recorría los suburbios para que los cadáveres le dieran de almorzar. El hambre, el frío y las chinches no le faltaron en los primeros años de vida en la Argentina. Grandes árboles, una casa blanca de una sola planta, y unos perros negros y greñudos que demostraban su afecto saltando sobre los invitados. Silvio había sido capitán de la marina de guerra italiana, y hablaba poco.


“Uno llega a un lugar, toma té, conversa, después abre la valija, dispone las cosas en la habitación de los invitados... ¿No es uno de los temas centrales de mi vida? Escuchar nuevos susurros, respirar aire extraño, penetrar en un sistema desconocido de sonidos, olores, luces”. Gombrowicz había ido a Hurlingham a descansar y a encontrarse consigo mismo para seguir con “Cosmos”.

Alicia era pintora y Silvio escultor, se habían convertido poco a poco en una pareja de plásticos. “Al hablar con ellos, su dedicación al arte en esa quinta y ese proyecto suyo tan mimado, me ha parecido próximo a la bancarrota; en lo que decían no había alegría, sino más bien amargura, decepción, en fin, esas muestras de desencanto con que ahora me encuentro continuamente en el mundo de la pintura”

En las artes plásticas se ha impuesto una manera de ver y de recrear que hace que una persona del todo mediocre pueda llegar a crear una obra nada mala. Gombrowicz estaba complacido con la decadencia de ese arte impuro que siempre había estado ligado al instinto de posesión y al comercio, más que al placer estético. Poco a poco se fue dando cuenta que Helena, la sirvienta de la casa, no se comportaba de modo normal.

Era aplicada y amable, pero... Alicia le cuenta que es paranoica, que el diagnóstico se lo había hecho el psiquiatra. “A veces tiene ataques, y me hace escenas, pero después se le pasa. Lo peor es que, como dice el médico, es peligrosa, en el momento menos pensado puede tener una crisis de verdad y agarrar un cuchillo... ¿Y no tenéis miedo de estar con ella? Cio pasa mucho tiempo fuera de casa y usted está sola (...)”


“¿Y qué podemos hacer? ¿Despedirla? ¿Quién empleará a una loca? ¿Y su hija? ¿Qué hacer con la niña? ¿Enviar a Helena al hospital? No está lo bastante loca, sería inhumano encerrar en un manicomio a una persona como ella... Además los manicomios están repletos, son un verdadero infierno”. Había dos asuntos que Gombrowicz distinguía muy especialmente en sus rituales: el placer que le proporcionaba la comida y el miedo a ser asesinado.

Comía con buen apetito, de una manera disciplinada y ceremoniosa y se negaba sistemáticamente a compartir su habitación con nadie por temor a que lo estrangularan. Esta aprensión la usó como argumento para escaparse de las casas de los Giangrande y de los Swieczewski después de haber pasado unos días de vacaciones en ellas. No existe manía de Gombrowicz de la vida de todos los días que no aparezca en sus creaciones.


El asesinato toma las formas de la antropofagia en el cuerpo de un niño al que unos aristócratas se manducan en un almuerzo, de la estrangulación de animales y de personas y, en fin, de todo tipo de muertes como en las obras de Shakespeare. Mientras toma una decisión sobre qué hacer con la locura de la sirvienta sigue meditando en aquella casa; a su juicio el hombre nunca se ha planteado suficientemente el problema de la cantidad.

No es lo mismo ser un hombre entre mil millones que entre doscientos mil. No es lo mismo ser un hombre de la época de Demócrito que un hombre de la época de Brahms. “Vive en nosotros la conciencia del hombre único del tiempo de Adán. Nuestra filosofía es la filosofía de los Adanes. El arte es el arte de los Adanes”. La expresión debería estar separada entre la fase ascendente de la juventud y la descendente de la vejez.

La expresión también debería identificar a qué cantidad de hombres expresa. La épica, la sociología y la psicología a veces expresan al rebaño humano, pero desde el exterior, como a cualquier otro rebaño. No es suficiente que Homero o Zola se ocupen de la masa ni que Marx la analice, esas voces deberían tener algo que nos permita saber si pertenecen a un mundo de miles o de millones, deberían estar saturadas de la cantidad hasta la médula.

Estas reflexiones sobre la cantidad las hace a propósito de la sirvienta Helena, si él no se apiada de ella quién se va a apiadar. Pero no es la piedad de una sola persona, también la piedad se ha multiplicado, sólo en Buenos Aires debe haber en ese momento una cien mil almas apiadándose de alguien. Y la piedad en grandes cantidades le produce risa, una risa tan particular y tan tremendamente humana.


Quiere comprobar si este problema es real, pero no tiene tiempo, debe escaparse de Hurlingham, que otros centenares de miles de cabezas se ocupen de esto, él tenía miedo de ser asesinado. “Me levanto. Salgo. Anochece, y desde el camino se ve, levantándose en el horizonte, una niebla blanquecina, eléctrica, casi imperceptible, pero molesta, confusa, como venida de la irrealidad..., un hecho terrible que me agobia... y me aplasta...”

Después de ese viaje a Hurlingham en el que Gombrowicz es asaltado por la cantidad, “Cosmos” empieza a galopar. En agosto de 1963 Gombrowicz retoma “Cosmos”, una obra que había interrumpido en febrero de ese mismo año al enterarse que la Fundación Ford lo invitaba a pasar un año en Berlín. En mayo, recién llegado a Berlín, nos empieza a decir que tenía dificultades para terminarlo.


En septiembre nos escribe que le faltaban aproximadamente cuarenta páginas que le resultaban muy difíciles y que no le aparecía claro el título, dudaba entre Cosmos, Figura y Constelación. En octubre nos confiesa que la obra lo había aburrido en tal forma que no tenía ganas de terminarla, que el final era bravísimo y que ensayaba nuevos métodos y concepciones.

En diciembre nos cuenta que le faltaban tres páginas para terminar “Cosmos” pero que no sabía como hacerlo y que a lo mejor lo dejaba sin terminar. En junio de 1964 nos dice que le faltaban diez páginas y en agosto, que lo había terminado. A Gombrowicz no le gustaba dar datos sobre su obra y mucho menos cuando la estaba escribiendo, tampoco le gustaba dar detalles sobre su vida privada,

Basta recordar la infinidad de versiones que nos dio acerca del origen de la palabra Ferdydurke y de las variantes incalculables que utilizó para explicarnos por qué se había bajado del barco y no había regresado a Polonia. Por esta razón es que no nos informaba qué parte de la historia no tenía resuelta cuando le faltaban cuarenta páginas para terminar la obra.


Sin embargo por esa cantidad de páginas faltantes yo calculo que todavía no había decidido hacerlo masturbar a Leon en la montaña, ahorcar a Ludwik con su propio cinturón ni desencadenar el diluvio final que se parece bastante a dejar sin terminar la historia. Pero no hay que extrañarse de sus historias sin terminar, las cuatro novelas de Gombrowicz terminan en huidas.

En “Ferdydurke”, huye con la prima; en “Transatlántico”, con el bumbam; en “Pornografía”, con la sonrisa de los jóvenes; y en “Cosmos”, con el diluvio y el pollo relleno. Si bien la masturbación de Leon, el ahorcamiento de Ludwik y el diluvio son elementos verdaderamente dramáticos del final de “Cosmos” todavía nos podemos imaginar que Gombrowicz podía haberlos cambiado por otros.

Sin embargo, hay un momento de las obras en el que ya han aparecido las escenas claves, las metáforas fundamentales y los símbolos que apuntan en una dirección determinada y no se pueden cambiar por otros. Del caos inicial, por una acumulación de forma, se pasa a las escenas, a los personajes, a los conceptos y a las imágenes que el proceso de control ya no puede eliminar, y de lo ya creado se creará el resto.

Ese momento es para “Cosmos” la integración del sistema con las dos bocas y los tres elementos colgantes: el gorrión el palito y el gato. Los lectores están habituados a las formas literarias tradicionales que han sido probadas muchas veces a lo largo del tiempo. En “Ferdydurke” Gombrowicz utiliza el estilo del cuento filosófico a la manera volteriana. En “Transatlántico”, el del relato antiguo y estereotipado.


