lunes, 23 de noviembre de 2009

Los Premios Nobel e Israel

por Lic.Zila Chelminsky

Dado que en el mundo ha estado cundiendo últimamente un boicot contra científicos e investigadores israelíes tanto en centros académicos como de investigación, recibimos con especial alegría la noticia de que en 2009 el Premio Nobel de Química fue adjudicado a la profesora Ada Yonath, del Instituto Científico Weizman de Rejovot.
El químico sueco Alfred Nobel (1833-1896), que amasó una enorme fortuna gracias a su invención de la dinamita, legó todo su capital para financiar, con sus intereses, el premio que lleva su nombre y que sería entregado en cinco áreas: Física, Química, Fisiología-Medicina, Literatura y Paz, a los que en años recientes se agregó también el de Economía-Matemáticas. El premio fue otorgado por primera vez en 1901.
La Academia de Ciencias Sueca anunció otros dos ganadores para compartir el premio con Yonath: los científicos norteamericanos Venkatraman Ramakrishnan y Thomas Steitz, por su trabajo en delinear los “ribosomas” a nivel atómico. Gracias a las publicaciones hoy sabemos que los “ribosomas” son fábricas de proteínas para las células, y que la investigación de Yonath ayuda a entender cómo actúan los antibióticos y por qué hay bacterias resistentes a ellos.
Los tres laureados en Química han creado modelos tridimensionales que muestran como los diferentes antibióticos se relacionan a los “ribosomas”, pero el trabajo de Yonath fue el primero y pionero en este campo.
Yonath, que ha recibido innumerables premios en todo el mundo, ha dedicado casi toda su vida para tratar de entender lo que el Instituto Weizman llama “una de las más complicadas maquinarias del sistema biológico”. Ya en 2002 le fue otorgado el Premio Israel por investigación química, la máxima distinción que se otorga en este país. Es la primera mujer que desde 1964 recibe el Premio de Química, la cuarta en la historia del Nobel, y es la primera vez que el premiado pertenece al Instituto Weizman.
Por segunda vez Israel ha recibido el Premio en Química, pues en el año 2004 fue adjudicado a los profesores Abraham Hershko y Aarón Chejanover de la Escuela de Medicina anexa al Tejnión de Haifa, premio compartido con el Prof. Irwin Rose de la Universidad de California, quien desde Estados Unidos ha sido su mentor y asesor. Recibieron el premio por el descubrimiento de una molécula llamada “ubiquitín“, que es central en el proceso de desintegración de las proteínas en el cuerpo, y que se espera que en un futuro cercano sea de utilidad en el tratamiento y prevención de enfermedades humanas.
Con estos premios otorgados a científicos israelíes, este pequeño país ingresa de manera oficial al campo de las grandes potencias científicas que cuentan con mayores recursos económicos, y al club más exclusivo y famoso de las personalidades que han contribuido a moldear el avance de la ciencia, la literatura y la paz en los siglos XX y XX1.
Con su descubrimiento, estos tres israelíes quedan asociados a William Roentgen, descubridor de los rayos X; Guglielmo Marconi, inventor en 1909 de la transmisión inalámbrica: Marie Curie, que estableció las bases de los estudios radioactivos; Vanilius Pauling, uno de los gigantes de la Química de todos los tiempos: Robert Koch, que descubrió el camino para entender y curar la tuberculosis; Alexander Fleming, descubridor de la penicilina; Albert Einstein, autor de la teoría de la relatividad; y Jonás Salk y Albert Sabin, creadores de la vacuna contra la polio.
Han sido nueve los israelíes que han recibido el Premio Nobel: Shmuel Iosef Agnón en Literatura en 1966, Menajem Beguin (1968) e Itzjak Rabin y Shimon Peres (1994) el de la Paz; Daniel Kahanman en Economía en 2002; los antes mencionados Hershko y Chejanover en Química en 2004; Robert Autman en Matemáticas en 2006 y ahora Ada Yonath en Química.
La participación judía en los descubrimientos científicos ha sido monumental. De los casi 800 Premios Nobel otorgados hasta la fecha en todas las categorías, casi el 20% han sido recibidos por judíos, cuya población mundial es menos del 0.01%. Científicos judíos han recibido el 25% de los Premios de Física, el 15% de los de Química y el 25% de los de Medicina.
