Desde Bonn, Alemania
El
Papa. El gran tema de los últimos días. Se siguen discutiendo las
causas de su renuncia. La única explicación es: no tenía otra salida.
Los problemas de la Iglesia Católica son innumerables. Y para sanear
toda esa antigua estructura de siglos, la única forma de seguir adelante
era una sola: cambiar todo. Y para el papa Ratzinger, eso era
imposible. El es un ultraconservador nato. La crisis del catolicismo en
su propio país, Alemania, es tan grande en la actualidad que para buscar
una solución debían aplicarse medidas que iban contra su pensamiento y
filosofía de siempre. Repetimos, Ratzinger es un ultraconservador y no
podía ahora ir contra esos principios de toda la vida. Y, justamente,
los cardenales italianos conservadores lo eligieron Papa a él porque
creían que, con sus pensamientos teóricos, el alemán iba a vencer todas
las ofensivas de la izquierda católica. Más, con la crisis que está
viviendo el catolicismo alemán en estos momentos se hacen necesarias ya
mismo medidas de cambio fundamentales. Pero no, el camino de Ratzinger
era: ante los problemas, rezar, pedir al Señor su benevolencia, pero
seguir el mismo camino. Aunque finalmente, no vio salidas.
Tenía que
jugarse. Tenía que tomar verdaderamente el poder y modernizar la Iglesia
desde sus bases. Más, a su edad y con el cardenalato conservador que lo
rodeaba, era imposible. E hizo lo impensado para un Papa; renunció. Y
aquí no se equivocó. Deja el caos que no pudo ni quiso sanear desde la
base. Y les deja el cadáver a los que vienen. La realidad lo dice: no
hay otro camino para la Iglesia Católica actual que modernizarse.
Avanzar, acompañar a los que luchan por un mundo sin violencias,
injusticias ni guerras. Empezar, para ello, con su organización interna.
Terminar,
por ejemplo, con la irracionalidad de la exigencia de la castidad para
sus sacerdotes. El amor debe ser el sentimiento fundamental de la vida
del ser humano. Acabar con el mito de que sólo los hombres pueden ser
los representantes de Dios en la Tierra. Por ejemplo, antes, a las
mujeres no se les permitía participar en la vida política. Ahora, sí. Y
han demostrado que hasta pueden ser mejores que los hombres. Aquí, en
Alemania, ha quedado demostrado que la actual primera ministra, Angela
Merkel, es la mejor gobernante que ha tenido Alemania en ese cargo,
desde los tiempos de Adenauer. Lástima que sea conservadora, opinan
muchos. Y el tercer cambio –entre otros muchos– sería acabar con esas
representaciones un tanto fuera de época, con esos disfraces y bonetes
cada vez más grandes y esas sotanas que les cubren el cuerpo. Y que
sigan el ejemplo de esos curas obreros que vestían como trabajadores
comunes, con total sencillez y ninguna pompa.
Además, acabar con esos
rezos y exclamaciones tan teatrales e irracionales como aquella de
“Dios, ten piedad de nosotros” o “Dios, en su infinita bondad”.
Porque entonces habría que preguntarse: ¿por qué Dios, en su infinita
bondad, permite las guerras y la muerte por hambre de miles de niños en
el mundo? No, la Iglesia Católica debe alejarse definitivamente del
camino actual. El único futuro de progreso y triunfo sería que tome el
camino de aquellos obispos como Angelelli y De Nevares (a quienes conocí
mucho y conversé largo con ellos) que dedicaron sus vidas a un
verdadero apostolado: luchar desde las bases contra las injusticias
sociales. Para que todos tengan trabajo y techo dignos y se acaben las
injustas diferencias sociales, los conflictos, las guerras. Es decir,
las verdaderas diferencias de total injusticia e irracionalismo que vive
actualmente y ha vivido siempre el ser humano. Disminuir lo injusto de
todos los días. Ir a las verdaderas enseñanzas de Cristo Jesús, que era
un hombre cualquiera pero con los ideales justos y no el hijo de algún
Dios y menos de una virgen. (Esto, lo de la virginidad de María, es un
insulto al acto de procreación, una de las cosas más hermosas y
apreciadas de la vida, siempre que se haga por amor y no por violencia.)
Basta
a eso de arrodillarse y rezar, no. Hablar en voz alta y denunciar las
injusticia de la sociedad. Todo queda demostrado con este hecho cierto e
indiscutible: mientras un alemán fue Papa, dejaron de pertenecer a la
religión católica miles de alemanes. Y esto se debe precisamente al
haberse comprobado los miles de casos de abuso sexual de niños en las
escuelas católicas por parte de sacerdotes y “hermanos”.
No sólo aquí,
sino también en Estados Unidos, Canadá y otros países con esa religión.
Hechos que fueron reconocidos por las propias iglesias locales. Además,
se sumó, en este país, la negativa de dos hospitales católicos de
atender a una mujer violada que había solicitado “la píldora del día
después” para impedir un posible embarazo. El motivo de la negativa fue
“que un hospital católico se niega a apoyar toda clase de abortos”. El
escándalo fue tan grande que tuvo que salir al paso el cardenal de
Colonia, Meissner, a declarar que “la negativa había sido un error” y
que a partir de ahora se iba a atender a toda mujer violada y, en el
caso de comprobarse la violación, se le suministraría la citada píldora.
Pero igual, este paso atrás no alivió en nada la indignación de todos
los sectores de la sociedad alemana. El cardenal Meissner y otros
obispos alemanes salieron entonces a declarar que en Alemania se había
preparado una campaña anticatólica que se igualaba al pogrom de la
Alemania nazi contra los judíos. Esto agravó más la situación. La
reacción fue peor. No se trata de lo mismo. Se considera un deber para
la sociedad terminar con los delitos contra la infancia y dar ayuda a la
mujer violada. El mismo papa Ratzinger, durante su mandato, fue
observando y censurando esos inexplicables casos de pederastia. Y en
algunos de sus últimos sermones, insinuó que era necesario debatir el
tema y buscar una solución: asumió que la Iglesia, en su futuro, debía
adoptar reformas. Aquí se veía que estaba abandonando su posición
ultraconservadora. El, que siendo obispo estuvo contra la Teología de la
Liberación. Pero luego, en su pontificado, parece que fue aprendiendo
la lección.
La Iglesia Católica necesita una total renovación, así no
tiene futuro. Ojalá que el próximo Papa comprenda la nueva época que se
abre y haga lo que dejó de hacer o no pudo hacer el papa Benedicto.
Pero, claro, siguen estando en el poder inmediato los cardenales
ultraconservadores. La masa mundial de católicos que quiera un verdadero
cristianismo deberá moverse ya mismo y hacer conocer los cambios
necesarios. No dar curso a la elección de un Papa elitista sino a la de
uno de los tantos teólogos progresistas que fueron surgiendo en las
últimas épocas. Sin ellos, no hay futuro para el catolicismo. Que
Ratzinger sea la última experiencia del intento de conservar un sistema
que se ha quedado en el tiempo. Acercarse a la Teología de la Liberación
significaría un paso adelante, una actitud positiva para esa religión y
para el progreso del mundo.
Volver a las raíces. Seguir el ejemplo
de tantos mártires que dieron su vida por un sentimiento que proclamaba
la solidaridad, la convivencia de los seres humanos y la mano abierta
como única fórmula de llevar adelante el pensamiento de Jesús, para un
mundo de paz y sin injusticias.