En “Pornografía”, el de la novela rural polaca; y en “Cosmos”, el de la novela policial. Parodia estos estilos, utiliza las formas antiguas y legibles para salirse de ellas y juntarlas con las concepciones modernas del mundo. El género policial es el que tiene más relaciones con la lógica, es decir, con la filosofía, y también con la ciencia. A pesar de la desconfianza que Gombrowicz le tenía a la razón y a las ideas es evidente que se sentía atraído por ellas.

La realidad surge de asociaciones de una manera indolente y torpe en medio de equívocos, a cada momento la construcción se hunde en el caos, y a cada momento la forma se levanta de las cenizas como una historia que se crea a sí misma a medida que se escribe, introduciéndose de una manera ordinaria en un mundo extraordinario, en los bastidores de la realidad.


A las peripecias de “Cosmos” en Hurlingham le siguieron las peripecias de Piriápolis. Mientras paseábamos por los bosques de Piriapolis con Madame du Plastique, Gombrowicz trataba de desentrañar cuáles eran los límites de la realidad, ¿por qué este árbol terminaba aquí y no allá? ¿Y por qué luego empezaba la tierra?, ¿por qué no era todo un continuo?, ¿cómo es que se establecen los límites de la realidad?

A Gombrowicz le parecía que se formaban artificialmente o, mejor dicho, por una intervención violenta de la voluntad. De repente, Gombrowicz se detiene bruscamente delante de un arbusto, y pregunta: –¿Qué es esto?; –Un arbusto, dice Madame du Plastique; –No, no. Nos quedamos abstraídos mirando el arbusto. Cuando el silencio nos empezó a incomodar, dije: –Es el presentimiento de la forma.
Gombrowicz se puso de rodillas, juntó las manos como si fuera a rezar y empezó a adorarme como si yo fuera el Dios mismo. Claro, el arbusto es una planta indefinida, una planta que no llega a ser un árbol, y la forma es una línea, es como el límite de la realidad. El arbusto tenía pues, para los propósitos manifiestos de Gombrowicz, una naturaleza esfumada, el arbusto tenía límites pero no tanto.

Pertenecía también a ese continuo donde las cosas están indiferenciadas. ¿Un arbusto no venía a ser entonces algo así como un presentimiento de la forma? Como yo conocía lo que andaba buscando Gombrowicz respecto a “Cosmos”, una obra que había empezado a escribir en ese año y que le costó mucho trabajo terminar, no me fue tan difícil hacerlo arrodillar.


También Gilles Deleuze encuentra en “Cosmos” las relaciones que existen entre la cantidad caótica y el orden de las series. Deleuze habla de Gombrowicz en un curso que da sobre la confrontación entre Whitehead y Leibniz como un ejemplo del escritor que sale del caos haciendo series. Para Deleuze, “Cosmos” es el desorden puro del que Gombrowicz sale organizando dos series diferentes, la de los ahorcados y la de las bocas.

La filosofía es para Deleuze el arte de formar, de inventar y de fabricar conceptos, una idea realmente interesante. “Sólo hay una manera de salir del caos, haciendo series. La serie es la primera palabra después del caos, es el primer balbuceo. Gombrowicz hizo una novela muy interesante que se llama ‘Cosmos’, donde él se lanza, como novelista, en la misma tentativa. ‘Cosmos’ es el desorden puro, es el caos, ¿cómo salir del caos? (...)”


“La novela de Gombrowicz es muy bella, muestra cómo se organizan las series a partir del caos, sobre todo hay en ella dos series insólitas que se organizan. Una serie de animales ahorcados, el gorrión ahorcado y el pollo ahorcado, y una serie de bocas, series que se interfieren la una con la otra y poco a poco trazan un orden en el caos. Es una novela muy curiosa que uno no habría terminado de leer si no se hubiera metido de cabeza en ella”


NOTA DEL EDITOR:
Recibido directamente del autor, a quien agradezco y felicito por su empeño en difundir a los lectores de habla castellana("español") la imagen de ese gran escritor polaco que vivió 24 largos años en Argentina (1939-1963).


Gombrowicz había llegado a Buenos Aires pocos días antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, como invitado de una Empresa Maritima que inauguraba una nueva Línea de Polonia a la Argentina.

A pocos días de su desembarco en el puerto de Buenos Aires, el ejercito
nazi alemán de Hitler ocupaba Polonia.

Lic. Jose Pivín


frente al puerto de Haifa


frente al Mar mediterráneo




jueves, 4 de febrero de 2010

Witold Gombrowicz, Mussolini, Hitler y Stalin.

por JUAN CARLOS GÓMEZ -

GOMBROWICZIDAS

“Después de la muerte de Pilsudski empezaron a notarse nítidamente síntomas de descomposición. Esa Polonia que contaba con poco más de diez años de existencia, no tenía aún principios, instituciones, normas de acción bien implantadas; la democracia no había penetrado por entero en la sangre de la nación. Cuando murió Pilsudski, tuvimos la impresión de que el viento acababa de arrancar la techumbre de encima de nuestras cabezas (...)”
“Por lo que recuerdo, al principio había un gran estupor. Creo que sería muy difícil explicar a la joven generación hasta qué punto estábamos sorprendidos. El tono y el contenido de lo que estaban introduciendo en Europa Hitler y Mussolini, nos pareció algo fantástico. Nosotros estábamos absolutamente seguros de que el progreso significaba la libertad individual, el respeto a la ley, la democracia, la desmilitarización, el pacifismo (...)”

“La liga de las Naciones, la cultura, el arte, la ciencia... Y he aquí que de repente comenzaron a llegarnos noticias de teorías medievales y hechos que nosotros considerábamos ya imposibles en nuestro siglo. El renacimiento del belicismo alemán, la invasión de Abisinia, la guerra de España, pero sobre todo miles de pequeños acontecimientos que demostraban que una gran parte de los europeos empezaba a ser diferente, casi exótica (...)”
“Para nosotros, en Polonia, todo eso resultaba todavía más extraño, porque nos habían mantenido alejados de las tensiones dramáticas de Europa. No nos dábamos cuenta del empuje del comunismo. El comunismo ruso nos parecía algo torpe y más bien salvaje, asiático; nos nutrían sin cesar con la creencia de que el coloso ruso seguía irguiéndose sobre pies de barro (...)”

“En Polonia la acción roja organizada, apenas se manifestaba y tampoco tuvimos conciencia suficiente de la amenaza de los movimientos revolucionarios que pesaba sobre Alemania e Italia. Vivíamos con la ilusión de que Europa era una pradera soleada, cuando en realidad era una caldera calentada por el fuego de la revolución y sometida a una presión de millares de atmósferas”
En esa caldera europea tan extraña a Polonia tres hombres se propusieron ser dioses: Mussolini, Hitler y Stalin, pero antes de hablar de ellos vamos a echarle una mirada a la relación que el hombre tiene con Dios. De los atributos omnímodos que tiene Dios –la omnipotencia, la omnisciencia, la omnipresencia y la omnibenevolencia– hay dos alrededor de los cuales dan vueltas tanto Sastre como Gombrowicz: la omnipotencia, la omnisciencia.

Gombrowicz piensa que el hombre quiere afirmarse en su personalidad para ganarle la batalla a los demás, para llegar a ser eminente. Él sabe que no lo sabe ni lo puede todo, pero no permite que su yo se empequeñezca, ese yo le ha sido impuesto con demasiada brutalidad y lo acompaña a todas partes adonde va y durante todo el tiempo. La complexión del pensamiento de Gombrowicz es existencialista, así que vamos a seguirle los pasos a Sartre a ver que piensa de Dios y de sus atributos.
Este filósofo admite abiertamente que el proyecto fundamental del hombre es el de convertirse en Dios. Estar en el mundo es un proyecto que el hombre tiene para poseer el mundo en su totalidad, como aquello que le falta a la existencia, para entrar en algo que lo abarca todo y que es precisamente el ideal, o el valor. Esta idea no ha sido extraída del “Mein Kampf de Hitler, donde encajaría muy bien como el sueño pangermanista de poseer y gobernar el mundo entero, sino de “El Ser y la Nada”, la obra fundamental de Sartre.

