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viernes, 17 de diciembre de 2010

Muere el cineasta Blake Edwards a los 88 años- Un grande del cine nos ha dejado

* El cineasta dirigió Desayuno con diamantes,
La pantera rosa o El guateque


* Edwards es una de las grandes figuras de la
comedia hollywoodiense

* Sin embargo, su único Oscar es el honorífico
recibido en 2004



por AGUSTÍN ALONSO G.



REUTERS/Fred Prouser
El cineasta Blake Edwards con su mujer, la actriz Julie Andrews, en la cena de nominados al Oscar celebrada el 9 de febrero de 2004. Edwards se casó en segunda nupcias con Andrews en 1969 y han estado juntos hasta ahora, durante más de 40 años.
Blake Edwards, una vida de cine



El cineasta estadounidense Blake Edwards, director de películas inolvidables como Desayuno con diamantes, La pantera rosa o El guateque, ha muerto este jueves a los 88 años en Brentwood (California), según ha informado Efe.


Edwards es una de las grandes figuras de la comedia hollywoodiense, un maestro, cuyos principales éxitos se desarrollaron en los años 60 del siglo XX, lo que le convierte en uno de esos grandes directores que marcó la transición entre el Hollywood dorado de Frank Capra, Howard Hawks o John Ford y el mucho más salvaje de los Coppola, Scorsese, Allen o Spielberg.


Precisamente su estilo, entre el humor de slapstick típico del cine mudo y las connotaciones y sugerencias de diálogos cómicos y románticos más atrevidos, refleja ese carácter.


El mítico director de Días de vino y rosas, La carrera del siglo, 10, la mujer perfecta o ¿Victor o Victoria? estaba casado con la actriz Julie Andrews, a la que dirigió en esta última película, que le valió la nominación al Oscar al mejor guión adaptado en 1982.



Sin embargo, la única estatuilla que recibió en su vida fue el Oscar honorífico en 2004 en reconocimiento a su trayectoria artística. También fue nominado al Globo de Oro como mejor director por Días de vino y rosas (1962).



El éxito comercial de La pantera rosa (1963) le llevó a escribir, dirigir o/y producir varias secuelas: El regreso de la pantera rosa (1975), La pantera rosa ataca de nuevo (1976), La venganza de la pantera rosa (1978), Tras la pista de la pantera rosa (1982), La maldición de la pantera rosa (1983) y El hijo de la pantera rosa (1993).



Precisamente la última entrega de la saga fue la última película dirigida por Edwards.

Una carrera irregular plagada de iconos de cine


Si bien es cierto que la calidad de la cincuentena de películas que escribió, dirigió o produjo es irregular, nadie podrá quitarle el honor de haber sido el responsable de participar en la creación de algunos de los iconos más reconocibles de la historia del cine y del universo popular.



Su nombre está detras o junto a la Holly Golightly interpretada por Audrey Hepburn, el personaje del inspector Clouseau interpretado por Peter Sellers o las canciones de Henri Mancini para La pantera rosa o Desayuno con diamantes.



Toda una generación recordará también La carrera del siglo, un clásico de las sobremesas de sábado en los 80. Una película con otro actor icono infantil, Dick Van Dyke, y un elenco formado por Jack Lemmon, Tony Curtis o Natalie Wood. Cinta que -como La pantera rosa- terminó inspirando versiones de dibujos animados producidas por Hanna-Barbera en episodios que llenarían la programación de las televisiones entre los 70 y los 80.




SWANPR1NCESS | May 29, 2007 |

Moon River, main theme from Breakfast at Tiffany´s.

"Oh, dream maker, you heart breaker / wherever you're going
I'm going your way", cantaba Audrey Hepburn encarnando
a la Golightly que enamoraba al Hannibal del Equipo A (George Peppard).


"Oh, creador de sueños, rompecorazones, dónde tú vayas,
yo voy contigo". La letra de Johny Mercer para la música de
Henri Mancini en "Moon River" podría ser un digno homenaje
para Edwards, nuestro huckleberry friend.
Con cariño. E inmensa gratitud.


16.12.2010
http://www.rtve.es/noticias/20101216/muere-cineasta
-blake-edwards-a-88-anos
/387792.shtml

martes, 28 de septiembre de 2010

El cineasta Enrique Piñeyro sacó a su familia de Argentina debido a que le negaron custodia de seguridad tras el estreno de 'Rati horror show'

un documental que denuncia un caso al parecer de abuso policial por el que un presunto inocente fue condenado a 30 años.











BUENOS AIRES (AFP) - El cineasta Enrique Piñeyro sacó a su familia de Argentina debido a que le negaron custodia de seguridad tras el estreno de 'Rati horror show', un documental que denuncia un caso al parecer de abuso policial por el que un presunto inocente fue condenado a 30 años.