Llama la atención la escasez de judíos entre los Premios Nobel de Literatura. En 1966 lo obtuvo el escritor en hebreo Shmuel Iosef Agnón (1888-1970), que lo compartió con la escritora sueca Nelly Sachs (1891-1970), que escribió en alemán. Antes de Agnón fueron galardoneados los escritores judíos Henry Bergson (1927) y Boris Pasternack (1958), a quien el Gobierno ruso prohibió recibirlo.
Itzjak Bashevis Singer, quien recibió el Nobel en 1978, escribía en ídish y su obra (como requisito) fue traducida al sueco; es judío no sólo en su origen sino en toda su creación y concepciones, que nos descubre el desaparecido mundo de la Europa Oriental.
Imre Kertész (2002) escribe en húngaro sobre el doloroso tema del Holocausto, dándole un mensaje universal; Saúl Below (1976) nos relata el mundo judío de Norteamérica; Elías Canetti (1981), Joseph Brosky (1987) y Nadine Gordimer (1991) tratan más bien una temática universal.
La pregunta que surge es hasta dónde factores políticos y psicológicos influyeron en la elección de los ganadores. ¿Cómo es posible que en los 100 años de la Fundación Nobel han sido sólo dos los escritores judíos que escribían en los idiomas nacionales, considerados dignos de ese máximo galardón literario? El pueblo judío, considerado como el “Am Hasefer” (“Pueblo del Libro”) y creador de la Biblia, la obra máxima de la literatura universal, ¿no tuvo acaso seguidores que mereciesen tan importante distinción?
La literatura contemporánea en idish tuvo exponentes brillantes en sus concepciones universales, como Mendele Mojer Sfarim, Shalom Aleijem y I.L. Peretz; pero debido a que escribieron en ídish, idioma sin patria o territorio, no podían ni siquiera ser considerados para recibir ese premio.
El Premio entregado a Agnón en 1966 constituyó otro aspecto del renacimiento judío después de la creación del Estado en 1948. Aun reconociendo sus indiscutibles méritos literarios y su gran genio creador, creemos que no hubiese recibido el Premio Nobel si no existiese el Estado de Israel, del cual el idioma en que escribió, el hebreo, es la lengua viva y oficial.
Bialik, Chernijovski y Shneur, el gran triunvirato hebreo de la primera mitad del siglo XX, comparables a Agnón por el alcance literario de sus respectivas obras, se encontraban en la cúspide de sus carreras literarias, pero no fueron tomados en consideración porque ¿a qué país podrían representar? ¿A Palestina? El gran rabino de Suecia Marcus Erenpraiz se esforzó inútilmente porque Bialik recibiera el Premio Nobel. Inclusive tradujo al sueco su obra y publicó un libro sobre ella, pero los miembros de la Academia Sueca arguyeron que tenían la impresión de que “Bialik no era más que un escritor nacional, aunque de gran envergadura y gran contexto literario, pero que escribía solamente para su pueblo”.
Y sin embargo ¿quien recuerda hoy a los escritores premiados como el noruego Bjornson, los daneses Gjellerup y Pontoppidan, el finlandés Sillanpas o el español Etchegaray, que efectivamente sólo escribieron para su pueblo?
Martín Buber, el gran filósofo judío que introdujo el jasidismo al mundo gentil, fue asimismo candidato al Premio Nobel. El secretario de las Naciones Unidas Dag Hamersjold, miembro él mismo de la Academia Sueca, apoyó insistentemente su candidatura, pero ambos murieron antes que el proyecto se concretara.
Hay que recordar que los Premios Nobel de Literatura fueron entregados hasta 1945 solamente a escritores europeos y algunos norteamericanos, cuya obra era familiar al lector sueco (con excepción de Rabindranath Tagore en 1913).
Sólo en 1945 Gabriela Mistral colocó a Latinoamérica en el mapa de los Nobel, seguida por Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Octavio Paz.
Iehuda Amijai ya fue alguna vez candidato antes de morir y teníamos la esperanza de que este año fuese seleccionado Amos Oz.
Israel es uno de los países que producen y publican más investigaciones monográficas y libros en proporción a su población Así que no nos queda más que desear que el genio judío en Israel siga creando a pesar de que el nuevo antisemitismo, que se ha convertido en un anti iisraelismo rabioso, trate de evitar los contactos académicos con científicos de este país.
Que los descubrimientos e investigaciones que se llevan a cabo en institutos como el Weizman y en las demás universidades israelíes produzcan frutos en beneficio de la humanidad, y que reciban muchos más Premios Nobel.

fuente: semanario 'AURORA'- Tel Aviv, Israel-
http://aurora-israel.co.il/articulos/israel/Cultura/24886/
22-10-2009

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