Dios es el ser que posee el mundo, un proyecto que de igual modo tienen los hombres porque también quieren poseerlo, pero este proyecto fundamental, así como el proyecto del amor, caen en el vacío. Los polacos sufrieron en carne propia el ejercicio de la voluntad divina y creadora de Hitler y de Stalin que querían ser Dios, y Gombrowicz sintió la manifestación pública de ese poder antes de que se adueñara del mundo, en un viaje que hace a Italia.
“Voy a contar alguna que otra cosa sobre mi viaje a Italia; fue mi última confrontación con Europa, si descontamos un vistazo que eché un año más tarde a las orillas de Francia en Boulogne y a una Inglaterra envuelta en las brumas del canal de la Mancha”. Gombrowicz se había entregado al vagabundeo, el gran esfuerzo que le había demando “Ferdydurke” había quedado a sus espaldas.

En ese año el jurado de “Wiadomosci Literackie” debía fallar sobre el mejor libro de 1937, Gombrowicz empezó a gastar zlotys a cuenta, pero el premio se lo dieron a Boy-Zelenski. “No me importó mucho, con premio o sin premio sabía que había entrado en la literatura polaca para siempre. Descansaba”. El aire de Roma, el clima limpio, transparente, latino, contrastaba con las brumas de Polonia, ese aire tenía para Gombrowicz un perfume particular.
“Y, sin embargo, en este aire y sobre el fondo de un paisaje tan noble, también se dejaba sentir algo turbio y monstruoso, como una pesadilla. Los diarios alababan ruidosamente el eje Berlín-Roma, por todas partes olía a chantaje y a traición, para mí el complot de Italia con Alemania era la traición a Europa en la calle, en los discursos de Mussolini, en las canciones de los fascistas y hasta en los juegos bélicos de los niños delante de villa Borghese”

Gombrowicz se da cuenta de que los italianos están desorientados. La duda que flotaba en el aire era la de saber cuál era la verdadera naturaleza de Mussolini, a lo mejor el Duce era un hombre providencial y un caudillo infalible, quizá le había sido impuesta la misión histórica de liquidar el mundo latino, siempre tan equilibrado. “Qué difícil resultaba definir algo en la bruma de aquella época, todos esperaban el veredicto de la Historia (...)”
“Pero la Historia no tenía prisa, no se sabía quién mentía, quién faroleaba, quién era honesto, los contornos estaban borrosos, los límites diluidos”. Abrumado por esa Roma fascista Gombrowicz se va a Venecia. Conversa en el tren con cuatro pilotos italianos: –¿Y si el Duce os ordenara bombardear todo esto, la iglesia, el palacio, la procuraduría?; –Entonces no quedaría de esto ni una piedra.

Esta respuesta era de esperar, pero fue sorprendente para Gombrowicz la alegría con la que se lo anunciaban de una manera triunfal. Lo que les encantaba tanto era el hecho de que se sentían creadores de la historia, el pasado para ellos había llegado a ser menos importante que el futuro, podían destruirlo. Este sentimiento de omnipotencia, aunque no referido a las campañas militares y a los bombardeos, también lo tenía Gombrowicz.
“Esa semana, pasada en Venecia, me resultó difícil, emponzoñada por algún elemento salvaje que se infiltraba en la tranquilidad del Renacimiento y del gótico. Regresaba a Polonia de un humor siniestro. Anochecía, el tren corría en dirección hacia Viena, pero yo tenía la impresión de que me llevaba a las tinieblas, los ojos dejaban de distinguir las formas, en espacios desconocidos aparecían unas pequeñas luces, una presión rítmica y balanceante hacia este espacio se convertía en una sensación apocalíptica (...)”

“De repente me di cuenta de que no era el único que tenía miedo. Alrededor de mí, en el compartimento, en el pasillo, todos tenían miedo. Las caras estaban tensas, se intercambiaban observaciones, comentarios... ¿De qué se trataba? Era evidente que algo había pasado. Pero no quise preguntar. Cuando llegamos a los suburbios de Viena, vi grupos de gente con antorchas, victoreando (...)”
“Los gritos ‘¡Heil Hitler!’ llegaban a nuestros oídos. La ciudad enloquecía. Comprendí: era el Anschluss. Hitler estaba entrando en Viena”. No hay hombre que pueda creerse Dios si los demás no lo ayudan, y los alemanes lo ayudaron tanto a Hitler que sobrepasó los límites de Alemania, sin embargo como el hombre es una pasión fracasada no llegó a ser Dios. Los alemanes les tiene confianza a sus ingenieros, a sus generales y a sus pensadores, los obreros alemanes confían en la elite y la elite en los obreros.

“Perdieron guerras colosales, pero tuvieron en jaque al mundo entero y, antes de ser aplastados, sus líderes los llevaron de victoria en victoria. Pese a todo, están acostumbrados a las victorias: en la fábrica, en la guerra y en solucionar cualquier tipo de problemas... Hitler fue también, y sobre todo, una cuestión de confianza. Como los alemanes no pudieron creer que lo que estaba ocurriendo fuera tan groseramente simple, tuvieron que presumir que era genial... pero (...)”
“¿Quién podría asegurarme que el pie derecho de ese señor de cierta edad no había aplastado en aquel tiempo la garganta de alguien hasta verlo morir?... Tenía la sensación de que Berlín, igual que lady Macbeth, se lavaba las manos sin cesar. Ah, el exotismo alemán, su hermetismo, su propia sustancia imposible de expresar, ese control sobre sí mismos rayano en la locura, esa humanidad que es preludio de una humanidad futura, desconocida (...)”

“Y su funcionalidad, gracias a la cual cinco alemanes de lo más normales se convierten en algo imprevisible. ¡Producción! ¡Técnica! ¡Ciencia! Si Hitler se convirtió en la maldición de aquella generación, con qué facilidad la ciencia podría convertirse en una catástrofe para la juventud alemana de hoy. La ciencia, reuniéndolos en la abstracción, en la técnica, podría hacer de ellos cualquier cosa”
Las sonrisas que los alemanes le dispensaban a Gombrowicz no podían borrar la enorme agonía polaca; no podían seducirlo a Gombrowicz, porque él no los podía perdonar. Hitler estaba presente en todos los polacos asesinados y seguía presente en cada uno de los polacos sobrevivientes, a pesar de todo la condena y el desprecio no eran los métodos que había que utilizar para vencerlo.

Despotricar continuamente contra el crimen solo contribuye a perpetuarlo, había que digerirlo, porque el mal sólo se puede vencer en uno mismo. Todos los hombres, según sea el lugar donde nazcan, empiezan a tener desde jóvenes algún sentimiento negativo hacia alguna nación, pueblo o religión. La geografía y la historia pusieron a los polacos en el trance de temer y de odiar a los alemanes y a los rusos.
Gombrowicz tenía la sensación de que Berlín y Moscú eran el diablo y el mal, y el diablo y el mal son socios desde que Dios creó el mundo, una sociedad que preocupaba mucho a Gombrowicz. Mientras Gombrowicz padecía todas estas tribulaciones respecto a Polonia Jósef Stalin consolidaba su poder absoluto. Desde 1928 impulsó una política izquierdista denominada de “clase contra clase”.

Esta política provocó un conflicto frontal con la socialdemocracia europea, lo que facilitó el ascenso de Hitler al poder. Algunos jerarcas de la Komintern llegaron a celebrar el ascenso de Hitler a la cancillería como la muestra de que el sistema capitalista había llegado a su estadio final según las predicciones que había hecho Marx y ya estaba maduro para derrumbarse.
La evidencia del error se fue haciendo tan grande que finalmente, en el año 1935, Stalin giró hacia una nueva política exterior para acercarse a las democracias occidentales y tratar de frenar el expansionismo nazi, una nueva dirección política que tuvo su mayor manifestación en los frentes populares en Francia y en España. La política de apaciguamiento y su desarrollo posterior, el pacto de Munich, precipitaron un cambio radical en la política soviética.