"A mi familia la saqué del país porque cuando veo que la policía y la Gendarmería (policía militarizada) se niegan a darme custodia, esto me resulta muy raro", dijo el sábado Piñeyro a una radio local, al aludir a su temor de sufrir represalias.

Además, un testigo que aparece en su documental fue amenazado de muerte, añadió el director, quien ha rodado otras películas con denuncias sobre corrupción.

Piñeyro, también médico y piloto de aviación comercial nacido en Italia, dijo que enviará una carta al ministro argentino de Justicia y Seguridad, Julio Alak, para pedir explicaciones por la negativa de ambas fuerzas de seguridad a brindarle protección que, dijo, pagaría él mismo.

'Rati (ndlr: policía en argot) horror show' es un documental de gran factura que denuncia la historia de un joven que fue condenado a 30 años de prisión después de que policías de civil lo balearan al confundirlo con asaltantes a quienes perseguían.

Piñeyro había sido amenazado por su película 'Whisky Romeo Zulu' (2004) que narra el accidente en Buenos Aires de un avión (1999) de la empresa argentina Lapa, de la que él fue piloto, que dejó 64 muertos.

En esa cinta denuncia supuestos hechos de corrupción de la compañía ya disuelta.
FUENTE: AFP


viernes, 15 de enero de 2010

Eric Rohmer, notable cineasta frances falleció en Francia el 11 de enero 2009







La vigencia indiscutible de un autor: Eric Rohmer
Por Jorge García




Para los que creemos firmemente en la condición autoral dentro del cine, referida esta a la reiteración de constantes –tanto estilísticas como temáticas– en la obra de determinados directores, el ejemplo de Eric Rohmer nos viene como anillo al dedo. Desde luego que no faltarán quienes digan que hay películas en su filmografía que aparecen como diferentes del grueso de su obra, pero una mirada atenta también descubrirá en ellas los rasgos distintivos de un realizador absolutamente personal y del que –como pocos en la historia del cine– podría decirse que su obra es una suerte de discurso único e ininterrumpido a lo largo de más de cuatro décadas.



Nacido Jean-Marie Maurice Scherer en Nancy en 1920, algo mayor que los popes de la Nouvelle Vague, fue profesor de literatura en una escuela provincial antes de ingresar en el mundo del cine en los años 50 realizando algunos cortos, aunque su principal aporte en ese período fue como crítico en diversas publicaciones francesas, como la fugaz Gazette du Cinéma que fundara en 1950 junto con Godard y Rivette.



Entre 1957 y 1963 fue editor de Cahiers du Cinéma y de esa época también data el libro que, junto a Claude Chabrol, le dedicara a Alfred Hitchcock, hoy un auténtico clásico (hay que decir que sus principales trabajos en este terreno están recogidos en el volumen El gusto por la belleza, de Editorial Paidós, un conjunto de textos imprescindibles para cualquier cinéfilo que se precie) y que también fue en su momento famosa la discusión que sostuvo con Pier Paolo Pasolini defendiendo un “cine de prosa” frente al “cine de poesía” pregonado por el realizador italiano. Su primer proyecto de largometraje, Les petits filles modéles, de 1952, quedó definitivamente inconcluso, por lo que su debut en ese terreno se produjo cuando, ya casi cuarentón, realizó El signo de Leo (1959), seguramente la película de su filmografía más directamente emparentada con el tono y estilo de los films de la Nouvelle Vague aunque muy cercana en espíritu a las películas de Frank Capra.



A partir de los años 60 su obra adquiere características marcadamente personales y en ella pueden detectarse ecos muy amplios, que van desde la novela clásica del siglo XVIII, pasando por la gran tradición de la comedia francesa, tal vez su influencia más importante, hasta el cine clásico americano –en particular el de Howard Hawks, uno de sus directores más admirados–, aunque siempre transfigurados por un estilo narrativo austero y casi minimalista en el que los estados de ánimo de los personajes –siempre contradiciendo en los hechos lo que pregonan verbalmente–, sus pensamientos y sus emociones más íntimas, sin caer nunca en el psicologismo, se ven expresados a través de en un depurado clasicismo narrativo y una puesta en escena de engañosa simplicidad.


Si el núcleo central de su obra hay que buscarlo en tres grandes bloques de films, los seis Cuentos morales, la serie de seis Comedias y proverbios y los cuatro Cuentos de las cuatro estaciones, en los que se pueden apreciar de manera cabal los rasgos antedichos y una inolvidable galería de personajes femeninos (podría señalarse a Rohmer como uno de los grandes directores “femeninos”), hay también en su filmografía títulos de otra índole y que, paradójicamente, son su films más experimentales y arriesgados en términos formales, como sus adaptaciones literarias: de Heinrich Kleist, La marquesa de O, en la cual hay una notable utilización de los decorados y las pinturas románticas, o del escritor medieval Chretien de Troyes, cuya versión de Percival, el galo es un film de carácter casi experimental en el que hay una sorprendente utilización del espacio, plagado de los decorados más heterogéneos, que oscilan entre lo artificioso y lo naïf, con los personajes narrando sus acciones en primera persona, acompañados de canciones de la época y que aparece como uno de los títulos más curiosos de su carrera.