Era un cambio en el que Stalin había venido pensando bastante tiempo antes, la búsqueda de un acuerdo con Hitler. Esta política marcó un nuevo rumbo que desembocó en el pacto de no agresión germano-soviético. La consecuencia inmediata de este pacto fue que en septiembre de 1939, Hitler, tras repartirse las influencias en la Europa oriental con Stalin, se lanzara a la invasión de Polonia.
El enfrentamiento entre el nacionalsocialismo y el comunismo soviético había sido simplemente pospuesto por un tiempo. El pacto de no agresión que Stalin firmó con Hitler en 1939 no impidió la invasión alemana de 1941. Stalin participó en las conferencias de Teherán, Yalta y Potsdam, en las que se organizó el reparto del mundo en dos bloques ideológicos.

Stalin ha pasado de ser considerado un mito del socialismo internacional a estar incluido en la nómina de dictadores irracionales del siglo XX. No en vano se conoce como estalinismo al régimen político caracterizado por el rígido autoritarismo comunista. El pacto de no agresión que firmaron Hitler y Stalin tuvo una consecuencia inesperada para Gombrowicz: se quedó un cuarto de siglo en la Argentina.
“Cuando llegamos a Buenos Aires la situación internacional parecía distenderse. Pero al día siguiente de nuestra llegada, los telegramas de Moscú y de Berlín que anunciaban el pacto de no agresión entre Alemania y Rusia cayeron sobre el mundo como un cañonazo. ¡Era la guerra! Una semana más tarde, las primeras bombas alemanas caían sobre Varsovia. Seguía viviendo en el barco con mi amigo Straszewski (...)”

“Al enterarse de la declaración de la guerra, el capitán decidió regresar a Inglaterra (ya no se podía pensar en llegar a Polonia). Straszewski y yo celebramos un consejo de guerra. Él optó por Inglaterra. Yo me quedé en la Argentina”. Gombrowicz vivió en una época que experimentó un ascenso irresistible de la actividad política cuyas formas más representativas fueron el fascismo y el marxismo.
Las posturas políticas de Gombrowicz son ajustes de cuentas que hace entre el individuo y la nación, un pedido de cuentas a ese pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica y por su situación especial en el mundo. El propósito de Gombrowicz es reforzar y enriquecer la vida del individuo haciéndola más resistente al abrumador predominio del estado y de las instituciones colectivas que presionan sobre el hombre.

Benito Mussolini, Adolf Hitler y Józef Stalin quisieron ser dioses utilizando dos de los cuatro atributos omnímodos que tiene Dios: la omnipotencia y la omnisciencia, recurriendo el poder militar y una ideología. De entre los tres dictadores el que pudo prescindir finalmente de la ideología una vez que el régimen llegó a su apogeo fue Hitler, poniendo al descubierto el funcionamiento de la forma, el gran descubrimiento de Gombrowicz.
La tesis de Gombrowicz es que Hitler se armó de una enorme audacia para alcan-zar el límite del terror, y creció con el miedo ajeno. Aplicó el prin-cipio de que ganaría el que tuviera menos miedo, y que el secreto del poder consiste en dar un paso más, en aterrorizar al otro y aplastar-lo, tanto que el otro sea una persona o una nación; ese paso más frente al que los demás exclaman: –No lo doy.

Quiso que una vida extremadamente cruel fuera la prueba definitiva de su capacidad de vivir, y quiso también alcanzar la he-roicidad luchando contra su propio miedo. Se prohibió la debilidad y se cortó la retirada, una estrategia absolutamente contraria a las tácticas de Gombrowicz. Es muy útil descomponer el ascenso de la forma desde la persona hasta la historia, siguiendo el camino de Hitler.
Primero se unió a un conjunto pequeño de indivi-duos y se hizo líder de ese grupo reducido a partir de sus cualidades personales, y en esta primera fase del proceso la idea era el instru-mento para conseguir el sometimiento del otro. Hasta aquí, tanto el líder como sus subalternos estaban situados en un terreno humano, po-dían renunciar. Aquí empieza a aparecer un factor decisivo.

El aumen-to de la cantidad cambia la dimensión, se hace inaccesible para un so-lo individuo. La forma demasiado pesada y maciza empezaba a vivir su propia vida. Un poco de fe en cada obediente se multiplicó por la can-tidad y se convirtió en una carga de fe peligrosa, porque cada uno de ellos ya no podía saber cómo reaccionarían los demás, a los que no co-nocía, si se le ocurriera decir: –Renuncio.
Hitler, reforzado por la cantidad y por la fe, había crecido, pero todavía no había nada en su naturale-za privada ni en la de los otros que les impidiera tomar la palabra, y decir: –Paso. La forma creció por su propia ley general y transfirió a una esfera superior la acción de la conciencia individual: Hitler fue dejando de actuar con su propia energía y utilizó la fuerza de la ma-sa, superior a la suya propia.

El grado de excitación entre el líder y sus subordinados creció en audacia y alcanzó tal estado de ebullición que el conjunto se volvió terrible y superó la capacidad de cada uno de sus miembros. En este continuo ascenso de la forma, el terror se a-poderó de todos, también del jefe, que entró en una dimensión extrahuma-na; ya nadie podía retroceder, porque sus conductas habían sido trans-feridas de la región humana a la interhumana.
Gombrowicz introduce la idea teatral del artificio, una idea que denota todo su mundo. Hitler finge ser más valiente de lo que es para forzar a los demás en esta carrera enloquecida del crecimiento de la forma, pero de este artifi-cio nació una realidad que produjo hechos. Las masas no pudieron sen-tir el carácter teatral de la actuación de su líder, y una nación de millones de habitantes retrocedió aterrorizada.

Los alemanes no pudieron resistir la aplastante vo-luntad de su jefe. El jefe se vuelve grande con una grandeza verdaderamente extraña cuyo rasgo más característico es que se estaba creando desde el exterior. Hitler se había partido en dos: un Hitler privado con pensamientos y sentimien-tos simples estaba en manos del Gran Hitler, que se le imponía desde afuera.
Una vez que estas transformaciones entraron en la esfera inter-humana, la idea ya no funcionó, porque no era necesaria, era una aparien-cia detrás de la cual el hombre se posesionó del hombre. Una mano blan-da que no hacía tanto tiempo tomaba un pincel para hacer trazos sobre una tela se convirtió en una maza con la que se golpeó a la historia. Gombrowicz se tomó un descanso de un cuarto de siglo alejándose de todas estas tensiones que lo habían perseguido en Europa.

“Veinticuatro años de esta liberación de la historia. Buenos Aires: un campo de seis millones de personas, un campamento de nómadas, una inmigración procedente de todo el globo terráqueo: italianos, españoles, polacos, alemanes, japoneses, húngaros, todo mezclado, provisional, viviendo al día... Los auténticos argentinos decían con naturalidad ‘qué porquería de país’, y esa naturalidad me sonaba a maravilla después de la furia sofocante de los nacionalismos.


FUENTE: REECIBIDO DIRECTAMENTE DEL AUTOR, AL QUE AGRADEZCO.

martes, 19 de enero de 2010

Witold Gombrowicz y sus primeros garabatos





GOMBROWICZDAS


por JUAN CARLOS GÓMEZ




Stanislaw Balinski despertó el primer interés de Gombrowicz en la literatura y los tribunales de Varsovia fueron testigos de sus primeros garabatos literarios. Este miembro de una familia aristocrática conoció a un Gombrowicz niño. Poeta, novelista y traductor, miembro del grupo Skamander, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores en París y en Londres durante la guerra, no volvió a Polonia.
Cuando tenía siete años la familia de Gombrowicz se mudó a Varsovia. Witold prosiguió sus estudios en un curso particular organizado por la señora Balinski para uno de sus hijos. La casa aristocrática de la familia Balinski era por entonces uno de los centros intelectuales más importantes de Varsovia, una casa aristocrática que Gombrowicz frecuentó durante mucho tiempo.

Los primeros contactos de Gombrowicz con los hijos de los aristócratas varsovianos lo deprimieron. Se sentía torpe, y el saberse diferente de los demás lo llevó a distanciarse de su familia, de la escuela y de sí mismo. Creyendo que su mundología dejaba mucho que desear se preocupaba constantemente de los modos de comportarse en sociedad y de su falta de modales.
Gombrowicz envidiaba de los aristócratas la facilidad que tenían para imponerse y una desenvoltura en los modales que parecían innatas, así como un espíritu que, por esencial, debía dominarlo todo. En sus relaciones con los adultos se sentía paralizado por sus defectos, a menudo imaginarios, lo cual aumentaba todavía más su timidez, su torpeza y su distancia.

Este sentimiento de inferioridad consolidaría uno de los rasgos de su carácter: una timidez externa ligada a una seguridad interior. Consciente de la superioridad de ciertos adultos de su entorno, evitaba las discusiones con ellos por miedo a parecer ridículo. Gombrowicz pasaba las tardes en casa de Ignacy Balinski, el padre de Stanislaw, una mansión que se consideraba ilustrada, rica en contactos con París y Londres, abierta al arte y a la literatura.
Por supuesto no tenía acceso a unos desayunos solemnes en cuyo transcurso Ignacy Balinski recibía al nuncio apostólico y a otros personajes del cuerpo diplomático. “Stanislaw Balinski se dignaba de vez en cuando a iniciar a los mocoso en las hazañas de los poetas de los grupos ‘Pikador’ y ‘Skamander’, que inauguraban su ofensiva poética. Fue mi primer contacto con la literatura (...)”

“Escuchaba con admiración aquellos rumores ceremoniosos sobre diversas locuras, excentricidades, provocaciones de Tuwin, Lechon, Slonimski y absorbía las palabras de sus primeros poemas sin entender casi nada. Creo que Stanislaw jamás habrá imaginado que este tímido y torpe joven se transformaría un buen día en el enemigo número uno del grupo ‘Skamander’ y de muchas más cosas que el propio Stanislaw apreciaba: ignoraba que estaba criando cuervos (...)”
“Pienso que, todavía hoy, le debe resultar difícil creer que el Gombrowicz de ‘Ferdydurke’ y del ‘Diario’ es el mismo dócil Gombrowicz de antaño que recibía sus revelaciones poéticas con una piedad casi religiosa”. Gombrowicz había terminado sus estudios en París y vuelto a sus vacaciones de Polonia, sólo había pisado dos veces el Instituto de Estudios Internacionales y, en realidad, los estudios nunca habían comenzado.

Para calmar la irritación que tenía el padre a raíz de su holgazanería inició sus prácticas de pasante con un juez de instrucción en los tribunales de Varsovia. En esa época escribe cuatro novelas cortas, eran los años de su práctica no rentada en los tribunales, trabajaba en el despecho de un juez de instrucción en el que tuvo la ocasión de tratar con un hampa de diversas clases.
Gombrowicz tenía la convicción absoluta de la inocencia del hombre, de que el hombre era inocente por naturaleza, no era una convicción que dedujera de alguna filosofía sino un sentimiento espontáneo que no podía combatir. Esta convicción lo predispuso al disparate y al absurdo y nada le satisfacía más que ver nacer bajo su pluma una escena verdaderamente loca y ajena a los estándares del razonamiento común.

Esta irracionalidad, sin embargo, estaba sólidamente establecida dentro de su propia lógica. Sus primeras tentativas literarias manifestaban, y Gombrowicz se daba cuenta de eso, una fuerte oposición rebelde y universal. Lo devoraba una rabia sorda contra todo lo que le facilitaba la existencia: el dinero, el origen, los estudios, las relaciones, todo aquello que, en fin, hacía de él un sibarita y un holgazán.
El juez le entregaba expedientes con la investigación policial preliminar, lo distinguía con los asuntos interesantes porque sabía jugar al ajedrez. Cuando terminó las cuatro novelas cortas que había escrito ese año no se las mostró a nadie, por vergüenza. El trabajo literario le parecía un poco ridículo, ser artista era para él una falta de tacto, y las iniciativas que tomaba en ese sentido le parecían condenadas a una afectación incurable.

Se divertía jugando al tenis, escribiendo cuentos, no consideraba a sus prácticas de pasante como un trabajo verdadero, se sentía como un verdadero parásito. Le confesó a una joven las tribulaciones en las que se encontraba por tener una vida fácil. Ella lo escuchó con atención y le respondió que era claro que tenía una vida fácil, pero que para él su vida fácil era más difícil que lo que podía ser para otros su vida dura.
Se le estaba presentando la posibilidad de realizar una operación que tiene una gran utilidad en el arte, la transformación de los propios defectos en valor. Por el momento se dedicaba a elaborar cuentos fantásticos dejando para más adelante su ajuste de cuentas con la vida, con la suya y con la de los demás. El tribunal llegó a ser para Gombrowicz una especie de agujero por el penetraba en la miseria de la existencia.

Pero los jueces, los fiscales y los abogados, aunque mejores que los propietarios terratenientes, se hallaban lejos de la perfección, ellos también eran caricaturas. La vida miserable deformaba al proletariado, las comodidades y el ocio deformaban a los terratenientes. Pero esa intelligentsia urbana también estaba desfigurada por su modo de vivir.
Había que destruir esa forma, había que imponer otra que permitiera a la superioridad acercarse a la inferioridad para establecer con ella una relación creativa, pero no sabía cómo realizarlo. Gombrowicz se sintió desde muy joven como actor de una mala obra teatral, con un papel estrecho y banal, y sin ninguna posibilidad de lucirse. Es así que se fue preparando poco a poco con la conciencia de esta inferioridad esperando tiempos mejores.

Lo que sí sabía, sin ninguna duda, es que él no era culpable de nada, la culpable era la situación. A pesar de la confusión que tenía en la cabeza y de que la actividad de escribir no estaba bien vista entre los miembros de su familia, de a poco se fue convirtiendo en un escritor, apuntando siempre al mismo norte: “la vida es la vida”. Había una paradoja, sin embargo, en esa convicción de sus tíos del campo.
Esta paradoja despertaba la perplejidad de Gombrowicz, si sus acciones iban a influir en el futuro, era responsable, por lo menos en parte, de lo que ocurría en el mundo. Pero si su propia vida estaba regida por circunstancias que escapaban a su control, entonces no era responsable de sus acciones. Y esta paradoja nos lleva de la mano, porque una cosa que siempre le anduvo dando vueltas en la cabeza a Gombrowicz era saber cuánto de loco estaba.

En la vida corriente no era tan extravagante ni tan loco como en la literatura, pero él quería experimentar en su gran laboratorio, sacar consecuencias formales extremas de las ligeras alteraciones que sufría su imaginación. En un estudio realizado por una famosa psiquiatra ginebrina se cuenta como la doctora escuchó de la boca de una de sus pacientes relatos de sus experiencias mentales.
Estas experiencias coincidían en muchos aspectos con las experiencias que describen los existencialistas y, especialmente, con las experiencias vividas por ciertos héroes de las novelas y del teatro de Sartre. “El menor gesto se extiende a todo el universo. La piedra que arrojé al agua hace un momento en este río rebotó en la superficie y dejó atrás una estela de ondas; siento que puede ser la causa remota de un naufragio en el océano (...)”

“En consecuencia, yo seré la causa de ese naufragio, y tendré que asumir la responsabilidad total... ¡Soy culpable de todo, absolutamente de todo! Por mi mera existencia soy culpable y complico al mundo entero en mi ignominia... ¡Qué terrible es esta carga eterna sobre nuestros hombros humanos! No estar segura de nada, no poder confiar en nada, y no obstante verse obligada a comprometerse siempre de manera total”.
La paciente, que verdadera y sinceramente intentó vivir según los rigurosos principios existencialistas del compromiso y la responsabilidad, finalmente, perdió por completo la razón. Imaginemos por un momento que en el mismo instituto psiquiátrico en el que se encontraba internada la paciente, hubiera estado también internado Gombrowicz, un asunto nada improbable pues durante buena parte de su vida le anduvo dando vueltas por la cabeza la idea de que estaba loco.

¿Qué hubiera estado haciendo nuestro amigo?, tirando piedras al agua, seguramente. Gombrowicz no soportaba el compromiso y la responsabilidad existencialistas, los consideraba una enfermedad que producía una deformación en el hombre, era una carga muy pesada para la naturaleza humana. La idea de una conciencia cada vez más profunda para alcanzar la existencia auténtica debía conducir a la locura.
El compromiso y la responsabilidad tientan al hombre a resolver con su propia cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por lo general, produce resultados catastróficos. Gombrowicz comienza entonces a tirar piedras en el agua, se presenta como un paseante pequeño burgués que sólo por azar y jugueteando se pone en contacto con causas supremas y poderosas.