En cuanto a La dama y el duque, personalísima interpretación de la Revolución Francesa, basada en las memorias de Grace Elliott, una dama inglesa, amante del duque de Orleáns, el visceral antiizquierdismo del director da lugar a un film rotundamente “monárquico” en el que Rohmer utiliza las más modernas imágenes digitales; y Triple agente, su último trabajo hasta la fecha, es una película que podría calificarse de espionaje, aunque la acción transcurre íntegramente dentro de un departamento. En estos dos últimos títulos el director, a pesar de su ya avanzada edad, muestra una sorprendente vitalidad y frescura.



Hay tres rasgos que a primera vista aparecen como dominantes en la filmografía de Rohmer y ellos son, en primer lugar –y aun cuando alguna vez, en lo que podría considerarse un auténtica boutade, el director sostuvo que sus películas se podrían desarrollar sin diálogos– la importancia que le concede a la palabra dentro de la estructura de sus relatos, por otro el hecho de que su cine –y esta es una característica que señalan preferentemente los detractores del director, que los hay– es la pertenencia uniformemente burguesa, normalmente de clase media o media alta, de sus protagonistas y, finalmente, su preferencia por convertir en eje de sus relatos a personajes femeninos, generalmente jóvenes.



Conviene detenerse brevemente en estos aspectos. Los personajes rohmerianos dialogan de manera constante, sin prisa pero también sin pausa sobre los temas más disímiles y –como señalaba antes– afirmando de manera rotunda conceptos que se verán desmentidos por las acciones que esos personajes ejecutan.



Rohmer ha dicho que se ha inspirado muchas veces para esos diálogos en conversaciones escuchadas al azar, aunque la extrema inteligencia de los mismos da para pensar acerca de la veracidad de tal aserto. (Aquí debo decir –para que no se crea que mi gusto por la filmografía del director es absolutamente incondicional– que un aspecto que ocasionalmente me chirría en su obra es la presencia de adolescentes omniscientes, que parecen conocer todos los secretos de la vida y el amor, y una tendencia a veces presente en los personajes a explicar y racionalizar excesivamente sus sentimientos y estados de ánimo, como si a veces Rohmer desconfiara de los silencios y los pequeños gestos y necesitara de la verbalización permanente, algo que puede convertir esos discursos en innecesariamente farragosos.) Acerca de su visión de la burguesía, hay que decir que está bien lejos de la mirada burlona y desencantada de un Godard o la ácida aproximación de Chabrol.


Por el contrario, Rohmer no parece nunca renegar de su condición social (es conocido, como señalaba antes, su rechazo a cualquier posición cercana a la izquierda) y prefiere lanzar una mirada suavemente irónica, no exenta de compasión, sobre sus atribulados protagonistas. Y están también sus personajes femeninos, una troupe de heroínas cálidas, sensibles, tiernas, obsesivas –a veces, por qué no, insoportables– que constituyen una galería inolvidable que ubica al director a la cabeza de los realizadores que han colocado a la mujer en el centro emocional de sus relatos.


Si bien, por lo señalado al principio de esta nota, es difícil establecer (aunque cada uno tendrá con seguridad sus preferencias) distinciones apreciables entre sus películas, hay que señalar sin ambages que los momentos más logrados de su filmografía son aquellos en los que el director, apelando a una ligereza que, en este caso, no debe confundirse nunca con superficialidad, y desprendiéndose de cualquier rastro de intención de trascendencia, se acerca a la mejor comedia –no sólo francesa sino también americana– en los más diversos contextos (recordar, vg. la escena del personaje escondido en la cama de la protagonista en medio de los dramáticos avatares de la Revolución Francesa en La dama y el duque).


Y además –los que hayan visto el documental Eric Rohmer, con pruebas en la mano, de la serie televisiva “Cineastas de nuestro tiempo” de Andrés S. Labarthé, así lo habrán podido apreciar– no deja de sorprender el apasionamiento y entusiasmo, tal vez diferente de lo que podría suponerse a priori que con ER responde al cuestionario acerca de su obra del crítico Jean Douchet. El realizador, ya septuagenario, habla con fervor del cine en general y de su obra en particular, recurriendo a ejemplos, apuntes y fragmentos de película en una actitud muy diferente, por ejemplo, al circunspecto Afred Hitchcock, actuando en las mismas circunstancias.


Estos rasgos, aún intactos en los lozanos 85 años del realizador, son, junto a la coherencia general de su obra, los que hoy le otorgan –y ojalá sea por mucho tiempo- un lugar de privilegio entre los realizadores vivos del cine actual.


Publicado en el número 165 de EL AMANTE-BUENOS AIRES- ARGENTINA