Gombrowicz es un representante ejemplar de una vida que huye del compromiso y de la responsabilidad, esas categorías que condujeron a la paciente a la locura, su metafísica intenta soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel, una metafísica que abarque todos los tipos de existencia, tan irresistible arriba como abajo. De este rechazo que hace Gombrowicz del compromiso y la responsabilidad excesivos nacen algunos reproches que se le hacen a su falta de sinceridad y a su histrionismo.
Pero hay que recordar que la literatura es escurridiza y lo obliga al escritor a rebotar con las paredes del lenguaje y del objeto. El bufón que todos llevamos dentro del alma nos habla muy claramente de las ganas que tenemos de divertirnos y del deseo de una mayor flexibilidad y de una forma menos definida.

Si alguna cosa en el mundo, sea la cosa que fuere, no le permite al hombre pensar, reír y sentir libremente, puede que no alcance para volverlo loco, pero lo pone en el camino de la locura. “Los jueces de instrucción ejercían sus funciones en un edificio de la calle Nowy Zjazd, a orillas del Vístula. Mi jefe, el juez Myszkorowski, tenía asignados dos cuartos que daban a un largo pasillo atestado de presos y de policías (...)”
“En el primer cuarto, nosotros, los pasantes, teníamos tres escritorios, el otro escritorio estaba ocupado por el juez. Nuestra tarea consistía básicamente en instruir los expedientes penales dirigidos al tribunal de primera instancia. Se trataba de asuntos judiciales bastante serios, el juez me entregaba el dossier de la investigación preliminar llevada a cabo por la policía (...)”

“Durante el año y pico que trabajé en el despacho del juez tuve ocasión de tratar con un hampa de diversas clases: autores de asesinatos, crímenes políticos, eróticos, robos, estafas. Tratábamos a veces con algún loco o teníamos que asistir a autopsias, lo cual no podía ser incluido entre las cosas agradables. Pudiera parecer que de este contacto con la miseria y el crimen debería haber sacado enseñanzas de suma importancia (...)”
“Sin embargo, no fue así, sucedió lo contrario. Había constatado desde hacía tiempo que el hombre no se habitúa a nada tan rápidamente como a ese bajo fondo de la existencia, sobre todo si contacta con ellos profesionalmente, como médico o como juez. El trabajo en el tribunal no me ocupaba demasiado tiempo, en total unos dos días por semana, el resto del tiempo lo ocupaba leyendo (...)”

“Devoraba al azar una cantidad considerable de libros. Volví también a otra de mis ocupaciones abandonada hacía tiempo: escribir. Esta vez, sin embargo, ya no se trataba de obras abortadas en su propia concepción, sino de un trabajo sagaz y calculado para dar un resultado concreto. Me puse a escribir obras cortas, es decir, cuentos, con la idea de que si no salían bien esos cuentos los quemaría y empezaría de nuevo a escribir otra cosa (...)”
“A pesar de vivir en Varsovia, a pesar de mi trabajo presente de pasante, seguía siendo un muchacho de campo, un producto típico de mi universo terrateniente, pero aún así me iba introduciendo poco a poco en el mundillo artístico. En un comienzo, exceptuando a Stanislaw Balinski, en quien no confiaba demasiado en esta materia, no conocía a nadie del mundo literario (...)”

“Proseguía mi práctica de pasante, era un trabajo que me convenía, me dejaba tiempo suficiente para la literatura y, además, había adquirido tal destreza en la redacción de los protocolos que, en los momentos menos tensos de la sesión, garabateaba a escondidas mis pequeñas obras literarias”





fuente y foto de Stanislaw Balinski : enviado directamente por el autor

miércoles, 21 de octubre de 2009

Witold Gombrowicz y Bertrand Russell





GOMBROWICZIDAS


por JUAN CARLOS GÓMEZ



“Aunque Gombrowicz fue un alumno irreprochable, que pasaba de un curso a otro con notas medianas, no le gustaba la escuela. No participaba de la vida escolar, frecuentaba solamente a los hijos de las familias que tenían lazos de amistad con la suya. Su comportamiento se caracterizaba por cierta reserva respecto de las materias enseñadas, a excepción de la literatura, la historia y el francés (...)”
“Por lo demás, consideraba una chifladura el interés por cualquier otra asignatura que no fuese la literatura. Más tarde haría burla de los métodos de enseñanza, del ambiente de la escuela y de la mentalidad de los profesores en su novela panfleto “Ferdydurke”. En el instituto Kostka recibía la formación oficial, pero su verdadera educación la llevó a cabo por su cuenta (...)”

“Leía muchísimo, y empezaba a escribir a escondidas de su familia. A los quince años Gombrowicz ya leía a Spencer, Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Shakespeare, Goethe, Montaigne y Rabelais. Su interés por la filosofía tenía por objeto el conocimiento de los problemas, y no una adquisición sistemática de esos pensamientos. La psicología y la sociología completaron su saber (...)”
“Algo más tarde, las obras de Scheler, de Spranger y de Dilthey alimentaron su pasión analítica, y descubrió a Hegel, a Russell y a Heidegger. Bajo la influencia de todas estas lecturas Gombrowicz se alejó de la religión católica y se volvió ateo. La toma de conciencia de la irrealidad de la vida que llevaba, su rebelión, el abandono de la fe católica, el progresivo distanciamiento de su medio y la negativa a participar en la vida social datan de esos años del instituto Kostka, contemporáneos de la primera guerra mundial y del período turbulento que siguió”

Esta referencia biográfica de Irena Sadowska que aparece en “Testamento” pareciera escrita por el mismísimo Gombrowicz, especialmente por el detalle, la exhibición y el alarde que hace de sus lecturas. Gombrowicz perteneció a una época que sucedía a otra anterior en la que había triunfado el intelecto con una violenta ofensiva en todos los campos, parecía entonces que la ignorancia podía ser erradicada por el esfuerzo tenaz de la razón.
Este impulso intelectual creció hasta alcanzar su apogeo después de la segunda guerra mundial, cuando el marxismo y el existencialismo se desparramaron por toda Europa. Estas ideas ampliaron explosivamente los horizontes de los hombres dedicados al pensamiento en toda Europa.

Gombrowicz empieza a darse cuenta de que, si bien la vieja ignorancia estaba desapareciendo poco a poco, aparecía una nueva ignorancia engendrada, justamente por el intelecto, y por una nueva estupidez desgraciadamente intelectual. La vieja visión del mundo que descansaba en la autoridad, sobre todo la de la Iglesia, estaba siendo remplazada por otra, en la que cada uno tenía que pensar el mundo y la vida por cuenta propia, porque ya no existía la vieja autoridad.
“Así pues, si la generación polaca que entraba en la liza justo después de la primera guerra mundial se bañaba en la gran revolución de las costumbres engendrada por la guerra, la generación siguiente sentía ya el soplo de un nuevo cataclismo. De este modo en el tiempo de entreguerras la juventud se iba alejando progresivamente de las ideas acerca del matrimonio, la familia y el trabajo profesional inclinándose cada vez más hacia la vida romántica y peligrosa (...)”

“La diferencia entre nosotros y Europa occidental, en cuanto se refiere a ese proceso de liberación creciente de las costumbres, consistía probablemente en que en aquellos países que proporcionaban un sentido de mayor seguridad, se procedía de forma más racional, más reflexiva, mientras en Polonia era todo mucho más oscuro, intuitivo, dramático (...)”
“Los jóvenes ingleses leían a Russell, criticaban los conceptos antiguos en nombre de una nueva visión del mundo, científica, atea, que reconocía el derecho de las mujeres y el amor libre. En Polonia la transformación se producía por sí misma, ya que hasta los mocosos captaban de alguna manera, fuera de la retórica oficial, los indicios secretos de la tragedia que se avecinaba”

Bertrand Russell representaba todos los valores que se habían puesto en funcionamiento entre la primera y la segunda guerra mundial y que Gombrowicz ataca desde la inmadurez en su, a juicio de Irena Sadowska, panfleto “Ferdydurke”. Filósofo y matemático británico, Bertrand Russell puso el énfasis en el análisis lógico que repercutió sobre el curso de la filosofía del siglo XX. Desde muy joven mostró un acusado sentido de conciencia social; al mismo tiempo se especializó en cuestiones de lógica y matemáticas.
Alcanzó el éxito con su primera gran obra, “Principia Mathematica”, en la que intentó trasladar las matemáticas al área de la filosofía lógica y dotarlas de un marco científico preciso.

Refutó las doctrinas del idealismo, la escuela filosófica dominante en ese tiempo, que mantenía que todos los objetos y experiencias son fruto del intelecto. Russell, una persona realista, creía en cambio que los objetos percibidos por los sentidos poseen una realidad inherente al margen de la mente. Russell recibió en 1950 el Premio Nobel de Literatura y fue calificado como un campeón de la humanidad y de la libertad de pensamiento.
A pesar de que el pensamiento abstracto le producía eczema, Gombrowicz se acompañó durante toda su vida con los filósofos. La atracción que le producía Russell estaba determinada especialmente por las reflexiones del filósofo sobre las percepciones y sobre las conexiones no causales de los hechos. Los problemas de la causalidad, del determinismo y del libre albedrío rondaban la cabeza de Gombrowicz.

Bertrand Russell pensaba que en realidad no podemos decir que un acontecimiento es la causa de otro. Todo lo que sabemos con seguridad es que un acontecimiento está correlacionado con otro acontecimiento. Cuando vemos cómo un acontecimiento siempre causa otro lo que en realidad estamos viendo es que un acontecimiento ha estado siempre en conjunción constante con el otro.
En consecuencia, no tenemos ninguna razón para creer que el primer acontecimiento causó al segundo acontecimiento, o que ambos acontecimientos continuarán apareciendo siempre en conjunción constante en el futuro. Esta concepción le quita toda la fuerza a la causalidad. Russell desechó la misma noción de causalidad aduciendo que es un tipo de superstición.

Tanto nosotros como otros animales tenemos una tendencia instintiva a creer en la causalidad debido al desarrollo de hábitos de nuestro sistema nervioso, una creencia que no podemos eliminar, pero que no podemos probar mediante ningún argumento, deductivo o inductivo. A Gombrowicz se le presentaba con frecuencia el problema del determinismo: si mis acciones determinan inexorablemente el futuro, yo soy responsable de todo lo que ocurrirá en el mundo.
Pero si mi propia vida está regida por circunstancias que escapan a mi control, entonces, no soy responsable de mis acciones. Russell advirtió este conflicto, al ver el problema desde la perspectiva contraria: el libre albedrío resulta incompatible con el indeterminismo.

Si las acciones realizadas no están determinadas por los acontecimientos anteriores entonces las acciones son completamente aleatorias. Además, y de más importancia para la filosofía humana, no están determinadas por el carácter o la personalidad. Pero, ¿cómo podría ser alguien responsable de una acción que no es consecuencia de su carácter, sino que ocurre de forma aleatoria?
El libre albedrío parece necesitar del determinismo, porque de lo contrario el agente y la acción no estarían conectados. Así que, mientras que el libre albedrío parece contradecir al determinismo, al mismo tiempo lo necesita. Russell consideraba misión del intelectual la difusión de una cultura que habitúe a los hombres a la revisión de sus propias ideas y a la tolerancia mutua.

La ciencia, en calidad de tal, no basta para la felicidad de los seres humanos, quienes, en la consecución de tal objetivo, deben acudir al arte, al amor y al respeto recíproco. Este anarquista inolvidable, admitiendo fracasar en ayudar al mundo a vencer la guerra y en ganar su perpetua batalla intelectual por verdades eternas, escribió unas palabras memorables en ocasión de celebrar su octogésimo cumpleaños.
“He vivido en busca de una visión, tanto personal como social. Personal: cuidar lo que es noble, lo que es bello, lo que es amable; permitir momentos de intuición para entregar sabiduría en los tiempos más mundanos. Social: ver en la imaginación la sociedad que debe ser creada, donde los individuos crecen libremente, y donde el odio y la codicia y la envidia mueren porque no hay nada que los sustente. Estas cosas, y el mundo, con todos sus horrores, me han dado fortaleza”
fuente: La foto y el texto fueron enviadas directamente por el autor, Juan Carlos Gómez.

sábado, 17 de octubre de 2009

Witold Gombrowicz y William Shakespeare



GOMBROWICZIDAS



por JUAN CARLOS GÓMEZ -


La admiración que Gombrowicz sentía por Shakespeare es una constante de toda su vida. La acción de sus piezas de teatro transcurre en un medio cortesano porque quería imitar a Shakespeare y porque sus manías genealógicas nunca lo abandonaron. Su familia tenía una posición ligeramente superior a la media de la nobleza polaca, pero no pertenecía a la aristocracia.
La pertenencia de Gombrowicz a una clase social situada entre la alta aristocracia y los hidalgos campesinos se le manifestó como un gran problema que llegó a tener alcances de obsesión. Cuando la inclinación de Gombrowicz por lo la naturaleza de lo inferior y de lo bajo se le volvía demasiado obsesiva Shakespeare lo ayudaba a controlarse y a tomar distancia.

“Los campesinos son unos dementes. ¡Los obreros, pura patología! ¿Oís lo que dicen? Son unos diálogos oscuros y maniáticos, limitados, no con la sana limitación de un analfabeto, sino con un balbuceo de loco que clama por el hospital y por el médico... ¿Es que pueden ser sanas esas imprecaciones y obscenidades inacabables, sin más, esa mecánica ebria y demencial de su convivencia? Shakespeare tenía razón al presentar a la gente simple como seres exóticos, es decir, de hecho, sin parentesco con el hombre”
Gombrowicz quería hacer de sí mismo un personaje como Hamlet o como Don Quijote mientras andaba detrás de las siete llaves para abrir el arcón de los conocimientos más importantes y fundamentales. En el año 1935 publica un artículo entusiasta sobre Don Quijote, un libro que en adelante será para él una fuente inagotable de inspiración.

El humanismo y el humor de Don Quijote y la teatralidad de Hamlet fueron modelos que Gombrowicz siguió para ordenar su tendencia a la creación anárquica.
“En cuanto a mí, nunca más, yo soy (...) yo soy mí problema más importante y posiblemente el único, el único de todos mis héroes que realmente me interesa. Comenzar a crearme a mí mismo y hacer de Gombrowicz un personaje como Hamlet o Don Quijote”
Los tonos de sus conferencias variaban con el auditorio, pero en un momento determinado siempre cambiaban de rumbo. Eran climas funambulescos como el que imperaba una noche en la Fragata cuando, después de un paseo por las grandes figuras de la filosofía, sorprende a los contertulios recitando Hamlet en polaco y aflautando la voz en los parlamentos de Ofelia.

Gombrowicz empezó “El casamiento” en la Argentina, durante la guerra mundial, con el propósito de escribir la parodia de un drama genial al estilo de Shakespeare. Se propuso mostrar a la humanidad en su paso de la iglesia de Dios a la iglesia de los hombres, pero esta idea no le apareció al comienzo de la obra, en la mitad del segundo acto todavía no sabía bien lo que quería.
“El casamiento” representa una teatralidad de la existencia a lo Skakespeare, una realidad creada a través de la forma que se vuelve contra Henryk y lo destruye. En esta obra Gombrowicz le abre la puerta a sus percepciones proféticas. Es el sueño sobre una ceremonia religiosa y metafísica que se celebra en un futuro trágico en el que el hombre advierte con horror que se está formando a sí mismo de un modo imprevisible; un acorde disonante entre el individuo y la forma.

La figura de Hamlet que obsesionaba a Gombrowicz está fuertemente ligada a la de la calavera, símbolo de la muerte. La tragedia, situada en Dinamarca, cuenta cómo el príncipe Hamlet se venga de su tío Claudio, quien ha asesinado a su padre, el rey, para casarse con su esposa la reina y ser el gobernante del país. La obra explora temas tales como la locura real y fingida, la traición, la venganza, el incesto y la corrupción moral.
En los tiempos de Hamlet Dinamarca tenía una larga enemistad con Noruega, los dinamarqueses esperaban una invasión del ejército noruego comandado por el príncipe Fortimbras. En esas horas tan aciagas y peligrosas muere el rey de Dinamarca, lo sucede su hermano Claudio casado inmediatamente con la esposa del soberano, madre del príncipe Hamlet abrumado por los infortunios familiares.

En una noche fría de Elsinor, el castillo real de Dinamarca, unos centinelas, Horacio, el mejor amigo de Hamlet, y Hamlet ven y escuchan al fantasma del soberano muerto. Les dice que su hermano Claudio lo había asesinado vertiéndole veneno en un oído mientras dormía. Le pide a su hijo que lo vengue matando al homicida, pero Hamlet duda sobre si el espíritu es realmente su padre y si es verdad lo que le dice.
Ofelia, hija de Polonio, el chambelán del reino, y hermana de Laertes es cortejada por Hamlet. Está alarmada por el comportamiento extraño del príncipe, Polonio presume que Hamlet se ha vuelto loco y se lo cuenta a los reyes. La reina se reúne con Hamlet para tratar de entender su conducta, Polonio se oculta detrás de una cortina para espiar y escuchar.

Hamlet le reprocha a su madre su apresurada boda con Claudio, cuando escucha un ruido detrás de la cortina y pensando que es el rey lo apuñala, causando la muerte de Polonio. Ofelia enloquece y comienza a desvariar y a cantar; su hermano Laertes regresa de Francia con la idea de vengar la muerte de su padre. Claudio lo convence de que Hamlet tiene toda la culpa de la muerte de Polonio.
El rey y Laertes organizan un plan: Laertes peleará contra Hamlet con una espada envenenada para así tener más posibilidades de matarlo. En caso de que falle, Claudio le ofrecerá a Hamlet vino con veneno. En ese momento llega la reina para informar que Ofelia se ha ahogado en un río. En el duelo, Laertes hiere con su espada envenenada a Hamlet pero el príncipe se la quita y lo hiere con ella.

La reina madre muere al beber el vino envenenado. Laertes le confiesa a Hamlet que la trampa del vino fue ideada por el rey. Hamlet, encolerizado, por fin logra herir al rey y le hace beber de su propio veneno, cumpliendo finalmente la venganza que el fantasma de su padre anhelaba. Hamlet, antes de morir, pide que se declare al príncipe Fortimbras heredero del trono. La obra finaliza con la entrada en la corte de Fortimbrás, quien ofrece un funeral militar en honor a Hamlet en medio del espectáculo de tantas muertes.
William Shakespeare, dramaturgo, poeta y actor inglés es considerado el escritor más importante en lengua inglesa y uno de los más célebres de la literatura universal. Con el paso del tiempo, se ha especulado mucho sobre su vida, cuestionando su sexualidad, su afiliación religiosa, e incluso, la autoría de sus obras.

Su obra, en total catorce comedias, diez tragedias y diez dramas históricos, es un exquisito compendio de los sentimientos, el dolor y las ambiciones del alma humana. Los grandes temas son tratados por Shakespeare con los acentos más ambiciosos, y sin embargo lo trágico surge siempre del detalle realista o del penetrante tratamiento psicológico del personaje, que induce al espectador a identificarse con él.
De este modo Hamlet refleja la incapacidad de actuar ante el dilema moral entre la venganza y el perdón; Otelo, la crueldad gratuita de los celos; y Macbeth, la siempre cruel tentación del poder. Aunque hoy son muy conocidas y apreciadas, sus contemporáneos de mayor nivel cultural rechazaron sus obras por considerarlas tan sólo un vulgar entretenimiento.

Es proverbial la indiferencia y el distanciamiento casi inhumanos de Shakespeare respecto a la realidad de sus personajes. No moraliza, no predica, no propone fe, creencia, ética ni solución alguna: plantea, y lo hace mejor que nadie, algunas de las angustias fundamentales de la condición humana, pero nunca les da respuesta.
Su fantasía es capaz de ver un universo en una cáscara de nuez; como creador de personajes, cada uno de ellos representa en sí mismo una cosmovisión, por lo cual se le ha llamado poeta de poetas. Sin embargo, y por eso mismo, se le han hecho también algunos reproches: los personajes de sus obras parecen autistas, no saben escucharse y permanecen cerrados en su mundo a toda comprensión profunda del otro. ¿Qué simpatía existe entre Hamlet y su pobre y torturada novia Ofelia?

Ésta es una de las diferencias más notables y sensibles entre Shakespeare y Cervantes. Cervantes, en este sentido, es absolutamente opuesto y hace ver la conexión humana que llega a establecerse entre los hombres; el filosófico y trágico distanciamiento de Shakespeare impide ese acercamiento humano. Pero Shakespeare dramatizó como ningún otro el desarrollo de los sentimientos y de las pasiones humanas y no deja de ser una paradoja que Gombrowicz lo haya tomado como ejemplo.
Para Shakespeare los sentimientos eran la materia prima de todo lo que existe y para Gombrowicz eran una afección que había que evitar en el arte y también en la vida. Gombrowicz trató a los sentimientos como costumbres agonizantes y esclerosadas de las que se habían escapado sus contenidos vivos quedándose nada más que con la rigidez de las formas puras.

“Aún hoy en día sigo sin saber gran cosa de Ionesco y de Beckett porque confieso, tanto sin vanidad como sin rubor, que soy un autor de teatro que no asiste a representaciones desde hace veinticinco años y que, salvo de Shakespeare, no leo teatro. Me gustaría saber hasta cuando esos dos nombres malditos devorarán toda la sustancia de las críticas dedicadas al teatro que escribo; hasta cuando han de servir de pantalla a mi modesto teatro de aficionado (...)”
“En mí, escribir supone sobre todo juego, no pongo en ello intención, ni plan ni objeto. He ahí por qué no resulta nada fácil extraer de mis obras un esquema ideológico. Es un esquema, lo subrayo una vez más, a posteriori”
Gombrowicz se ocupa especialmente de destruir el carácter, para él no existe el carácter, sólo para otra persona aparecemos como un carácter, como una sustancia psíquica.

Rechaza las sustancias en cualquiera de sus formas: el carácter, el temperamento o la naturaleza humana. La herencia, la educación, el ambiente y la constitución fisiológica no son más que los grandes ídolos explicativos de nuestra época porque corresponden a una interpretación sustancialista del hombre, pero Gombrowicz no le tiene apego a las sustancias.
La formación del hombre por los demás hombres era una cuestión crucial que Gombrowicz quería poner en evidencia. La idea de la forma era muy natural para él pero, en verdad, de difícil comprensión; era muy natural en él por el rumbo artificial que había tomado su conducta desde joven y por sus sentimientos de extrañamiento. La consecuencia que saca de esta anomalía es que en la conducta de los otros tenía que haber también, por lo menos en estado larval, una intervención de lo casual.

Sin embargo, Gombrowicz no quiere desmenuzar al individuo hasta convertirlo en una especie de polvo psíquico, el individuo vendría a ser algo así como una unidad atormentada por la forma. El carácter es para Gombrowicz sólo una sustancia que se nos aparece como una caricatura. El término carácter proviene de un vocablo griego que significa sello o estampa.
Y estamos habituados a emplear el término en el sentido de las peculiaridades estampadas en una persona como resultado de su herencia y de su medio. La literatura dramática de Shakespeare se funda sobre caracteres de estructuras definidas, que determinan las acciones en circunstancia dadas. Pero Gombrowicz se convirtió en un autor dramático sin utilizar caracteres.

Liquida la sustancia de los caracteres con la forma y con las palabras especialmente en “El casamiento”: “Las palabras se alían traicioneramente a espaldas nuestras (...) Y no somos nosotros quienes decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros, y traicionan nuestro pensamiento que, a su vez, traiciona (...) Las palabras liberan en nosotros ciertos estados psíquicos, nos moldean... crean los vínculos reales entre nosotros”
La trama no tiene mucha importancia en la obra de Gombrowicz, la utiliza sólo como pretexto. Tampoco la tienen los caracteres, lo importante para él es la acción, por eso toda su creación tanto en las novelas como en los cuentos tiene esa marcada característica teatral.


fuente: recibido directamente del autor, al que agradezco.